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jueves, 28 de noviembre de 2013

Balada de Sigurd Vargsson

Dejad que os cuente la historia
de aquel que venció al Dragón:
un héroe que hizo victoria
perdiendo su corazón.
Bien cuenta la narración
que al nacer ya fue testigo
de un acto de redención.
Y así nació el hijo pródigo.

Toda esa pena mortuoria
lo sumió en gran desazón,
en nadie vio exculpatoria
al crimen y a la traición.
“Por ti no habrá compasión”,
dijo su padre, su amigo.
“Limpia tu reputación”.
Y así creció el hijo pródigo.

“Madre, te juro la gloria,
que así lograré el perdón”.
Así honró su memoria.
Así perdió la razón.
De su fuerza hubo noción
entre los Hijos, prosigo;
fue acogido en adopción.
Y así vivió el hijo pródigo.

No aguantó su corazón
la crueldad que lo hostigó,
que así renunció al Dragón.
Y así murió el hijo pródigo.

—Vanargand Lobogrís.

lunes, 21 de octubre de 2013

Elegía del Gran Funeral

Hoy nos despedimos de un ser querido
y consagramos a las llamas su alma,
dejándonos el corazón herido.

A los nueve despojados de calma;
ardieron en ascuas de odio y miseria
de un incendio cruel. A ellos va esta salma.

Se propaga cual ascua la tragedia
al que esgrimió sin piedad su martillo;
ahora en la pira su final remedia.

Y aún se ven más leyendas en el brillo,
incandescente y humeante del fuego,
¡guiadlos, espíritus, por un buen trillo!

Elevemos a los cuatro este ruego:
“Oíd, Osa y Pantera, Lobo y Cuervo,
a mis amados difuntos entrego.

A cambio, estas ofrendas os sirvo.
Dádselas al muerto allá si le valgan,
pues yo en mi interior a todos preservo”.

Y que su saga y sus hazañas se oigan
como truenos desgarrando la Niebla.
¡Sea este el regalo que los vivos mandan!

—Vanargand Lobogrís.

lunes, 14 de octubre de 2013

El Gran Funeral

Sif estaba bebiendo en el Gran Albergue. Desde que derrotó a Fafnir, la monstruosa sierpe de hielo, aquella visita se había convertido en un hito habitual de su rutina diaria. Se sentaba en una de las mesas más esquinadas del enorme salón, a veces en compañía y otras sola, y bebía durante minutos —en ocasiones horas—, mientras oía al resto de norn que poblaban el Gran Albergue intercambiar historias sobre sus leyendas.

No hacía mucho ella también había participado en una leyenda, meditaba rizándose un mechón de sus cabellos dorados; no hacía mucho había reunido a un grupo de valientes para rescatar del Olvido su legado: Tyrfing, el mandoble quebrado cuyas mitades sirvieron para constituir dos martillos hermanos.

Pero aquello no era bastante y la inquietud la consumía. Mientras ella ingería abundantes cantidades de alcohol, su claridad —tanto mental como visual— se volvía más borrosa y sus dudas se acentuaban: ¿había hecho suficiente para honrar la memoria de su padre? ¿Qué sería de su saga ahora que había fallecido? ¿Recordaría alguien sus hazañas? Ya no le importaba tanto si lo conocían como un héroe o como un borracho petulante, pero ¿habría alguien que invocase su nombre cuando ella no estuviera...?

No se dio cuenta de que había alguien más con ella en la mesa hasta que fue tarde. La otra mujer, vestida en tonos nacarados, echó atrás una silla de madera con el desparpajo que normalmente la caracterizaba y tomó asiento frente a ella.

Los ojos amarillentos de dos lobos blancos como la nieve examinaban a Sif a sus espaldas, con curiosidad antes que con hostilidad; aquella era una señal significativa. Sumada a la melena roja e indomable, abrazada por una tiara, y a los ojos de un color verde fresco y nemoroso, Sif no vaciló un instante a la hora de identificarla; ni siquiera le hacía falta distinguir sus facciones, pues sabía perfectamente quién era.

—Saludos, Sif —dijo ella para romper el hielo. Hizo el ademán de levantar un recipiente, pero la mano que debería haberlo sostenido estaba vacía—. No esperábamos encontrarnos contigo aquí.

Sif movió la testa y las cortinas de su cabellera rubia ondularon como los hilillos de agua de una cascada. Trató de despejarse con el gesto y de sonreír, pero estaba convencida de que su ligera embriaguez a aquellas alturas ya se habría vuelto palpable en sus mejillas a modo de rubor.

 —Yo tampoco. Oí que estabais lejos, en el Paso de Lornar, investigando una extraña corona enana —Compuso una sonrisa sesgada y dio un resoplido por la nariz—. A ti y a Lobogrís os encanta lanzaros a desenterrar viejas leyendas.

Skadi puso los ojo en blanco y profirió un suspiro aún más pronunciado que el de Sif. Se recostó en el asiento y, muy a su pesar, sonrió con picardía.

—Puedes jurar que a Vanargand le gusta más que a mí —señaló. Pese a ello, aquella fiera sonrisa de labios finos todavía no había desaparecido de su mueca—. Una tormenta de nieve nos sorprendió y quedamos atrapados en una cueva. Lo que vino después es largo de contar, pero estoy segura de que ya has oído algunas habladurías.

Skadi se puso a frotar el lomo de uno de los lobos que la acompañaban. A uno ya lo había visto antes: era el gigantón Skoll, más dócil de lo que daba a entender por su aspecto; o al menos antes, ya que ahora guardaba con celo al otro lobo, al que Skadi le estaba acariciando con cariño inefable por la cerviz. No tardó en comprender que aquel lobo, más pequeño, no era sino una hembra. Y que Skoll estaba protegiéndola.

—¿Has venido sola? —interrogó Sif, alzando un poco una ceja.

—¿Por qué preguntas?

—Las parejas de lobos no suelen separarse mucho la una de la otra.

Skadi enarcó una ceja con suspicacia y captó el brillo de los ojos de Sif; notó que su mirada estaba puesta en Skoll y entonces sonrió con ironía. Chascó la lengua y rio.

—No te las des de lista conmigo. Has visto a Skoll.
 
—… Bueno, sí. También.

Sif se unió a las carcajadas de Skadi. La situación no era nada del otro mundo, pero era la primera vez en varios días en la que se reía así. Y aquello la desahogó. La destensó bastante. Amplió las comisuras de su boca en una media sonrisa satisfecha.

Como traído por la corriente de hilaridad, apareció Vanargand, el escaldo. Él estaba como siempre: alto, con una sonrisa algo engreída gobernando sus rasgos, el pelo castaño atado en trenzas y su indumentaria de blancos grisáceos. El manto de Lobogrís tembló sobre sus hombros cuando descorrió un asiento y se sentó a la mesa. Sus cejas se elevaron; la izquierda estaba partida en dos por una cicatriz. Las dirigió una mirada intensa.

—Salud, Sif —Inclinó un poco la cabeza en clave de salutación.

—Lobogrís —Ella le correspondió de igual manera—. Le decía a Skadi que no podías andar muy lejos.

—Tiene la mala costumbre de seguirme a todas partes —intervino Skadi. Lo sonrió con sorna.

Vanargand soltó un bufido airado, frunció el ceño en una guisa teatral y mostró los dientes.

—Yo diría que es más bien al contrario, querida.

—De no ser por mí, tendrías unas cuantas cicatrices más de las que ya tienes.

—A menudo lidiar contigo es más problemático que enfrentarse a un jotun.

A Sif le hacían gracia sus amagos de peleas maritales. Sospechaba, en lo más fondo de su alma, que aquellas luchas continuas y dramatizadas culminaban con una retahíla de insultos, gritos y aullidos… bajo un montón de pieles en el lecho. Pero no cometería la insensatez de revelarles sus pensamientos: Vanargand y Skadi eran impredecibles, tanto el uno como el otro; tal vez riesen con ella o puede que la gruñeran con irritación.

Abogó por la opción intermedia: salir por la tangente. Así, con fortuna, se prevendría de ser el blanco de su ira.

—¿Qué hacéis por aquí? Os esperaría en el Albergue del Lobo, pero no en este lugar.

Vanargand y Skadi dejaron de enseñarse los colmillos el uno al otro y se voltearon hacia ella. Quien tomó la palabra fue el primero, que carraspeó para contestar:

—Estábamos buscando a una mujer —repuso, con voz más grave y serena. Fijó sus ojos de azul celeste en Sif—. Sabemos que ha oficiado algunos ritos fúnebres y no la encontramos en el Albergue del Cuervo.

—Nos avisaron de que tal vez podría estar aquí, en el Gran Albergue —añadió Skadi.

Las expresiones de Vanargand y Skadi no revelaban nada más: eran frías e impasibles como la piedra. Por ello, Sif decidió ir directa al grano.

—¿Quién se ha muerto?

 Skadi desvió la vista. A Lobogrís se le apagaron los ojos y arrugó su hocico prieto.

—Vaya, Lobogrís, creí que nunca te atragantarías con las palabras.

El escaldo ignoró su comentario y comenzó a hablar con un timbre ronco:

—Cuando estábamos en el Paso de Lornar, hubo víctimas inocentes —confesó. Iba hablando lentamente, sopesando su discurso—. No pudimos salvarlas: se inició un incendio en el Paraje de Vanjir y cuando llegamos a la heredad ya era demasiado tarde.

Skadi apoyó una mano, bajo la mesa, sobre el muslo de su amado. Sif lo percibió por la forma en que se dobló su antebrazo al oír el resoplido pesado y profundo de Lobogrís.

—Vanargand prometió que haría una ceremonia en su honor —explicó Skadi con una voz más firme—. Es importante rememorar a los que ya no están. Nuestros aciertos, nuestros errores y nuestra historia se van con ellos; por eso, debemos darles una despedida adecuada.

A Sif aquellas palabras la habían calado hondo. Habían resonado en una parte muy oculta de ella. Se esforzó, en un primer momento, por disimularlo con una fantasmal sonrisa; aunque su rostro no tardó en dar paso a mueca sentida, circunspecta y dolida. Sabía muy bien a qué se refería Skadi: ella misma estaba librando esa batalla en su interior.

—Comprendo…

—… ¿Y tú, Sif? ¿Qué es lo que hacías aquí?

Sif no se esperaba en absoluto aquella pregunta. Había pensado que Vanargand se pondría a charlar sobre algún tema trivial y que podría solazarse un rato con sus chanzas, o con las pullas que muy puntualmente intercambiaba con Skadi. Se quedó boquiabierta y tuvo que apurar el último trago de su jarra para camuflar su perplejidad.

