A Skadi Luna de Lobo.
Érase una vez en las Colinas del Caminante una heredad donde se congregaban grandes cazadores, ruidosos beodos y escaldos famosos.
En esa heredad todos los años, en conmemoración de una larga tradición familiar, tenía lugar en la estación del Céfiro una competición de cacería: los mejores rastreadores de la región acudían a mostrar su valía, pues el premio consistía en un opíparo festín, en una obra de artesanía y bebidas alcohólicas gratuitas durante todo el año.
Aquel año en concreto se reunieron nueve de los cazadores más aclamados del país: Olaf el Sordo, quien percibía los temblores de las presas en la tierra; Harald Sturluson, cuyas imitaciones de predadores paralizaban de miedo a sus enemigos; Runa Tramparcana, que colocaba campos mágicos invisibles para atrapar a sus presas; Grima Ingvildottir, una mujer enorme y tan poderosa como la Osa; y así otros cinco campeones norn, rudos, severos, impasibles, todos ellos dispuestos a ganar.
Todos los años aparecía algún candidato sorpresa, y aquel año no fue la excepción: cuando los nueve grandes cazadores vieron presentarse como aspirante a la hijuela pecosa y flacucha del posadero, de apenas diez años de edad, estallaron en risas.
Todos llevaban armas inmensas y afiladas: hachas de hierro negro, escudos de madera de roble y pellizas hechas con piel de lobo; ella, en cambio, tan solo portaba una cómoda muda de lino y una flauta de madera estilizada en sus manos.
—¡Jamás vi un arma tan penosa! —se jactó Grima—. ¿Cómo vas a matar algo con eso?
Olaf el Sordo, como siempre, no oía, pero su mueca reflejaba un desdén absoluto. Runa la sonrió con condescendencia. Harald estaba serio.
—¡Déjala en paz, Grima! —replicó Harald—. Si quiere competir que lo haga. Una mocosa diminuta con un pequeño flautín no podría derrotar ni en un millón de años a los mejores cazadores de las Colinas del Caminante.
Y cuando el dueño de la heredad dio la marca, los nueve grandes cazadores se dispersaron por la fronda, corriendo en busca de su trofeo. La muchachita, calmada, se internó en el bosque y caminó varios minutos hasta encontrar un tocón de roble. Allí se sentó y sacó su flauta, cerró los ojos y se puso a tocar una dulce melodía.
Lo que ninguno de esos grandes cazadores sabía era que la flauta estaba encantada: procedía de una antigua leyenda y desde siempre había servido a su familia. Las notas de la flauta resonaron por las ramas de los árboles, vibraron entre el follaje y mecieron las hojas perennes; y pronto, una manada de cervatillos se acercó a la chiquilla para husmear, fascinados por el sonido del instrumento.
La chica sonrió, hizo la flauta a un lado y uno a uno fue contándoles a los ciervos su plan. Ellos asentían y se intercambiaban miradas de complicidad a medida que la oían.
Cuando llegó la noche, los nueve grandes cazadores, agotados, emprendieron el regreso a la heredad. Grima llevaba un grifo apiolado a sus espaldas, Runa había cazado una docena de conejos, Olaf arrastraba con esfuerzo un inmenso jabalí, y Harald había ensartado en su lanza la testa de un minotauro. Para llegar tenían que cruzar el claro donde estaba tocando la niña, y lo que presenciaron los dejó estupefactos.
—¡Tú! —exclamó Runa—. ¿Has cazado a esos nueve cervatillos? ¿Cómo lo has hecho?
La chiquilla sonrió y asintió con fuerza. Los cervatillos, tendidos en la hierba y cuidadosamente quietos, se habían puesto de acuerdo para fingirse abatidos. De haber sido la tarde más clara y no así nubosa, los cazadores habrían reparado en el engaño, y es que a algunos de ellos se les cosquilleaban las barrigas de la diversión.
Olaf se dio una palmada en la cara, aulló sordamente y dejó caer su pieza. Uno por uno, el resto de cazadores fue abandonando el calvero, resignados. El último en marcharse fue Harald, quien tenía las facciones de piedra y la piel pálida a causa del estupor.
—Tú, niñita, nos has dado a nosotros, grandes cazadores, una lección: no se debe infravalorar a aquel que parece más débil, pues todo el mundo conoce alguna artimaña y hasta la cosa más impensable puede tornarse en un arma en las manos adecuadas.
Harald reverenció a la muchachita y se largó, soltando el cráneo en el suelo.
En cuanto todos se hubieron ido, los cervatillos se levantaron y la niña rompió a reír en sonoras carcajadas. Los ciervos se pusieron a brincar a su alrededor, felices, ejecutando una danza salvaje; la chicuela se llevó la flauta a los labios y entonó para ellos la más cálida y gratificante de las canciones: la canción de la victoria.
Moraleja: No subestimes a los que son menos aptos que tú, pues de seguro se guardan un as en la manga.
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viernes, 4 de octubre de 2013
martes, 18 de junio de 2013
Hace años, en una taberna...
[La familia de Skadi nunca se llevó bien con la de Vanargand por razones varias que aún no se han destapado on rol :P aquí una breve muestra de las burlas de los parientes de Skadi hacia Vanargand xDD]
“Sus hermanos reían a carcajadas, cree que aún puede escuchar el eco de sus risas en el Gran salón. Eran siete aquella noche, no se le olvida; entre todas las mesas de la taberna, la suya era la más alborotadora.
El invitado era el marido de Urtha Tinta de Cristal y traía noticias de la aldea vecina. Estaba a menos de una hora de distancia pero no solían visitarla con frecuencia. Y uno de los motivos que los mantenía alejados de ella, era aquel que se exponía aquellos instantes sobre la mesa.
- ¡Otra mole descerebrada, eso es lo que es! ¡Igual que su endemoniado hermano!- Su padre exclamaba embravecido, alzando la jarra y dejándola caer con un gran estruendo sobre la mesa. Las carcajadas del resto, de sus bien amados parientes, le hacían coro.
- Pero no es ningún secreto que no ha pasado el rito de cacería. He escuchado que es muy inteligen…-Se suponía que el invitado hacía esfuerzos por no verse en una situación comprometida, esfuerzo en bano, por supuesto. El hermano mayor lo interrumpió.
- ¡Lobogrís, ja! ¿Qué clase de apodo insulso es ese? ¡Aún así podría haberse llamado gamogrís! ¡Un lobo no es un lobo sin dientes!
-¡Bien dicho, hijo!-El padre le saca los dientes con fiereza a su prole y este le responde en un gesto igual. Era habitual en su familiar; en ocasiones los gruñidos expresaban más que las palabras.
-¡Toscos, truhanes, terminarán aplastados bajo un alud provocado por el temblor de sus propias pisadas!
Skadi llegó en ese mismo instante con Onna, su madre. Habían disfrutado de la canción de un escaldo que visitaba la taberna aquella noche. Una canción triste y romántica que había provocado arqueadas a la cazadora más joven. El romance a esa edad le aburría, carecía de interés. En su mente, cualquier norn no era ni la mitad de interesante que sus hermanos, no eran tan confiables como ellos ¡Ni de lejos tan apuestos!
-¡Hablamos del hijo de Ormar Bjornolfson! ¡Vanargand Lobogrís! ¿Te lo puedes creer? ¡Ven y ríe con nosotros!- Su padre le hizo un gesto cariñoso y jovial a su pareja para que celebrase la burla con ellos; pero Onna no rió. Es más, la mueca que dibujó en su rostro parecía a medias entre la indignación y la cólera.
No añadió ni una palabra hasta que hubo apurado su cuarto cuerno de cerveza y los clientes de la taberna ya menguaban a pares.
-¿Cómo puede ese descarado e insolente niñito llamarse Lobogrís? ¡Qué vergüenza! ¡Qué indignante! ¡No tiene derecho! ¡Ningún derecho! ¡Nos dará un maldito disgusto! -la madre se tambaleaba y aporreaba con fuerza la mesa de madera, que por fortuna, era lo suficientemente robusta.
-¿A que te refieres, madre? -Uno de sus hijos varones hizo el esfuerzo por desentrañar las frases inconexas de su madre.
- ¡Cálla, hijo! ¡Esto no es asunto tuyo! ¡Limítate a hacer caso a tu padre! ¡Ese Vanargand Lobogrís no es trigo limpio, ningún norn que no empuñe una lanza o hacha lo es!
Skadi permaneció unos segundos en silencio, compartiendo risas inocentes y carcajadas por doquier hasta que se giró a su madre para preguntarle, corroída por la curiosidad, espoleada por un impulso desconocido y vibrante que se adueñó de su voz.
-¿Quién es Vanargand Lobogrís, madre?
Pero Onna clavó la húmeda y embriagada mirada en los ojos de su hija, temiéndose lo peor.
Se había olvidado de ella. Se había olvidado del riesgo.
