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viernes, 2 de agosto de 2013

Cuarto informe: Un Sueño sin Sueños

Día 57 de la estación del Céfiro del año 1326.

Estos últimos días me he dedicado infructuosamente a inspeccionar las extensiones del Pantano de Wychmire, desde Falias Thorpe hasta X, el asentamiento de la Guardia del León. No hay una sola pista que revele el paradero del Fantasma de Wychmire; en cambio, sí que ha dejado evidencias, y muy abundantes, tras de sí: cuerpos, de cortesanos en esta ocasión.

Estaban tendidos en el suelo como si durmiesen; el rencor y la añoranza que deforman sus expresiones habían desaparecido. Daban pena, sí, y también terror. Pese a esto, no cometeré el error de pensar que el Fantasma de Wychmire es un aliado, como todos promulgan. El Fantasma de Wychmire es un asesino que aún no ha descubierto su vocación en la Corte de la Pesadilla. Tal vez se trate de un usurpador del trono de espinas.

Enfilé al sur y crucé el Mercado de Mabon en ruta a la Isla del Llanto. Lo cierto es que los inaudibles me intranquilizan, tanto o más que los cortesanos de las Pesadillas. A estos últimos los ves llegar y sabes que te profesan un odio indecible, pero nunca sabes qué esperar de un inaudible. Sin embargo, estaba obligada a recurrir a ellos.

Me recibieron con más hospitalidad de la que me esperaba. Pensé que serían fríos como una piedra, pero en realidad se parecen más de lo que creía a nosotros, los Soñadores. Tras hacer algunas preguntas, una de ellos se ofreció gentilmente a responder mis dudas. Dijo que había pasado un pimpollo por allí armando un escándalo considerable y al minuto supe que era él: el superviviente de la Siega.

La inaudible tenía por nombre Dallan. Perdió la capacidad de la vista en un encuentro desafortunado con la Corte de la Pesadilla y desde entonces se había sometido a un riguroso entrenamiento para no caer en sus garras. Afirmaba haber sufrido pesadillas con regularidad; dijo que no encajaba en ningún lugar hasta que encontró su hueco entre los inaudibles. Ellos la cuidaron y la enseñaron a mantener a rajatabla ese dolor. A no sucumbir a él.

Lo cierto es que su testimonio me emocionó: no me esperaba tamaño sacrificio por parte de un inaudible. Pensaba que no eran más que cobardes que querían escapar de la Pesadilla por la vía rápida: alejándose de todos y renunciando a su vínculo con el Sueño y con la Madre Árbol. Quizá, después de todo, me equivocase con ellos.

Dallan acogió bajo su tutela al pimpollo. Nunca le dijo su nombre, pero a ella tampoco le hacía falta. Lo llamó Faelan, pequeño lobo, como su primera mascota, un precioso sabueso sylvano que falleció durante su encontronazo con los cortesanos. Decía que le recordaba a él: inquieto, caprichoso, pero sorprendentemente listo y sensible. Lo instruyó durante unas semanas hasta que una noche, tras una explosión de ira particularmente fuerte, Faelan desapareció sin dejar rastro.

Me llevó a sus aposentos y me mostró algo: un fetiche, pensé yo; un artefacto con el que se aseguraba de que su pupilo no se veía abrumado por la Pesadilla. Aseguró que era un atrapasueños, que era una obra de artificiería y que su función consistía en capturar las pesadillas para que no afectasen a los sylvari durmientes. Pero además, el atrapasueños tenía un secreto: bajo un cierto conjuro que no me enseñó, uno podía experimentar las mismas sensaciones que la persona que había tenido el sueño. En otras palabras: podía guardar un sueño para que luego otros pudieran observarlo.

La interrogué a fondo sobre Faelan, empero me contestó con evasivas. No pudo verlo, obviamente, ya que estaba ciega, y el resto del poblado tampoco se acuerda de él; era reservado y apenas se relacionaba con nadie que no fuera Dallan.

En lugar de seguir respondiendo a mi interrogatorio, Dallan me animó a que probase algo. Me pidió que me tumbase y me garantizó que estaría bien. Iba a brindarme una visión, una perspectiva única sobre el Fantasma de Wychmire: la visión de sus sueños. Eso me dejó patidifusa, ya que el superviviente que encontramos fue hallado en un Sueño sin Sueños; no obstante, Dallan me juró que lo comprendería todo después del ritual.

Lo prometió y aún la maldigo por ello. A pesar de todo, he adjuntado a este informe el resumen de la que fue mi experiencia. Esa bruja inaudible no me tradujo el significado de lo que presencié en el sueño, pero algún día confío en que llegaré a entenderlo todo.