—A mi padre le gustaba contar historias aquí —“¡Mierda!”, se castigó para sus adentros—. Cuando yo era más joven, él se reunía en esta mesa con sus compañeros de caza. Recuerdo que mi padre era quien contaba los mejores relatos de todos, era quien más trofeos ganaba y, sí, también era quien meaba más lejos.

Las dotes urinarias de Heimdall eran por todos bien conocidas. A Vanargand aquello le arrancó una muy necesitada sonrisa; Skadi cabeceó en negación, aunque también sonrió.

Sif no entendía muy bien por qué, pero la verdad había aflorado de su estómago, dejándola expuesta, vulnerable y desnuda a la intemperie del Gran Albergue. Aquel fuego que la atenazaba por dentro, aquella presión que la martillaba con más fuerza que el propio Veraldur, había brotado al exterior como el chorro de vapor de un géiser.

Tal vez fueran las miradas penetrantes y calladas de Vanargand y Skadi; quizá la superstición fuera cierta y los ojos de los lobos sí fueran orbes de videncia privilegiada, capaces de ver más allá de las marañas de los engaños.

Vanargand se llevó una mano al mentón y se lo rascó. Skadi entornó sus ojos verdes.

—… Nunca celebramos el entierro de tu padre. Nunca cantamos sobre su gloria y sus hazañas a ojos de los espíritus y de los norn —apuntó Lobogrís. Cambió de posición y se volcó hacia adelante; su escrutinio sobre Sif se hizo más agudo—. Sif, he hablado con Madre Cuervo: está dispuesta a ayudarnos con el funeral. Me ha dicho que necesitaba a un acólito del Lobo para asistirla en la ceremonia, y aunque yo no soy un chamán…

La frase quedó suspendida en el aire. Sus pulmones se vaciaron de oxígeno. Los ojos de Skadi se clavaron en él como dos flechas vigilantes y duras, pero afectuosas. Tosió y se corrigió:

—… Aunque yo no estoy listo para ser un chamán aún, ella afirma que estoy preparado para llevar a cabo esta liturgia. Y me gustaría que tú te sumases a nosotros —Sif se quedó con el gesto descompuesto y los párpados abiertos como ventanas—. Sif, veneremos juntos la memoria de tu padre: unamos su pira a la de los difuntos del Paraje de Vanjir y a las de nuestros parientes fallecidos en el ataque de la Llama y la Escarcha.

Los ojos de Sif rodaron con melancolía hasta las vidrieras empañadas del Gran Albergue. Allí se amontonaban circuitos de venas heladas que amenazaban con romper el cristal.

—Ya es algo tarde para eso, Lobogrís…

—Nunca es tarde —objetó Skadi. Una chispa ambarina se había encendido en su mirada; el bosque de sus ojos estaba empezando a arder—. Sif, cuando Heimdall desapareció, nosotros te acompañamos. Éramos pocos y también era tarde, pero a pesar de todo lo hicimos. Porque… porque era lo correcto, maldita sea. ¡Y esto también es lo correcto!

Skadi le dedicó una mirada a Vanargand; él sonrió, orgulloso. Se le había pegado su forma de hablar. Había esgrimido sus mismas razones. El escaldo, Lobogrís, había plantado en ella su huella: una huella indeleble que ahora formaba parte de sí misma. Una huella de la que no quería desprenderse jamás.

—Mi tío Hrolf era un chamán del Lobo. Cuando mi abuelo murió, me dijo: “en la Niebla el tiempo es relativo, sobrino. Los espíritus del pasado y del presente brindan y festejan juntos. No importa cuánto tiempo haya pasado en este mundo, que sus salones solo conocen un jolgorio eterno. Y nunca es tarde para rendirle tributo a un ser querido”.

Sif apretó las manos hasta que los calambres se propagaron por sus extremidades. Su rostro estaba pálido, pero su mirada destallaba con una furia más fogosa que el color del oro fundido. La humedad se había acumulado en esos ojos, dotándolos de un resplandor metálico.

Asintió, sintiendo que el nudo de su garganta paralizaba sus cuerdas vocales. Tragó saliva, lanzó una exhalación fragorosa por las fosas de la nariz y respondió en voz alta:

—Acepto.

jueves, 10 de octubre de 2013

Vargamor

Trota salvaje por el monte, Lobo,
libres son tus pasos y libre es tu alma,
dueño de sueños y señor del bosque,
que no te frene ni el cepo ni el hacha.
Tu manada te llama con su canto,
un son que se alza hasta tocar la luna.
 
Radiante en el cielo espera tu luna,
su amante perdido tú eres, Lobo:
todas las noches le entregas tu canto,
la única cosa que besa su alma
vacía y hendida como por un hacha,
eterna guardiana y reina del bosque.
 
A ti se abren las sendas del bosque,
sigues la ruta que traza la luna,
veloz e imbatible cual filo de hacha.
Tus presas se esconden al verte, Lobo:
temible es tu ira y fiera tu alma.
¡Revélame el secreto de tu canto!

Te oí venir, lo supe por el canto;
te busqué toda la noche en el bosque;
no te encontré, lo que hirió mi alma;
no hallé consuelo aullando a la luna.
Siento que te burlaste de mí, Lobo.
Tu indiferencia duele más que un hacha.
 
Incrusté bien fuerte en el suelo mi hacha,
me armé de valor y entoné mi canto:
“mi don es ponerme la piel del Lobo,
correr con la manada por el bosque.
Soy invencible a la luz de la luna,
mi magia reside en lo hondo del alma”.
 
Yo soy un vargamor en cuerpo y alma.
Mis garras se hunden más duras que un hacha;
mi fuerza aumenta al erguirse la luna;
la naturaleza se une a mi canto:
hablo con la voz inmortal del bosque.
Ese es el poder que me ha dado el Lobo.

Sabe que mi alma pertenece al Lobo;
con él, mi hacha y mi canto son certeros:
agitan el bosque y alcanzan la luna.

viernes, 4 de octubre de 2013

La flauta de la cazadora

A Skadi Luna de Lobo.

Érase una vez en las Colinas del Caminante una heredad donde se congregaban grandes cazadores, ruidosos beodos y escaldos famosos.

En esa heredad todos los años, en conmemoración de una larga tradición familiar, tenía lugar en la estación del Céfiro una competición de cacería: los mejores rastreadores de la región acudían a mostrar su valía, pues el premio consistía en un opíparo festín, en una obra de artesanía y bebidas alcohólicas gratuitas durante todo el año.

Aquel año en concreto se reunieron nueve de los cazadores más aclamados del país: Olaf el Sordo, quien percibía los temblores de las presas en la tierra; Harald Sturluson, cuyas imitaciones de predadores paralizaban de miedo a sus enemigos; Runa Tramparcana, que colocaba campos mágicos invisibles para atrapar a sus presas; Grima Ingvildottir, una mujer enorme y tan poderosa como la Osa; y así otros cinco campeones norn, rudos, severos, impasibles, todos ellos dispuestos a ganar.

Todos los años aparecía algún candidato sorpresa, y aquel año no fue la excepción: cuando los nueve grandes cazadores vieron presentarse como aspirante a la hijuela pecosa y flacucha del posadero, de apenas diez años de edad, estallaron en risas.

Todos llevaban armas inmensas y afiladas: hachas de hierro negro, escudos de madera de roble y pellizas hechas con piel de lobo; ella, en cambio, tan solo portaba una cómoda muda de lino y una flauta de madera estilizada en sus manos.

—¡Jamás vi un arma tan penosa! —se jactó Grima—. ¿Cómo vas a matar algo con eso?

Olaf el Sordo, como siempre, no oía, pero su mueca reflejaba un desdén absoluto. Runa la sonrió con condescendencia. Harald estaba serio.

—¡Déjala en paz, Grima! —replicó Harald—. Si quiere competir que lo haga. Una mocosa diminuta con un pequeño flautín no podría derrotar ni en un millón de años a los mejores cazadores de las Colinas del Caminante.

Y cuando el dueño de la heredad dio la marca, los nueve grandes cazadores se dispersaron por la fronda, corriendo en busca de su trofeo. La muchachita, calmada, se internó en el bosque y caminó varios minutos hasta encontrar un tocón de roble. Allí se sentó y sacó su flauta, cerró los ojos y se puso a tocar una dulce melodía.

Lo que ninguno de esos grandes cazadores sabía era que la flauta estaba encantada: procedía de una antigua leyenda y desde siempre había servido a su familia. Las notas de la flauta resonaron por las ramas de los árboles, vibraron entre el follaje y mecieron las hojas perennes; y pronto, una manada de cervatillos se acercó a la chiquilla para husmear, fascinados por el sonido del instrumento.

La chica sonrió, hizo la flauta a un lado y uno a uno fue contándoles a los ciervos su plan. Ellos asentían y se intercambiaban miradas de complicidad a medida que la oían.

Cuando llegó la noche, los nueve grandes cazadores, agotados, emprendieron el regreso a la heredad. Grima llevaba un grifo apiolado a sus espaldas, Runa había cazado una docena de conejos, Olaf arrastraba con esfuerzo un inmenso jabalí, y Harald había ensartado en su lanza la testa de un minotauro. Para llegar tenían que cruzar el claro donde estaba tocando la niña, y lo que presenciaron los dejó estupefactos.

—¡Tú! —exclamó Runa—. ¿Has cazado a esos nueve cervatillos? ¿Cómo lo has hecho?

La chiquilla sonrió y asintió con fuerza. Los cervatillos, tendidos en la hierba y cuidadosamente quietos, se habían puesto de acuerdo para fingirse abatidos. De haber sido la tarde más clara y no así nubosa, los cazadores habrían reparado en el engaño, y es que a algunos de ellos se les cosquilleaban las barrigas de la diversión.

Olaf se dio una palmada en la cara, aulló sordamente y dejó caer su pieza. Uno por uno, el resto de cazadores fue abandonando el calvero, resignados. El último en marcharse fue Harald, quien tenía las facciones de piedra y la piel pálida a causa del estupor.

—Tú, niñita, nos has dado a nosotros, grandes cazadores, una lección: no se debe infravalorar a aquel que parece más débil, pues todo el mundo conoce alguna artimaña y hasta la cosa más impensable puede tornarse en un arma en las manos adecuadas.

Harald reverenció a la muchachita y se largó, soltando el cráneo en el suelo.

En cuanto todos se hubieron ido, los cervatillos se levantaron y la niña rompió a reír en sonoras carcajadas. Los ciervos se pusieron a brincar a su alrededor, felices, ejecutando una danza salvaje; la chicuela se llevó la flauta a los labios y entonó para ellos la más cálida y gratificante de las canciones: la canción de la victoria.

Moraleja: No subestimes a los que son menos aptos que tú, pues de seguro se guardan un as en la manga.

lunes, 30 de septiembre de 2013

El advenimiento del Cuarto Thane

El salón está en silencio,
deja de oírse la fragua;
suena un trueno.
Estalla luego el incendio,
sangre lloviendo como agua;
¡desenfreno!

