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martes, 14 de enero de 2014

La tercera opción

Unos pámpanos fluorescentes situados en los laterales alumbraban por dentro la pérgola.

La sala era redonda; estaba delimitada por una densa maraña arbórea, compuesta de un centenar de ramas negras abrazándose entre sí. Los nudos de madera de las paredes daban auspicio a toda una selva de flores rojas como la sangre en ebullición, creando una traza bellísima; pues bien se versa en la poesía que no existe rosa sin espinas, y en la enramada de Espinazarza ese refrán adquiría un sentido pleno y rápidamente palpable.

El salón estaba dividido en aros, dispuestos de forma concéntrica. Cada uno de los redondeles daba alojamiento a una línea de cortesanos, todos colocados en torno a una mesa tallada en ébano. En el círculo más interno había tres figuras, fácilmente reconocibles para cualquier súbdito de la hueste de las Espinas: el Capitán de la guardia, el Consejero más estimado del Barón y su leal servidor, el Caballero de las Espinas.

El resto de sylvari, menos prestigiosos, observaban desde atrás la escena y solo intervenían puntualmente; más a menudo dialogaban entre ellos, cruzando miradas cómplices y risas soterradas en las que se entreveía un claro atisbo de malicia.

Eran, en su mayoría, nobles menores puestos al servicio del Barón, que gozaban de su amistad y de su protección. Su presencia en las reuniones oficiales venía exigida por el protocolo, pero su peso en la toma de decisiones se tornaba, a lo sumo, en algo anecdótico. Si bien la mayoría de ellos no tenía interés en participar en esa índole de reuniones; solo se limitaban a chismorrear y a asentir como borregos, en un burdo intento de ganarse el favor del Barón y de su concilio.

Como impasibles ante el espectáculo que estaban ofreciendo, el Consejero, el Capitán y el Caballero de las Espinas debatían acaloradamente en el núcleo del cenáculo. Una lámpara de pulpa carmesí suspendida en el techo de la estancia teñía de una luz ominosa sus facciones.

—Drustán, os advertí en su momento y vuelvo a hacerlo: si dividís nuestras tropas y os lleváis una guarnición a vuestro nuevo campamento, nos dejaréis expuestos y a merced de la Baronesa de las Lágrimas —Cathan, el Capitán, apuntó con un dedo índice acusatorio al Caballero—. El último diplomático que mandamos a su campamento regresó a casa con la cabeza bajo el brazo, atado a la silla de un sabueso de la Pesadilla rabioso; es muy posible que la Baronesa cuente con aliados aquí, en el corazón de las Espinas, y que aproveche la ocasión para atacarnos.

El Capitán estaba furioso. Trataba de camuflarlo con palabras elocuentes, pero su tono áspero lo delataba. Su mirada chispeaba con ira, ira volcada en el Caballero de las Espinas. Iba todo embutido en una coraza de hojas laminadas que se crispaban y latían al son de su enfado.

—Para la Baronesa de las Lágrimas el Barón es más útil vivo que muerto —dijo el Consejero, un sylvari enjuto, de rostro acartonado y habla lenta—. ¿Qué ganaría devastando sus dominios? Si es verdad que lo que persigue es, como suponemos, una alianza que anexione sus territorios con los de nuestro señor, lo último que deseará es provocar su cólera. Antes bien, tratará de congraciarse con él, como ha aventurado nuestro buen Caballero.

Ewan, el Consejero, desplegó la mano con suavidad hacia el Caballero. Él era el más imponente de todos, y el más aterrador. Estaba envuelto en una loriga de hojas entretejidas que formaban un frondoso abrigo, tan espeso como el follaje pero mucho más ligero. Sus colores eran el verde nemoroso y el escarlata de los pétalos de la rosa.

De arriba a abajo, el verde inundaba su armadura como el forraje de un bosque anciano; la presencia del rojo, en cambio, era más sutil y solo se manifestaba en los detalles: jaspeaba las puntas de las hojas, dotándolas de un aspecto feroz. Cualquiera podría imaginarse que aquel matiz fugitivo que salpicaba su vestuario no era producto de la naturaleza, sino el recuerdo vivo de las criaturas que habían sufrido el infortunio de interponerse en su camino.

El Caballero de las Espinas llevaba el semblante cubierto por un yelmo de hojas entrelazadas, pero no hacía falta que mostrase su gesto para que su mirada inspirase pavor. Sus ojos negros, inyectados en pozos de ámbar, relucían con la astucia de un cuervo. Eran brillantes, firmes y determinados; infundían temor y admiración a partes iguales.

Drustán posó su mano encima de la mesa. En la madera se había labrado una representación del Bosque de Caledon: de un lado estaba la Guarida de Espinazarza, su residencia y el demesne de su señor; por otra parte, en el área oriental de la jungla se ubicaba el Valle Afligido, asiento del poder de la Baronesa de las Lágrimas y su único obstáculo en el trayecto hacia el Pantano Wychmire. Unas estilosas piezas de ajedrez representaban los ejércitos.

—Ambos habéis esgrimido razones válidas y largamente sopesadas —anunció. Los miró a los dos—. Lady Cliodne no pretende agraviar al Barón, pero intentará ponerlo en jaque; si desviamos nuestras fuerzas moviéndonos al norte, las tierras de Espinazarza serán vulnerables. El Barón no puede permitirse una ruptura ahora, en la víspera de su ascenso hacia la cumbre, ni podemos lidiar al mismo tiempo en dos frentes. Debemos desarticular a la corte de la Baronesa de las Lágrimas y acabar con su hegemonía antes de que sea tarde...

—¿Estás sugiriéndonos un ataque frontal, Drustán? —lo interpeló Catham. Elevó las cejas y sonrió. Aquello le gustaba—. Podría funcionar. Son débiles y están arrinconados; su única oportunidad consiste en esperar a que nos marchemos, y si es cierto que nos tienen vigilados, entonces contendrán el aliento, y las espadas, hasta el momento preciso…

—Eso no funcionará —Ewan, el Consejero, enderezó la espalda. Fijó la vista en el Capitán, ceñudo—. Declararle la guerra a la Baronesa Cliodne debilitará nuestra posición en la Pérgola del Crepúsculo: ahora que el Barón posee la Cornucopia y que está haciéndose notar —gracias, en parte, a la inestimable perseverancia de nuestro Caballero—, no le conviene causar fricciones dentro de la Corte. Hacer eso sería como tentar a Ventari: si el Barón se granjea enemigos tan pronto, es probable que los nobles oportunistas se alíen con ellos para derrocar a nuestro señor antes de que les suponga una amenaza, y reclamar para sí la carroña de lo que haya sobrado...

—Entonces ¿qué nos propones, oh gran sabio?

Catham hizo una cuchufleta y resopló irónicamente en dirección al Consejero. Este ni se inmutó; arrugó la boca con desdén y lanzó un suspiro. Acto seguido, bajó la mirada. Estaba pensando.

—Quizá si el Barón hiciera acto de presencia podríamos firmar una tregua con la Baronesa —rumió. A esto, el Capitán Catham bufó airado—. Podemos darle algún tributo a fin de que no perturbe nuestros intereses en…

—¿Y ceder ante esa putilla? ¡NUNCA! —Escupió a la tierra—. ¡Antes me arrebataré la vida con mi espada! ¡Y tú irás antes que yo, cobarde chupatintas!

El Capitán ciñó su mano a la empuñadura de su acero y le dedicó una mirada desafiante al Consejero. Esta vez, el paciente Ewan sí que se tensó, porque llevó su mano al lugar donde había dejado reposando su cayado.

Alrededor se levantó un confuso bullicio: un torrente de susurros descontrolado. El público se estaba emocionando; sabían que dentro de poco el suelo se mancharía de savia.

Un fuerte estruendo acalló las voces de unos y de otros y asustó a los rivales. El Caballero de las Espinas había aporreado la escultura de la mesa con el puño; unos hilillos dorados resbalaban de la palma enguantada de su mano. Al fin y al cabo, puede que fuera cierto lo que decían los rumores: que su coraza, por dentro, se mantenía unida a causa de un millar de púas afiladas que hasta con el más mínimo movimiento herían a su portador.

El salón se sumió en un silencio estrepitoso. Todos observaban a Drustán.

—Ninguna de esas opciones es admisible —dijo, con un tono asombrosamente calmado—. Un enfrentamiento en armas nos debilitaría, tanto en lo militar como en lo político, como bien ha aducido nuestro noble Consejero: la Baronesa está enclavada en un punto estratégico, en la hendidura de un cañón, y cualquier ejército que tratase de penetrar en sus defensas se vería forzado a luchar en un espacio estrecho, en un cuello de botella.

El Capitán tensó los puños y rebufó como una mula. Estaba hartándose de aquel Caballero advenedizo.

—… Aparte, y aunque consiguiéramos el triunfo, ¿qué haríamos después? Las repercusiones en la Corte serían notables y no se harían postergar: nos enviarán espías y emisarios para estar al tanto de cada uno de nuestros pasos. Despertaremos más atención de la debida y recelos; recelos que se transformarán en voces en defensa de la Baronesa y de su causa: hipócritas y pusilánimes juntos que se nos pegarán a los talones como sanguijuelas, buscando drenarnos la savia…

El Caballero suspiró profundamente. Nadie osó interrumpirlo; nadie, salvo una persona.

—… ¡La idea del tributo es una locura, Drustán! —Lo increpó un incontinente Catham. Su aguante había alcanzado su límite—. ¡No pienso obedecer una orden tan necia…!

Drustán torció el cuello hacia él. Achinó los ojos y le clavó la vista. Apretó los dedos.

—Si me desobedecéis a mí, desobedecéis al Barón —replicó. Su voz era fría, calmada. Rebosaba autoridad y peligro—. Fui nombrado para ocupar su puesto en su ausencia. Todos leísteis su declaración, escrita por su puño y letra, y visteis en ella impresa su rúbrica.

La cámara enmudeció. No se oía a nadie toser: los nobles contenían la respiración. Pocos le dirigían la mirada; los más, se miraban entre ellos, o daban con algún hallazgo particularmente curioso a la altura de sus botas.