Por unos instantes, todos los augurios, todos aquellos sueños se hicieron realidad en los ojos ingenuos de Skadi, sentenciados por la curiosidad prematura.
Su madre nunca le respondió, su madre nunca le dijo que, en las pupilas de esta, vio arder en llamas aquel resquicio maldito del pasado.”
“Sus hermanos reían a carcajadas, cree que aún puede escuchar el eco de sus risas en el Gran salón. Eran siete aquella noche, no se le olvida; entre todas las mesas de la taberna, la suya era la más alborotadora.
El invitado era el marido de Urtha Tinta de Cristal y traía noticias de la aldea vecina. Estaba a menos de una hora de distancia pero no solían visitarla con frecuencia. Y uno de los motivos que los mantenía alejados de ella, era aquel que se exponía aquellos instantes sobre la mesa.
- ¡Otra mole descerebrada, eso es lo que es! ¡Igual que su endemoniado hermano!- Su padre exclamaba embravecido, alzando la jarra y dejándola caer con un gran estruendo sobre la mesa. Las carcajadas del resto, de sus bien amados parientes, le hacían coro.
- Pero no es ningún secreto que no ha pasado el rito de cacería. He escuchado que es muy inteligen…-Se suponía que el invitado hacía esfuerzos por no verse en una situación comprometida, esfuerzo en bano, por supuesto. El hermano mayor lo interrumpió.
- ¡Lobogrís, ja! ¿Qué clase de apodo insulso es ese? ¡Aún así podría haberse llamado gamogrís! ¡Un lobo no es un lobo sin dientes!
-¡Bien dicho, hijo!-El padre le saca los dientes con fiereza a su prole y este le responde en un gesto igual. Era habitual en su familiar; en ocasiones los gruñidos expresaban más que las palabras.
-¡Toscos, truhanes, terminarán aplastados bajo un alud provocado por el temblor de sus propias pisadas!
Skadi llegó en ese mismo instante con Onna, su madre. Habían disfrutado de la canción de un escaldo que visitaba la taberna aquella noche. Una canción triste y romántica que había provocado arqueadas a la cazadora más joven. El romance a esa edad le aburría, carecía de interés. En su mente, cualquier norn no era ni la mitad de interesante que sus hermanos, no eran tan confiables como ellos ¡Ni de lejos tan apuestos!
-¡Hablamos del hijo de Ormar Bjornolfson! ¡Vanargand Lobogrís! ¿Te lo puedes creer? ¡Ven y ríe con nosotros!- Su padre le hizo un gesto cariñoso y jovial a su pareja para que celebrase la burla con ellos; pero Onna no rió. Es más, la mueca que dibujó en su rostro parecía a medias entre la indignación y la cólera.
No añadió ni una palabra hasta que hubo apurado su cuarto cuerno de cerveza y los clientes de la taberna ya menguaban a pares.
-¿Cómo puede ese descarado e insolente niñito llamarse Lobogrís? ¡Qué vergüenza! ¡Qué indignante! ¡No tiene derecho! ¡Ningún derecho! ¡Nos dará un maldito disgusto! -la madre se tambaleaba y aporreaba con fuerza la mesa de madera, que por fortuna, era lo suficientemente robusta.
-¿A que te refieres, madre? -Uno de sus hijos varones hizo el esfuerzo por desentrañar las frases inconexas de su madre.
- ¡Cálla, hijo! ¡Esto no es asunto tuyo! ¡Limítate a hacer caso a tu padre! ¡Ese Vanargand Lobogrís no es trigo limpio, ningún norn que no empuñe una lanza o hacha lo es!
Skadi permaneció unos segundos en silencio, compartiendo risas inocentes y carcajadas por doquier hasta que se giró a su madre para preguntarle, corroída por la curiosidad, espoleada por un impulso desconocido y vibrante que se adueñó de su voz.
-¿Quién es Vanargand Lobogrís, madre?
Pero Onna clavó la húmeda y embriagada mirada en los ojos de su hija, temiéndose lo peor.
Se había olvidado de ella. Se había olvidado del riesgo.
Por unos instantes, todos los augurios, todos aquellos sueños se hicieron realidad en los ojos ingenuos de Skadi, sentenciados por la curiosidad prematura.
Su madre nunca le respondió, su madre nunca le dijo que, en las pupilas de esta, vio arder en llamas aquel resquicio maldito del pasado.”
miércoles, 12 de junio de 2013
El Segundo Sueño
[Esto ocurrió tras la posesión de Ulfric, unos días más tarde. Por algunos motivos ehm... particulares, mi fierecilla salvaje recibió una buena tunda.
La poción en concreto que toma Skadi es un tónico elaborado por maese Urd :P para poder recordar los sueños y así dejar que Orfilia se instale en ellos y le muestre sus secretos]
Se levantó en mitad de la madrugada, sin saber porqué.
La luna brillaba a través los cristales cubiertos por la escarcha y de la hoguera central de la heredad, solo quedaban los restos. Cenizas se había despertado casi al mismo tiempo que Skadi, inquieto, alarmado por el desazón que embargaba a su compañera norn. El lobo siempre había tenido un vínculo muy especial con ella.
Recuerda que contempló el cuerpo de Vanargand dormido profundamente entre las pieles, perfilado por la luz etérea e irreal. Fue entonces cuando la memoria de aquellos ojos glaciales y sin vida la golpeó con tanta fuerza que a punto estuvo de gritar a pleno pulmón. Evocar lo ocurrido desentumece las heridas; y ahora duelen más que nunca, casi tanto como la brecha abierta en su férreo orgullo.
Deja caer la cabeza en la almohada de plumas e intenta conciliar el sueño. Pero cada vez que cierra los ojos, aquella mirada sigue allí y le habla con gélido desdén, recordándole cada uno de sus numerosos defectos. Se ahoga, no puede respirar, un nudo se ha instalado en su garganta y cada bocanada de aire es un suplicio, un infierno.
El reflejo de la luz sobre algunos de los muebles hace que le venga a la mente la figura de Orfilia, pálida y reluciente como la misma luna llena. Y eso le consuela.
La estela albina de las pieles hondeando a su paso y la cadencia pausada y dulce de sus palabras. Sabe que Vanargand recela del mundo de las nieblas y con razón; pero ahora el mundo onírico la seduce, como panacea de la realidad y bálsamo para sus heridas infectadas. Alcanza el frasco que el chamán de regaló y le da un sorbo.
Es un líquido espeso que se queda adherido a la garganta y sabe a frambuesas y romero. En unos segundos, un delicioso estupor se hace dueño de su mente y la emborracha. El alivio es tan súbito y el sopor tan exquisito que Skadi teme depender día a día del espíritu de su abuela para conciliar el sueño.
Ahora el miedo le resulta un sentimiento lejano y ajeno.
¿Por qué tenía tanto miedo?
¿Por qué se sentía tan humillada?
El placer embota sus sentidos y borra las huellas lentamente de lo sucedido hasta que no queda nada. Y entonces sueña.
Una niña menuda de cabellos castaños y embutida en pieles la toma de la mano y sigue su paso a regañadientes.
-Siempre me traes hasta aquí para nada. ¿Qué tiene de especial este sitio? ¡Mamá! ¿Me escuchas? Estoy cansada y Blanquita tiene sueño.
Blanquita es un oso de lana con botones por ojos y relleno de hierbas aromáticas que la joven Onna arrastra por donde va.
-Mamá, no lo entiendo. ¿Me vas a decir porque venimos hasta aquí cada semana? No hay nada que cazar y hace frío…
Orfilia sonríe paciente y Skadi cree que el corazón se sale de su pecho por la emoción, casi le entran ganas de llorar de alegría; supone que aquella sonrisa dulce y pícara al mismo tiempo, aquella sonrisa sutil que remarca sus hoyuelos, es la que le hubiese dedicado a ella también si hubiese podido conocerla.
El camino le es familiar. Laderas nevadas que no parecen tener fin y árboles muy altos que se mantienen imponentes y hermosos contra el viento, como guardianes del más allá.
Intenta verse a través de los ojos de Orfilia, pero solo alcanza a ver algunas piezas desteñidas del color más puro que jamás había visto. Entre la nieve, su abuela podría confundirse con el bello espíritu de una loba blanca.
Al fin llegan a su destino. Una colina por encima de las demás, desprovista de árboles o alguna construcción especialmente reseñable. Desde aquella colina nevada se pueden ver las imponentes montañas de piedra y la sombra de una heredad a la falda del montículo, resguardada y con las luces encendidas.
Skadi cree reconocer el lugar, ahora convertido en ruinas y azotado cruelmente por el paso del tiempo. Es la heredad de Vanargand, solo que con un aspecto reluciente y bullendo de vida.
-Mamá, Blanquita odia este sitio.
Onna se deja caer de culo en la nieve y se distrae arrancando hojas de un arbusto cercano para hacer una capa con estas a la paciente osa de trapo.