Y así el tercer thane muere
y al cuarto le cede el trono,
derrotado.
Una maldición profiere
cantándola en alto tono:
¡EXILIADO!

—Autor desconocido. Traducido y adaptado por Vanargand Lobogrís.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Tótem del Lobo

Los que amamos el folclore debemos garantizar que la tradición oral de nuestra cultura se preserva por medio de la canción, los cuentos populares, los refranes y la literatura.

A nosotros nos corresponde la labor de salvaguardar lo que es más sagrado y valioso de un pueblo, amén de la salud de sus gentes: su legado, su trasfondo y su raigambre; todo con el fin de que nuestros descendientes puedan hallar en el estudio del pasado las claves a los problemas a los que tendrán que plantar cara en el presente y en el futuro.

El Lobo, como espíritu de la naturaleza y salvador de los norn, nos brinda su sabiduría en la forma de rastros de pisadas en la nieve y de aullidos melifluos al anochecer. Depende de nuestros chamanes, de nuestros escaldos y de nuestros eruditos dotar de sentido y poder a esas marcas. Y eso es exactamente lo que yo me he propuesto hacer.

He recopilado todo lo que sé acerca del espíritu del Lobo en estas páginas. Y espero que tu comprensión sobre el Lobo y sobre el chamanismo norn aumente tras la lectura.

—Vanargand Lobogrís.

Simbología del Lobo

El Lobo es uno de los guías animales más prominentes de la cultura norn. Su espíritu nos enseña las lecciones de la lealtad y de la confianza en nuestros seres queridos, nos alienta a escuchar a nuestros instintos y a vivir en comunidad, en manada.

El Lobo es un depredador que nunca caza solo. Su manera de afrontar los obstáculos no radica en la fuerza, sino en la inteligencia y en la cooperación: los lobos no se lanzan a la carga contra sus enemigos ciegamente ni tampoco basan su poderío predatorio en el acecho; los lobos planifican y ejecutan estrategias grupales bajo el liderazgo de su alfa. Son aprendices consumados, muy observadores, que desarrollan tácticas flexibles; es esa astucia, cultivada mediante la educación en manada, la que los hace tan temibles.

Observando la conducta de los lobos uno aprecia enseguida su solidaridad: los lobos son seres gregarios que juegan juntos, emigran juntos y se defienden los unos a los otros. Los adultos nutren a las crías y cuidan de los enfermos aun a costa de su beneficio personal; los ancianos también tienen su lugar, encargándose de la vigilancia de los cachorros cuando los cazadores abandonan el cubil, y saben hacerse a un lado en el momento en el que su existencia lastra o hace peligrar la supervivencia del colectivo.

El Lobo nos habla de la abnegación, del sacrificio y de la entrega a los congéneres, una moraleja que ejemplificó a la perfección Braham Eirsson en su liza por salvar a los habitantes del Paraje de Roca de la Alianza Fundida. También promulga la adaptación ante el cambio: las manadas no tienen reparos en trasladarse a nuevos cotos de caza cuando la comida en su zona escasea. Sus sentidos agudizados, probablemente una de sus mejores bazas, nos animan a servirnos de nuestra intuición, de nuestras “entrañas”, a la hora de resolver los dilemas más perentorios que se presentan ante nosotros.

El componente intuitivo del lobo se pone de relieve en la acentuación de sus sentidos: el olfato, la vista y el oído de los lobos apenas tienen par en el mundo natural. Son rastreadores natos y por eso a menudo se los vincula con el ideal de la búsqueda de los sueños, como el de la libertad, de la gloria y de los deseos (sueños que, desde un punto de vista simbólico, tendrían su génesis en la misma médula de las pasiones). De ahí que otro de los puntos que destaque el Lobo sea el papel de las corazonadas: donde la razón más laberíntica, torcida y oscura no puede mediar, el corazón conoce la respuesta (no en balde, el co-razón es la víscera que co-mplementa y dota de significado a la razón).

A diferencia de los perros amaestrados a los que entrenan los humanos, los lobos no obedecen los designios caprichosos de nadie. Los adultos educan a las proles de la camada para convertirlas en cazadores; y a su vez, cuando ha llegado a la adultez, cada lobo decide si partir de la calidez del hogar para establecer su propia familia o si quedarse con sus parientes a fin de instruir a las nuevas generaciones. Es precisamente esa imagen indómita la que le da al lobo su reputación de independencia: el lobo encarna con fidelidad el carácter de la naturaleza salvaje que no ha sido domeñada; más aún por la comparación que puede hacerse con sus sucesores domésticos krytenses.

Los lobos son grandes comunicadores, naturalmente elocuentes y sensibles hacia las emociones de quienes los rodean, y no es de extrañar que entre las filas de sus adeptos no solo se encuentren cazadores, dueños de heredades, mercaderes y guardias; los chamanes y los escaldos cumplimos un rol fundamental en lo tocante al culto del Lobo. El lobo, como animal social, depende de la gesticulación facial y corporal para organizarse; está habituado, por tanto, a intercambiar información con los suyos. Incluso sus aullidos pueden figurarse como canciones: expresiones de melancolía por la pérdida de un hermano de manada, cantos de júbilo y hasta himnos étnicos.

La habilidad sin igual del lobo para pergeñar maniobras de caza, la potencia de sus sentidos primordiales y su destreza legendaria en las artes del lenguaje acotan el radio de influencia del Lobo a unos límites difíciles de imaginar. El compromiso con la manada, la devoción por el prójimo y la fiereza en la custodia de los suyos son algunos de los rasgos más admirables y paradigmáticos que personifica el tótem del Lobo.

Así pues, el espíritu del Lobo nos predica un mensaje muy simple: céntrate en tu familia y en tus amistades; colabora con ellos para alcanzar la gloria; transmite tus sentimientos y tu experiencia a otros; conságrate a la conservación de los tuyos; confía en la veracidad de tus impulsos y no desfallezcas buscando tu camino; fíate de tus instintos y aprende todo lo que puedas para soslayar las situaciones inesperadas con ingenio.

Misticismo del Lobo

En el árbol simbólico del Lobo se entroncan otras señales místicas que refuerzan su poder y su autoridad. Por ejemplo: la luna, objeto que simboliza la calma y, de algún modo en asociación con el lobo, también el romance imposible; los ojos del lobo cuentan con una cualidad única en tanto que desveladores de mentiras; la huella del lobo apela a nuestra voluntad para perseguir tenazmente nuestros deseos; la piel del lobo, vista como un fetiche entre los berserker, se utiliza para concitar la metamorfosis…

El favor del Lobo es comúnmente invocado cuando está en juego la vida de nuestros seres queridos; también es un guía efectivo a la hora de rastrear, bien sean objetivos simples como una presa en una cacería, u otros más magnos como lo son nuestros verdaderos anhelos. Esa es la característica que le da al Lobo su talante de libertario: siguiendo sus auspicios, el afamado pionero Romke llegó hasta aguas orrianas y, aunque lo aguardaba un destino ominoso, logró realizar su empresa de ver mundo. De ahí que la huella del lobo sea un vestigio depositario de la semilla de la libertad: advertir la planta del lobo impresa en la nieve cuando nos hemos perdido es un indicio de buena suerte; muy a menudo, sus pisadas son las pistas que nos marcan el trayecto a seguir.

La visión de los lobos ululando a la luna se contrapone a su imagen de ferocidad: bajo la radiación del astro de plata, el lobo se pronuncia artísticamente en la forma del canto. La luna es el signo astrológico que avala al Lobo y que multiplica sus energías; bajo su abrigo, los lobos cazan y viven. La luna, se podría decir, es un aspecto positivo para los lobos, un bastión cuya luz refleja el descanso, la iluminación y la bondad en la manada. Es, podríamos añadir desde una perspectiva metafórica, el espejo donde se proyectan las ansias del lobo; el disco blanco y cristalino donde ve espejada, según el mito, su alma. Si bien, en la mitología la primera luna llena de invierno o Luna del Lobo es el anuncio de una cacería, e indica que los lobos merodean por los páramos en pos de sustento.

Retomando esta estela, el canto del lobo, su aullido, es una de las melodías más bellas y estremecedoras que pueden oírse en la selva. Al igual que la luna, y en armonía y tensión simultáneas con esta, el aullido es otra de las enseñas mágicas del Lobo: es un grito que hace aflorar en sus oyentes los sentimientos más primigenios. Si hubiera que trazar una ruta al nacimiento de la música, yo apuntaría al canto de los lobos como su punto de partida. Ese torrente de emociones nítidas que fluyen por medio del aullido nos hace sintonizar con ese residuo latente, primitivo e incorrupto de nuestro lado animal.

En cuanto a los ojos del lobo, su conexión con el hallazgo de la verdad tiene unas raíces extensas que se remontan a la superstición: como animal comunicador, el lobo en la cacería debe producir mensajes sutiles que se vehiculan a través de la mirada. Los lobos son criaturas empáticas, acostumbrados a leerse los unos a los otros y a estudiarse hasta conocerse en profundidad. Un buen alfa sabe lo que sienten el resto de lobos de la manada con tan solo mirarlos a los ojos, de ahí que su mirada goce de tanta fuerza espiritual: los ojos del lobo consiguen penetran en lo más hondo de nuestro interior.

La piel del lobo disfruta de una notoriedad reseñable: bien es sabido que entre los norn es larga y dilatada la tradición teriantrópica; esa costumbre, que se ancla en un prolijo trasfondo animista, a día de hoy ha perdido gran parte de su carga ritual. Ponerse la piel del lobo, antaño, era una metáfora para la conversión; mas no consistía en un viaje únicamente corporal o estético, sino en una mudanza anímica al completo: transformándote en el Lobo no solo ganabas sus impresionantes dotes físicas, sino que compartías su espíritu, su forma de contemplar el mundo y su propósito primal.

Para terminar, la visión del lobo solitario constituye también un emblema en sí misma: el lobo solitario ilustra magistralmente la búsqueda de uno mismo y va en liga con el don para la indagación del Lobo. El lobo solitario es el blasón de muchos jóvenes que están forjando su devenir; se identifican, en este sentido, con el lobo, ya que, habiéndose desgastado los lazos familiares que los ataban, ahora reposa en sus hombros la obligación de formar una familia y de labrarse un porvenir en el mundo.
 
Atributos del Lobo

Los atributos que se afirman en el tótem del Lobo son múltiples y variados. No obstante, pese a lo arduo de la tarea, he realizado una selección de los ocho que considero críticos y en los que pienso que se solidifica la esencia del espíritu del Lobo:
  • La lealtad.
El lobo es un animal de manada: nace en la manada, se cría en ella, y aunque pueda separarse por un breve periodo de tiempo de sus semejantes con el fin de crear su propia manada, nunca se divorcia de los suyos hasta que le llega su última hora.