—… Nunca cometería esa insensatez, Capitán —prosiguió—. Lady Cliodne traicionó al Barón, perdiendo en el proceso su afecto, su favor y su gracia…

Hizo una pausa. La mirada se le recrudeció y su voz se volvió más lúgubre.

—Agasajarla sería perpetrar una ofensa contra el orgullo de nuestro señor, y sería una sonora invitación para que continuara abusando de nuestra generosidad en el futuro —Drustán negó. Exhaló de nuevo. El Consejero no lo contradijo—. “No debe el sabueso de espinas postrarse ante el zorro”, dice una de nuestras historias; de igual modo, aquellos que son superiores en destreza y en honra no deberían inclinarse jamás ante los que son más pobres e indignos.

El Consejero Ewan humilló la cabeza, prudente; el Capitán, a regañadientes, siguió su ejemplo. Las murmuraciones volvieron a esparcirse, tímidamente, por los círculos exteriores de la cámara.

—No. No nos someteremos a los caprichos de la Baronesa de las Lágrimas —concluyó—. Pero tampoco podemos encararnos con ella. Lo que necesitamos es una tercera opción…

Las vides sarmentosas de la puerta crujieron y se desdoblaron de manera desagradable. Abrieron una oquedad por la que se coló un tenue haz de luz lunar que deslumbró a los presentes.

Una sylvari entró, aguijada por la patada de uno de los lacayos del Barón; un guardia, a juzgar por su indumentaria. La tenían presa, aferrada de cuello y manos con un látigo espinado. Su cara vestía los indicios de una paliza: su hermosa piel de ónice estaba desfigurada a la altura de la boca, donde un envés le había hinchado los labios; su nariz, quebrada, no afeaba tanto su expresión como sus ojos: uno de ellos, el derecho, estaba hundido a razón de un brutal gancho. Su actitud era sumisa y derrotada: la habían torturado hasta devastar su espíritu.

Arrodillaron a la prisionera frente al Caballero de las Espinas, quien no tardó en examinarla desde los pies hasta la cabeza. Si estaba pensando algo o si sintió algo al ver su apariencia contrahecha, nada en él lo puso de manifiesto. Inquirió con la vista a su carcelero.

—Mi señor, encontramos a esta furcia intentando entrar a los aposentos del Barón —se explicó—. Tras registrarla a… conciencia, descubrimos un escudo en sus ropas. Es del Valle Afligido: una infiltrada de la Baronesa de las Lágrimas.

Se armó un trajín dentro: los nobles cuchicheaban entre sí. El centinela ejecutó una escueta reverencia y le alargó a Drustán la insignia que había encontrado durante la inspección. No pudo evitar relamerse los labios al rememorar la situación; muy seguramente, aquella pobre infeliz tampoco olvidaría el encuentro.

La enseña era una de factura exquisita labrada en turquesa, piedra preciosa probablemente traída de las regiones desérticas al oeste de las Selvas Maguuma. Estaba cortada de tal modo que se asemejaba a una especie de gota cayendo: una lágrima. No cabía lugar a dudas: aquel era el símbolo del Valle Afligido.

El Caballero de las Espinas cerró su palma y atrapó en ella el emblema. Lo presionó tanto que lo hizo desaparecer, enterrándola en la broza de su manopla. Luego, extendió un brazo.

—La reunión ha terminado. Dejadnos a solas.

Una corriente de murmullos estuvo a punto de nacer, pero la riada de voces se extinguió antes de convertirse siquiera en arroyuelo. Poco a poco, cautamente, los asistentes fueron abandonando la sala.

Así lo hizo Ewan, el Consejero, que le lanzó una última mirada de duda al Caballero de las Espinas; aquello no había acabado en absoluto, y se encargaría de que Drustán no lo olvidase. El Capitán Catham fue menos educado y más violento en sus modales: se largó con un ademán, espetando maldiciones entre los dientes que no pasaron inadvertidas al oído del Caballero.

El vigilante vaciló; su látigo todavía estaba prendido del cuello de la farsante.

—Con todo el respeto, mi señor, pero la cautiva es peligrosa…

Drustán ladeó la testa y fijó su mirada de ámbar en él. Entornó los ojos.

—Decidme, guardián: ¿quién os resulta más temible, esta pimpollo, o yo?

La respuesta no se demoró: la serpiente de madera se desenroscó del gaznate de la cortesana, dejándola en libertad.

En cuanto el guardia atravesó el umbral, las puertas de zarzas se cerraron tras él y sellaron herméticamente la cámara. Ni un rayo de luz podía escurrirse por entre las cepas; no se oía ni siquiera el graznido de los cuervos.

La espía estaba encerrada con el Caballero de las Espinas, completamente bajo su poder. Nadie escucharía jamás las palabras que intercambiaron; nadie presenciaría jamás lo que ocurrió entre aquellas paredes forradas de parras. Drustán, Caballero de las Espinas y fiel siervo el Barón, estaba a solas con aquel fruto tierno recién caído del Árbol Pálido.

La cortesana seguía agachada, con las rodillas hincadas en la tierra. Su rostro había perdido cualquier brillo de esperanza ante la idea de escapar de su prisión. Ahora solo le quedaba el desengaño; y el desengaño le decía que no saldría con vida de aquella habitación.

El Caballero tan solo la observaba, impasible. Sostenía entre sus dedos la joya que la identificaba como súbdita de la Baronesa de las Lágrimas; la frotaba como si fuera un amuleto de la suerte.

—Ya os he dicho todo lo que sabía… No tengo nada más que daros. Y sé que me querréis muerta.

Drustán se acuclilló; enfrentó su rostro con el de ella. Su mirada amarilla refulgía inquieta.

—¿De verdad no tenéis nada más que brindarme?

La sylvari rio. Aquella risa fluía cálida, atropellada; era el cinismo el que corría tras esas carcajadas. Lo había dado todo; lo único que le restaba era tornarse en un objeto de depravación.

—Podéis hacer con mi cuerpo lo que queráis. Ya no siento dolor, ni pena, ni furia, ni asco. Todo eso lo superé hace unas horas —Se permitió una sonrisa altiva—. Sería una ilusa si creyera que después de lo que he hecho podría eludir vuestro castigo.

El Caballero de las Espinas alzó las cejas. El pasmo se apoderó de sus ojos.

—Así que adelante. Podéis tomarme. Mi mente ya nada lejos de aquí; zozobra en la infinitud de la Pesadilla —confesó—. No tengo más cartas con las que jugar, y sé que solo me quedan dos alternativas: que me matéis ahora, o que disfrutéis de mí hasta que os canséis y finalmente me ejecutéis.

Drustán se puso en pie. Y rio. Fue una risotada extraña: seca, aunque al tiempo intensa. Estaba entusiasmado.

Su timbre se oyó grave pero cargado de júbilo a pesar del filtro tupido del yelmo:

—Mi querida amiga, siempre existe una tercera opción…

jueves, 21 de noviembre de 2013

Quinto informe: Testimonio

Día 83 de la estación del Céfiro del año 1326.

Empieza a hacer más calor en el Bosque de Caledon, pero eso apenas me importa. Las últimas semanas he estado muy atareada paseando por las afueras del Pantano de Wychmire; he buscado testigos en el fuerte de la Guardia del León cercano y en Falias Thorpe, pero lo único que encuentro son rumores sin sentido y viajeros aterrorizados.

Entre los Guardas ya hay quienes se burlan de mí por mi perseverancia. Piensan que estoy desatendiendo mis obligaciones, que persigo a una quimera cuando debería estar trabajando para defender la Arboleda. Entonces, ¿las muertes de nuestros amigos y camaradas fueron también una quimera? ¿«La Siega del Cosechador de Sueños» ha sido una fantasía, un espejismo que nunca ocurrió?

Parece que así se arreglan las cosas por aquí: ¡reemplacemos a los que han caído, olvidémoslos y procuremos cerrar los ojos y los oídos a la verdad! ¡Ya llegará otra generación de sylvari que los sustituirá!

¡El Fantasma de Wychmire existe! ¡Es un peligro público y no puedo dejar que siga deambulando a su libre albedrío por la floresta! No puedo olvidarlo. No puedo perdonarlo. No puedo… fingir que todo es irreal, no puedo desentenderme de lo que suceda, no puedo rehacer mi vida. Ahora no. Aún no. Y tal vez nunca lo consiga.

Sorprendentemente, anoche me topé con una persona que reunió el coraje necesario para dirigirme la palabra. Un estúpido investigador asura que venía de las Selvas Brisbanas: Blabb.

Blabb pertenece a la escuela de estática de Rata Sum. Estaba estudiando las propiedades de los légamos cenagosos para su aplicación práctica a la hora de elaborar una pasta adhesiva. Su intención era descubrir un nuevo pegamento orgánico más barato, efectivo y rápido que sirva como argamasa o para soldar las extremidades mutiladas de los soldados del Pacto.

En mi opinión, no es más que un científico de pacotilla con el cerebro reblandecido.

Lo llevé a mi despacho en la Arboleda y estuve interrogándolo durante dos horas. Transcribo aquí nuestra conversación en lo tocante a su experiencia con el Fantasma de Wychmire. El resto de su cháchara… se ha extraviado en el fondo de un estanque. Espero que a los peces no les dé una indigestión.

Nota al pie: Por mi bien, debo ser más directa la próxima vez que interrogue a un asura.

«Caileen: Dígame su nombre y su profesión, por favor.

Blabb: ¡Bueno, yo, eh…! ¡Pues claro, soy el genial Blabb, del colegio de estática de Rata Sum! ¡Seguro que has oído hablar de mí! ¡Blabb! ¡Blabb! ¡No se olvida ese nombre! ¡El inventor del Fleu Ver, la masilla verde botabrincástica más chachipiruli de toda la Provincia de Métrica…!

Me rasco una ceja con el dedo y profiero un suspiro largo y estruendoso (sí, debía hacer constar esto en acta).

Caileen: Contésteme, señor Blabb, y sepa que todo lo que diga será transcrito de forma literal en mis archivos.