Nota al pie: Al escribir varias horas después lo ocurrido aún estaba algo afectada por las drogas que me proporcionó esa mujer. Si parece que deliro en algunos renglones es justificable. Más tarde aprendí que algunos inaudibles jóvenes toman analgésicos para atenuar su percepción empática, pero no creí que yo correría esa misma suerte.

«Todavía no puedo creerlo.

Fue como volver a mi Sueño de Sueños: esa sensación de inmersión y de envoltura, suave y cálida, que sientes cuando te consume el trance más profundo y el Sueño te llama. Todo empezó así: las paredes verdes de la habitación se ensombrecieron y todo a mi alrededor parecía girar, mientras yo me precipitaba como una gota de rocío que se escurre por una hoja hasta rozar la superficie de un estanque. Cuando puse el pie en aquel lecho de césped, mullido, esponjoso y fragante, pensé que aquel hechizo era un milagro.

Abrí los párpados y lo vi todo, pero no como quien ve las cosas desde unos ojos vacíos que han perdido la capacidad para asombrarse; lo vi todo como era en realidad. Los inmensos ekku se bamboleaban al son del viento con vida propia y me saludaban con sus ramas; las briznas de hierba bajo mi peso se doblaban y chillaban canciones de alegría estival; el sol despedía un reflejo tan cegador y optimista que no podía mantener en él quieta la mirada; y las nubes, oh, las nubes, parecían carruseles de fantasía: adoptaban siluetas extrañas y jugaban a perseguirse en la bóveda celeste como dos pimpollos recién nacidos.

Lo primero que sentí fue incredulidad. Una persona tan macabra como el Fantasma de Wychmire no podía albergar dentro de sí tanta belleza, tanta fastuosidad. Pero ¿y si me había confundido con él? ¿Y si era la víctima y no el verdugo? Al menos sospechaba que había sobrevivido y que estaba siguiendo sus pasos en la dirección correcta.

Quise caminar, pero no podía moverme. Posiblemente aquella fuera una de las limitaciones de la magia del atrapasueños: estaba vinculada a un cuerpo que… no era mío del todo. Me miré las manos y no iba armada con mis guanteletes, sino que las tenía desnudas. Yo, Caileen, no era la protagonista de aquel sueño; era Faelan. Me había convertido en él. ¿Hasta dónde llegaba el alcance de nuestro vínculo? ¿Podría sentir lo que él sintió?

La réplica no se hizo esperar: empezamos a correr como alma que lleva la Pesadilla hacia la selva que se extendía frente a nosotros. Había urgencia en mis movimientos; jadeaba por el esfuerzo mientras procuraba poner pies en polvorosa por todos los medios posibles. Las sensaciones que me llegaban de Faelan eran vagas, pero sabía lo suficiente sobre los sylvari como para suponer que Faelan estaba huyendo de algo…

Me giré y lo vi detrás de ti: el cielo algodonado y pintado de azul celeste se había escurecido; una mancha persistente de sangre comenzaba a empaparlo desde lo más alto de la cúpula hasta lo más bajo. En el horizonte, el sol rojizo se había puesto. Se había transformado en un monumento lánguido que en lugar de transmitir calor y luz tan solo despedía frialdad.

Entonces me fijé en el suelo: la hierba que me había jaleado con alborozo anteriormente ahora gritaba. Gritaba de pena, de rabia y de tormento. La sentí vibrar y me estremecí. Poco a poco, la tierra iba muriendo a mis espaldas: las briznas daban paso a espinas retorcidas y raquíticas y el humus fértil y negro cobraba una tonalidad grisácea y enfermiza.

Polvo. Caminaba sobre polvo y el viento aullaba, arrojándome su beso ceniciento a la cara.

Sin ser consciente de ello me había internado en un bosque. La atmósfera estaba taponada por las ramas descomunales de los ekku, más grandes y más ominosos que antes. Ahora sus extremidades no bailaban obedeciendo al compás del aire, sino que se alabeaban y se encrespaban como las garras de un predador; me impedían ver los últimos rayos del sol moribundo que bañaban la tierra. Me privaban de luz y me dejaban sola. Sola y abandonada.

No recuerdo cuándo tiempo deambulé en aquella negrura, tan solo perseguida por los crujidos resecos de la madera y por el soplido helado del cierzo. Temblé, pero no había nadie para abrigarme. Temí, pero nadie podía consolarme. Solo me quedaba un camino: a lo lejos se advertía claridad, un halo de luminosidad muy tenue pero lo bastante fuerte.

Era un calvero acariciado por el resplandor de la luna en medio de la penumbra. Lo percibía con más detalle cuanto más me acercaba, hasta que llegó un momento en el que no pude reprimir mi ilusión y corrí apremiado, temiendo que aquel festival no fuera nada sino un espejismo; un fuego fatuo.