-Ya lo sé, cariño, ya lo sé. Pero Mamá necesita venir aquí.
-¿Por qué? Hace frio. ¿No quieres volver a casa?
- Porque este lugar es mágico, mi pequeña Onna. Tú quizás no puedes verlo, pero en él todos mis sueños, los más perdidos y traviesos, se arremolinan y toman forma. A mamá le gusta contemplar sus sueños perdidos aunque solo sea por unos breves instantes.
La voz de Orfilia rezuma melancolía y es tan tierna, que le entran ganas de abrazarla con fuerza.
- ¡No lo entiendo! ¿Por qué no dejas de mirarlos y vas a buscarlos? Solo están perdidos, seguro que la nieve los confundió. ¡llámalos! ¡Sueños, sueños, venid aquí con Mamá para que podamos irnos a cenar!
Onna se pone en pie de un salto con sus piernas regorditas y comienza a exclamar ayudada de las manos. Parece realmente empeñada en buscar esos sueños traviesos, aunque aún no sabe muy bien que son. En su mente infantil se parecen a Blanquita y juegan en aquella heredad que su madre observa.
- No puedo, Onna… pero yo me conformo con mirarlos. Aunque cada vez es más difícil dejar el lugar. Pero yo lo hago, lo hago por ti y por blanquita, por nuestra cena, para que no estéis solas.
Orfilia le ofrece otra sonrisa a su hija y aunque esta no comprende la situación, parece conformarse con eso. Se conforma con que no volverá a ese horrible lugar hasta dentro de siete lunas y que su madre, parece repuesta y contenta. Le gusta cuando sonríe y su madre la mira; cuando la mira de verdad y no parece estar con sus ojos del color de la miel perdidos en cualquier otro lugar; un lugar inalcanzable incluso para ella.
A Skadi entonces no parece importarle porque están frente a la heredad de Vanargand, si no que también se conforma, igual que la joven Onna.
Orfilia ha hecho de los sueños rotos un escudo, un escudo de cristal muy hermoso que brilla con la aurora igual que un diamante. Un escudo que se desquebrajará con los años y acabará con su vida.
Pero igual que el devenir de la vida y la naturaleza constante del bosque, el escudo tiene una belleza limitada que lo hace único. Piensa sobre si ella será capaz de recoger los trozos de su orgullo y hacer algo parecido, algo tan precioso a lo que aferrarse.
Poco a poco la imagen de madre e hija volviendo sobre sus propios pasos se desvanece y la nieve se superpone con techo del lugar.
Esta vez, cuando despierta, no tiembla ni grita. Tan solo recuerda, nada más abrir los ojos en la oscuridad, haber visto algo familiar en el fondo del baúl de Ulfric.
Una osa de trapo, ajada y sucia, que ya no huele a hierbas aromáticas.
Se levantó en mitad de la madrugada, sin saber porqué.
La luna brillaba a través los cristales cubiertos por la escarcha y de la hoguera central de la heredad, solo quedaban los restos. Cenizas se había despertado casi al mismo tiempo que Skadi, inquieto, alarmado por el desazón que embargaba a su compañera norn. El lobo siempre había tenido un vínculo muy especial con ella.
Recuerda que contempló el cuerpo de Vanargand dormido profundamente entre las pieles, perfilado por la luz etérea e irreal. Fue entonces cuando la memoria de aquellos ojos glaciales y sin vida la golpeó con tanta fuerza que a punto estuvo de gritar a pleno pulmón. Evocar lo ocurrido desentumece las heridas; y ahora duelen más que nunca, casi tanto como la brecha abierta en su férreo orgullo.
Deja caer la cabeza en la almohada de plumas e intenta conciliar el sueño. Pero cada vez que cierra los ojos, aquella mirada sigue allí y le habla con gélido desdén, recordándole cada uno de sus numerosos defectos. Se ahoga, no puede respirar, un nudo se ha instalado en su garganta y cada bocanada de aire es un suplicio, un infierno.
El reflejo de la luz sobre algunos de los muebles hace que le venga a la mente la figura de Orfilia, pálida y reluciente como la misma luna llena. Y eso le consuela.
La estela albina de las pieles hondeando a su paso y la cadencia pausada y dulce de sus palabras. Sabe que Vanargand recela del mundo de las nieblas y con razón; pero ahora el mundo onírico la seduce, como panacea de la realidad y bálsamo para sus heridas infectadas. Alcanza el frasco que el chamán de regaló y le da un sorbo.
Es un líquido espeso que se queda adherido a la garganta y sabe a frambuesas y romero. En unos segundos, un delicioso estupor se hace dueño de su mente y la emborracha. El alivio es tan súbito y el sopor tan exquisito que Skadi teme depender día a día del espíritu de su abuela para conciliar el sueño.
Ahora el miedo le resulta un sentimiento lejano y ajeno.
¿Por qué tenía tanto miedo?
¿Por qué se sentía tan humillada?
El placer embota sus sentidos y borra las huellas lentamente de lo sucedido hasta que no queda nada. Y entonces sueña.
Una niña menuda de cabellos castaños y embutida en pieles la toma de la mano y sigue su paso a regañadientes.
-Siempre me traes hasta aquí para nada. ¿Qué tiene de especial este sitio? ¡Mamá! ¿Me escuchas? Estoy cansada y Blanquita tiene sueño.
Blanquita es un oso de lana con botones por ojos y relleno de hierbas aromáticas que la joven Onna arrastra por donde va.
-Mamá, no lo entiendo. ¿Me vas a decir porque venimos hasta aquí cada semana? No hay nada que cazar y hace frío…
Orfilia sonríe paciente y Skadi cree que el corazón se sale de su pecho por la emoción, casi le entran ganas de llorar de alegría; supone que aquella sonrisa dulce y pícara al mismo tiempo, aquella sonrisa sutil que remarca sus hoyuelos, es la que le hubiese dedicado a ella también si hubiese podido conocerla.
El camino le es familiar. Laderas nevadas que no parecen tener fin y árboles muy altos que se mantienen imponentes y hermosos contra el viento, como guardianes del más allá.
Intenta verse a través de los ojos de Orfilia, pero solo alcanza a ver algunas piezas desteñidas del color más puro que jamás había visto. Entre la nieve, su abuela podría confundirse con el bello espíritu de una loba blanca.
Al fin llegan a su destino. Una colina por encima de las demás, desprovista de árboles o alguna construcción especialmente reseñable. Desde aquella colina nevada se pueden ver las imponentes montañas de piedra y la sombra de una heredad a la falda del montículo, resguardada y con las luces encendidas.
Skadi cree reconocer el lugar, ahora convertido en ruinas y azotado cruelmente por el paso del tiempo. Es la heredad de Vanargand, solo que con un aspecto reluciente y bullendo de vida.
-Mamá, Blanquita odia este sitio.
Onna se deja caer de culo en la nieve y se distrae arrancando hojas de un arbusto cercano para hacer una capa con estas a la paciente osa de trapo.
-Ya lo sé, cariño, ya lo sé. Pero Mamá necesita venir aquí.
-¿Por qué? Hace frio. ¿No quieres volver a casa?
- Porque este lugar es mágico, mi pequeña Onna. Tú quizás no puedes verlo, pero en él todos mis sueños, los más perdidos y traviesos, se arremolinan y toman forma. A mamá le gusta contemplar sus sueños perdidos aunque solo sea por unos breves instantes.
La voz de Orfilia rezuma melancolía y es tan tierna, que le entran ganas de abrazarla con fuerza.
- ¡No lo entiendo! ¿Por qué no dejas de mirarlos y vas a buscarlos? Solo están perdidos, seguro que la nieve los confundió. ¡llámalos! ¡Sueños, sueños, venid aquí con Mamá para que podamos irnos a cenar!
Onna se pone en pie de un salto con sus piernas regorditas y comienza a exclamar ayudada de las manos. Parece realmente empeñada en buscar esos sueños traviesos, aunque aún no sabe muy bien que son. En su mente infantil se parecen a Blanquita y juegan en aquella heredad que su madre observa.
- No puedo, Onna… pero yo me conformo con mirarlos. Aunque cada vez es más difícil dejar el lugar. Pero yo lo hago, lo hago por ti y por blanquita, por nuestra cena, para que no estéis solas.
Orfilia le ofrece otra sonrisa a su hija y aunque esta no comprende la situación, parece conformarse con eso. Se conforma con que no volverá a ese horrible lugar hasta dentro de siete lunas y que su madre, parece repuesta y contenta. Le gusta cuando sonríe y su madre la mira; cuando la mira de verdad y no parece estar con sus ojos del color de la miel perdidos en cualquier otro lugar; un lugar inalcanzable incluso para ella.
A Skadi entonces no parece importarle porque están frente a la heredad de Vanargand, si no que también se conforma, igual que la joven Onna.