Blabb: ¡Oh! ¡Así que tienes una de esas máquinas telegráficas arcanotécnicas que transcriben inmediatamente un discurso en base a un patrón de reconocimiento de voz! ¿Me dejarías echarle un vistazo por dentro? ¡Estoy seguro de que puedo hacerle una recalibración para que te funcione a las mil maravillas!

Blabb intenta buscar el ingenio por todo el lugar. Al no encontrarlo, gruñe con fastidio. 

Mientras tanto, yo sigo tomando notas en un pergamino. En mi mesa solo hay varios archivos, un tintero, la pluma y el folio.

Caileen: Por favor, céntrese. ¿Recuerda haber visto al Fantasma de Wychmire?

Blabb sufre un escalofrío y le castañetean los dientes. Traga saliva y asiente, temeroso.

Blabb: Cre… creo que sí… Sí, sí. Definitivamente, sí. Lo he visto, con mis propios ojos. Y tengo miedo, señora guarda. ¿Cree… cree que…?

Me incorporo un poco sobre la mesa a fin de tranquilizarlo. Lo estudio con serenidad.

Blabb: ¿Cree que… quería robarme la patente? ¡Es… es… monstruoso! ¡Terrorífico…!

Me veo en la obligación de curvar una ceja de nuevo. Vuelvo a reclinarme en el asiento y rezongo.

Caileen: Señor Blabb, dudo que al Fantasma de Wychmire le interesen esas minucia… esas minuciosas, perdón, investigaciones suyas. Por favor, prosiga y cuénteme lo que vio.

Blabb traga saliva de nuevo y se ajusta el cuello de su camisa. Asiente, más relajado.

Blabb: Mi grupo fantastiguay de investigadores y yo estábamos moviendo el pompis por el Pantano de Wychmire en busca de algún espécimen de légamo pequeñito que pudiéramos desintegrar, reintegrar, licuar y hacer pasar por toda clase de operaciones químicas complicadísimas que requieren de un grado de doctor en la especialidad de…

Empiezo a impacientarme y golpeo el suelo con un pie, rítmicamente. Blabb se da cuenta.

Blabb: Perdone, eso a usted no la incumbe. Y tampoco podría entenderlo, no se ofenda. Así que le ahorraré los detalles, ¿okey? ¡Pasaremos a la parte más divertida del asunto!

Caileen: ¿Divertida? Dos de los miembros de su equipo han muerto, señor Blabb.

Blabb agita una mano con despreocupación, niega y esboza una sonrisa de condescendencia. 

Blabb: En esto que decidimos acampar; utilizamos el cronostereostato medidor de corrientes dinamocrónicas de Thugg a fin de localizar el lugar idóneo donde asentar nuestro campamento, que además es muy salado porque tiene incorporadas algunas melodías en estéreo y… bueno, esa es una cosa que se debe agregar siempre a un aparato que pretenda…

Caileen: ¡POR FAVOR, vaya al GRANO!

He roto esta pluma sin darme cuenta. Blabb se ha asustado. Acabo de coger otra; continúo.

Blabb: En otras palabras: la música sonaba demasiado alta y nos oyó una patrulla de cortesanos de la Pesadilla. Esos idiotas sin una sola pizca de buen juicio musical se lanzaron sobre nosotros como un raptor al que le acabas de extirpar las plumas de la cola. ¡Y entonces llega el PUM, PAM, PIM, zasca, cham, pú! Como en las historias ilustradas para críos del asura murciélago, pues así.

Me doy una palmada en la frente de la exasperación y resoplo con angustia.

Caileen: ¿En ese punto fue cuando los capturaron, señor Blabb?

Blabb se acaricia el labio superior, como si estuviera sopesando algo. Frunce el entrecejo.

Blabb: Eh… sí. Sí, creo que fue ahí.

Caileen: Bien. ¿Y qué pasó?

Blabb: Tramamos un plan de fuga A. Y un segundo y contingente plan de fuga B. El C y el D no tardaron mucho en llegar, y cuando nos dimos cuenta habíamos colapsado todo el abecedario a golpe de estrategias de escape y de amotinamiento…

Caileen: ¿Cuándo apareció el Fantasma de Wychmire?

Blabb: Por la noche, cuando estábamos a punto de ejecutar el plan D: el plan A, que consistía en suplicar piedad, había fracasado; el plan B, morderles las espinillas a los cortesanos, llevó a la muerte a uno de mis compañeros; el plan C, simular sufrir un ataque de histeria, mató a otro. Por tanto, estábamos a punto de dar el do de pecho con nuestra mejor estratagema, ¡y lo habríamos logrado, sin duda, de no ser por ese Fantasma bribonoclusivo!

Caileen: … ¿Y en qué consistía su plan D?

Blabb: … Disfrazarnos de conejos y huir. Más o menos. Era más elaborado.

Parpadeo. No sé por qué, no me aturde lo más mínimo su respuesta. No me extraña que expulsaran a esta panda de Rata Sum.

Blabb: Pero como decía, ¡aquí llega lo más divertido de todo! No lo vimos llegar, pero de pronto oímos que uno de los cortesanos caía al suelo con un sonido sordo. Me di la vuelta, naturalmente, por curiosidad y… ¡tenía el cuello dislocado! ¡Estaba muerto! El resto desenvainaron sus armas y se pusieron como basiliscos a dar vueltas; gritaron órdenes, pero no sirvió de nada, porque al poco otro cayó fulminado: tenía un agujero negro en el estómago. ¡INCREÍBLE! ¡Fue lo más EMOCIONANTE de mi vida…! ¡Quiero replicar esa tecnología! ¡Quiero acompañarla, señorita Caileen, para buscar al Fantasma y hablar con él sobre su inventiva, para nada normal en una raza tan poco dotada para los menesteres intelectual…!

Me he cansado. He dado un puñetazo en la mesa y Blabb ha retrocedido un metro del estrépito. Dejo la hoja en la mesa y voy a por él. Lo agarro de la solapa de la camisa (esto lo he escrito después).

Caileen: ¡Mira, rata piojosa, me dan lo mismo tus aires de gran investigador! ¡Me da completamente igual lo mucho que te fascinen sus armas! ¡Solo quiero encontrarlo! ¡Así que dime lo que quiero saber o te mando de una patada estratosférica, o como diantres la llaméis vosotros, a la punta de una de esas pirámides orbitales vuestras en Rata Sum!

Blabb se queda en silencio un largo tiempo. Luego asiente y contesta en tono solemne.

Blabb: El Fantasma acabó con las fuerzas de la Corte. No salió de la penumbra en ningún momento, pero a la luz de una antorcha alcancé a vislumbrar algo su silueta: llevaba una máscara hecha con el cráneo de una criatura con astas, un carnero o un ciervo quizá. Mató a todos nuestros agresores y a nosotros… nos dejó en paz. Estábamos cagados de miedo, podría habernos ejecutado con ese cañón fotovoltaico suyo sin pestañear, pero… no lo hizo. Se quedó en la oscuridad unos segundos, contemplándonos, y luego desapareció como la brisa. Nos perdonó la vida y nos salvó. Debo darle las gracias, por mí y por mis chicos, fue…

No puedo contenerme más y le lanzo un puñetazo a Blabb a la cara. El asura cae al suelo. Me pongo en pie, airada, y estrujo una de las hojas de mis documentos con la mano.

Caileen: ¡El Fantasma de Wychmire es un ASESINO! ¡Si no acabó con vosotros no debes sentirte privilegiado: es porque no le interesáis! ¡No es un salvador ni un héroe! ¡ES UN MONSTRUO!

Blabb: Je. No puedes verlo, ¿verdad? Estás demasiado cegada con tu misión. Bien, no seré yo quien te saque de tu error. Solo te diré una cosa: he hablado con más personas, personas que te temen más a ti que a él. Hay más viajeros que han sido rescatados por una sombra misteriosa en la jungla, cuando les atacaban las bestias o la Corte de la Pesadilla. El Fantasma de Wychmire, sea quien sea, no es el ser despiadado y cruel que te imaginas; quizá tampoco sea un santo, pero desde luego no es el demonio.

Estoy temblando de la rabia. Tengo que calmarme. Tengo que calmarme…

Caileen: ¿Estás dispuesto a ignorar todo lo que ha hecho? ¿Indultarías sus fechorías?

Blabb: ¿No se te ha ocurrido pensar que podrías estar equivocada? ¿Que tal vez haya una razón, o una explicación, detrás de todo esto?

Caileen: ¡NO hay razón alguna que justifique el asesinato de Guardas inocentes!

Blabb se incorpora. Su gesto ya no es amistoso. Parece enfadado y muy solemne.

Blaab: Señorita Caileen, las personas no siempre son blancas o negras. Existe el gris. Al ser una protectora del Bosque de Caledon, me imaginé que usted tendría claro este concepto. Ya veo que no. Puede que lo que cuenten sobre usted sea cierto.

Caileen: ¿Sobre mí…?

Blaab asiente. Se ha alejado y está saliendo por la puerta de la habitación. Se vuelve y me mira.

Blaab: Que está perdiendo los estribos.

Caileen: Márchese de aquí. ¡Usted y todos los de su inmunda caterva de cientificuchos! ¡Fuera de mi despacho ahora mismo y que no os vuelva a ver por la Arboleda u os meteré en el Jardín de Sombranoche por connivencia con un enemigo declarado de los sylvari...!»

domingo, 10 de noviembre de 2013

El Festival de la Cosecha

En un lugar del Bosque de Caledon de cuyo nombre no puedo acordarme, desfilaba Alberón por una luenga senda, con muy altivo porte.

Desfilaba Alberón, decía, y no lo hacía sin su corte: su séquito se componía por un pajarraco moa que solo dar picotazos sabía, que tan nervioso era que hasta el plumaje se le pelaba con una velocidad hasta la fecha inusitada, y que llevaba en su rostro las marcas de ojeras, tan largas como carreras, que a viva voz proclamaban no ser una huella pasajera; y al lado de tan egregio palafrén iba, no así con altanería pero sí con terca porfía, Asphodelia, la valiente que a su maestro a todos lados acompañaba, verde y de nuca de un azul añil intensamente florada, con un pesado escudo —como la tradición demandaba— y con sendas pistolas gemelas que en su cintura descansaban.