Pero era de verdad. Llegué al calvero y dejé que el fulgor de la luna calentase mis brazos y mi alma. Por poco lloro de la alegría; estoy segura de que lo habría hecho de no ser por lo que vi a continuación. Había alguien más en aquel jardín; alguien o algo más. Era un tallo verde, tímido y efímero, que se enroscaba al crecer para absorber la luz solar. Lo vi y me reí, y aquel sonido, aun sin ser mío del todo, se me antojó la canción más bella que había oído jamás.

Me arrodillé a los pies de aquel brote y compartí mis carcajadas con él. Él me los devolvió; o tal vez debería decir ella, porque su risita era musical como la voz de una mujer. La flor eclosionó y me enseñó sus pétalos y su pistilo; era de un intenso color lavanda y profería un aroma dulzón y embriagador que se adueñó instantáneamente de mis sentidos. No pude controlarme y la abracé; me encaramé a ella y me aferré desesperado, como si fuera la única onza de bondad que había visto en toda mi vida. Pero entonces algo cambió.

La brisa dejó de ulular y el césped que cubría el vergel dejó de ondular. Todo se quedó congelado, inmóvil y tieso; las voces de la naturaleza enmudecieron. Yo aún reía, pensando que aquella tensión no era más que una pausa en la melodía interminable del bosque, pero noté algo inusual: la flor de lavanda ya no se solazaba conmigo. Abrí los ojos y entonces la vi llorar.

Fue desgarrador. Me aparté de ella, compungida; recuerdo que me sentía culpable. La flor sollozaba con un timbre tan sutil como el aleteo de una mariposa. No comprendo muy bien qué pasó después de eso: yo me tiré al suelo, embargado por el pesar, y supliqué, pero la flor seguía llorando. Y con cada lágrima de rocío que descendía por sus pétalos, una parte de ella se marchitaba. Al final, su pena fue tan honda que la consumió entera, dejando tan solo su cáliz decrépito como testimonio de lo que una vez fue la visión más hermosa de mi vida.

Enloquecí. Me oí chillar. Eran alaridos de impotencia, alaridos de terror y de furia. Me di la vuelta y busqué una escapatoria, pero el jardín se había evaporado. Estaba de nuevo en el bosque, sola a excepción de los cientos de ekku que me contemplaban con indignación desde sus troncos. Tenían rostros terribles tallados en su corteza, con muecas de desdén, de repulsión y de reprobación; y sus ojos, aquellos agujeros vacuos y podridos, se clavaban fijamente en mí. Me miraban pacientes. Me juzgaban.

No sé qué pasó a continuación. Algo horrible y verdoso surgió como cuchillas de la punta de mis dedos: los ekku se descompusieron y se desplomaron en una cadencia de estrepitosos golpes secos, desatando en mi interior un vacío desolador. Y cuando ya no había nada más, entonces me topé con él. Lo conocía, pero no sabía de qué. Lo había sentido antes, había reparado en él de soslayo. Siempre había estado ahí.

Dirigió su mano hacia mí y de repente comencé a sentirme muy débil y fatigada. No sonreía. No había cólera ni abatimiento en su mirada. Y en cambio, el sopor ganaba en su lucha contra mí por momentos.

Me postré derrengada, en hinojos, y poco tardé en caer planchada a la tierra inerte. No estaba muerta, pero no soñaba. Estaba viva, pero no podía moverme. Era un Sueño sin Sueños. Lo oía, lo sentía y lo olía: llevaba consigo el hedor inconfundible de la putrefacción. Estaba junto a mí; lo sentía respirar…
 
Cuando abrí los ojos estaba de vuelta en la Isla del Llanto. Me incorporé y llamé a Dallan, pero no estaba por ninguna parte. Nunca me he sentido más sola y perdida en toda mi vida como en aquel preciso instante.»

domingo, 28 de julio de 2013

Tercer informe: Reconocimiento médico

Día 49 de la estación del Céfiro del año 1326.

Pese al dolor que atenaza mi corazón, he hecho un acopio de fuerzas para abrir este archivo. Después de haber examinado a conciencia la escena donde transcurrió el crimen, me dirigí a Falias Thorp. La patrulla que descubrió la masacre se llevó al superviviente y los cuerpos de nuestros hermanos allí para que atendiesen al primero y para que les dieran sepultura al resto.

He interrogado a todos los guardas y el testimonio que me han dado ha sido unánime: el superviviente, el presunto Fantasma de Wychmire, estaba muy malherido tanto física como emocionalmente. Ya que ninguno de los guardas recuerda bien el aspecto del sospechoso, decidí preguntarle directamente al Sanador de la aldea que lo había acogido y velado.