Orfilia ha hecho de los sueños rotos un escudo, un escudo de cristal muy hermoso que brilla con la aurora igual que un diamante. Un escudo que se desquebrajará con los años y acabará con su vida.
Pero igual que el devenir de la vida y la naturaleza constante del bosque, el escudo tiene una belleza limitada que lo hace único. Piensa sobre si ella será capaz de recoger los trozos de su orgullo y hacer algo parecido, algo tan precioso a lo que aferrarse.
Poco a poco la imagen de madre e hija volviendo sobre sus propios pasos se desvanece y la nieve se superpone con techo del lugar.
Esta vez, cuando despierta, no tiembla ni grita. Tan solo recuerda, nada más abrir los ojos en la oscuridad, haber visto algo familiar en el fondo del baúl de Ulfric.
Una osa de trapo, ajada y sucia, que ya no huele a hierbas aromáticas.
lunes, 3 de junio de 2013
La Hoja de Álamo
Le llamó poderosamente la atención por el broche que unía la capa sobre sus hombros: una exquisita hoja de álamo en plata, primorosamente tallada.
Ya lo había visto antes en otras ocasiones, los escaldos saben llamar la atención. Lo llamaban Fauces de plata y Thorleif era su nombre. Conocido pendenciero como todos los de su clase, a Skadi no solían infundirle confianza.
Ella comprendería que el gusto de la vida por las situaciones irónicas es infinito. Pero aquella noche, la hoja de álamo reflejaba los destellos de la hoguera y captó irremediablemente su interés. Por primera vez, lo miró.
Skadi seducía igual que cazaba, con ingenio y presteza.
Aquel era su hogar, su taberna, de algún modo, igual que los bosques conocidos como la palma de su mano; jugaba con ventaja, jugaba en casa.
La cazadora estaba libre de las convenciones sociales y no tuvo pudor entonces para invitar a Thorleif a una jarra de cerveza. No importaba el precio, solía conseguir lo que se proponía.
Tras un par de horas, Skadi reía escandalosamente a los agudos comentarios del artista y se inclinaba al hacerlo, regalándole una mirada a la pálida y generosa curva de sus pechos.
Fauces de Plata trataba de ganarse a la joven con palabras atrevidas y comentarios oportunos, regalándole los oídos cuando tenía la oportunidad.
A ella le encantaba incitar, tentar. En los momentos previos a la conquista, se sentía poderosa. Era la misma sensación que cuando apuntaba con su arco y sabía que la presa estaba a tiro. Una sensación excitante que hacía vibrar cada fibra de su ser.
Llegó el momento de marchar y Skadi lo empuja con el hombro al pasar, aunque no ha bebido tanto como para tropezar. Thorleif dice que esa noche se siente con suerte y sigue la estela de sus rizos del color de las llamas como quien sigue la cola de una estrella fugaz; devoto. Las curvas de la cazadora son hipnóticas, porque sabe moverse con gracia y hace que cada gesto sea una ofrenda al arte.
Piensa en escribir sobre ella y tan desconcertante resulta su marcha, danzarina y presta, que no ve a tiempo cuando una maza cae sobre su cabeza.
El escaldo está inconsciente y los tres hermanos de Skadi se encubren los unos a los otros para dejar, sin sospecha, al borde del lago, a aquel pobre desdichado que amenazaba con desflorar a su dulce y tierna hermanita.
Cuando estos se marchan, Skadi recorre el mismo camino hasta el norn desmayado. No hay remordimientos en sus ojos cuando se agacha frente a él y le quita el ansiado abalorio: aquel hermoso broche de plata que había captado su atención y que estaba dispuesta a conseguir. Porque Skadi siempre conseguía lo que se proponía, no importaba el precio.
En años posteriores, Thorleif Fauces de Plata no solo perdonó a la joven sin escrúpulos, si no que además se ganó el placer de hundir sus dedos en aquella mata de rizos sedosos. Pero esa es otra historia, su historia favorita.
Ya lo había visto antes en otras ocasiones, los escaldos saben llamar la atención. Lo llamaban Fauces de plata y Thorleif era su nombre. Conocido pendenciero como todos los de su clase, a Skadi no solían infundirle confianza.
Ella comprendería que el gusto de la vida por las situaciones irónicas es infinito. Pero aquella noche, la hoja de álamo reflejaba los destellos de la hoguera y captó irremediablemente su interés. Por primera vez, lo miró.
Skadi seducía igual que cazaba, con ingenio y presteza.
Aquel era su hogar, su taberna, de algún modo, igual que los bosques conocidos como la palma de su mano; jugaba con ventaja, jugaba en casa.
La cazadora estaba libre de las convenciones sociales y no tuvo pudor entonces para invitar a Thorleif a una jarra de cerveza. No importaba el precio, solía conseguir lo que se proponía.
Tras un par de horas, Skadi reía escandalosamente a los agudos comentarios del artista y se inclinaba al hacerlo, regalándole una mirada a la pálida y generosa curva de sus pechos.
Fauces de Plata trataba de ganarse a la joven con palabras atrevidas y comentarios oportunos, regalándole los oídos cuando tenía la oportunidad.
A ella le encantaba incitar, tentar. En los momentos previos a la conquista, se sentía poderosa. Era la misma sensación que cuando apuntaba con su arco y sabía que la presa estaba a tiro. Una sensación excitante que hacía vibrar cada fibra de su ser.
Llegó el momento de marchar y Skadi lo empuja con el hombro al pasar, aunque no ha bebido tanto como para tropezar. Thorleif dice que esa noche se siente con suerte y sigue la estela de sus rizos del color de las llamas como quien sigue la cola de una estrella fugaz; devoto. Las curvas de la cazadora son hipnóticas, porque sabe moverse con gracia y hace que cada gesto sea una ofrenda al arte.
Piensa en escribir sobre ella y tan desconcertante resulta su marcha, danzarina y presta, que no ve a tiempo cuando una maza cae sobre su cabeza.
El escaldo está inconsciente y los tres hermanos de Skadi se encubren los unos a los otros para dejar, sin sospecha, al borde del lago, a aquel pobre desdichado que amenazaba con desflorar a su dulce y tierna hermanita.
Cuando estos se marchan, Skadi recorre el mismo camino hasta el norn desmayado. No hay remordimientos en sus ojos cuando se agacha frente a él y le quita el ansiado abalorio: aquel hermoso broche de plata que había captado su atención y que estaba dispuesta a conseguir. Porque Skadi siempre conseguía lo que se proponía, no importaba el precio.
En años posteriores, Thorleif Fauces de Plata no solo perdonó a la joven sin escrúpulos, si no que además se ganó el placer de hundir sus dedos en aquella mata de rizos sedosos. Pero esa es otra historia, su historia favorita.
domingo, 31 de marzo de 2013
Biografía de Skadi Luna de Lobo
Dos días antes, el cielo se partió en dos con el trueno más horrísono que se había escuchado en largos años. Nevó impetuosa e insistentemente hasta que cubrió cada árbol y cada camino de piedra como si una mano invisible estuviese borrando el mundo real con su manto blanquecino, caprichosa.
Los dolyaks se agitaban y estremecían en sus frágiles establos de madera y no había una sombra de vida entre campamento y campamento. Solo se escuchaba el áspero cantar de la ventisca; obstinado, voraz y que poco a poco, hacía callar a la vida.
Allí el invierno reinaba día tras día y aunque estaban acostumbrados a sus crueles regalos, los ingratos habitantes habían conocido pocas tormentas tan duras como la que se manifestó entonces.
Pero el granizo y el fuerte viento del norte, dieron paso a la calma. De la misma manera que había venido la tempestad se fue, sin avisar. La tercera noche, los búhos, osos y otras criaturas del bosque pudieron contemplar un cielo nocturno tan despejado que la tormenta parecía no haber transcurrido jamás.
La luna llena alumbraba y cubría todo con su manto y le daba un aspecto irreal, casi de etéreo santuario.
Fue aquella noche cuando los lobos, después de días sin alimentarse, aullaron a la luna de pura impotencia contra la estricta naturaleza.
Fue aquella noche de luna llena cuando la niña nació.
Su llegada fue bien recibida, hija de Onna e Hildolfr, que ya antes habían tenido tres hijos varones. Onna creía firmemente en las señales de la naturaleza y jugaba a interpretarlas, aunque nunca había tenido el don para congraciarse con los espíritus. Su hija era blanca como la leche y tenía el rostro redondo como la misma luna que había sellado su nacimiento.
A las lunas que corrían durante las semanas venideras las llamaban: las lunas de lobo. Porque ante la crudeza del clima y la escasez de presas, los lobos aullaban de hambre. El destino de aquella criatura estaba ya escrito y la llamarían: Skadi Luna de Lobo.
Onna agradeció encarecidamente la llegada de una niña, deseosa de que llegasen pronto sus días de juventud para enseñarle todo lo que sabía, toda la sabiduría que había acumulado durante largos años. Y aunque había formado con diligencia también a sus hijos varones, deseaba fervientemente depositar toda esa experiencia en una futura Norn adulta, en una guerrera como ella.