Marchaban todos juntos, tan extraordinaria comparsa, con gran parsimonia y aún más pesada andanza. Las selvas atravesaban y no se perdían entre la maleza, pues aunque de cuando en cuando las pisadas de Alberón lo embarraban, su orientación —hay que admitir— no estaba exenta así de grandeza.

Y a esto que llega Alberón al Mercado de Mabon, donde los lugareños se referían a él como era debido a su dignidad: ni lo miraban, ni lo saludaban, ni nada. Pasó desapercibido entre la muchedumbre, como un percebe así pasa inadvertido por su mansedumbre; caminó con buen tino hasta uno de los jardineros que la tierra con su azada trasegaba y ante él alzó la mano, señal inconfundible de que lo llamaba.

El labrador, cándido como él solo, dejó el útil en el suelo y se esmeró en recibirlo con enormes agasajos, que consistían en inclinar la cabeza y sonreír con desparpajo. Perplejo, pero aun así complacido, Alberón, Asphodelia y el moa se aproximaron a él y así le habló con atino:

—¡Salud, labriego, que estas hermosas tierras faenas! No es mi voluntad distraerte de tus labores, maguer agradecería tus atenciones si a bien tuvieras satisfacer mi curiosidad, ça una cita célebre nos lleva a este lar y un temor muy profundo por dentro nos acongoja…

El jardinero, algo embotado, se rascó la nuca, pues la mitad de su mensaje no lo había pillado. Asphodelia, muy resignada, con una catadura paciente que su inmenso corazón mostraba, lo sonrió con condescendencia y más dulce y comprensiblemente le adujo:

—Buen señor, lo que te pide aquí mi mentor es si podrías responder a un par de preguntas, que en estos tiempos oscuros la duda no es poca —Hizo una pausa para meditar lo que iba a añadir a continuación—, y si Alberón no se equivoca, un famoso festival está a punto de suceder.

El jardinero dio signos de entendimiento y sonrió. Cabeceó al son del viento, de arriba abajo, y los mandó a destajo a la parcela donde laboraba su superior.

El moa tembló, agotado, y sus patas de rocín muy flaco al tiempo que su cuerpo se agitaron. Más juncos que extremidades parecían; y aún más, su símil con un flan no era nada descabellado. Alberón, que al dolor ajeno no estaba insensibilizado, lo obligó a sentarse con un gesto impasible y así le arrulló al oído, con una voz que recordaba —de las aves— a su trino.

—Dormid bien, Mohinante, que larga ha sido vuestra andadura. Podéis yacer aquí y dar cuenta de unas verduras, que con esfuerzo las cultivan y no creo que una o dos echen de menos.

Le guiñó el ojo con complicidad y Mohinante, el moa del mohín eternamente fruncido (de ahí su nombre tan desabrido), asintió y una hortaliza del suelo se puso arrancar.

Dichoso por haber dejado en buenas manos a su cabalgadura, partió Alberón con holgura y con los pies casi despegándosele del suelo, privado; detrás, a la zaga, iba Asphodelia, un tanto frustrada por la vergüenza que pasaría al dar excusas al jardinero después de que el pajarraco, Mohinante, le hubiera arruinado su campo entero.

Y así se encaminaron a la parcela del superior: otro labrador que, con el aspecto de haber vivido más veranos, con mucho tiento y con carácter ufano, las plantas regaba y con muy tiernos murmullos las susurraba.

—¡Saludos, señor! De vuestro pupilo he oído que de estos prados estáis encargados; sabed que de muy lejos hemos llegado, que arduos lances hemos vivido, y que con tesón, por fin, ante de vos nos encontramos. No hemos venido sino por la primicia del festival de la recolecta, pues de buena mano hemos escuchado que esas esporas negras que hasta el cielo escurecen, en nubarrones venenosos y malvados, pueden daros problemas y perjudicar a las cosechas aun antes de haber siquiera de la tierra brotado...

El jardinero lo cató con la mirada y al poco tiempo dio un aullido. Asphodelia lanzó un resoplido mientras se restregaba la mano por la cara, con gran cansancio. Ya se supuso que otra vez de intérprete tendría que hacer, que tal tarea era su pena: hacer de enlace entre la retórica de Alberón, vieja y acartonada como el queso mejor curado de toda Kryta, y asegurarse de que así las gentes normales lo comprendían.

No cupo en su pasmo cuando el jardinero, alentado, comenzó a hablar en el mismo dialecto afectado en que su querido modelo e inspiración, Alberón, se había expresado:

—¡Amigo! ¡Pocos traen con ellos palabras tan dulces! ¡Tiempo ha que no converso con nadie de esta guisa! ¡Solo por eso, porque me habéis devuelto la alegría y la fe en las lenguas perdidas que en el Sueño escuché, solo por eso os contestaré y os daré veraces noticias…!

Alberón se enderezó, muy señorial, gozoso de oír a alguien dialogar en aquel dialecto desusado que hasta de las librerías del Priorato había sido descatalogado y que en ningún otro lar se podía hallar.

Dio muestras de entusiasmo, cabeceando con brío, echó la mano a la empuñadura de su acero, que del cinturón pendía, y así, erguido, con su armadura toda entera y con un ornado escudo que estaba hecho de metal —y no de madera—, por un momento volvió a sentirse como en sus días de Valiente Blanco; aunque ya esa reputación no le correspondía, pues había mudado la pureza y la claridad del día por el luto de la medianoche, su piel completamente alba aún un vestigio de ese pasado vestía. Así que le prestó atención con gran regocijo...

—Dice el filósofo Saucesabio, de quien su nombre nadie sabe salvo, si acaso, la Madre que lo concibió, que en haciendo del pasado su ciencia una tradición encontró entre los nativos de Maguuma: adoradores como ellos eran de la diosa humana Melandru, a Natura reverenciaban y a ella honores y tributo rendían en las distintas estaciones; así celebraban, ya pasado el estío y antes de que los abandonaran los calores, la transición de la llama al hielo y el recibimiento de los frutos de la Tierra, manjares para ellos y para su señora loores.

«Os citaba a Saucesabio, y no en vano, pues en uno de sus textos predijo, y textualmente os lo recito, la existencia de una copa como ninguna otra: “la Cornucopia”, la llamaban. Por cáliz sagrado la tenían los Druidas, y en muy terca porfía sabemos que un héroe anónimo hace poco la recuperó. De él poco se conoce, pero su hazaña este año al festival de la cosecha le renta; es muy providente, pues de la Cornucopia Saucesabio afirma que multiplicaba la comida y la bebida que en su fondo se derramaba, y que así copiosamente la devolvía al verterlo. ¡Así reza el mito, no os miento, que ya os dejaré ese libro para que vos mismo lo leáis…!»

«Un festival de la cosecha se estima para pronto; para dentro de unos días, exactamente. En él, esa magnífica copa estará presente y todos contemplaremos si son ciertas esas propiedades que por Saucesabio le han sido atribuidas. De ser así, ¡grado a los Druidas! Y grado a su legado, ça si la suerte nos sonríe y la Madre lo desea, no faltará el sustento y podrá compartirse con otros que viven en lugares fríos; y brindaremos y haremos libaciones, como en tiempos pretéritos, y de la Cornucopia beberá todo aquel que haya servido al festival este año…»

«Pero debéis bien ser advertido de un miedo que entre los de nuestra profesión es creciente: como así se expande y vuela el diente de león floreciente, esporas de esas perversas plantas que la Alianza Tóxica cría bien podrían enturbiarnos el día; y no solo eso, pues la Cornucopia un símbolo es de fertilidad, de prosperidad y de la gloria sylvari. Tememos que la Corte, o alguien que trama con fines malos, prepare una celada para destruir las esperanzas que en esta fiesta se han depositado…»

«Muy bien nuestras preocupaciones habéis anticipado y os habéis solidarizado con nuestra angustia. No entiendo qué os lleva a hacer este acto de caridad, pero bien cierto es que nos faltan manos para proteger los semilleros de la Aldea de Astoria, y esa sí es otra historia; ça nuestras filas están mermadas a causa de una extraña enfermedad del sueño y de otras eventualidades que son largas de enumerar. Así que, si de verdad vuestra ayuda nos queréis prestar, os daría las gracias una y mil veces por salvar el festival...»
 
Alberón lo sopesó y movió los morros de un modo que insinuaba una honda interrogación; sin embargo, acabó por concordar. Asphodelia todavía no daba crédito a lo que pasaba; carraspeó, se aclaró la garganta, y con una voz más tímida y comedida al jardinero cuestionó:

—Perdona, señor —lo llamó. Sintió cómo el rubor por sus mejillas escalaba—. Pero ya que hemos prometido que os asistiríamos… —vaciló. Hablar en rima era mucho más difícil, y menos natural, para ella que para Alberón; ella nunca lo había hecho hasta entonces—. ¿Podrías decirnos a cambio si acudirán al festival unas personas que buscamos…? Sus nombres son Nicnevin y Samheinn; este último es jardinero. ¿Sabes algo de él?

El jardinero negó y eso les pesó tanto a Alberón como Asphodelia; no tanto a Mohinante, el moa de plumaje ralo, que con suma avidez de la cosecha de un pobre labriego se estaba beneficiando. Así, Alberón y Asphodelia se despidieron del jardinero y prestos se pusieron en marcha con rumbo a la Aldea de Astoria.

Exidos ya del Mercado de Mabon y con Mohinante a rastras, pues el pobre pájaro apenas en pie se sostenía, a Alberón por dentro la incertidumbre aún le cocía, y Asphodelia no podía estar más perturbada. Fastidiada, soltó un bufido.

—No nos han dicho nada que no supiéramos…

Se revolvió Asphodelia, que iba a pie, y miró a Alberón con tormento en el semblante.