Solo aquellos que traicionan a la manada, que la descuidan o que la menoscaban pierden su título como miembros. Para ellos, el castigo oscila entre el desprecio y la hostilidad.

La lealtad férrea de Braham por el Paraje de Roca nos sirve aquí en calidad de modelo.
  • La compasión.
Los lobos tienen en alta estima los preceptos altruistas: velan por los miembros más débiles de la manada y por su progenie durante las hambrunas y en las épocas de enfermedad. Todas las madres son celosas con sus camadas; en el caso de los lobos, este trato formidable se extiende a todos los miembros de la manada: hermanos, padres, abuelos, tíos y otros agregados ponen su grano de arena para defender a los cachorros.

Inclusive se han dado casos de lobos que admiten entre los suyos a los hijos de otras manadas que se han extraviado; y a veces, aun a cachorros de otras especies.

Eir Stegalkin, cuyo nombre se traduce como “compasión”, es un paragón de esta virtud.

En la heredad de Skovtrolde, en las Colinas de Guaridadraga, se refugian los huérfanos de las batallas de las Picoescalofriantes. La heredad es vigilada por el chamán del Lobo local: Hraggorn asiste a la sylvari Cydwenn en la manutención de los expósitos.

También es digna de mención la historia de Goedulf, el patrón de los niños perdidos que, según narra la fábula, aulló para que la manada salvase a una niña abandonada.
  • La ferocidad.
Los lobos son distinguidos por su fiereza; una parte de ese renombre proviene del prejuicio, pero es cierto que los lobos no vacilan a la hora de derrotar a sus víctimas. Su sentencia de muerte suele ser rápida y mortífera: una mordedura limpia en la yugular. Y una manada de lobos puede ser un enemigo terrorífico si siente bajo provocación.

Skarti y Sigfast, los líderes de la Camada, el cuerpo policial de Hoelbrak, representan apropiadamente el atributo de la ferocidad: como guardianes de Hoelbrak, su política ante los que atentan contra la armonía en la ciudad es administrada veloz y brutalmente.
  • La inteligencia.
Frente a otros animales, los lobos brillan por su intelecto. Para localizar el sustento, a veces siguen el vuelo de las aves de rapiña (que por norma van a la zaga de carroña); emplean planes de caza dinámicos y nunca tropiezan dos veces con la misma piedra.

El lobo aprehende deprisa las lecciones vitales, sobre todo en lo relativo a lo que lo hiere y a lo que no. Y su mentalidad de manada hace que las propague a sus camaradas.

Eir Stegalkin, de nuevo, es imprescindible en el Filo del Destino por su astucia militar.
  • El apetito por la libertad.
Al contrario que sus primos domesticados, los lobos son seres insumisos que solo existen en estado silvestre. Aunque un entrenador habilidoso puede granjearse el afecto y la fe infranqueable de un lobo, su hábitat por excelencia se ubica en los bosques.

Esta cualidad se blande como un estandarte de libertad: no hay cadena alguna que pueda doblegar al Lobo: su orgullo indomable está por encima de todo género de constricción.

Romke despliega muy bien este atributo: su misión lo llevó a transitar aguas orrianas.
  • La comunicación.
Los lobos de la manada se entienden entre ellos con solo mirarse a los ojos. Son expertos en el lenguaje gestual y en la comunicación por medio de los aullidos: sus ululatos pueden denotar peligro, desafío o incluso nostalgia por un hermano difunto.

El código lingüístico de los lobos es más complicado que el de otros animales: poner tiesa la cola, echarse al suelo, alzar las orejas, husmear o volcarse en la tierra para exponer el vientre son algunas de las señas que contienen significado para la manada.

Fastulf Jotharsson es uno de los Oradores de Hoelbrak y chamán del Lobo. Él gestiona los asuntos concernientes al albergue y se ocupa de recibir a los invitados en persona.
  • El carisma.
Una de las facetas que emerge orgánicamente del control de la órbita social del Lobo. La existencia de un lobo alfa en las manadas, que no es necesariamente siempre el más fuerte, nos revela el magnetismo del lobo y sus complicadas relaciones intragrupales.

Algunos de los elegidos del Lobo son conocidos como líderes célebres: Eir Stegalkin y su hijo Braham son los más eminentes; Romke también fue galardonado por el Lobo.
  • Una íntima conexión con los instintos.
El Lobo está hermanado con todos los elementos que componen la estampa agreste: sabe leer el mensaje del follaje agitándose, el de la maleza desbrozada y el de las bandadas que emigran. Su conocimiento intrínseco del escenario forestal lo erige en un guardián privilegiado que está en una absoluta armonía con lo que ocurre en su entorno.

Al maestro Solvi, havroun del Lobo, se le atribuía este aspecto. Ahora ha recogido el testigo su discípula, la aprendiza Valda, que está en contacto directo con el Lobo.

El lado oscuro del Lobo

Al contrario de lo que piensan los humanos, el lobo no es una bestia taimada y voraz que abate a sus presas en un arrebato desenfrenado de sed de sangre. Si estudiaran en profundidad su historia, los humanos serían conscientes de los terribles atropellos que han cometido contra este noble animal: han invadido sus cotos de caza y, tras haberlo dejado sin alimento y haberlo forzado a matar a sus ganados para subsistir, lo han inculpado de calamidades y de atrocidades que solo la mente humana puede concebir.

Así, en algunos pueblos la fama del lobo lo sitúa en un estatuto infame: el lobo adopta la función de presagio de catástrofes y de debacles, pues el progreso industrial le ha impuesto que se alimente de restos al no quedarle otras presas que cazar. Se le ha aliado con entidades sobrenaturales por el fatídico devenir de sus primos, los huargos; y al resistirse al látigo de la dominación humanizadora, en un acto de rebeldía frente a sus parientes perrunos, los humanos han juzgado su insubordinación en clave de guerra.

En esa malignización, propia de la laxitud moral más vergonzosa y de una ignorancia superdotada, el lobo ha adquirido la responsabilidad por las penas de la humanidad y se ha tornado en su chivo expiatorio. Cuando los vecinos se asesinan entre ellos y quieren evadir las consecuencias de sus crímenes, la figura del lobo es la que los salva; cuando un ganadero sabotea a otro, son los lobos quienes asumen las culpas de los destrozos. De esa cobardía descarada emanan un sinfín de relatos espeluznantes que cristalizan en metáforas tales que “el lobo bajo la piel del cordero”, o en advertencias a la voz de “que viene el lobo”: claras muestras de la imbecilidad supina que padecen algunos humanos.

Empero la realidad es muy distinta a la ficción: los lobos nunca atacan por diversión. No juegan con la comida, en oposición a los felinos; matan para sobrevivir y suelen mantenerse alejados de los asentamientos de las razas civilizadas. Solo un lobo cuyo territorio ha sido vulnerado, que ve a los suyos bajo amenaza inminente o que está sufriendo un hambre atroz se atrevería a agredir a un humano o a un norn.

Pese a todo, ese prejuicio infiel acerca de los lobos todavía circula a lo largo de Tyria. Sin embargo, el lado oscuro del tótem del Lobo existe y se materializa en numerosas formas: cuando un culto dominado por la ley del más fuerte avasalla a los débiles (como es el caso de los Hijos de Svanir, aunque su descreimiento del Lobo es un hecho constatado); cuando las clases políticas más altas de los humanos se lucran con los impuestos de las más bajas; cuando una banda criminal atraca a los desfavorecidos…

Ese tipo de asociaciones no cuentan con el respaldo del Lobo. Sus manadas son un pacto de conveniencia; carecen de empatía y de cohesión. Su objetivo es el beneficio personal por medio de la actuación grupal. No entienden lo que representa el espíritu del Lobo: un miembro de la manada debe estar dispuesto a sacrificarse por el bienestar de los demás, porque todos son iguales a los ojos del Lobo. Un auténtico miembro de la manada jamás trataría con desdén a los menos aptos, ya que el Lobo sabe que las aportaciones de TODOS los miembros de su manada son imprescindibles e invaluables.

Esa degeneración del espíritu benévolo de la manada nace del impulso egoísta de pretendernos mejores que el otro. Bien es sabido que la adhesión a un grupo otorga cierta seguridad y firmeza; a veces, la única meta de ese poder es la de sojuzgar a otros, la de aprovechar el tesón y el empuje de los compañeros para alzarse por encima de los demás. Ese es el síntoma más notable de la perversión de las enseñanzas del Lobo.

Entre los norn hay un epíteto para designar a esta clase de individuos: los llamamos varg. El varg es un norn que otrora perteneció a la sociedad, un colono de una colección de heredades o un lugareño de Hoelbrak; al probarse delictivo e incapaz de convivir con otros, el varg ha firmado su condena de destierro. Al igual que en las manadas, aquellos que no contribuyen al bien común o que muestran tendencias agresivas son repudiados y exiliados. Así, el varg es un proscrito que vaga en soledad por las Picoescalofriantes y que tiene prohibido recibir incluso los gestos de hospitalidad más primarios.

¿Cómo honrar al Lobo?

Los rituales de invocación del Lobo deberían tener en cuenta sus espacios de actividad preferidos: el Lobo se siente más confortable bajo la luz de la luna, a medianoche, en un área boscosa que esté circundada por la vegetación y por la fauna nocturna. Sus santuarios se esparcen por las Picoescalofriantes en zonas rurales como las que he descrito antes, o en cuevas que actúan como cubiles para las manadas sagradas.

Los focos, reliquias y tallas con iconografía de lobos y de signos lunares son materiales de ayuda a la hora de evocarlo. La recitación de mantras, de canciones y de versos que apelen a la naturaleza del Lobo son palabras de conjuración para solicitar su auxilio; en especial, aquellas que guardan una mayor similaridad fónica con los aullidos. Y las ofrendas como las piezas de carne que han sido cazadas en conjunto, concretamente las más ricas en nutrientes como el hígado, suponen una donación adecuada para el Lobo. Además, el uso de cuero de lobo, de talismanes confeccionados con sus zarpas y de collares hechos con los dientes de los compañeros de manada caídos suelen ser parte integral de la indumentaria litúrgica. Lejos de ofender al Lobo, vestir sus pieles es el mejor indicativo, a la antigua usanza de los berserker, de la ambición de fundirse con él.

En lo referido a las prácticas ritísticas, el Lobo da su beneplácito a las cacerías hechas en su nombre. Su implicación en el ciclo de la vida y la muerte como uno de los predadores mejor posicionados de la cadena trófica es de importancia capital: las manadas, por norma, cazan a los individuos enfermizos y ancianos de los grupos de herbívoros, hecho que mejora al mismo tiempo la vitalidad del rebaño de presas. Las danzas tribales en torno a la lumbre han sido desde tiempos pretéritos otra manera de comunicarse con el Lobo: durante el ejercicio, el invocador comulga con el Lobo imitando sus aullidos, sus gesticulaciones y su trote; el fuego es el catalizador ritual, y a él se añaden como sazón hierbas aromáticas que al quemarse desprenden una fragancia de corte alucinógeno, con el objeto de inducir en el taumaturgo episodios de delirio.