Las décadas doradas de Hildolfr y Onna habían pasado ya, tiempo atrás habían dejado los enfrentamientos, más allá de la cacería rutinaria. En una de estas últimas, en lo más espeso del bosque que rodeaba su hogar, Hildolfr, desafortunadamente, se encontró con la cueva en la que dormitaban unos oseznos.
La madre no tardó en dar con el intruso y aunque sus intenciones no eran malas, ella defendió a sus crías con devoción y dejó mutilado gravemente al cazador, privándole de su brazo derecho y un ojo. Desde entonces, Hildolfr Rugido de oso, perdió el favor de la madre osa y fue a ser llamado Hildolfr el tuerto. Ahora, el que había sido un aclamado guerrero y un cazador consumado, dependía de su mujer e hijos para la más nimia de sus tareas. Lejos de agriar su carácter, se sintió agradecido por contar con una familia y abrazó el espíritu del padre lobo sin esfuerzo, espíritu que la familia de su mujer Onna, había seguido durante generaciones. Hildolfr tenía una manada y aprendió la sabiduría del trabajo en equipo.
La taberna “Refugio del Lobato” se erigía entre montañas escarpadas y un espeso bosque de abetos. Estaba a más de medio día de distancia de otros hogares pero resultaba el lugar de descanso perfecto para viajeros cansados y cazadores extraviados. Era un edificio robusto y con encanto en el que Hildolfr Y Onna habían puesto todos sus esfuerzos cuando habían sido jóvenes y aun gozaban de fuerzas suficientes para pasar día y noche en busca de madera y piedra.
Su hogar no solo era la luz guía para sus hijos, si no que también era la delicia de sus huéspedes. Un vivo fuego siempre estaba encendido en la inmensa chimenea y alumbraba la estancia; cómoda y cubierta por pieles. Se servía cerveza con especias y carne en abundancia; nunca faltaba una palabra reconfortante para los gentiles o una buena tunda para aquel que se sobrepasase con sus anfitriones.
Los transeúntes más curiosos la recuerdan: una chiquilla observadora con unos enormes ojos verdes como la hierba fresca y que poseía una dignidad impropia para su edad.
Sus respuestas serias y elocuentes resultaban de lo más divertidas para sus padres, mientras sus hermanos se esforzaban por arrebatarle una pizca de esa solemnidad que incluso cubierta de harina tras sus travesuras, era capaz de mantener.
Un cazador recuerda como una noche se escapó para buscar a la pareja de lobos alfa, amiga de la familia. Tundra llevaba meses gestando y cuando un grupo de clientes alzó los candiles para rastrearla en los límites del bosque, la encontraron agazapada junto a la madre loba y su nueva camada.
La primera tarde de cacería con sus padres, Skadi iba perseguida por cuatro cachorros de lobo que tiraban de sus botas de piel y reclamaban juegos y caricias… menos uno. Un lobo con el lomo gris y el vientre pardo, que parecía poseer esa seriedad y orgullo, propios de la chiquilla y que ayudó a que intimasen especialmente. Luna de Lobo nunca le otorgó un nombre especial y había días que lo llamaba “Orejas de terciopelo” y otros “Amigo aullador”.
Gustaba de nombrarlo cada pocos días de forma diferente y aseguraba que cuando el lobo estuviese preparado aullaría su nombre propio, sin necesidad de que ella le impusiese uno.
Todos los hijos de Hildolfr y Onna eran consumados arqueros. Habían adquirido con los años la paciencia y la destreza suficientes para oír el viento y domar su respiración, para tensar la cuerda y dar siempre (o casi siempre) en el blanco. Pronto, los cuatro hermanos dejaron atrás a sus padres y se internaron solos entre las celosas ramas del bosque. Sus presas eran cada vez mayores y más numerosas, quedando cerca el día en que los cuatro, uno por uno, dejarían el hogar.
La tarde en que Asbjorn, hijo mayor, presentó a su futura mujer, Skadi se sintió más ultrajada que el resto de sus hermanos; pues de algún modo, su hermano mayor había violado aquel pacto no escrito de permanecer siempre juntos. Aunque le insistieron, Luna de Lobo se negó a conocerla y permaneció tres días y tres noches en lo salvaje.
Los rumores cuentan que allí conoció a otro indómito y solitario cazador, seguidor de la madre osa e hijo de un viejo trampero, muerto hace ya años.
El misterioso cazador estaba apunto de unirse a los Hijos de Svanir, pues la soledad le había mordido los talones desde hacía un tiempo y se veía incapaz de comenzar su propia leyenda desde aquel olvidado lugar, sin medios.
El oso envidiaba a la joven loba, que lo tenía todo. Poco a poco y tras varios meses de abruptas desapariciones por parte de ambos, Skadi entró en razón con respecto a sus hermanos y el solitario dejó el camino de los Svanir a un lado; creyendo ver en la manada de Hildolfr y Onna una nueva oportunidad.
Una apacible noche, Onna soñó con trece sombras negras que poco a poco sumían las enormes montañas que rodeaban su hogar en la oscuridad. En su visión, las sombras llegaban hasta la cumbre y entonces hacía presencia el espíritu de la lechuza, llenando, con sus pálidas alas, de luz y esperanza una vez más el bosque.
El sueño se repitió varias veces, pero por más que se lo explicaba a su esposo, este no le veía sentido e intentaba calmarla; pues el espíritu de la lechuza se había sacrificado una vez por los suyos en la lucha contra el dragón Jormag y las temibles sombras no aparecían por ningún lado. La paz parecía reinar en aquel silvestre lugar.
Pero entonces, el solitario cazador apareció una mañana para ver a Skadi con el cadáver de una lechuza blanca y dijo habérsela encontrado en los alrededores. El gran oso parecía desconcertado cuando Onna quiso echarlo de su taberna y lo acusó de traer el mal a su hogar. Aunque padre y hermanos intentaron mediar por el cazador, Onna no entraba en razón y decidió no otorgar el perdón al Norn hasta que Skadi, su más amada hija, fuese a Hoelbrak en busca de consejo.
Así fue como Luna de Lobo vio por primera vez con sus propios ojos tan magno asentamiento, acompañada de su fiel amigo Lobo y la vieja matriarca Tundra.
Fue entonces cuando concibió al completo la grandeza de los suyos y aunque ya había escuchado historias y aventuras de sus padres, ver allí mismo el esplendor y el ir y venir de los grandes héroes de la historia, era muy diferente. Skadi se retrasó en su vuelta, pues le fue difícil encontrar a alguien capaz de interpretar dicho sueño y la ciudad bullía de seductora vida.
Tras varios días, un anciano, que decía haber sido seguidor de la lechuza, interpretó el sueño de Onna. “Los caídos te protegerán” le había dicho aquel hombre de túnica y pieles blancas.
Skadi regresó a su hogar con el enigma resuelto y dicen que al llegar no encontró a sus honorables padres ni a sus fuertes hermanos esperándola, solo las ruinas y las cenizas de su hogar, esparcidas por el claro donde antes se había asentado. De la familia que regentaba el “El refugio del Lobato” no se supo nada más.
Las familias más cercanas al lugar de la tragedia dicen que Luna de Lobo también desapareció, consumida por el dolor de la pérdida. Murmuran que se perdió en los bastos bosques para vagar con los suyos por siempre jamás, acompañada por Tundra y su lobo recién nombrado: Cenizas.
Los dolyaks se agitaban y estremecían en sus frágiles establos de madera y no había una sombra de vida entre campamento y campamento. Solo se escuchaba el áspero cantar de la ventisca; obstinado, voraz y que poco a poco, hacía callar a la vida.
Allí el invierno reinaba día tras día y aunque estaban acostumbrados a sus crueles regalos, los ingratos habitantes habían conocido pocas tormentas tan duras como la que se manifestó entonces.
Pero el granizo y el fuerte viento del norte, dieron paso a la calma. De la misma manera que había venido la tempestad se fue, sin avisar. La tercera noche, los búhos, osos y otras criaturas del bosque pudieron contemplar un cielo nocturno tan despejado que la tormenta parecía no haber transcurrido jamás.
La luna llena alumbraba y cubría todo con su manto y le daba un aspecto irreal, casi de etéreo santuario.
Fue aquella noche cuando los lobos, después de días sin alimentarse, aullaron a la luna de pura impotencia contra la estricta naturaleza.
Fue aquella noche de luna llena cuando la niña nació.
Su llegada fue bien recibida, hija de Onna e Hildolfr, que ya antes habían tenido tres hijos varones. Onna creía firmemente en las señales de la naturaleza y jugaba a interpretarlas, aunque nunca había tenido el don para congraciarse con los espíritus. Su hija era blanca como la leche y tenía el rostro redondo como la misma luna que había sellado su nacimiento.