—A veces la ausencia de noticias es la mejor noticia, Asphodelia —replicó elocuentemente Alberón, también a pata y sin subirse a Mohinante (que el pobre ya iba lastrado a razón de las exiguas alforjas con que se le había hecho cargar)—. Confía en mi heraldo, pues mañana al corriente le pondré y le diré que haga correr la voz sobre estos acontecimientos. Ventari mediante, a un buen número de valientes reuniremos y con ellos nos cercioraremos de que el festival de la cosecha como el río de las montañas sigue su curso en paz y armonía hasta alcanzar la desembocadura do siempre el extenso mar perdura…

No obstante, y aunque su discurso era elegante y asimismo convincente, el gesto de Alberón ni de lejos lucía una seguridad tan fuerte.

—… ¿Te ocurre algo, Alberón?

—¿Recuerdas esa enfermedad del sueño de la que habló el jardinero…?

Asphodelia asintió torvamente y ya no abrió más la boca. No hacían falta palabras. El valiente Alberón y su protegida Asphodelia habían dado justo con lo que estaban persiguiendo: una pista, un rastro, por débil que fuera, sobre los quehaceres más recientes del Fantasma…

viernes, 2 de agosto de 2013

Cuarto informe: Un Sueño sin Sueños

Día 57 de la estación del Céfiro del año 1326.

Estos últimos días me he dedicado infructuosamente a inspeccionar las extensiones del Pantano de Wychmire, desde Falias Thorpe hasta X, el asentamiento de la Guardia del León. No hay una sola pista que revele el paradero del Fantasma de Wychmire; en cambio, sí que ha dejado evidencias, y muy abundantes, tras de sí: cuerpos, de cortesanos en esta ocasión.

Estaban tendidos en el suelo como si durmiesen; el rencor y la añoranza que deforman sus expresiones habían desaparecido. Daban pena, sí, y también terror. Pese a esto, no cometeré el error de pensar que el Fantasma de Wychmire es un aliado, como todos promulgan. El Fantasma de Wychmire es un asesino que aún no ha descubierto su vocación en la Corte de la Pesadilla. Tal vez se trate de un usurpador del trono de espinas.

Enfilé al sur y crucé el Mercado de Mabon en ruta a la Isla del Llanto. Lo cierto es que los inaudibles me intranquilizan, tanto o más que los cortesanos de las Pesadillas. A estos últimos los ves llegar y sabes que te profesan un odio indecible, pero nunca sabes qué esperar de un inaudible. Sin embargo, estaba obligada a recurrir a ellos.

Me recibieron con más hospitalidad de la que me esperaba. Pensé que serían fríos como una piedra, pero en realidad se parecen más de lo que creía a nosotros, los Soñadores. Tras hacer algunas preguntas, una de ellos se ofreció gentilmente a responder mis dudas. Dijo que había pasado un pimpollo por allí armando un escándalo considerable y al minuto supe que era él: el superviviente de la Siega.

La inaudible tenía por nombre Dallan. Perdió la capacidad de la vista en un encuentro desafortunado con la Corte de la Pesadilla y desde entonces se había sometido a un riguroso entrenamiento para no caer en sus garras. Afirmaba haber sufrido pesadillas con regularidad; dijo que no encajaba en ningún lugar hasta que encontró su hueco entre los inaudibles. Ellos la cuidaron y la enseñaron a mantener a rajatabla ese dolor. A no sucumbir a él.

Lo cierto es que su testimonio me emocionó: no me esperaba tamaño sacrificio por parte de un inaudible. Pensaba que no eran más que cobardes que querían escapar de la Pesadilla por la vía rápida: alejándose de todos y renunciando a su vínculo con el Sueño y con la Madre Árbol. Quizá, después de todo, me equivocase con ellos.

Dallan acogió bajo su tutela al pimpollo. Nunca le dijo su nombre, pero a ella tampoco le hacía falta. Lo llamó Faelan, pequeño lobo, como su primera mascota, un precioso sabueso sylvano que falleció durante su encontronazo con los cortesanos. Decía que le recordaba a él: inquieto, caprichoso, pero sorprendentemente listo y sensible. Lo instruyó durante unas semanas hasta que una noche, tras una explosión de ira particularmente fuerte, Faelan desapareció sin dejar rastro.

Me llevó a sus aposentos y me mostró algo: un fetiche, pensé yo; un artefacto con el que se aseguraba de que su pupilo no se veía abrumado por la Pesadilla. Aseguró que era un atrapasueños, que era una obra de artificiería y que su función consistía en capturar las pesadillas para que no afectasen a los sylvari durmientes. Pero además, el atrapasueños tenía un secreto: bajo un cierto conjuro que no me enseñó, uno podía experimentar las mismas sensaciones que la persona que había tenido el sueño. En otras palabras: podía guardar un sueño para que luego otros pudieran observarlo.

La interrogué a fondo sobre Faelan, empero me contestó con evasivas. No pudo verlo, obviamente, ya que estaba ciega, y el resto del poblado tampoco se acuerda de él; era reservado y apenas se relacionaba con nadie que no fuera Dallan.

En lugar de seguir respondiendo a mi interrogatorio, Dallan me animó a que probase algo. Me pidió que me tumbase y me garantizó que estaría bien. Iba a brindarme una visión, una perspectiva única sobre el Fantasma de Wychmire: la visión de sus sueños. Eso me dejó patidifusa, ya que el superviviente que encontramos fue hallado en un Sueño sin Sueños; no obstante, Dallan me juró que lo comprendería todo después del ritual.

Lo prometió y aún la maldigo por ello. A pesar de todo, he adjuntado a este informe el resumen de la que fue mi experiencia. Esa bruja inaudible no me tradujo el significado de lo que presencié en el sueño, pero algún día confío en que llegaré a entenderlo todo.

Nota al pie: Al escribir varias horas después lo ocurrido aún estaba algo afectada por las drogas que me proporcionó esa mujer. Si parece que deliro en algunos renglones es justificable. Más tarde aprendí que algunos inaudibles jóvenes toman analgésicos para atenuar su percepción empática, pero no creí que yo correría esa misma suerte.

«Todavía no puedo creerlo.

Fue como volver a mi Sueño de Sueños: esa sensación de inmersión y de envoltura, suave y cálida, que sientes cuando te consume el trance más profundo y el Sueño te llama. Todo empezó así: las paredes verdes de la habitación se ensombrecieron y todo a mi alrededor parecía girar, mientras yo me precipitaba como una gota de rocío que se escurre por una hoja hasta rozar la superficie de un estanque. Cuando puse el pie en aquel lecho de césped, mullido, esponjoso y fragante, pensé que aquel hechizo era un milagro.

Abrí los párpados y lo vi todo, pero no como quien ve las cosas desde unos ojos vacíos que han perdido la capacidad para asombrarse; lo vi todo como era en realidad. Los inmensos ekku se bamboleaban al son del viento con vida propia y me saludaban con sus ramas; las briznas de hierba bajo mi peso se doblaban y chillaban canciones de alegría estival; el sol despedía un reflejo tan cegador y optimista que no podía mantener en él quieta la mirada; y las nubes, oh, las nubes, parecían carruseles de fantasía: adoptaban siluetas extrañas y jugaban a perseguirse en la bóveda celeste como dos pimpollos recién nacidos.

Lo primero que sentí fue incredulidad. Una persona tan macabra como el Fantasma de Wychmire no podía albergar dentro de sí tanta belleza, tanta fastuosidad. Pero ¿y si me había confundido con él? ¿Y si era la víctima y no el verdugo? Al menos sospechaba que había sobrevivido y que estaba siguiendo sus pasos en la dirección correcta.

Quise caminar, pero no podía moverme. Posiblemente aquella fuera una de las limitaciones de la magia del atrapasueños: estaba vinculada a un cuerpo que… no era mío del todo. Me miré las manos y no iba armada con mis guanteletes, sino que las tenía desnudas. Yo, Caileen, no era la protagonista de aquel sueño; era Faelan. Me había convertido en él. ¿Hasta dónde llegaba el alcance de nuestro vínculo? ¿Podría sentir lo que él sintió?

La réplica no se hizo esperar: empezamos a correr como alma que lleva la Pesadilla hacia la selva que se extendía frente a nosotros. Había urgencia en mis movimientos; jadeaba por el esfuerzo mientras procuraba poner pies en polvorosa por todos los medios posibles. Las sensaciones que me llegaban de Faelan eran vagas, pero sabía lo suficiente sobre los sylvari como para suponer que Faelan estaba huyendo de algo…

Me giré y lo vi detrás de ti: el cielo algodonado y pintado de azul celeste se había escurecido; una mancha persistente de sangre comenzaba a empaparlo desde lo más alto de la cúpula hasta lo más bajo. En el horizonte, el sol rojizo se había puesto. Se había transformado en un monumento lánguido que en lugar de transmitir calor y luz tan solo despedía frialdad.

Entonces me fijé en el suelo: la hierba que me había jaleado con alborozo anteriormente ahora gritaba. Gritaba de pena, de rabia y de tormento. La sentí vibrar y me estremecí. Poco a poco, la tierra iba muriendo a mis espaldas: las briznas daban paso a espinas retorcidas y raquíticas y el humus fértil y negro cobraba una tonalidad grisácea y enfermiza.

Polvo. Caminaba sobre polvo y el viento aullaba, arrojándome su beso ceniciento a la cara.

Sin ser consciente de ello me había internado en un bosque. La atmósfera estaba taponada por las ramas descomunales de los ekku, más grandes y más ominosos que antes. Ahora sus extremidades no bailaban obedeciendo al compás del aire, sino que se alabeaban y se encrespaban como las garras de un predador; me impedían ver los últimos rayos del sol moribundo que bañaban la tierra. Me privaban de luz y me dejaban sola. Sola y abandonada.

No recuerdo cuándo tiempo deambulé en aquella negrura, tan solo perseguida por los crujidos resecos de la madera y por el soplido helado del cierzo. Temblé, pero no había nadie para abrigarme. Temí, pero nadie podía consolarme. Solo me quedaba un camino: a lo lejos se advertía claridad, un halo de luminosidad muy tenue pero lo bastante fuerte.