En estos ritos, la escenificación alegórica de imágenes de cacería también sirve como puente de enlace entre el chamán y el espíritu con quien entra en comunión. La puesta en escena de estas prácticas es el producto de una interpretación dramática; las carnicerías llevadas a cabo bajo el pretexto de la reverencia al Lobo son impiedades de degenerados que se merecen la sanción más grave. La mutilación de extremidades, la extirpación de órganos y la consumición de vísceras son, asimismo, hábitos primitivos que se encuadran mucho mejor en el ámbito ceremonial de culturas como la grawl. La adoración a los espíritus de los norn es mucho más simbólica y pacífica que todo eso.

Mientras que la entonación de ensalmos y de plegarias tiene su fundamento en un tipo de hechicería que en las fuentes antiguas se denominaba galdr, originariamente el culto a los espíritus pasaba primero por las tecnologías del seidr que acabo de enumerar: los bailes, la representación dramatúrgica y la emulación del guía animal. Las dos clases de brujería coexisten hibridadas en la actualidad: los cánticos y la actuación, aunque son el reflejo de dos escuelas de magia distintas que comportan modos diferentes de concebir el fenómeno sobrenatural, dibujan el contorno de un paisaje divino en el que la escisión de la faceta emocional frente a la racional se reduce a una categoría puramente nominal.

Hay otras maneras de agradecerle al Lobo su servicio y de rendirle tributo: las actividades cooperativas, bien sea beber y cantar en una heredad junto a los amigos, participar en una partida de cazadores para darle fin a un oponente digno, salvarle la vida a un igual que está en apuros o en peligro de muerte… O cosas menos laboriosas como preocuparse por la familia de uno o proporcionarle información, mantas y vituallas a un caminante extraviado, son acciones de que las que se enorgullece el Lobo.

Desoír el consejo de los seres queridos, ignorar las recomendaciones de los ancianos, enfrentarse en solitario a un reto que nos supera con creces por terquedad o por una ambición desmesurada de gloria, son, entre otros, actos que desaprueba el Lobo. La mentira indiscriminada, el uso del engaño para obtener nuestros fines, la renuncia a implicarse en el ámbito social de procedencia y la comisión de males contra los más desvalidos de una agrupación, heredad o ciudad, son acciones que enfurecen al Lobo.

Los aventureros y cazadores que viajan y se oponen a la adversidad junto a sus aliados, los oradores y escaldos que conmueven los corazones con sus palabras, los sabios y chamanes que traspasan su sapiencia a las generaciones noveles de la manada, los guerreros y guardianes que se inmolarían a sí mismos para proteger a su pueblo, son todos benditos por el Lobo. Los asesinos, ladrones, ermitaños lunáticos y embusteros tienen suerte de salir indemnes de la cólera de los auténticos seguidores del Lobo.

Berserkerismo y metamorfosis

La incorporación del alma del Lobo es el hito al que aspiran las técnicas del seidr y del galdr: por medio de un ejercicio de mímesis tanto corporal como espiritual, el taumaturgo catapulta su espíritu a lo más hondo de la Niebla en busca de su corresponsal lobuno. Si ha ejecutado correctamente las plegarias, las ofrendas y los ritos, si con sus acciones ha probado ameritar el favor del Lobo, su espíritu guía contesta y lo impregna con su aura. Esto es: el Lobo y su invocador se funden en uno.

Antes de comenzar creo que sería apropiado establecer qué es la metamorfosis norn y qué no es. Opuestamente a lo que se piensa en algunas provincias supersticiosas, la metamorfosis licantropía en este caso NO nace de una fuente de poderes malignos que imbuye de energías ultraterrenas y de ansias carnívoras a quienes la solicitan. No es, tampoco, una permutación estética o de glamur como las que ofician los ilusionistas; la transformación de los norn es tanto física como anímica, y afecta a la capacidad para admirar el mundo (y al modo en que se hace) tanto como a la disposición anatómica.

El cambiante norn, también llamado teriántropo en los textos clásicos, es un ser en íntima sintonía con su faceta salvaje y animal, faceta irrenunciable e intrínseca a todos los seres que pueblan Tyria. Mediante el reconocimiento de su conexión con las criaturas que habitan los bosques, las llanuras y las estepas heladas, el teriántropo gana la habilidad de mimetizarlas, de ligarse a ellas de manera instintiva. Puesto que todo ser viviente tiene un espíritu, es posible que existan más mutaciones que las que hemos atestiguado; sin embargo, las más conocidas son las que otorgan los cuatro espíritus guardianes de Hoelbrak: el Lobo, el Cuervo, la Osa y la Pantera de las Nieves.

La metamorfosis no es un trance agónico salvo para aquellos que se resisten a él; por el contrario, yo lo definiría como uno extático. Es un don, una regalía concedida por los espíritus. No es una maldición ni tampoco, por norma, concita un estado de descontrol y de frenesí irreparable en el taumaturgo. A aquellos guerreros que pierden el dominio de sí mismos durante estos episodios de transformación los llamamos berserker: estos individuos no se esfuerzan por mantener la armonía entre la mente consciente del norn y la mente inconsciente del animal; se rinden a su lado bestial en la liza y eso los torna en temerarias tormentas de destrucción que no sienten el dolor, el frío o el cansancio.

Aquellos que se someten durante periodos de tiempo demasiado prolongados a los deseos de su espíritu animal pueden ver su identidad navegando a la deriva o incluso diluida bajo el peso de sus pulsiones más básicas. La metamorfosis no está exenta de peligros y la mayoría de los norn son precavidos a la hora de pedirles su intervención a los espíritus: abusar de tus poderes, emplearlos para mal u obrar en desacuerdo con los dictámenes de tu patrón puede conllevar la pérdida total o gradual de su beneplácito. Pero la gracia de los espíritus se puede recuperar: ¿quién no ha oído de la cruzada de Jora por recobrar el amor de la Osa y de su heroísmo al encarar a su hermano Svanir?

Así pues, y recapitulando, la condición teriantrópica en los norn se origina en nuestro vínculo con los espíritus. El poder del que hacemos gala es prestado y reside en nuestra memoria racial; es innato, aunque depende de las fuerzas divinas que entretejen nuestro destino. El punto de encuentro entre el norn y su tótem es uno de tensión: se sitúa en un precario balance entre su semblante reflexivo y el irreflexivo. Aquellos que reniegan puntualmente de este equilibrio son llamados berserker, empero quienes abjuran persistentemente de él se arriesgan a ver su identidad hecha jirones irremediablemente.

Hubo una época en la que los adeptos del Lobo que se ponían su piel —una de las metáforas más populares con la que hacer alusión al cambio— eran llamados ulfhednar (ulfhedinn en singular), que significa “pieles de lobo”. En mi manada esta tradición se conserva, y ese es el epíteto que engloba a todos los miembros que la integran; no obstante, voces como esta han caído en desuso en pro del término berserker, más general e infinitamente mejor conocido allende los confines de las Picoescalofriantes.

Para concluir estas líneas, me gustaría animar a los partidarios del Lobo que están leyéndome a que rescaten de las brumas del Olvido esta y otras expresiones a las que he ido refiriéndome a lo largo del texto; a que se enorgullezcan de la nobleza de su grey y a que aúllen con regocijo por su pertenencia a la manada del Lobo. Creo firmemente que el tiempo de la Osa, en el que cada norn componía su saga en base a sus hazañas personales, ha pasado; esta es la era del Lobo: en ella, el Sino de los norn se escribirá de acuerdo a nuestra competencia para superar los desafíos unidos, como una manada.

Solo así reivindicaremos las Lejanas Picoescalofriantes. Solo así perduraremos ante las asechanzas de Jormag y ante el tumor en metástasis de la progelie que infecta Tyria.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

La Corona de los Tres Thanes

Cuenta la leyenda que hace cientos de años existió un clan enano en las profundidades del Paso de Lornar. Sus galerías subterráneas se extendían desde el norte hasta el sur de la región, y los viajeros más fantasiosos aseguraban que sus túneles estaban plagados de yacimientos de piedras preciosas.

Un día, el sabio y anciano thane que gobernaba el clan en aquella época, murió. Tan repentino fue su deceso que no tuvo tiempo de nombrar un heredero, así que sus tres vástagos eran candidatos por la dignidad de thane.

El más joven era un pionero empedernido, y esgrimía como razón de peso para defender su derecho a la corona que había viajado por la superficie y que conocía Tyria como la palma de su mano, que estaba más que preparado para hacer frente a todas las amenazas que vinieran del exterior y para establecer nuevas relaciones comerciales.

El hermano mediano era un maestro de excavaciones. Argumentó que merecía el puesto de thane porque gracias a su habilidad para descubrir minas de oro los enanos del clan se volverían adinerados y opulentos, nunca les faltaría la comida y llevarían una existencia acomodada y plácida.

El más mayor de los tres era un guerrero consumado. Había plantado cara a los esbirros del Devorador en infinitud de ocasiones y argüía que tanto en experiencia como en fuerza aventajaba a sus otros dos contrincantes; que jamás los enanos del clan tendrían que preocuparse por el acoso de sus enemigos.
 
Para poner fin al conflicto, los tres thanes firmaron un pacto: cada uno de los hermanos gobernaría un año; al año siguiente, le tocaría al siguiente reinar. Y durante mucho tiempo, el clan prosperó y los enanos se hicieron ricos, poderosos y célebres, porque con las virtudes combinadas de los tres thanes, no había nadie que pudiera desafiarlos.

Hay quien cree que el relato debería terminar aquí. Hay quienes piensan que este habría sido un desenlace idóneo, con una moraleja estupenda que transmitir a las generaciones venideras; sin embargo, esas personas no son conscientes de la auténtica naturaleza de la historia. Más allá del giro inesperado y de los artificios de los que nos valemos los cuentacuentos para mantener la intriga hasta el final, lo cierto es que el sabor de la verdad es agridulce. Y la crueldad de la realidad supera con creces a la de la ficción…

Para conmemorar el aniversario de su reinado, los hermanos le encomendaron a un reputado orfebre que fabricase una pieza de artesanía que simbolizase la gloria de su triunvirato; un adorno que encarnase las bondades de cada uno de los dirigentes de su pueblo y con el que pudieran sentirse identificados; un aderezo que exaltase el triunfo de la unidad y de la fraternidad.