A las lunas que corrían durante las semanas venideras las llamaban: las lunas de lobo. Porque ante la crudeza del clima y la escasez de presas, los lobos aullaban de hambre. El destino de aquella criatura estaba ya escrito y la llamarían: Skadi Luna de Lobo.
Onna agradeció encarecidamente la llegada de una niña, deseosa de que llegasen pronto sus días de juventud para enseñarle todo lo que sabía, toda la sabiduría que había acumulado durante largos años. Y aunque había formado con diligencia también a sus hijos varones, deseaba fervientemente depositar toda esa experiencia en una futura Norn adulta, en una guerrera como ella.
Las décadas doradas de Hildolfr y Onna habían pasado ya, tiempo atrás habían dejado los enfrentamientos, más allá de la cacería rutinaria. En una de estas últimas, en lo más espeso del bosque que rodeaba su hogar, Hildolfr, desafortunadamente, se encontró con la cueva en la que dormitaban unos oseznos.
La madre no tardó en dar con el intruso y aunque sus intenciones no eran malas, ella defendió a sus crías con devoción y dejó mutilado gravemente al cazador, privándole de su brazo derecho y un ojo. Desde entonces, Hildolfr Rugido de oso, perdió el favor de la madre osa y fue a ser llamado Hildolfr el tuerto. Ahora, el que había sido un aclamado guerrero y un cazador consumado, dependía de su mujer e hijos para la más nimia de sus tareas. Lejos de agriar su carácter, se sintió agradecido por contar con una familia y abrazó el espíritu del padre lobo sin esfuerzo, espíritu que la familia de su mujer Onna, había seguido durante generaciones. Hildolfr tenía una manada y aprendió la sabiduría del trabajo en equipo.
La taberna “Refugio del Lobato” se erigía entre montañas escarpadas y un espeso bosque de abetos. Estaba a más de medio día de distancia de otros hogares pero resultaba el lugar de descanso perfecto para viajeros cansados y cazadores extraviados. Era un edificio robusto y con encanto en el que Hildolfr Y Onna habían puesto todos sus esfuerzos cuando habían sido jóvenes y aun gozaban de fuerzas suficientes para pasar día y noche en busca de madera y piedra.
Su hogar no solo era la luz guía para sus hijos, si no que también era la delicia de sus huéspedes. Un vivo fuego siempre estaba encendido en la inmensa chimenea y alumbraba la estancia; cómoda y cubierta por pieles. Se servía cerveza con especias y carne en abundancia; nunca faltaba una palabra reconfortante para los gentiles o una buena tunda para aquel que se sobrepasase con sus anfitriones.
Los transeúntes más curiosos la recuerdan: una chiquilla observadora con unos enormes ojos verdes como la hierba fresca y que poseía una dignidad impropia para su edad.
Sus respuestas serias y elocuentes resultaban de lo más divertidas para sus padres, mientras sus hermanos se esforzaban por arrebatarle una pizca de esa solemnidad que incluso cubierta de harina tras sus travesuras, era capaz de mantener.
Un cazador recuerda como una noche se escapó para buscar a la pareja de lobos alfa, amiga de la familia. Tundra llevaba meses gestando y cuando un grupo de clientes alzó los candiles para rastrearla en los límites del bosque, la encontraron agazapada junto a la madre loba y su nueva camada.
La primera tarde de cacería con sus padres, Skadi iba perseguida por cuatro cachorros de lobo que tiraban de sus botas de piel y reclamaban juegos y caricias… menos uno. Un lobo con el lomo gris y el vientre pardo, que parecía poseer esa seriedad y orgullo, propios de la chiquilla y que ayudó a que intimasen especialmente. Luna de Lobo nunca le otorgó un nombre especial y había días que lo llamaba “Orejas de terciopelo” y otros “Amigo aullador”.
Gustaba de nombrarlo cada pocos días de forma diferente y aseguraba que cuando el lobo estuviese preparado aullaría su nombre propio, sin necesidad de que ella le impusiese uno.
Todos los hijos de Hildolfr y Onna eran consumados arqueros. Habían adquirido con los años la paciencia y la destreza suficientes para oír el viento y domar su respiración, para tensar la cuerda y dar siempre (o casi siempre) en el blanco. Pronto, los cuatro hermanos dejaron atrás a sus padres y se internaron solos entre las celosas ramas del bosque. Sus presas eran cada vez mayores y más numerosas, quedando cerca el día en que los cuatro, uno por uno, dejarían el hogar.
La tarde en que Asbjorn, hijo mayor, presentó a su futura mujer, Skadi se sintió más ultrajada que el resto de sus hermanos; pues de algún modo, su hermano mayor había violado aquel pacto no escrito de permanecer siempre juntos. Aunque le insistieron, Luna de Lobo se negó a conocerla y permaneció tres días y tres noches en lo salvaje.
Los rumores cuentan que allí conoció a otro indómito y solitario cazador, seguidor de la madre osa e hijo de un viejo trampero, muerto hace ya años.
El misterioso cazador estaba apunto de unirse a los Hijos de Svanir, pues la soledad le había mordido los talones desde hacía un tiempo y se veía incapaz de comenzar su propia leyenda desde aquel olvidado lugar, sin medios.
El oso envidiaba a la joven loba, que lo tenía todo. Poco a poco y tras varios meses de abruptas desapariciones por parte de ambos, Skadi entró en razón con respecto a sus hermanos y el solitario dejó el camino de los Svanir a un lado; creyendo ver en la manada de Hildolfr y Onna una nueva oportunidad.
Una apacible noche, Onna soñó con trece sombras negras que poco a poco sumían las enormes montañas que rodeaban su hogar en la oscuridad. En su visión, las sombras llegaban hasta la cumbre y entonces hacía presencia el espíritu de la lechuza, llenando, con sus pálidas alas, de luz y esperanza una vez más el bosque.
El sueño se repitió varias veces, pero por más que se lo explicaba a su esposo, este no le veía sentido e intentaba calmarla; pues el espíritu de la lechuza se había sacrificado una vez por los suyos en la lucha contra el dragón Jormag y las temibles sombras no aparecían por ningún lado. La paz parecía reinar en aquel silvestre lugar.
Pero entonces, el solitario cazador apareció una mañana para ver a Skadi con el cadáver de una lechuza blanca y dijo habérsela encontrado en los alrededores. El gran oso parecía desconcertado cuando Onna quiso echarlo de su taberna y lo acusó de traer el mal a su hogar. Aunque padre y hermanos intentaron mediar por el cazador, Onna no entraba en razón y decidió no otorgar el perdón al Norn hasta que Skadi, su más amada hija, fuese a Hoelbrak en busca de consejo.
Así fue como Luna de Lobo vio por primera vez con sus propios ojos tan magno asentamiento, acompañada de su fiel amigo Lobo y la vieja matriarca Tundra.
Fue entonces cuando concibió al completo la grandeza de los suyos y aunque ya había escuchado historias y aventuras de sus padres, ver allí mismo el esplendor y el ir y venir de los grandes héroes de la historia, era muy diferente. Skadi se retrasó en su vuelta, pues le fue difícil encontrar a alguien capaz de interpretar dicho sueño y la ciudad bullía de seductora vida.
Tras varios días, un anciano, que decía haber sido seguidor de la lechuza, interpretó el sueño de Onna. “Los caídos te protegerán” le había dicho aquel hombre de túnica y pieles blancas.
Skadi regresó a su hogar con el enigma resuelto y dicen que al llegar no encontró a sus honorables padres ni a sus fuertes hermanos esperándola, solo las ruinas y las cenizas de su hogar, esparcidas por el claro donde antes se había asentado. De la familia que regentaba el “El refugio del Lobato” no se supo nada más.
Las familias más cercanas al lugar de la tragedia dicen que Luna de Lobo también desapareció, consumida por el dolor de la pérdida. Murmuran que se perdió en los bastos bosques para vagar con los suyos por siempre jamás, acompañada por Tundra y su lobo recién nombrado: Cenizas.
La primera cacería - Segunda parte
El
cazador siempre traía una muestra de su presa y Skadi cumplió con lo que se
esperaba de ella. Nadie dijo nada al respecto, ni tan siquiera la aludida; no
quiso justificar sus actos hasta que el cuerpo inerte de aquel hombre estuvo
frente a ella. Era su costumbre infundir las palabras con una indiferencia
absoluta, pero en aquella ocasión, joven e inexperta, se le trabo el discurso
en varias ocasiones.
El
hombre muerto no era un desconocido para ninguno de los presentes. Alborotador,
agresivo e insolente, viajaba de taberna en taberna, granjeándose enemigos y
armando fuertes peleas en las que siempre solía salir victorioso, pues
envenenaba sus armas.
La cazadora contó que había sentido su presencia
rondándola durante toda la cacería y que aunque se esforzó para despistarlo en
varias ocasiones, su paciencia tenía un límite. Estaba acechándola y nadie
osaba acecharla sin su consentimiento.