Era un calvero acariciado por el resplandor de la luna en medio de la penumbra. Lo percibía con más detalle cuanto más me acercaba, hasta que llegó un momento en el que no pude reprimir mi ilusión y corrí apremiado, temiendo que aquel festival no fuera nada sino un espejismo; un fuego fatuo.

Pero era de verdad. Llegué al calvero y dejé que el fulgor de la luna calentase mis brazos y mi alma. Por poco lloro de la alegría; estoy segura de que lo habría hecho de no ser por lo que vi a continuación. Había alguien más en aquel jardín; alguien o algo más. Era un tallo verde, tímido y efímero, que se enroscaba al crecer para absorber la luz solar. Lo vi y me reí, y aquel sonido, aun sin ser mío del todo, se me antojó la canción más bella que había oído jamás.

Me arrodillé a los pies de aquel brote y compartí mis carcajadas con él. Él me los devolvió; o tal vez debería decir ella, porque su risita era musical como la voz de una mujer. La flor eclosionó y me enseñó sus pétalos y su pistilo; era de un intenso color lavanda y profería un aroma dulzón y embriagador que se adueñó instantáneamente de mis sentidos. No pude controlarme y la abracé; me encaramé a ella y me aferré desesperado, como si fuera la única onza de bondad que había visto en toda mi vida. Pero entonces algo cambió.

La brisa dejó de ulular y el césped que cubría el vergel dejó de ondular. Todo se quedó congelado, inmóvil y tieso; las voces de la naturaleza enmudecieron. Yo aún reía, pensando que aquella tensión no era más que una pausa en la melodía interminable del bosque, pero noté algo inusual: la flor de lavanda ya no se solazaba conmigo. Abrí los ojos y entonces la vi llorar.

Fue desgarrador. Me aparté de ella, compungida; recuerdo que me sentía culpable. La flor sollozaba con un timbre tan sutil como el aleteo de una mariposa. No comprendo muy bien qué pasó después de eso: yo me tiré al suelo, embargado por el pesar, y supliqué, pero la flor seguía llorando. Y con cada lágrima de rocío que descendía por sus pétalos, una parte de ella se marchitaba. Al final, su pena fue tan honda que la consumió entera, dejando tan solo su cáliz decrépito como testimonio de lo que una vez fue la visión más hermosa de mi vida.

Enloquecí. Me oí chillar. Eran alaridos de impotencia, alaridos de terror y de furia. Me di la vuelta y busqué una escapatoria, pero el jardín se había evaporado. Estaba de nuevo en el bosque, sola a excepción de los cientos de ekku que me contemplaban con indignación desde sus troncos. Tenían rostros terribles tallados en su corteza, con muecas de desdén, de repulsión y de reprobación; y sus ojos, aquellos agujeros vacuos y podridos, se clavaban fijamente en mí. Me miraban pacientes. Me juzgaban.

No sé qué pasó a continuación. Algo horrible y verdoso surgió como cuchillas de la punta de mis dedos: los ekku se descompusieron y se desplomaron en una cadencia de estrepitosos golpes secos, desatando en mi interior un vacío desolador. Y cuando ya no había nada más, entonces me topé con él. Lo conocía, pero no sabía de qué. Lo había sentido antes, había reparado en él de soslayo. Siempre había estado ahí.

Dirigió su mano hacia mí y de repente comencé a sentirme muy débil y fatigada. No sonreía. No había cólera ni abatimiento en su mirada. Y en cambio, el sopor ganaba en su lucha contra mí por momentos.

Me postré derrengada, en hinojos, y poco tardé en caer planchada a la tierra inerte. No estaba muerta, pero no soñaba. Estaba viva, pero no podía moverme. Era un Sueño sin Sueños. Lo oía, lo sentía y lo olía: llevaba consigo el hedor inconfundible de la putrefacción. Estaba junto a mí; lo sentía respirar…
 
Cuando abrí los ojos estaba de vuelta en la Isla del Llanto. Me incorporé y llamé a Dallan, pero no estaba por ninguna parte. Nunca me he sentido más sola y perdida en toda mi vida como en aquel preciso instante.»

domingo, 28 de julio de 2013

Tercer informe: Reconocimiento médico

Día 49 de la estación del Céfiro del año 1326.

Pese al dolor que atenaza mi corazón, he hecho un acopio de fuerzas para abrir este archivo. Después de haber examinado a conciencia la escena donde transcurrió el crimen, me dirigí a Falias Thorp. La patrulla que descubrió la masacre se llevó al superviviente y los cuerpos de nuestros hermanos allí para que atendiesen al primero y para que les dieran sepultura al resto.

He interrogado a todos los guardas y el testimonio que me han dado ha sido unánime: el superviviente, el presunto Fantasma de Wychmire, estaba muy malherido tanto física como emocionalmente. Ya que ninguno de los guardas recuerda bien el aspecto del sospechoso, decidí preguntarle directamente al Sanador de la aldea que lo había acogido y velado.

Cómo se fugó alguien en su estado es algo que ignoro, pero me intriga profundamente y me llena de ira. ¿Por qué nadie lo vigiló como Ventari manda? Lo subestimaron. Pensaban que era una víctima más, un superviviente, pero yo opino que él fue el culpable de todo.

El tiempo y los hechos les darán la razón a mis intuiciones.

Este es el testimonio del Sanador Gillan, transcrito al pie de la letra tal y como me fue relatado.

«En primer lugar, debes saber que es muy extraño toparse con un caso así.

 La mayoría de los sylvari sueñan. Es la forma en que se renueva nuestra conexión con el Sueño; de algún modo, es la manera en que reforzamos nuestros vínculos empáticos. El caso de este paciente era extraordinario: no tenía sueños. O al menos, ninguno que yo pudiera sentir.

Nunca he visto a nadie así entre los Soñadores: todos nosotros emanamos un cálido flujo de emociones que podemos sentir, como estoy seguro de que ya sabes. Alegría, tristeza, pánico, euforia, ira, tranquilidad… la cantidad de sensaciones que podemos transmitir es ilimitada, y hay quienes poseen un don que les ayuda a detectarlas más rápido que los demás.

Incluso los cortesanos preservan este vínculo: es el método que utilizan para intentar corromper a la Madre Árbol y, con ella, a las nuevas generaciones de sylvari. Expresan dolor, rabia y una desazón tremenda; pero no era su caso. Ninguno de estos era su caso.

Yo, desgraciadamente, soy un Sanador del cuerpo y no del alma o del Sueño. Solo te puedo decir esto: si estaba soñando con algo, no había ni rastro de ello. Parecía muerto, no despedía ningún sentimiento; no obstante, respiraba. Le hice un examen físico, no lo tengo escrito pero todavía lo recuerdo a la perfección. Un paciente tan inusual no se olvida, pese a que su sintomatología fuera más bien… de índole espiritual que física.

Varón sylvari. Alto y bien constituido. Aproximadamente de un metro ochenta de estatura y de unos setenta kilos de peso.

Su complexión era robusta como la de un tronco: las fibras de su corteza eran enjutas y formaban una malla compacta, tersa y dura como la cáscara de un árbol. De torso amplio y firme como el corazón de un roble, recuerdo que sus extremidades eran igualmente anchas y poderosas. De no ser por la indumentaria que vestía, unas túnicas escuetas de lana, habría jurado que era un guarda. Uno muy fuerte e intimidatorio.

Su tez tenía el color de la caoba renegrida. No daba la imagen de estar chamuscada, entiéndeme, pero era de un tono terroso, oscuro y vibrante como una pátina de óxido. No estaba adornada en exceso: algunas ramificaciones y nudos en puntos como en los brazos, los hombros y las piernas. Si se me permite la comparación, se me hizo similar a un árbol reseco. Ya sabes que hay algunos sylvari cuyas protuberancias corporales consisten en hojas o en tallos flexibles que los ornamentan y que cubren algunas partes de su anatomía; este paciente, en cambio, solo tenía nudos enredándose en torno a él y hojas de aspecto caduco.

¿Qué más te puedo decir…? ¡Ah, sí! Tenía algunas muescas curiosas por todo el cuerpo: parecían haber sido practicadas con un punzón y eran recientes. Estaban curándose por sí solas y la mayoría no parecían realmente graves, tan solo heridas moderadas, por tanto no me preocupó. No obstante, ahora pienso de forma distinta: los cortes se repetían en sus dos brazos y en su tórax. En su momento no pensé que fuera un patrón, pero tras haberle dado algunas vueltas comienzo a sospechar que pueden ser el indicio de alguna clase de mutilación ritual, o bien de algún tipo de tortura macabra.

No hay nada más reseñable en su físico que debas saber, tan solo un detalle muy peculiar: las marcas de su fluorescencia. Eran doradas, o naranjas, no las recuerdo del todo, pero sí que recorrían su cuerpo como si fueran ríos de savia, o serpientes, y que le daban una apariencia espeluznante. ¿De verdad crees que él es el famoso Fantasma de Wychmire? Ciertamente, había algo tétrico en él.

Quizá lo que más pueda servirte para averiguar su identidad sea su fisonomía. Su cabello estaba compuesto de un ramaje ensortijado y precario que vestía tan solo una hilera desperdigada de hojas otoñales. Le abrí los ojos y lo sometí a la luz de un hongo bioluminiscente para comprobar si se dilataban sus pupilas, y reaccionó reflejamente.

Lo que más me llamó la atención de aquello fueron sus pupilas: diminutas y circunscritas en un aro gris casi imperceptible. La retina, por otro lado, era negra como el ónice; no negra como el carbón, que es opaco y que carece de brillo. Era ónice y parecía un sumidero: un abismo reluciente y voraz. No sabría decirte si la Pesadilla anidaba en esos ojos o si seguía siendo un Soñador, para ser honesto.

Sus rasgos estaban enmascarados de forma natural por una tupida capa de corteza. Y no tenía un rostro muy expresivo, he de admitir. Cuando lo miré por primera vez, por unos segundos llegué a creer que se trataba de una talla sorprendentemente realista y no de un sylvari con vida. Pero lo era.

Y hay una cosa más que debes saber: aunque no estaba incapacitado, tenía lesiones y estaba bien custodiado por los guardas; no querían perder al único testigo de la Siega, después de todo. Para alguien en sus condiciones habría sido harto complicado, si no imposible, escaquearse por su cuenta. Ese fue mi pronóstico como Sanador y no me retracto de mis palabras.