Así pues, el orfebre creó una corona como ninguna otra se había hecho jamás: el aro metálico de la base estaba forjado con acero deldrimor y había sido bendecido por el Gran Enano, en un gesto de tributo hacia el mayor de los hermanos; motivos de grifos dibujados en una filigrana de oro blanco ornaban los contornos de la pieza, en señal de homenaje a la expedición del menor de los hermanos; y por último, toda una plétora de gemas y de rubíes estaban engastados en las puntas de la corona, rindiéndole sus respetos al hermano intermedio.

Jamás antes en el clan había admirado una obra de artesanía tan delicada. Los tres thanes se sentían perplejos y gratamente complacidos: como os decía antes, a menudo la realidad supera con creces a la ficción, y sus expectativas de cómo sería la corona una vez acabada quedaban muy por debajo del producto final con el que los obsequió el artesano.

Ahora bien, lo que ocurrió después no tuvo nada de bello, pues sobre la corona pesaba una horrible maldición. El orfebre, rencoroso, no era otro que el primogénito del antiguo thane, el mayor de todos los hermanos y el único con derecho a suceder a su padre. Desterrado por medrar con arcanos y hechicerías procedentes de tierras lejanas, el orfebre pasó años en la superficie urdiendo su venganza contra el thane, su padre, contra sus ilegítimos competidores, sus hermanos, y contra todo el clan que lo había repudiado.

Y finalmente lo logró, empero esa misma brujería, como sucede cuando se manejan fuerzas que están fuera de nuestro alcance, se tornó en su contra: la Corona de los Tres Thanes transformó a sus hermanos menores en bestias horripilantes, codiciosas e insidiosas como él; el clan se dividió en tres bandos y pelearon los unos contra los otros hasta que no quedó uno solo con vida. Y aun después haberse estrangulado, degollado y desangrado hasta la extinción, sus cadáveres se levantaron, condenados a tomar las armas y a combatir sin pausa por toda la eternidad…

Nada le quedó al mayor de los hermanos: había perdido a toda su familia en su campaña de odio, había conducido a todo su clan al exterminio por su ambición de poder. Sin otro rumbo que tomar ni un destino mejor que lo aguardase, el hermano fratricida se arrebató la vida arrojándose a una de las simas más hondas del inframundo.

Se dice que aún se le oye llorar bajo la tierra, que sus lágrimas forman los ríos que recorren como venas el subsuelo del Paso de Lornar. Se afirma que cuando un terremoto azota las estepas, es el Cuarto Thane Loco quien lo provoca, quejándose y golpeando el suelo, enfurecido por su desgracia y porque todos a los que amaba lo han abandonado…

miércoles, 21 de agosto de 2013

Reliquias de la Manada

En sus más de dos siglos de vida, la Manada ha acumulado y preservado un gran número de reliquias sagradas norn. Algunas nos han sido donadas en condición de regalos; otras los obtuvimos derramando la sangre de aquellos que se oponían al bienestar del pueblo norn.

Tras la segregación del clan, muchos de esos artefactos se han extraviado. No obstante, con el tiempo los ulfhednar de esta generación hemos ido recobrando algunos de ellos.

Aquí haré un listado de las reliquias que han pertenecido a nuestra noble manada.

Steinleif, el Tambor del Cazatormentas

La leyenda de Steinleif es bien sonada, nunca mejor dicho, entre los descendientes de la Manada. Steinleif era un tambor de la más alta orfebrería enana dado en prenda y como gesto de amistad al primero de todos los ulfhednar: Ulfric el Cazatormentas.

El Tambor del Cazatormentas fue fabricado por uno de los legendarios artesanos del pueblo enano. Su valor no reside únicamente en su filigrana de oro ni en la calidad de sus pieles; Steinleif lleva impresa la rúbrica de su artífice: una colección de runas encantadas que están grabadas en el forro interno de su caja de resonancia. Es precisamente esta inscripción la que le confiere a Steinleif sus singulares habilidades.

Se dice que Steinleif podía causar desprendimientos en las montañas y provocar hendiduras en la tierra a placer; se dice que podía hacer temblar los cimientos de una heredad hasta convertirla en polvo y escombros; se dice que sus avalanchas borraban los rastros de la Manada y que servían para lapidar bajo un lecho de rocas a sus enemigos...

Empero hace diez años el féretro de Ulfric fue desvalijado y con él su posesión más preciada: Steinleif, su tambor. Hace poco se volvió a escuchar la reverberación de unos tambores en las Colinas del Caminante, mas no era más que una ilusión, una réplica espuria utilizada para sembrar el pánico.

Dondequiera que esté, Steinleif es propiedad de nuestra manada, los ulfhednar. En malas manos, el Tambor es un anatema peligroso y letal. Por ese motivo debemos redoblar nuestra búsqueda.

La piel de Lobogrís

En el pasado, los ulfhednar embozaban su rostro para no ser identificados. Bajo la piel del Lobo, la Manada actuó siempre guiada por un propósito firme: arrojar esperanza al pueblo norn tras la batalla contra el Dragón y defenderlo de las amenazas que acechan en las Picoescalofriantes.

Ese es el concepto que representaban las pieles de Lobogrís, y aunque la mayoría de ellas se perdieron o fueron almacenadas en desvanes gélidos y polvorientos, todavía quedan dos ejemplares en buenas condiciones que dan testimonio de este fragmento de nuestra historia. Os hablo de la piel original de Lobogrís, la que curtió el mismísimo Ulfric, mi antepasado; y también de la piel de Goi Aullido Perpetuo, el abuelo de Skadi.

Un día Ulfric se internó en una borrasca y una manada de lobos lo salvó de la inanición y de la intemperie. Su alfa era un lobo gris descomunal al que Ulfric buscó durante años para recompensarle por su generosidad, atravesando duras ventiscas y tempestades neblinosas e impenetrables con el único deseo de volver a toparse con él (por esa razón recibió el apodo del Cazatormentas). Sin embargo, el Lobo quiso que Ulfric se reencontrase con el alfa en sus últimas horas de vida. Para honrar su caridad, Ulfric concibió a Lobogrís, un héroe que lo cambiaría todo, y en él basó su figura y su ética.

Goi Aullido Perpetuo fue el penúltimo líder berserker de la Manada Lobo Invernal. En el presente, su nieta ostenta el puesto que un día le correspondió a él, y también ha heredado las pieles que lo caracterizaban. El compañero de caza de Goi era un lobo pardo de un tamaño inmenso, tan feroz como su propio dueño; no obstante, en un enfrentamiento temprano fue víctima de una herida mortal. En clave de homenaje a su bravura, Goi decidió elaborar su manto de Lobogrís con el pellejo pardo de su lobo.

Las pieles de Lobogrís son ungidas por los chamanes de la Manada con óleos de limpieza y pasan por una complicadísima liturgia de purificación que se prolonga por nueve días y nueve noches. En ella, los cantos ceremoniales se funden con la pronunciación de hechizos y con la realización de bailes rituales que dotan a la nueva piel de Lobogrís del beneplácito del Lobo.

Tras esto, las pieles se consideran benditas por el Lobo e impregnadas de su esencia. Gracias a estos conjuros, se especula que ha habido ulfhednar que han sido capaces de mantener su transformación en el Lobo durante largos periodos de tiempo.

Actualmente la Manada cuenta en su haber con la piel de Ulfric el Cazatormentas y con la de Goi Aullido Perpetuo.

Hjorthorn, el Cuerno del Venado Blanco

Hjorthorn, el Cuerno del Venado Blanco, es un artefacto de reciente creación. El cuerno de guerra Hjorthorn fue otrora una de las astas curvas y ramificadas de un majestuoso ciervo que poblaba las Colinas del Caminante: el mítico Venado Blanco.

Un cuento se asocia al título de este animal. En sus páginas se relata cómo en su juventud la vida le fue perdonada por un muchacho que trataba de probarse a sí mismo en una cacería: el lobo sin dientes. Al final, después de haberlo atrapado, el chico lo dejó en libertad porque no estimó honorable matar a una cría indefensa.

Durante años, el Venado Blanco reinó en las estepas heladas y en las taigas de las Picoescalofriantes. Se hizo con un rebaño donde era el macho más viejo, fuerte y prominente; lo conducía en la época del deshielo a pastos más verdes y lo protegía de la depredación voraz.

Empero veinte años más tarde un destino funesto le acaecería: espoleados por el influjo de una magia primitiva, una tribu de minotauros acabó con su existencia y con la de sus congéneres de la forma más sanguinaria que os podáis imaginar. Los depravados sucumbieron bajo el peso de nuestras hachas y yo puse fin a la agonía de la bestia.

Al cabo de veinte años, el Venado Blanco había vuelto para brindarme la muerte que nunca me cobré.

A modo de tributo, me hice con una parte de su cornamenta y la trabajé. Labré en ella las runas tradicionales que reflejan el devenir del Venado Blanco y que le rinden tributo. Ahora Hjorthorn es una de mis propiedades más queridas; una que me recuerda quién fui en el pasado y quién soy en el presente.

Pese a que no alberga magia alguna que yo haya podido vislumbrar, Hjorthorn es un artefacto y un símbolo para el clan. Y también es el indicio de un presagio nefasto: la Luna de Sangre se avecina...

El Martillo de Skaargard del puño y letra de Dhraerya Gurnhail

Cuando las Nieves eran fuertes, cuando el aliento del Dragón apenas se había asentado, Skaargard Puñoforja se había reunido con otro grupo de Norns llamados por la necesidad. Pero esto es posterior...

Skaargard era joven e inquieto, apenas un aprendiz de la forja de su padre, al que tenía en estima; sin embargo, consideraba el proceso tedioso. Buscó al pueblo menguado, a aquellos seres recortados aunque fieros, fuertes y decididos, de un arte grandioso. Muchas veces intentaba convencerlos de que le enseñaran, pero siempre se negaban.

El tiempo pasó y su mente y su espíritu se apaciguaron lo suficiente como para adquirir paciencia. Fue entonces, tras muchas cicatrices en sus manos curtidas, que empezaron a instruirlo. Sin dejar de lado sus tareas de protección, ahondó en el arte de la forja.

Llegado el momento, Ulfric hizo su llamamiento. Skaargard estaba preparado y dio un paso al frente, sin vacilar. Aunque el sacrificaría su fama, sus obras llevaban su sello; ellas continuarían su legado.

Al tiempo, un regalo le fue entregado: un gran y pesado martillo de forja mágico, con runas grabadas en su forma. «Para que el objeto sea impregnado de la esencia de los tuyos, has de participar en su creación o te será ajeno y rebelde en tus manos».
Asintiendo, se encerró con los enanos a trabajar en tal proyecto: Steinleif, el Tambor del Cazatormentas. No obstante, no participó en la entrega, aunque sin duda sabía que Ulfric identificaría su marca en el obsequio.