Skadi
era conocida entre los suyos por no tener compasión. No era cruel, pero sí
poseía el pragmatismo de los animales hambrientos. Aunque era honorable en el
combate y honraba a sus víctimas, muchos actos, como el de la gran cacería, la
revistieron con una fama de impetuosa y colérica cazadora que no veía más allá
cuando vestía la piel del lobo.
Muchos
pensaron que se trataba de un ardid suyo. Era astuta y se la reconocía como
estratega consumada en campo abierto, cuando el peligro natural te acechaba tras
cada arbusto.
Así pues, no tardaron en atar cabos, pensaron que tenía sus
motivos personales para matar a aquel hombre y que había aprovechado la
ocasión.
Otros interpretaron la señal como señal de mal augurio, pues había
cazado a un hombre y esto alteraba el delicado equilibrio entre Norn y animal,
entre depredador y presa, se había presentado a los suyos como una segadora de
iguales.
Parte
de la muchedumbre se fue tras haber lanzando sus críticas contra lo acontecido.
Pero otra parte se quedó e incluso alabaron la fortuna venidera de Skadi. Un
hombre y su hijo ofrecieron a la joven un collar de cuero con el colgante de una
hoja de roble gravada en estaño como agradecimiento.
El hijo había perdido la
visión de uno de sus ojos a causa de una riña con el susodicho; el veneno
alcanzó el entrecejo e infecto una de las cuencas de este hasta que consumió el
sentido de la vista.
La cazadora se vio obligada a aceptar el regalo aunque
también tenía sus dudas con respecto a lo sucedido. Hubiese dado el cabello por
tener una gran cacería como la de los demás, corriente y sin sobresaltos.
Aun
así, la ceremonia siguió tal como se había planeado; el incidente no se volvió
a nombrar durante todo lo que restaba de noche.
Cerca
de las ocho hogueras había encendida otra mucho más grande y en torno a la cual
se disponían algunas mesas, preparadas para el dichoso festejo.
Antes de
comenzar la generosa cena de medianoche, se dispuso una bandeja a los pies de
Skadi. Se trataba de las mejores partes comestibles de algunos animales, dos
cuernos con la mejor hidromiel y algunos tubérculos maduros.
Era imprescindible
que se honrase al espíritu protector, en este caso al lobo, antes de empezar a
celebrar. Skadi fue echando uno por uno los alimentos al fuego, dando las
gracias en el más absoluto silencio y anhelando secretamente que no estuviese
desterrada de su cariño paternal por lo sucedido. Solo se había defendido.
Cuando
se sentaron todos en las mesas, tres veces se brindó con la mejor hidromiel de
la taberna. La primera por los cuatro espíritus, la segunda por la familia y
una tercera por la cazadora.
Skadi
nunca cuenta lo que sucedió esa noche. Y aunque muchos puedan creerse que es
por resultar intrigante y misteriosa, realmente es porque apenas se acuerda.
El
alcohol nubló deliciosamente sus sentidos tras el quinto cuerno repleto de
cerveza y aunque la comida la saciaba, no era suficiente.
Era una noche fría pero
no sentía el frio. El ambiente estaba cargado con el humo de la hoguera y el
incienso natural, que reconocía como de su madre, pues ella misma lo elaboraba.
Oía
risas, bromas y palabras de ánimo. Todo el mundo hablaba, comía y bebía
alegremente.
Recuerda las estruendosas carcajadas de su padre y las manos
cariñosas sobre ella de algunos conocidos, felicitándola. La carne se servía
caliente incluso a altas horas de la madrugaba y sabía especiada, grasienta
hasta el punto de que el líquido tibio y aceitoso recorría sus brazos desnudos.
Se
retiró de la mesa cuando ya casi todos lo habían hecho. Las llamas de la
hoguera la llamaban, el fuego siempre había ejercido una poderosa atracción
sobre ella; su madre decía que su destino estaba ligado a él.
Andaba en
círculos en torno a esta cuando alzó la mirada y descubrió a un joven cazador
siguiendo los mismos pasos que ella.
Si se adelantaba, el lo hacía. Si bajaba
la mirada, este también lo hacía.
Skadi no tardó en verse vuelta en un juego
infantil y ebrio que consistía en llegar al otro sin dejar de acechar en
círculos en torno a la hoguera. La caza enardecía sus sentidos y aquello se parecía
mucho. El calor la hacía sudar, la tensión coloreaba sus mejillas y la hacía
aullar en éxtasis.
Cuando se aburrió de esperar, la depredadora se dejó atrapar
por aquel desconocido y lo condujo al interior de la taberna.
Ella afirma que
no se acuerda de su rostro, que sólo sería capaz de identificar la enramada de
sus tatuajes sobre la piel. El tacto calloso de sus dedos se le antojó
exquisito y cree acordarse que desdibujó con esmero cada nudo de sangre en sus
extremidades.
Cuando Skadi despertó, el sol se asomaba tímidamente tras las
montañas.
Urtha
Tinta de Cristal dice que vio salir a la joven de una habitación que no era
suya cargando con una pesada capa de pieles.
Recorrió los pasillos con
dignidad, descalza y con la nube de rizos agitándose a su paso. No pareció
dudar en pisar la fría nieve sin calzar y avanzar hasta una meseta que se
elevaba a unos metros de su hogar.
La Anciana se unió a ella para recordarle
que aquello no había llegado a su fin. Nadie mejor que ella para recordárselo,
pues sería esa misma mujer quien marcase su piel con tinta y fuego de forma
permanente en honor a su mayoría de edad e independencia como cazadora.
Todos
los hijos varones de Onna habían sido tatuados por Urtha Tinta de Cristal el
día después de la primera cacería. Cada uno de ellos con un nudo propio
acompañado por un lobo en diferente posición.
Onna
advirtió a Skadi. Un tatuaje podía marcar su leyenda, pues este la acompañaría
hasta el fin de los días. No escatimó en detalles sobre el dolor y las fiebres
que seguirían a su decisión.
Su madre tenía unas elegantes marcas sobre su
cuello, finas y enigmáticas como ella misma.
La
cazadora se decidió aquel mismo día por el dibujo que había llevado en su gran cacería
y que anteriormente había portado con orgullo Goi Aullido Perpetuo.
Esa tarde se
inició la ornamentación de su cuerpo en el hogar de Urtha Tinta de Cristal pese
a los motivos disuasorios de su madre.
Skadi sabía que la noche anterior había
obrado tentando a la suerte y no volvería a cometer ese error, menos aun por la
pueril condena de unas fiebres.
No,
Skadi Luna de Lobo sería tatuada con los mismos símbolos que había tenido su Tatarabuelo.
martes, 26 de marzo de 2013
La primera cacería - Primera parte
La
primera cacería en solitario marcaba un antes y un después en sus vidas. Era
entonces cuando la sociedad te tomaba en consideración, pasabas de ser un niño
indefenso a ser un cazador, un miembro más de la orgullosa población de los
Norn. Si bien, hay pequeñas diferencias en dicha cacería dependiendo de la
familia que la realice; ya sea por fauna, el clima, el lugar o el arma
predilecta del linaje en cuestión. La tradición de la cacería en su familia se
remontaba varias generaciones atrás y gozaba de algunas particularidades. La
superstición heredada por los miembros de la familia de Onna, hija de Orfilia
la Hambrienta, alimentaba estas particularidades y se aseguraba de que se
siguiesen a rajatabla.
Ninguno
de los hijos de la afamada Onna había discutido jamás el porqué o había
pretendido sublevarse contra la tradición, pues aunque consideraban que las
interpretaciones de su madre en la mayoría de sus casos, podrían tratarse de
pura fantasía, no querían ofenderla. Que ella no supiese interpretar las señales
no significaba que el resto no pudiese o que estas en sí no existiesen.
La
tradición decía que los preparativos se iniciarían cuando el sol estuviese en
su plenitud, justo al mediodía. El hogar de la familia en cuestión cerraría las
puertas para los visitantes y vecinos, dejando en su interior únicamente a los
familiares de línea directa de sangre. La chimenea debía estar encendida y en
su interior, se quemaban leños de abeto y algunas piñas, impregnando el aire de
un olor pesado y terroso. Se decía que esto ayudaba al cazador a adaptar los
sentidos antes de la partida, además de evitar el frio o entumecimiento de los
miembros mientras la actual cabeza de familia femenina pintaba con minuciosidad
al mismo.
Se
utilizaba un cubo lleno de sangre fresca de venado. Este animal era uno de los
más frecuentemente cazados en el evento. De algún modo, llevar la sangre
impregnada en la piel, ya te hacía victorioso, auguraba el final de la ocasión.
La
preparación llevaba horas y el engalanamiento era una de las esperas más
tediosas. No eran dibujos cualesquiera o nudos improvisados; se pintaba una
réplica exacta de los tatuajes que había tenido de manera permanente su
tatarabuelo: Goi Aullido perpetuo .