Cómo se fugó alguien en su estado es algo que ignoro, pero me intriga profundamente y me llena de ira. ¿Por qué nadie lo vigiló como Ventari manda? Lo subestimaron. Pensaban que era una víctima más, un superviviente, pero yo opino que él fue el culpable de todo.

El tiempo y los hechos les darán la razón a mis intuiciones.

Este es el testimonio del Sanador Gillan, transcrito al pie de la letra tal y como me fue relatado.

«En primer lugar, debes saber que es muy extraño toparse con un caso así.

 La mayoría de los sylvari sueñan. Es la forma en que se renueva nuestra conexión con el Sueño; de algún modo, es la manera en que reforzamos nuestros vínculos empáticos. El caso de este paciente era extraordinario: no tenía sueños. O al menos, ninguno que yo pudiera sentir.

Nunca he visto a nadie así entre los Soñadores: todos nosotros emanamos un cálido flujo de emociones que podemos sentir, como estoy seguro de que ya sabes. Alegría, tristeza, pánico, euforia, ira, tranquilidad… la cantidad de sensaciones que podemos transmitir es ilimitada, y hay quienes poseen un don que les ayuda a detectarlas más rápido que los demás.

Incluso los cortesanos preservan este vínculo: es el método que utilizan para intentar corromper a la Madre Árbol y, con ella, a las nuevas generaciones de sylvari. Expresan dolor, rabia y una desazón tremenda; pero no era su caso. Ninguno de estos era su caso.

Yo, desgraciadamente, soy un Sanador del cuerpo y no del alma o del Sueño. Solo te puedo decir esto: si estaba soñando con algo, no había ni rastro de ello. Parecía muerto, no despedía ningún sentimiento; no obstante, respiraba. Le hice un examen físico, no lo tengo escrito pero todavía lo recuerdo a la perfección. Un paciente tan inusual no se olvida, pese a que su sintomatología fuera más bien… de índole espiritual que física.

Varón sylvari. Alto y bien constituido. Aproximadamente de un metro ochenta de estatura y de unos setenta kilos de peso.

Su complexión era robusta como la de un tronco: las fibras de su corteza eran enjutas y formaban una malla compacta, tersa y dura como la cáscara de un árbol. De torso amplio y firme como el corazón de un roble, recuerdo que sus extremidades eran igualmente anchas y poderosas. De no ser por la indumentaria que vestía, unas túnicas escuetas de lana, habría jurado que era un guarda. Uno muy fuerte e intimidatorio.

Su tez tenía el color de la caoba renegrida. No daba la imagen de estar chamuscada, entiéndeme, pero era de un tono terroso, oscuro y vibrante como una pátina de óxido. No estaba adornada en exceso: algunas ramificaciones y nudos en puntos como en los brazos, los hombros y las piernas. Si se me permite la comparación, se me hizo similar a un árbol reseco. Ya sabes que hay algunos sylvari cuyas protuberancias corporales consisten en hojas o en tallos flexibles que los ornamentan y que cubren algunas partes de su anatomía; este paciente, en cambio, solo tenía nudos enredándose en torno a él y hojas de aspecto caduco.

¿Qué más te puedo decir…? ¡Ah, sí! Tenía algunas muescas curiosas por todo el cuerpo: parecían haber sido practicadas con un punzón y eran recientes. Estaban curándose por sí solas y la mayoría no parecían realmente graves, tan solo heridas moderadas, por tanto no me preocupó. No obstante, ahora pienso de forma distinta: los cortes se repetían en sus dos brazos y en su tórax. En su momento no pensé que fuera un patrón, pero tras haberle dado algunas vueltas comienzo a sospechar que pueden ser el indicio de alguna clase de mutilación ritual, o bien de algún tipo de tortura macabra.

No hay nada más reseñable en su físico que debas saber, tan solo un detalle muy peculiar: las marcas de su fluorescencia. Eran doradas, o naranjas, no las recuerdo del todo, pero sí que recorrían su cuerpo como si fueran ríos de savia, o serpientes, y que le daban una apariencia espeluznante. ¿De verdad crees que él es el famoso Fantasma de Wychmire? Ciertamente, había algo tétrico en él.

Quizá lo que más pueda servirte para averiguar su identidad sea su fisonomía. Su cabello estaba compuesto de un ramaje ensortijado y precario que vestía tan solo una hilera desperdigada de hojas otoñales. Le abrí los ojos y lo sometí a la luz de un hongo bioluminiscente para comprobar si se dilataban sus pupilas, y reaccionó reflejamente.