Dejó todo dispuesto para que sus descendientes pudieran hacer frente a nuevas y a la vez viejas amenazas. Y entonces presenció un hecho inesperado, los espíritus se lo habían mostrado en sueños: dos linajes enfrentados se unirían...

sábado, 17 de agosto de 2013

Campeonato de Leyendas

Durante su estancia en Hoelbrak, Vanargand Lobogrís y Skadi Luna de Lobo solían almorzar en el Albergue del Lobo.

Skadi, la cazadora pelirroja de ojos verdes e irreverentes, a menudo traía conejos o venados que ella y su lobo habían cazado para asarlos en los espetones comunitarios; en cambio, Vanargand, un escaldo brillante y atractivo, se aseguraba de que sus canciones e historias les granjeasen un benefactor que los convidase a beber cerveza.

De este modo, el Albergue del Lobo entero salía beneficiado: las piezas de carne que sobraban iban a parar a los estómagos de los refugiados del norte; los cuentos del escaldo, por otro lado, eran recibidos con ruidosos vítores entre los residentes.

Aquel día, Vanargand y Skadi estaban sentados a solas en una de las mesas de la planta baja; un hecho inusual, pues con frecuencia se reunían allí con su manada. A juzgar por sus caras largas, la conversación que estaban manteniendo no era muy placentera…

—Has estado paseando de un lado a otro toda la noche —rompió el hielo Skadi—. No sabía si estabas ensayando una composición con los tablones del suelo o si es que solamente estás nervioso.

Vanargand no contestó de inmediato. Se tomó su tiempo para alzar la jarra de cerveza y darle un buen trago. Luego la miró con gesto ceñudo y dio un resoplido.

—Superé esa chiquillada del miedo escénico hace al menos diez años —dijo—. No me preocupa la actuación y desde luego tampoco estaba comprobando la capacidad de percusión de los listones de madera.

Ella alzó las cejas y compuso una sonrisa ligera de diversión. Sin embargo, al ver que él no la acompañaba en la mueca, su alegría tardó muy poco en decaer.

—¿Entonces?

—He estado dándole vueltas a lo que vimos en el paso montañoso aquella noche —Empezó a restregar el dedo por el portillo de la jarra—. Comienzo a pensar que todo aquello fue una especie de señal. Que lo que narraban los viejos manuscritos del Lobo Invernal era algo más que una colección de supercherías…

Skadi arqueó las cejas y suspiró también. No podía estar más de acuerdo con Vanargand; no obstante, no desistiría en su interrogatorio tan pronto. Él volvió a llevarse la jarra a los morros para apurar un sorbo más.

—Parece que lo es. Pero no estarías así a menos que estuvieras planeando algo. Cuéntamelo, Vanargand: ¿qué es lo que te tiene tan inquieto…?

El escaldo apartó la jarra dispuesto a responder, cuando un carraspeo algo temeroso lo interrumpió. Miró atrás: era una mujer joven y llevaba los atuendos rituales que identifican a los chamanes del Lobo. A sus espaldas había dos norn más, pero apenas reparó en ellos.

—¿Maestro Lobogrís?

Vanargand levantó las cejas. La ironía de aquel apelativo logró arrancarle una sonrisa.

—Vaya, no sabía que me había convertido en maestro —Se incorporó en el asiento y la miró con fijeza a la cara—. Honestamente, no sé si aconsejarte que busques a ese “maestro Lobogrís” en otra parte o si decirte que me siento honrado por el cumplido.

La mujer se ruborizó, una reacción a la que Vanargand, por otro lado, estaba completamente acostumbrado. A Skadi no le pasó inadvertido el acaloramiento de la chica y sacó instintivamente sus dientes.

—Estas dos personas han preguntado por ti en la entrada —Hizo un ademán escueto hacia ellos con el cuello. Iba encapuchada—. Quieren hablar contigo.

—Yo aún no sé si quiero hablar con ellos, pero… está bien. Adelante.

El escaldo los invitó a que se sentasen con un movimiento de su mano. A pesar del cansancio que lucía su rostro, ojeroso a tenor de la falta de sueño, consiguió hacer un último acopio de fuerzas para componer una sonrisa lo bastante agradable como para resultar convincente.

Skadi no llevó a cabo semejante esfuerzo y se contentó con arrugar la nariz.

El primero en acercarse la mesa y en descorrer una silla le llamó la atención. Iba desgreñado y sus ropas eran harapientas, corroídas por manchas de humedad y de sangre reseca. Vestía cuero y tenía el rostro contraído en una expresión embrutecida. Su barba era muy espesa y estaba tan enmarañada como su pelo negro.

—Lobogrís —lo saludó; su voz estaba agrietada y sonaba al bramido de un animal—. Vengo de las estepas del norte, donde los veranos son tan fríos como el invierno. Soy un cazador que ha oído hablar de tu manada, de cómo derrotasteis a un espectro y de cómo salvasteis la Punta del Vencedor de un temible invento draga…

Skadi dobló las cejas con suspicacia. Había algo que no le gustaba de su olor.

—Hace mucho que no estoy con otros norn, pero he oído hablar de vuestras hazañas y yo también quiero formar parte de ellas.

Vanargand tenía el rostro descompuesto: no se esperaba aquello. El norn había sido educado, más de lo que él había previsto. Sin embargo, había algo en su actitud, felina y calmada, que lo intranquilizaba.

Intercambió una mirada con Skadi y se dio cuenta de que ella compartía su recelo.

—Hay algo que debes saber: durante muchos siglos, nuestra manada se mantuvo en el anonimato y aquellos que empuñaron su estandarte no conocieron gloria alguna —La revelación pareció asombrar a su interlocutor, quien levantó las cejas—. Si lo que estás buscando es renombre, será mejor que vayas a labrarte tu leyenda a otra parte. Nosotros somos la Manada Lobo Invernal, una familia, y actuamos siguiendo unas virtudes rígidas: hacemos lo que es correcto, independientemente de las consecuencias, hasta el punto de sacrificar nuestra vida mortal y nuestra existencia inmortal si eso fuera preciso.

Aquello pareció desalentar al hombretón, quien soltó un gruñido a caballo entre el desdén y la resignación y desvío la vista hacia otro lado.

—Lo que es el interés —rio Skadi. Vanargand puso los ojos en blanco y suspiró.

Su compañero, un membrudo guerrero de músculos atezados y torneados, no dudó en tomar asiento a su lado y en rugir un grito de júbilo. A diferencia del primero, este era mucho más animoso y poseía una sonrisa contagiosa. Su tamaño era descomunal: mediría casi tres metros; era todavía más alto que el escaldo.

—¡Yo soy Thorolf, hijo de Harald! —Se batió el torso desnudo con el puño—. ¡He oído hablar de tus habilidades legendarias, escaldo! ¡En las afueras se cuenta que cuando hablas parece que te poseyera el espíritu del Cuervo, y que las multitudes acuden a ti como si las llamase el aullido del Lobo…!

—Me gusta esta nueva admiradora tuya, Vanargand. Al menos sabe cómo hacerte la pelota.

Skadi le guiñó un ojo al escaldo y le dedicó una sonrisa burlona. Él, que había hecho su cuerpo a los halagos, apenas se inmutó. No obstante, se esforzó por ampliar algo su sonrisa con gratitud.

—… ¡Por eso quiero que relates mi leyenda! ¡Que cuentes cómo derribé una montaña con el guantelete que heredé de mi tatarabuelo por parte de dolyak, que hables de la forma en que provoqué una estampida entre los ciervos que acabó con doscientos Hijos de Svanir y de cómo aplasté a una tribu de grawl al completo blandiendo como única arma el tótem de piedra al que estaban alabando…!

Vanargand se quedó boquiabierto. Por un segundo había creído que Thorolf era un norn medianamente respetable, pero su opinión de él había mudado en menos de un parpadeo: era un embustero. O eso, o un demente.

—Todo eso suena muy bien, Thorolf, pero comprenderás que mi reputación depende de mis historias, y que no puedo otorgarle credibilidad a algo que no he presenciado —Aquellas palabras hicieron que Thorolf pegara un bufido—. Así que, salvo que tengas pruebas o testigos de esos hechos, me temo que he de negarme a contar tu leyenda; el género de la ciencia ficción es uno en el que todavía no he trabajado, pero te prometo que te llamaré si alguna vez estoy interesado en hacer mis pinitos en él.

A Thorolf la mofa le sentó como una patada en los genitales. Se puso en pie hecho una furia, con el rostro enrojecido por la ira, y estampó el puño contra la mesa. Skadi no podía dejar de reír entredientes.

—¡TE EXIJO que lo hagas, escaldo! ¡YO soy el mejor héroe norn de esta generación! ¡Vas a recitar mi saga o te voy a…!

Un estallido en la madera rasgó la atmósfera animada del lugar. Un ladrido se elevó y, en lo que tarda en hendir el cielo un relámpago, un lobo blanco como la nieve cayó sobre Thorolf apretándole la yugular entre las fauces.

El escaldo se levantó de su asiento, con la jarra de cerveza a medio beber en una mano. Dio unos pasos hacia Thorolf.

—Estás tan desesperado porque alguien hable de ti, patético aborto de dolyak, que no te queda otro remedio que amenazar —La voz de Vanargand se oyó fría; dejó sin habla a todos los que estaban contemplando la escena. Ni siquiera Thorolf lo rebatió—. Pues bien, déjame que te diga algo ahora mientras besas el suelo, un lugar mucho más adecuado para las boñigas petulantes de tu condición: voy a darte una oportunidad, porque hoy, pese a que estoy de un humor de perros, me siento magnánimo.

Skoll soltó el cuello del norn. Thorolf estaba petrificado del terror. Y es que, aunque el escaldo no era un norn particularmente fornido, había algo en su tono de voz, había algo en la seguridad de sus movimientos y en su mirada que le causaba pavor.

Se quedó allí tendido y lo escuchó, al igual que todos los huéspedes del Albergue del Lobo.

—¡Muchos de vosotros os proclamáis héroes y juráis que vuestras gestas riegan de relatos las heredades y que resuenan como tormentas en los mismísimos salones de la Niebla…! Habláis muy alto y en exceso, pero, ¿cuántos de entre vosotros podéis sostener esas historias con los hechos?

«¡Estoy harto de oír una y otra vez la misma cantinela; de leyendas forjadas de la noche a la mañana y de falsos ídolos! Si tenéis cojones, más os vale que escuchéis mis palabras, pues yo os desafío a que os midáis en una prueba: ¡os reto a un Campeonato de Leyendas para determinar quién de entre vosotros es un verdadero héroe!»

«En el pasado celebrábamos cacerías para comprobar nuestra capacidad; sin embargo, las bestias no tienen la culpa de que la mitad de vosotros seáis unos cobardes y la otra mitad unos mentirosos sin reparos. Así que demostrad que me equivoco en una competición de otra índole: ¡pelead en el Campeonato!»