Nuestros hermanos no son unos incompetentes, Caileen. Si huyó, lo hizo con la colaboración de alguien. En su estado no habría llegado muy lejos sin ayuda: las bestias de la selva lo habrían devorado, o lo habría atrapado la Corte de la Pesadilla nada más salir del campamento.

Mira, esta no es mi investigación, pero voy a darte mi opinión: aquel sylvari fue torturado. Alguien así no habría podido hacer frente ni a unos cortesanos ni a ningún guarda. Y menos podría haber escapado tras verse inmerso en una masacre de tal calibre.

Creo, Caileen, que estás dejándote llevar por la impotencia y que le sigues las huellas a una quimera: el Fantasma de Wychmire no puede ser ese pimpollo. Tal vez el verdadero Fantasma de Wychmire entró en el campamento a hurtadillas para raptarlo esa misma noche y acabar con su existencia, ¿o acaso has oído hablar de alguien que le haya visto la cara y que haya vivido para contarlo?
 
El pimpollo estaba afectado por algo, Caileen. Algo que le hizo ese desalmado. Su estado me recordó mucho a los inaudibles que viven en la Isla del Lamento, al sur del Mercado de Mabon. Tal vez ellos sepan algo que nosotros ignoramos…»

miércoles, 24 de julio de 2013

Segundo informe: La Canción del Fantasma

El Pantano de Wychmire no está poblado
solo por ranas, ranúnculos y arañas:
del Fantasma de Wychmire sé avisado
y cuida tus pies allá adonde vayas.

Ni cortesanos ni fieras salvajes;
las mustias marismas peligro entrañan.
Vigila, viajero, los caminos silvestres,
a veces las sombras al ojo engañan.

En un parpadeo lo habrás percibido,
su espectral silueta, su aura marchita;
date la vuelta y ve que se ha marchado,
tu piel es pálida y tu corazón palpita.

Se dice que no tiene un solo aliado:
es el espíritu de un druida, se cuenta.
Encarna su máscara a un dios astado;
sobre su historia mi memoria es incierta.
 
Y deja tras de sí un rastro de muerte,
de las víctimas cuyos sueños se ha cobrado.
No seas malvado ni tientes a la suerte;
si eres de la Corte, estás condenado.

Sin embargo, murmuran, existe un rezo
para quedar libre de su oscura presencia.
Párate en el camino a los pies de un brezo
y recita con voz firme esta sentencia:

«Fantasma de Wychmire, augurio nefasto,
aléjate de mí, tú y tu mal agüero.
Ladrón de los Sueños, heraldo funesto,
el dolor que provocas no es mal pasajero.»

—Vanargand Lobogrís, escaldo y erudito norn. Extraído de «La Canción del Fantasma».

Me topé con este interesante documento mientras estaba de descanso en la posada de la Arboleda. Un bardo sylvari la recitó para mí y tuvo la cortesía de escribírmela.

Enseguida lo interrogué en busca de más información, pero me aclaró que él no era el autor del texto. Mencionó a un norn, y dijo que la composición atendía a la métrica del «droigneach», un tipo de poesía folclórica común entre los juglares del Árbol Pálido.

Ignoro cómo este norn ha llegado a conocer tanto sobre nuestras costumbres. En cualquier caso, he anotado su descripción; si alguna vez pasa por la Arboleda, me encargaré de que me cante de nuevo y en privado esa dulce canción. Y espero que no desafine. Si de verdad conoce al Fantasma de Wychmire, tiene mucho de lo que responder.

lunes, 22 de julio de 2013

Primer informe: el Fantasma de Wychmire

Hoy, a día 30 de la estación del Céfiro del año 1326, inicio esta recopilación de pruebas, textos y testimonios acerca del enigmático Fantasma de Wychmire.

Para algunos una leyenda, un rumor o un monstruo del coco con el que asustar a los pimpollos y a los viajeros, el Fantasma de Wychmire no es ningún ser sobrenatural: es un perturbado que actúa a su libre albedrío y que está acusado de asaltar a Soñadores y a cortesanos por igual en el pantano homónimo.

Emprendo esta búsqueda por el bien del Bosque de Caledon y por la seguridad de nuestros caminos. Sin embargo, no puedo evitar verme involucrada personalmente en esta investigación: mi compañero murió en el exterminio ocurrido hace tres semanas en la linde de la Pérgola del Crepúsculo, batalla que a día de hoy ya empieza a conocerse como «la Siega del Cosechador de Sueños».

Lo más extraño de la lucha fue que ninguno de los cuerpos encontrados tenían señales de haber sufrido violencia o algún otro tipo de tortura física o mental. Todos dormían plácida y eternamente el sueño de los justos. Todos salvo uno.

Solo hubo un superviviente a la matanza. Solo un sylvari vio lo que sucedió. Aún no sabemos si estaba en el bando de la Pesadilla, en el de los Guardias que se enfrentaron a ella o en ninguno de los bandos; el sospechoso desapareció al día siguiente, tras un Sueño sin Sueños y sin emoción. Yo recibí la noticia dos días más tarde y las descripciones que pude reunir sobre él fueron contradictorias e inquietantes.

Sea quien sea ese sylvari, especulo que él es el autor de los crímenes del Fantasma de Wychmire; ÉL es el así llamado Fantasma de Wychmire. Es un loco, un enajenado, o simplemente alguien que opera bajo una agenda que ninguno de nosotros conocemos. No pertenece ni a la Corte de la Pesadilla ni a los Soñadores, pero eso no lo exime de ser un asesino en potencia, un sylvari desequilibrado y un individuo peligroso.

Las veces que se le ha visto aparecer en el Pantano de Wychmire tan solo ha sido de soslayo. Dejaba a su paso un reguero de cadáveres: cuerpos, todos ellos tendidos sobre el suelo, aparentemente dormidos, pero sin pulso ni signos vitales. Los mismos síntomas que presentaban las víctimas de «la Siega del Cosechador de Sueños».

Todas las evidencias apuntan a que esa persona, ese sylvari desconocido, es el Fantasma de Wychmire. Por todo eso, yo, la guarda Caileen del ciclo del mediodía, me consagro a la causa de buscarlo y de detenerlo para siempre. Y de destapar el manto de misterio y de mentiras que se ha extendido sobre él y del que sin duda el Fantasma se aprovecha para esparcir el miedo.

Demostraré que el Fantasma de Wychmire es alguien que debe ser perseguido y capturado. Haré que las muertes de mi compañero y de nuestros hermanos no hayan sido en balde.

Lo juro por mi honor y por mi espada.

Caileen, Guarda del Bosque de Caledon.

viernes, 19 de julio de 2013

Torneo

Anunciado con fanfarria y a voz en grito, repartida entre la multitud y diversos lugares, buscando aladides para un mal acaecido. Desde los diversos rincones del mundo conocido llegados hasta la floresta en busca de la cima entre gloria, reconocimiento y victoria. No todos eran brillantes armaduras, las miradas inquietas y espectantes, llevados por el organizador hasta el lugar de honor. Magia y acero, intelecto y fuerza, astucia y estrategia, todo en juego en unos momentos trepidantes. Avanzando unos pasos los valientes se adelantaron mostrando su desafio, mostrando que aceptaban el reto y cogían el guante lanzado. No todos fueron reconocidos, algunos prefirieron quedarse al margen. Lucha fiera, entre luces y tierra, se alza y desciente, rauda como sierpes, entre los combatientes la suerte, esquiva y caprichosa como grande la habilidad, la emoción tiembla, en parejas enfrentados, el honor no abandonado. En liza los caballeros no todos vestido como tales ni nombrados. Tretas y conjuras, en la sombra ocultas, la luz no siempre es la que más ilumina, las tinieblas a veces más cosas revelan. Vida y muerte representadas, un ganador por todos sin excepción aclamado. Y como valientes y caballeros, normas debían seguirse, hay mentiras que no deben ocultarse, hay actitudes que hay que denunciarse. Alzada la espada, alzada la voz, alzado el reto y el desafio, la lucha inevitable de la virtud mancillada por quien empañada su visión tiene por el orgullo exacerbado ha perdido el rumbo de la causa defendida ha llegado al error cometido que la perdición trae. Una montaña vestida de acero, sin nieve en sus cabellos, juventud radiante, decisión en sus ojos de cielo. Prepotencia respuesta fue lo obtenido ante una justa reclama. Sin palabras, acero desnudo, torbellinos de movimientos, los espectadores sorprendidos, acechan ávidos el desenlace. Ardiente espiritu, inesperada maniobra, fiera cólera, salto de fe y fin de todo. Muerte que da equilibrio, muerte contenida en los filos detenidos. Una sonrisa en su rostro, satisfacción en su pecho, alejandose con resolución por lo obtenido. Infamia, el horror del fanatismo, de lo erróneo. La virtud mancillada, escupida en la cara, pisoteada por una ciega falsa certeza, un engaño oscurecido por la vanidad y el orgullo desmedido, desesperación por una obsesión. Llevados hasta un escondrijo, una jaula mostrada con un cautivo preso. Palabras envenenadas, veladas por la mentira, la falsa creencia, pero valientes y caballeros fueron llamados y estos habían acudido. La balanza inclinada, la muerte pasaba de largo ante la indefensa criatura que tras los barrotes aguardaba. Dudando entre dos formas de liberación, mientras el rechazo y la repugnancia al ver el verdadero rostro que tras una falacia de máscara adornada con cortesía edulcorada, la mentira se inflamó por la repulsa, indignado se marchó el del camino errado. Los barrotes fueron abatidos por la montaña del desafio, mientras el resto de valientes unidos, la clave dieron. Un rayo iluminado, de verdad contenida, para el que atento estuviera, fue mostrado. Gratitud y alegria, por un final inesperado. Un torneo finalizaba, mucho más de lo planeado, mucho más daba comienzo, pero eso será en otro momento relatado.

miércoles, 3 de julio de 2013

Torneo para Valientes (y para otros no tan arrojados...)