Lo que más me llamó la atención de aquello fueron sus pupilas: diminutas y circunscritas en un aro gris casi imperceptible. La retina, por otro lado, era negra como el ónice; no negra como el carbón, que es opaco y que carece de brillo. Era ónice y parecía un sumidero: un abismo reluciente y voraz. No sabría decirte si la Pesadilla anidaba en esos ojos o si seguía siendo un Soñador, para ser honesto.

Sus rasgos estaban enmascarados de forma natural por una tupida capa de corteza. Y no tenía un rostro muy expresivo, he de admitir. Cuando lo miré por primera vez, por unos segundos llegué a creer que se trataba de una talla sorprendentemente realista y no de un sylvari con vida. Pero lo era.

Y hay una cosa más que debes saber: aunque no estaba incapacitado, tenía lesiones y estaba bien custodiado por los guardas; no querían perder al único testigo de la Siega, después de todo. Para alguien en sus condiciones habría sido harto complicado, si no imposible, escaquearse por su cuenta. Ese fue mi pronóstico como Sanador y no me retracto de mis palabras.

Nuestros hermanos no son unos incompetentes, Caileen. Si huyó, lo hizo con la colaboración de alguien. En su estado no habría llegado muy lejos sin ayuda: las bestias de la selva lo habrían devorado, o lo habría atrapado la Corte de la Pesadilla nada más salir del campamento.

Mira, esta no es mi investigación, pero voy a darte mi opinión: aquel sylvari fue torturado. Alguien así no habría podido hacer frente ni a unos cortesanos ni a ningún guarda. Y menos podría haber escapado tras verse inmerso en una masacre de tal calibre.

Creo, Caileen, que estás dejándote llevar por la impotencia y que le sigues las huellas a una quimera: el Fantasma de Wychmire no puede ser ese pimpollo. Tal vez el verdadero Fantasma de Wychmire entró en el campamento a hurtadillas para raptarlo esa misma noche y acabar con su existencia, ¿o acaso has oído hablar de alguien que le haya visto la cara y que haya vivido para contarlo?
 
El pimpollo estaba afectado por algo, Caileen. Algo que le hizo ese desalmado. Su estado me recordó mucho a los inaudibles que viven en la Isla del Lamento, al sur del Mercado de Mabon. Tal vez ellos sepan algo que nosotros ignoramos…»

miércoles, 24 de julio de 2013

Segundo informe: La Canción del Fantasma

El Pantano de Wychmire no está poblado
solo por ranas, ranúnculos y arañas:
del Fantasma de Wychmire sé avisado
y cuida tus pies allá adonde vayas.

Ni cortesanos ni fieras salvajes;
las mustias marismas peligro entrañan.
Vigila, viajero, los caminos silvestres,
a veces las sombras al ojo engañan.

En un parpadeo lo habrás percibido,
su espectral silueta, su aura marchita;
date la vuelta y ve que se ha marchado,
tu piel es pálida y tu corazón palpita.

Se dice que no tiene un solo aliado:
es el espíritu de un druida, se cuenta.
Encarna su máscara a un dios astado;
sobre su historia mi memoria es incierta.
 
Y deja tras de sí un rastro de muerte,
de las víctimas cuyos sueños se ha cobrado.
No seas malvado ni tientes a la suerte;
si eres de la Corte, estás condenado.

Sin embargo, murmuran, existe un rezo
para quedar libre de su oscura presencia.
Párate en el camino a los pies de un brezo
y recita con voz firme esta sentencia:

«Fantasma de Wychmire, augurio nefasto,
aléjate de mí, tú y tu mal agüero.
Ladrón de los Sueños, heraldo funesto,
el dolor que provocas no es mal pasajero.»

—Vanargand Lobogrís, escaldo y erudito norn. Extraído de «La Canción del Fantasma».

Me topé con este interesante documento mientras estaba de descanso en la posada de la Arboleda. Un bardo sylvari la recitó para mí y tuvo la cortesía de escribírmela.

Enseguida lo interrogué en busca de más información, pero me aclaró que él no era el autor del texto. Mencionó a un norn, y dijo que la composición atendía a la métrica del «droigneach», un tipo de poesía folclórica común entre los juglares del Árbol Pálido.

Ignoro cómo este norn ha llegado a conocer tanto sobre nuestras costumbres. En cualquier caso, he anotado su descripción; si alguna vez pasa por la Arboleda, me encargaré de que me cante de nuevo y en privado esa dulce canción. Y espero que no desafine. Si de verdad conoce al Fantasma de Wychmire, tiene mucho de lo que responder.

lunes, 22 de julio de 2013

Primer informe: el Fantasma de Wychmire

Hoy, a día 30 de la estación del Céfiro del año 1326, inicio esta recopilación de pruebas, textos y testimonios acerca del enigmático Fantasma de Wychmire.