Fue
él quien inicio aquella serie de rituales. En su primera cacería y dejándose
llevar por un torrente de emoción, que luego adjudicaría al espíritu del lobo,
se había pintado el cuerpo con la sangre del ciervo. Cuando regresó a su hogar
no lo hizo con un trozo de su carne, si no con el cuerpo entero a cuestas sobre
sus fornidos hombros. Goi fue un gran hombre y no solo se cubrió con la gloria
proveniente de proezas y cacerías; si no que una vez llegada la amenaza del
dragón y aunque por entonces, ya había dejado atrás su juventud hacia décadas,
protegió a los suyos con verdadera devoción y furia.
Los
tatuajes en sangre se repetían una y otra vez sobre los cuerpos de sus
descendientes. Onna era la primera vez que pintaba a una mujer, a su hija.
Luego,
en la cena de celebración, dijo que Skadi no había murmurado ni una sola
palabra o queja, que se había mantenido desnuda frente a la chimenea sin
pestañear mientras ella la embadurnaba con la sangre y le abrochaba las pieles
ceremoniales, más toscas y rústicas que las que habitualmente se utilizaban.
Su
hija había heredado el cabello cobrizo, con los tonos del rojo intenso propio de
las fogatas y que había permanecido en su familia desde los tiempos de Goi.
Rizado, fuerte y espeso, caía sobre sus hombros y se enredaba a sus espaldas. Decían
que incluso los hombres de su legado heredaban aquel llamativo tinte y que era
signo de su grandeza y pasión por la caza. Si era cierto o no, Onna no lo
sabía, solo su primogénito y Skadi, lo habían heredado.
Ninguna
de sus dos líneas de sangre parentales habían gozado de una altura
significativa entre los suyos, siendo más bien, fuertes y resistentes, haciendo
gala de músculos bien definidos y torsos generosos. La cazadora a prueba, no
obstante, era inusualmente bajita. No llegaba al cuello a ninguno de sus tres
hermanos y dudaba que fuese a crecer más. Se sentía preocupada, pues aunque no
osaba dudar de su calidad como cazadora, cualquiera podría subestimarla; un
buen porte te ahorraba muchos problemas y Skadi no lo tenía.
Estaba
lista, ningún cazador estaba preparado para su gran día sin antes haber pasado
años de entrenamiento y correrías en grupo. Sus extremidades hablaban por si
mismas, esbeltas pero firmes. Tenía las rodillas con algunas cicatrices
profundas de años pasados y las piernas
torneadas, definidas, aptas para correr entre la espesura del bosque.
Sus
hijos le habían dicho que era más rápida que cualquiera de ellos, que cuando
quería esconderse, nadie podría divisarla; pues parecía fundirse con los
árboles y la naturaleza salvaje con una maestría sin igual.
Onna
le apretó los pechos con una larga y tosca tira de cuero. Le dio varias vueltas
a su torso hasta que no quedo más y entonces anudó. Generosa de busco y
caderas, la madre se sintió orgullosa de su herencia, pues perduraría; era improbable
que Skadi muriese en un parto. La joven cerró y abrió varias veces los puños y se
giró para comprobar la movilidad de su atuendo después de varias horas sin
mover un músculo.
De
la chimenea ya solo quedaban ennegrecidos restos de la madera cuando la madre
empezó a perfilar el rostro de su hija con una varilla de pino, mojándola en
los restos de la sangre. Tenía el rostro en forma de corazón y las facciones
delicadas, finas y con aire de perpetua juventud que incluso años posteriores,
no se desvanecería. Sus labios eran generosos pero estaban agrietados por el
frio, a veces le sangraban. Onna tenía unos profundos ojos castaños, del color
de la miel. Toda su familia los había tenido del mismo color y era una seña de identidad
propia. Se decía que eran ojos anclados en la tierra para comprenderla mejor.
Pero
Skadi había adquirido de su padre y la familia de este, unos ojos verdes tan
pálidos que en ocasiones parecían grises. Estaban enmarcados con espesas
pestañas y no gozaban del brillo que tenían miradas tan jóvenes; pues esta
siempre parecía evaluar todo con una calma indescriptible, con una seriedad
gélida que a veces hacía preguntarse a los suyos si alguna vez había sido niña.
Pero la cazadora explotaba en ira con una frecuencia asombrosa y teñía su
mirada con el ardor del fuego, con el ímpetu de su cólera o la pasión
exacerbada. Era el día o la noche, el hielo o el fuego, su hija no era equilibrada,
si no tenaz, radical y vehemente.
Sería
el cazador que justo antes de ella habría pasado por la prueba, el que le
otorgaría la piel del lobo. Su hermano, tres años mayor que ella, entró en la
estancia ya pobremente iluminada y la contempló con orgullo y nostalgia,
sabedor de que no volvería a ver a la pequeña revoltosa de la misma manera, si
no como a una cazadora más, una mujer adulta.
Cuando
posó la espesa piel por los hombros de esta, recordó el día en que su hermano
había hecho lo mismo con él. Recordaba como el corazón se le salía del pecho y
como le parecía que la sangre abrasaba la piel por la emoción.
La
primera vez que de pequeño alcanzó, en una de sus travesuras, a ver la capa, le
había preocupado. Corrió a su padre con la intención de acusar aquella
crueldad: alguien había asesinado a un lobo para hacerse con su piel y vivía en
su propia casa.
Hildolfr
le explicó con paciencia y un toque de humor que aquella piel, era el pelaje
del compañero de su tatarabuelo. Nadie lo había matado, si no que una vez
muerto el lobo en batalla, el mismo hizo que lo desollasen y llevó la piel de
este en sus últimas hazañas en señal de agradecimiento y respeto.
La
piel había permanecido décadas en su familia y estaban muy orgullosos de haber
podido salvarla tras su viaje al sur. Cuando el hermano salió bruscamente de
sus pensamientos, vio ante el a su hermana con la cabeza del lobo tapando la
suya propia y sus ojos perceptivos e inquietos inspeccionándole, preguntándole
en silencio si todo aquello saldría bien.
El
primogénito le daría las armas que previamente ella había tallado: lanza y
arco. Ambos de una calidad cuestionable y adornados con plumas y huesos,
demasiado ostentosos para la caza rutinaria pero perfectos para la gran
cacería.
Cuando
Skadi salió de su hogar. El sol ya se escondía entre las altas montañas y
pintaba la nieve con tonos anaranjados, era justo tal como mandaba la
tradición. Otras cacerías se llevaban a cabo durante el día pero la suya debía
empezar justo en el ocaso, tránsito entre el día y la noche, señal de un ciclo
eterno, pues iba a comenzar su leyenda, también eterna.
Ocho
hogueras en paralelo estaban encendidas a las afueras de su hogar y formaban un
camino hacia el bosque. Ella no lo recuerda con exactitud, pero allí estaban no
solo sus parientes, si no también, algunos antiguos refugiados curiosos. Su
familia ofrecería cerveza, hidromiel y carne a todo aquel que quisiese morar en
su hogar durante la noche del acontecimiento, era estricto deber. Así pues,
además de verdaderos interesados y curiosos, Skadi pensó después que también habría
muchos glotones interesados.
La
observaban fijamente y sin murmurar palabra, nadie hablaba con el cazador antes
de su partida, nadie podía ayudarle en su empresa. Muchos se sorprendieron al
verla, tan menuda y a la vez segura de si misma; avanzaba con pasos salvajes y
flexibles, como un depredador al acecho. No miró atrás ni dedicó sonrisas la
muchedumbre. Avanzó con decisión hasta que las copas de los árboles sofocaron
las lejanas luces de su hogar y el calor de la hoguera era tan solo un recuerdo
agradable en su piel.
Skadi
estaba familiarizada con las técnicas de caza y sabía que su punto fuerte era
esconderse, esperar, acechar y dar en el punto exacto. Podía escuchar el viento
y situaba con destreza a la fauna en el territorio. El olor que desprendía era muy
similar al del mismo bosque: terroso, húmedo y almizcleño. A diferencia de
otras jóvenes, ella había insistido en no utilizar oleos y perfumes desde que
empezó a cazar para la familia. Afirmaba que los animales desconfiaban de ella,
que podían olerla a mil pasos de distancia.
Así, esta se había impregnado con el salvaje y exótico aroma de los
bosques primigenios y sus frutos entremezclado con su propio sudor, resultando
como un olor muy característico, intenso y silvestre.
Lo
que ocurrió durante aquella partida de caza es todo un misterio. Rumores
adornan la ocasión casi como si se tratase de una leyenda, una leyenda amarga,
con un sabor agridulce. La cazadora regresó a su hogar en la plenitud de una
noche de luna creciente. En su mano y apretándola fuertemente en el puño tenía
una trenza de pelo rubio, cortada de raíz.
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