Hízose a un lado el nuncio que encaramado a la sombrilla de una seta declamaba a las puertas de la Arboleda al dulce son de su voz aterciopelada. En su lugar subió un enhiesto luchador, de porte orgulloso y de gesto impávido; sacó de la vaina la espada, como si aquel ademán no fuera gran cosa, y la blandió al aire arrancándole al broche de oro allá en los cielos un relámpago irisado que a todos con su esplendor cegó.
 
—Es justo que sepáis, amigos míos, el motivo por el que os privo del melodioso cantar de vuestro heraldo habitual —dijo, y su voz sonó grave como salida de un botijo—. Pues bien es cierto que tengo a su merced en gran estima, pero la ocasión ha menester para que sea yo quien, esta vez, de la noticia me haga eco; pues no es cuestión de respeto ni tampoco de provecho, sino que lo que me impulsa actuar es la razón de la causa más justa: la protección de nuestro enramado hogar y de aquellos que bajo su tibio y apacible ramaje se refugian, como avecillas todas arracimadas en la copa de un árbol y a punto de entonar la más bella sinfonía del bosque matinal…

El sylvari, de tono solemne y de aún más solemne estampa, siguió habla que te habla a lo largo de diez minutos. Tan solo ese tiempo le llevó presentarse e ilustrar a los escuchantes, soñolientos y emisores de bostezos, en las proezas que se habían asociado a su nombre. Lo llamaban Alberón, el Valiente Blanco, pues tenía la tez del color del mármol y el brillo que arrojaban sus marcas era tan intenso como el de un rayo; en todo el Bosque de Caledon era conocido por sus gestas, pero no era ni de lejos tan famoso como su prosa ampulosa y adornada pretendía hacerlo parecer.

Al cabo de media hora, cuando ya hubo partido toda su audiencia, enfadose o algo así, pues dio un pisotón al suelo e hizo carraspear su vozarrón en algo similar al gruñido de un sabueso sylvano. Con los ojos entornados por la promesa de un mosqueo, subió el tono de nuevo e hizo acopio de prosopopeya, pues si no abreviaba, y pronto, no lograría llevar a cabo su epopeya; que no era otra cosa que lo que quería anunciar.

—Sabed, sylvari de buena fe, que de perjuros y de herejes está plagada nuestra Arboleda: la Corte de la Pesadilla día y noche nos asedia; y cuando buscamos abrigo en el abrazo pálido del Sueño, ¿qué hallamos? Nada más y nada menos que a un Fantasma truncaveladas que disfruta dejando a los más vulnerables en un ignominioso estado de sopor —Hizo una pausa ligera para tomar aire, pues todo lo que decía lo decía de corrido, como si ya estuviera ensayado. Al poco tiempo, continuó—. Y yo digo: ¿quién es ese cobarde que de los sueños se alimenta? ¿Quién? La guarda Caileen lo buscó a tientas y ¿qué es ahora de su sino? ¡Le dan de comer por un tubo la miel y el vino! Cuánta desvergüenza, ¡qué descaro y qué maldad! ¡Si ese maldito Fantasma apareciera, lo acosaría con mi arma hasta que suplicase piedad…!

Pero vio que el gentío menguaba pese a que él incrementaba el furor de su oratoria; no obtuvo con su discurso las mieles de la victoria que, por otro lado, ya daba por ganadas. Bufó y arrugó la nariz en una mímica ofuscada, y dispuesto a hacer historia, y a conservar el poco público que le quedaba, se decidió a ir al grano, como dicen los aldeanos, prescindiendo de este modo de pedanterías y de ceremonias…

—A celebrar voy un Torneo, para todos los Valientes y para aquellos a los que aún les corre la savia por el pecho: haremos una competición marcial, un enfrentamiento de guerreros con armas convencionales; empero, para no excluir a los que no están versados en el preclaro arte de la esgrima, no haremos asco ni a escolares ni a otra clase de combatientes, siempre que no se valgan de mañas ni de artificios para hacer valer su título y su maestría en el pugilato.

»Aquellos que usando tretas y ardides se las apañen para descalificar a su rival sufrirán una suerte par a la que pronto le devendrá a ese sombrío Fantasma: puede que pierdan una mano, si son dichosos; si son desafortunados, que así les caiga la cabeza como la fruta madura que se descuelga del árbol en la estación de la recolecta.

»Y dicho el destino que les espera a los tramposos, pasemos a aquel más noble e insigne que aguarda a los contendientes que lleguen a la final. Habrá así dos clasificaciones: una tendrá en cuenta la pericia en el combate del pugilista, el ardor de su alma y el calibre de su coraje; la otra, en cambio, se basará en el glamour y en el estilo del luchador, pues bien es cierto que tan preciso es blandir la hoja con acierto como hacerlo con armonía y galanura. Por aclamación, en este último caso, se elegirá al gladiador que más hermosamente se haya desenvuelto en la liza.

»No solo se les deparará un premio a los intrépidos que consigan llegar a este punto, sino que se les brindará el honor y el privilegio, si aceptan el ofrecimiento, de formar parte del grupo de Valientes que dará caza a ese desharrapado del Fantasma de Wychmire. Pues es bien sabido que los felones y los fementidos, como aquel al que he nombrado, jamás reunirían arrestos para dar la cara en una competencia de esta guisa, ahorrándonos así el tiempo y las molestias de salir en su persecución.

»Habiendo esclarecido esto, hay dos detalles más que deseo poner de manifiesto: no hay tasa de inscripción por participar ni tampoco se permitirá el uso de armas afiladas (a excepción de aquellas que hayan sido previamente embotadas) o hechizos letales; ¡pobre de aquel que para herir a su contrincante ose liberar tales males! ¡Su destino será rápido y funesto, lo auguro y os lo aseguro por mi nombre, Alberón, y por la fiereza de mi espada, ungida en la sangre de cientos de piratas y de dos mil Resurgidos!

»¿Que quién es ese maldito Fantasma, me preguntáis? Me temo que ya no es mi tarea iluminaros en eso. Permitiré que el heraldo sea quien os cuente las nuevas, mas sin duda habréis oído hablar de la catástrofe del jardín de los lirios florales; o tal vez de los durmientes que sin sueños se quedan y que padecen sin dormir, como así quiso la estrella de la guarda Caileen; o quizá del incidente de la Siega que le otorgó al Fantasma su negra reputación.»

»Sin más preámbulo me voy, con la esperanza de volver a veros en el Torneo. Avisad a humanos, charr, norn y asura; a todos los moradores de Tyria que pudieran estar interesados, pues todos tienen hueco y todos tendrán la misma oportunidad para medirse ante el acero sylvari y ante las enredaderas que por demás nos son aliadas.

Y arrebullándose en su capa, el valiente Alberón, con los carrillos hinchados y enrojecidos por el esfuerzo tan notable que había hecho al recitar semejante letanía, bajó de un salto del entechado de la seta y aterrizó con tan mala suerte que un charco de agua de lluvia estancada le propinó un largo lametón a una de sus botas.

Maldiciéndose y farfullando improperios, alzó el mentón para salvar las últimas onzas de su dignidad, ya de por sí deshecha en luengos jirones, y se marchó del claro con presteza. Y no por las befas que ya oía con claridad a sus espaldas, no, sino porque tenía que acudir a un importante encuentro con uno de los segundogénitos, o algo así.

A un valiente como Alberón nada lo intimida. Y llueva o nieve, haga sol o esté nublado, nada minará su voluntad de convocar este Torneo y de cosechar los frutos que con tanta glotonería y avidez anhela: un campeón que lo ayude a plantar cara a ese desgraciado Fantasma, porque es lo correcto; y porque a las damas tales muestras de heroísmo las entusiasman.

viernes, 14 de junio de 2013

El Fantasma de Wychmire (Presentación de la trama)

[ Esta es la introducción a la trama del Fantasma de Wychmire. A lo largo de estos días iré publicando el resto de textos que he escrito para que os hagáis una idea de lo que tengo planeado de cara a los eventos. ;) ]


Me llamo Caileen y durante dos generaciones de sylvari he protegido la Arboleda y al Árbol Pálido.

Soy una guarda. Mi trabajo consiste en defender a los sylvari que se esparcen como el polen por el Bosque de Caledon: mercaderes, pimpollos, artesanos e incluso inaudibles.

Durante años mi vida ha sido así. Sin embargo, hace poco todo cambió. En las inmediaciones de la Pérgola del Crepúsculo tuvo lugar una masacre; los cortesanos y nuestros guardas no se enfrentaban entre sí, sino que luchaban contra otro enemigo: el Fantasma de Wychmire.

Solo hubo un superviviente, un pimpollo desconocido que estaba sumido en un profundo Sueño sin Sueños y que desapareció a la mañana siguiente. Desde ese momento, me consagré a la causa de la buscarlo: creo que él es la clave para comprender la matanza que se conoce como «la Siega del Cosechador de Sueños». Hasta podría ser el mismo Fantasma de Wychmire.

¿Que qué es el Fantasma de Wychmire? Algunos dicen que es el alma de un Druida de los Páramos de Maguuma; otros piensan que se trata de un sylvari que ha ido más allá de la Pesadilla y del Sueño. Yo no me trago ninguna de esas historias: el Fantasma de Wychmire no es más que un loco peligroso que ataca a la Corte de la Pesadilla y a los transeúntes por igual.

En todo este tiempo mi investigación apenas ha progresado. No obstante, recientemente hemos hallado a un creciente número de sylvari por todo el Bosque de Caledon durmiendo el Sueño sin Sueños; el mismo que experimentó aquel pimpollo al que encontramos tras la Siega.

Entre los guardas mi credibilidad se ha visto minada. Hay un patrón, pero tan solo yo lo veo. Carezco de apoyo para hacerme cargo de esto sola y las víctimas cada vez son más abundantes. Por eso os pido auxilio a vosotros, aventureros: esta oleada de sylvari sin sueños pronto será una epidemia.

Ayudadme a cortar esta mala hierba de raíz. Ayudadme a detener al Fantasma de Wychmire.

Caileen, Guarda del Bosque de Caledon.