Para algunos una leyenda, un rumor o un monstruo del coco con el que asustar a los pimpollos y a los viajeros, el Fantasma de Wychmire no es ningún ser sobrenatural: es un perturbado que actúa a su libre albedrío y que está acusado de asaltar a Soñadores y a cortesanos por igual en el pantano homónimo.

Emprendo esta búsqueda por el bien del Bosque de Caledon y por la seguridad de nuestros caminos. Sin embargo, no puedo evitar verme involucrada personalmente en esta investigación: mi compañero murió en el exterminio ocurrido hace tres semanas en la linde de la Pérgola del Crepúsculo, batalla que a día de hoy ya empieza a conocerse como «la Siega del Cosechador de Sueños».

Lo más extraño de la lucha fue que ninguno de los cuerpos encontrados tenían señales de haber sufrido violencia o algún otro tipo de tortura física o mental. Todos dormían plácida y eternamente el sueño de los justos. Todos salvo uno.

Solo hubo un superviviente a la matanza. Solo un sylvari vio lo que sucedió. Aún no sabemos si estaba en el bando de la Pesadilla, en el de los Guardias que se enfrentaron a ella o en ninguno de los bandos; el sospechoso desapareció al día siguiente, tras un Sueño sin Sueños y sin emoción. Yo recibí la noticia dos días más tarde y las descripciones que pude reunir sobre él fueron contradictorias e inquietantes.

Sea quien sea ese sylvari, especulo que él es el autor de los crímenes del Fantasma de Wychmire; ÉL es el así llamado Fantasma de Wychmire. Es un loco, un enajenado, o simplemente alguien que opera bajo una agenda que ninguno de nosotros conocemos. No pertenece ni a la Corte de la Pesadilla ni a los Soñadores, pero eso no lo exime de ser un asesino en potencia, un sylvari desequilibrado y un individuo peligroso.

Las veces que se le ha visto aparecer en el Pantano de Wychmire tan solo ha sido de soslayo. Dejaba a su paso un reguero de cadáveres: cuerpos, todos ellos tendidos sobre el suelo, aparentemente dormidos, pero sin pulso ni signos vitales. Los mismos síntomas que presentaban las víctimas de «la Siega del Cosechador de Sueños».

Todas las evidencias apuntan a que esa persona, ese sylvari desconocido, es el Fantasma de Wychmire. Por todo eso, yo, la guarda Caileen del ciclo del mediodía, me consagro a la causa de buscarlo y de detenerlo para siempre. Y de destapar el manto de misterio y de mentiras que se ha extendido sobre él y del que sin duda el Fantasma se aprovecha para esparcir el miedo.

Demostraré que el Fantasma de Wychmire es alguien que debe ser perseguido y capturado. Haré que las muertes de mi compañero y de nuestros hermanos no hayan sido en balde.

Lo juro por mi honor y por mi espada.

Caileen, Guarda del Bosque de Caledon.

viernes, 19 de julio de 2013

Torneo

Anunciado con fanfarria y a voz en grito, repartida entre la multitud y diversos lugares, buscando aladides para un mal acaecido. Desde los diversos rincones del mundo conocido llegados hasta la floresta en busca de la cima entre gloria, reconocimiento y victoria. No todos eran brillantes armaduras, las miradas inquietas y espectantes, llevados por el organizador hasta el lugar de honor. Magia y acero, intelecto y fuerza, astucia y estrategia, todo en juego en unos momentos trepidantes. Avanzando unos pasos los valientes se adelantaron mostrando su desafio, mostrando que aceptaban el reto y cogían el guante lanzado. No todos fueron reconocidos, algunos prefirieron quedarse al margen. Lucha fiera, entre luces y tierra, se alza y desciente, rauda como sierpes, entre los combatientes la suerte, esquiva y caprichosa como grande la habilidad, la emoción tiembla, en parejas enfrentados, el honor no abandonado. En liza los caballeros no todos vestido como tales ni nombrados. Tretas y conjuras, en la sombra ocultas, la luz no siempre es la que más ilumina, las tinieblas a veces más cosas revelan. Vida y muerte representadas, un ganador por todos sin excepción aclamado. Y como valientes y caballeros, normas debían seguirse, hay mentiras que no deben ocultarse, hay actitudes que hay que denunciarse. Alzada la espada, alzada la voz, alzado el reto y el desafio, la lucha inevitable de la virtud mancillada por quien empañada su visión tiene por el orgullo exacerbado ha perdido el rumbo de la causa defendida ha llegado al error cometido que la perdición trae. Una montaña vestida de acero, sin nieve en sus cabellos, juventud radiante, decisión en sus ojos de cielo. Prepotencia respuesta fue lo obtenido ante una justa reclama. Sin palabras, acero desnudo, torbellinos de movimientos, los espectadores sorprendidos, acechan ávidos el desenlace. Ardiente espiritu, inesperada maniobra, fiera cólera, salto de fe y fin de todo. Muerte que da equilibrio, muerte contenida en los filos detenidos. Una sonrisa en su rostro, satisfacción en su pecho, alejandose con resolución por lo obtenido. Infamia, el horror del fanatismo, de lo erróneo. La virtud mancillada, escupida en la cara, pisoteada por una ciega falsa certeza, un engaño oscurecido por la vanidad y el orgullo desmedido, desesperación por una obsesión. Llevados hasta un escondrijo, una jaula mostrada con un cautivo preso. Palabras envenenadas, veladas por la mentira, la falsa creencia, pero valientes y caballeros fueron llamados y estos habían acudido. La balanza inclinada, la muerte pasaba de largo ante la indefensa criatura que tras los barrotes aguardaba. Dudando entre dos formas de liberación, mientras el rechazo y la repugnancia al ver el verdadero rostro que tras una falacia de máscara adornada con cortesía edulcorada, la mentira se inflamó por la repulsa, indignado se marchó el del camino errado. Los barrotes fueron abatidos por la montaña del desafio, mientras el resto de valientes unidos, la clave dieron. Un rayo iluminado, de verdad contenida, para el que atento estuviera, fue mostrado. Gratitud y alegria, por un final inesperado. Un torneo finalizaba, mucho más de lo planeado, mucho más daba comienzo, pero eso será en otro momento relatado.

miércoles, 3 de julio de 2013

Torneo para Valientes (y para otros no tan arrojados...)

Hízose a un lado el nuncio que encaramado a la sombrilla de una seta declamaba a las puertas de la Arboleda al dulce son de su voz aterciopelada. En su lugar subió un enhiesto luchador, de porte orgulloso y de gesto impávido; sacó de la vaina la espada, como si aquel ademán no fuera gran cosa, y la blandió al aire arrancándole al broche de oro allá en los cielos un relámpago irisado que a todos con su esplendor cegó.
 
—Es justo que sepáis, amigos míos, el motivo por el que os privo del melodioso cantar de vuestro heraldo habitual —dijo, y su voz sonó grave como salida de un botijo—. Pues bien es cierto que tengo a su merced en gran estima, pero la ocasión ha menester para que sea yo quien, esta vez, de la noticia me haga eco; pues no es cuestión de respeto ni tampoco de provecho, sino que lo que me impulsa actuar es la razón de la causa más justa: la protección de nuestro enramado hogar y de aquellos que bajo su tibio y apacible ramaje se refugian, como avecillas todas arracimadas en la copa de un árbol y a punto de entonar la más bella sinfonía del bosque matinal…

El sylvari, de tono solemne y de aún más solemne estampa, siguió habla que te habla a lo largo de diez minutos. Tan solo ese tiempo le llevó presentarse e ilustrar a los escuchantes, soñolientos y emisores de bostezos, en las proezas que se habían asociado a su nombre. Lo llamaban Alberón, el Valiente Blanco, pues tenía la tez del color del mármol y el brillo que arrojaban sus marcas era tan intenso como el de un rayo; en todo el Bosque de Caledon era conocido por sus gestas, pero no era ni de lejos tan famoso como su prosa ampulosa y adornada pretendía hacerlo parecer.

Al cabo de media hora, cuando ya hubo partido toda su audiencia, enfadose o algo así, pues dio un pisotón al suelo e hizo carraspear su vozarrón en algo similar al gruñido de un sabueso sylvano. Con los ojos entornados por la promesa de un mosqueo, subió el tono de nuevo e hizo acopio de prosopopeya, pues si no abreviaba, y pronto, no lograría llevar a cabo su epopeya; que no era otra cosa que lo que quería anunciar.

—Sabed, sylvari de buena fe, que de perjuros y de herejes está plagada nuestra Arboleda: la Corte de la Pesadilla día y noche nos asedia; y cuando buscamos abrigo en el abrazo pálido del Sueño, ¿qué hallamos? Nada más y nada menos que a un Fantasma truncaveladas que disfruta dejando a los más vulnerables en un ignominioso estado de sopor —Hizo una pausa ligera para tomar aire, pues todo lo que decía lo decía de corrido, como si ya estuviera ensayado. Al poco tiempo, continuó—. Y yo digo: ¿quién es ese cobarde que de los sueños se alimenta? ¿Quién? La guarda Caileen lo buscó a tientas y ¿qué es ahora de su sino? ¡Le dan de comer por un tubo la miel y el vino! Cuánta desvergüenza, ¡qué descaro y qué maldad! ¡Si ese maldito Fantasma apareciera, lo acosaría con mi arma hasta que suplicase piedad…!

Pero vio que el gentío menguaba pese a que él incrementaba el furor de su oratoria; no obtuvo con su discurso las mieles de la victoria que, por otro lado, ya daba por ganadas. Bufó y arrugó la nariz en una mímica ofuscada, y dispuesto a hacer historia, y a conservar el poco público que le quedaba, se decidió a ir al grano, como dicen los aldeanos, prescindiendo de este modo de pedanterías y de ceremonias…

—A celebrar voy un Torneo, para todos los Valientes y para aquellos a los que aún les corre la savia por el pecho: haremos una competición marcial, un enfrentamiento de guerreros con armas convencionales; empero, para no excluir a los que no están versados en el preclaro arte de la esgrima, no haremos asco ni a escolares ni a otra clase de combatientes, siempre que no se valgan de mañas ni de artificios para hacer valer su título y su maestría en el pugilato.

»Aquellos que usando tretas y ardides se las apañen para descalificar a su rival sufrirán una suerte par a la que pronto le devendrá a ese sombrío Fantasma: puede que pierdan una mano, si son dichosos; si son desafortunados, que así les caiga la cabeza como la fruta madura que se descuelga del árbol en la estación de la recolecta.

»Y dicho el destino que les espera a los tramposos, pasemos a aquel más noble e insigne que aguarda a los contendientes que lleguen a la final. Habrá así dos clasificaciones: una tendrá en cuenta la pericia en el combate del pugilista, el ardor de su alma y el calibre de su coraje; la otra, en cambio, se basará en el glamour y en el estilo del luchador, pues bien es cierto que tan preciso es blandir la hoja con acierto como hacerlo con armonía y galanura. Por aclamación, en este último caso, se elegirá al gladiador que más hermosamente se haya desenvuelto en la liza.

»No solo se les deparará un premio a los intrépidos que consigan llegar a este punto, sino que se les brindará el honor y el privilegio, si aceptan el ofrecimiento, de formar parte del grupo de Valientes que dará caza a ese desharrapado del Fantasma de Wychmire. Pues es bien sabido que los felones y los fementidos, como aquel al que he nombrado, jamás reunirían arrestos para dar la cara en una competencia de esta guisa, ahorrándonos así el tiempo y las molestias de salir en su persecución.

»Habiendo esclarecido esto, hay dos detalles más que deseo poner de manifiesto: no hay tasa de inscripción por participar ni tampoco se permitirá el uso de armas afiladas (a excepción de aquellas que hayan sido previamente embotadas) o hechizos letales; ¡pobre de aquel que para herir a su contrincante ose liberar tales males! ¡Su destino será rápido y funesto, lo auguro y os lo aseguro por mi nombre, Alberón, y por la fiereza de mi espada, ungida en la sangre de cientos de piratas y de dos mil Resurgidos!

»¿Que quién es ese maldito Fantasma, me preguntáis? Me temo que ya no es mi tarea iluminaros en eso. Permitiré que el heraldo sea quien os cuente las nuevas, mas sin duda habréis oído hablar de la catástrofe del jardín de los lirios florales; o tal vez de los durmientes que sin sueños se quedan y que padecen sin dormir, como así quiso la estrella de la guarda Caileen; o quizá del incidente de la Siega que le otorgó al Fantasma su negra reputación.»

»Sin más preámbulo me voy, con la esperanza de volver a veros en el Torneo. Avisad a humanos, charr, norn y asura; a todos los moradores de Tyria que pudieran estar interesados, pues todos tienen hueco y todos tendrán la misma oportunidad para medirse ante el acero sylvari y ante las enredaderas que por demás nos son aliadas.

Y arrebullándose en su capa, el valiente Alberón, con los carrillos hinchados y enrojecidos por el esfuerzo tan notable que había hecho al recitar semejante letanía, bajó de un salto del entechado de la seta y aterrizó con tan mala suerte que un charco de agua de lluvia estancada le propinó un largo lametón a una de sus botas.

Maldiciéndose y farfullando improperios, alzó el mentón para salvar las últimas onzas de su dignidad, ya de por sí deshecha en luengos jirones, y se marchó del claro con presteza. Y no por las befas que ya oía con claridad a sus espaldas, no, sino porque tenía que acudir a un importante encuentro con uno de los segundogénitos, o algo así.

A un valiente como Alberón nada lo intimida. Y llueva o nieve, haga sol o esté nublado, nada minará su voluntad de convocar este Torneo y de cosechar los frutos que con tanta glotonería y avidez anhela: un campeón que lo ayude a plantar cara a ese desgraciado Fantasma, porque es lo correcto; y porque a las damas tales muestras de heroísmo las entusiasman.