«Solo habrá dos reglas en el Campeonato: las batallas durarán hasta que uno de los contrincantes caiga al suelo y no se utilizarán armas con filo, salvo aquellas que hayan sido previamente embotadas. El uso de hechizos no me importa en la medida en que sus efectos no sean tan devastadores como los que origina un acero cortante.

«Otorgaré dos premios, pues habrá dos categorías: la primera de ellas, la tradicional, se dirimirá por el resultado de los combates en una tabla eliminatoria; la segunda, la menos convencional, se decantará por la opinión del público. ¡Aquellos que os observen decidirán si vuestro estilo de lucha es digno de ser considerado legendario, independientemente de si habéis ganado o perdido la liza!»

«A aquellos que ganen les depararé un obsequio, y, si me siento inspirado, una composición que prevalecerá en los cantares de los escaldos durante los próximos doscientos años. Así que haced que se corra la voz como el aullido de los lobos, pues no haré distinción alguna por profesión, oficio, raza o género.»

«¿Codiciáis la gloria? ¡PROBAD QUE LA MERECÉIS!»

Vanargand se marchó airado del Albergue del Lobo, acompañado por su escolta de lobos y por Skadi, quien iba a su zaga y siguiéndolo al trote.

Estaba preocupada, pero no daría voz a su turbación hasta estar bien lejos de la presencia de los demás.

—Te han tensado las cuerdas, ¿verdad?

El escaldo la miró a los ojos y asintió con un cabeceo pesado. Resopló profundamente y sacudió el cuello.

—Me han apretado tanto las clavijas que mis cuerdas han estado al límite, Skadi —le contestó, tratando de armonizar la voz—. No podía soportar por más tiempo tanto fanfarroneo sin sentido, ni tampoco tanto parasitismo de fama y proezas.

—Podrías haberlo dejado estar —sugirió ella—, no tenías por qué haber convocado el Campeonato. Aunque, para serte sincera, yo tengo muchas ganas de participar.

Skadi le enseñó su mejor sonrisa, plagada de dientes de aspecto feroz. Vanargand se frotó la frente con los dedos y profirió una exhalación cargada.

—No, en el fondo he hecho bien. Me han dado la excusa perfecta; nos han dado la excusa perfecta —Skadi enarcó una ceja—. De alguna manera teníamos que prepararnos para lo que está por venir…

La lección de la manada

Esta historia habla del lance de una manada que atravesó los valles y los páramos helados de las Colinas del Caminante para llegar a una tierra de promisión.

Cuando la comida empezó a escasear y la manada sintió el hambre agujereando sus estómagos, su líder, el alfa, notó que era el momento de dejar atrás el viejo cubil.

De este modo, reunió a los hijos de sus camadas anteriores, a aquellos lobos solitarios que se habían agregado a su grupo, a su hembra y a sus betas, y emprendió con ellos la marcha en dirección adonde había visto dirigirse al clan de los venados: rumbo al sur.

Tuvieron que atravesar tormentas de nieve terroríficas y aludes; se enfrentaron al frío de la intemperie y al hambre. Y cuando por fin hubieron cubierto muchas millas de distancia, se toparon con un bosque de aspecto decrépito y horrible.

Los árboles estaban muertos y alzaban sus extremidades hacia las estrellas en poses retorcidas y malignas. Nada podía verse a través de esa maraña de ramas escuálidas y no se oía otra cosa salvo el canto ocasional de algún búho.

Cuando llegaron a la entrada de la espesura, un ser alado los sorprendió.

—¡Dad media vuelta, lobos! —graznó un cuervo desde lo alto de una rama—. ¡Dad media vuelta y regresad por vuestro camino! Si seguís adelante, tendréis que escoger uno de dos sentidos; si os equivocáis, perdido estará vuestro destino.

El alfa ladró y el cuervo batió las alas con sorna.

—¡Tú conoces los dos senderos, cuervo! —le aulló—. Dinos cuál de ellos es el correcto y así nos evitarás el sufrimiento. ¡Llevamos con nosotros cachorros de apenas un año de edad!

Pero el cuervo lo miró con sus ojos como piedras de ónice y negó con la cabeza.

—Gané mi sabiduría al ser capaz de elevarme por encima de las cabezas de lobos y de los ciervos por igual —replicó—. Si queréis cruzar este bosque, tendréis que demostrar una sabiduría par.

El alfa comprendió entonces que el cuervo no les daría una mísera pista. Bufó y se volvió hacia su manada. Juntos diseñaron un plan: él y dos lobos más tomarían una bifurcación; otros tres lobos caminarían por la otra. Al cabo de unas horas volverían con el resto para informar de los peligros y entonces decidirían cómo proceder.

Y así pasaron diez horas y el alfa y su avanzadilla regresaron sin ningún percance. Esperaron tres, cuatro y hasta seis horas más, pero no recibieron noticias de los demás. Al alfa, apenado, no le quedaba otro remedio que partir.

—El sendero de la izquierda es el correcto —gruñó al cuervo.

—¿Cómo lo has adivinado? ¡Vosotros, los lobos, no podéis acceder al conocimiento de los cielos!

—No, pero poseemos la sabiduría de la tierra y la astucia de la manada.

El cuervo entendió rápido lo que había pasado. Irritado, pero también asombrado, agachó el cuello en señal de reverencia y se alejó volando como alma que lleva el viento.

La manada prosiguió con su marcha a través de la floresta de árboles podridos. No tardó demasiado en advertir la presencia de otra criatura; un ser sibilino y cauteloso que los observaba desde los matorrales.

—Sal de ahí, predador, seas quien seas —rugió el alfa—. Hoy no nos vas a cenar a ninguno de nosotros.

—Soy la sombra en la nieve; soy la zarpa en la oscuridad. Soy la cazadora que salta entre los árboles. Soy fuerte, ágil y letal —dijo—. Ninguno de vosotros podéis derrotarme. Habéis entrado en mis dominios y ahora vais a morir.

Empero la manada no se amedrentó. Con el alfa en cabeza y el beta en la cola, retomaron su travesía, vigilantes de la criatura que los acechaba; en medio desfilaban los cachorros, protegidos por sus mayores.

De repente, un grito hendió la atmósfera; en un relámpago blanco, el cazador misterioso, había derribado a uno de los suyos. Pero tan pronto como sus zarpas se posaron en su yugular, tres lobos se arrojaron encima de él y lo sujetaron por el gaznate.

Era un felino de piel nívea y moteada. Miraba con ojos entornados a sus agresores.

—Eres una bestia taimada y mortífera, pero estás sola y tu poder no puede compararse al nuestro —le espetó el alfa—. Podríamos destriparte aquí y ahora, pero la existencia a la que estás condenada es mucho peor.

Los lobos la liberaron del estrangulamiento y la pantera de las nieves se puso en pie de un brinco. Su mirada destilaba furia, así como un respeto que nacía del miedo. No tardó en internarse en la foresta y en desaparecer fundiéndose con la penumbra.

La pantera de las nieves no volvió a mostrarse en los días venideros. Se había llevado un escarmiento.

Al cabo de una semana, la selva moribunda dio paso a una hondonada fértil donde la hierba se ensanchaba como un tapiz a lo largo de la tierra. A lo lejos se veía el movimiento de otros animales y el bullicio que armaban los ciervos al balar.

Durante horas, los lobos se deleitaron con el olor de los árboles, con el aroma de las flores que salpicaban el suelo y con la esencia de los animales que habitaban en aquellas latitudes. Y no tardaron en descubrir las pisadas de los ciervos.

Sin embargo, había alguien que había reparado en su llegada. Una fiera descomunal se aproximó a ellos haciendo temblar la tierra: su pelambre era negra, sus ojos vacíos y su morro estaba partido a causa de una herida.

La osa llegó al calvero donde se agrupaba la manada y bramó en tono intimidatorio:

—¡Lobos, habéis llegado a mis terrenos! ¡Dad la vuelta! No habrá hospitalidad para vosotros aquí.

—Venimos de muy lejos, osa —explicó el alfa, tratando de eludir un enfrentamiento—. Tenemos cachorros a los que alimentar, igual que tú. Aquí la comida es abundante y hay caza de sobra para todos.

—No voy a poner en peligro a mis crías, lobos —respondió ella—. Yo soy la más fuerte y me obedeceréis, o tendré que mataros.

El alfa sabía que probablemente la manada podría vencer a la osa atacándola al unísono. No obstante, no quería arriesgar las vidas de los suyos, así que diseñó una artimaña y rezó para que tuviera éxito.

—Entonces, te propongo un desafío, madre osa: midámonos en una cacería. Aquel que abata a más ciervos se quedará con estas tierras.
 
La osa lo meditó por unos segundos y luego aceptó.

Los lobos y la osa tomaron direcciones distintas y comenzaron a seguir el rastro de los venados, que habían arribado hacía poco a la región. La osa tomó la vía más directa y se encaró con el grupo de herbívoros frontalmente, lista para acabar con sus vidas.

Empero lo que la osa no sabía es que había llegado la temporada de celo para los ciervos, y es que los machos ciervos, de grandes y afiladas astas, se tornan muy agresivos y están dispuestos a defender a su rebaño hasta las últimas consecuencias.

Al hacerles frente ella sola, la osa quedó gravemente herida por una cornada.

Los lobos la encontraron por la noche, de vuelta a sus hogares. Para ellos la cacería había sido fructífera, pues no se habían anticipado y habían actuado en equipo. Llevaban los buches llenos de carne para las crías.

—Habéis ganado, lobos —admitió ella con un suspiro pesado—. Estas tierras son vuestras. Sois mucho más poderosos que yo.

Pero entonces, el alfa regurgitó la carne que había engullido y la dejó junto al morro de la osa. Otro de los lobos hizo lo mismo. Y durante días, la manada se dedicó a nutrirla a ella y a sus oseznos; así hasta que la madre osa se recuperó del todo.

—¿Por qué lo habéis hecho? —preguntó la osa—. Podríais haber controlado toda la caza. Habríais sido los señores del valle y nunca os habría faltado el alimento.

Los lobos sostuvieron en ella la mirada un largo tiempo. Entonces, su alfa se adelantó.

—Todo este viaje, la razón por la que vinimos desde el norte, se debe a los más débiles de nuestra manada —le dijo—. Sabemos lo que es tener una familia de la que cuidar.

Moraleja:

Aunque haya peligros que deban ser sorteados mediante la sabiduría, el sigilo o el coraje, necesitamos a nuestra manada, a las personas que nos rodean, porque ellas suplen nuestras carencias.

Esa es la lección de la manada.

domingo, 11 de agosto de 2013

El hijo del glaciar

Hace muchos años al sur de las Picoescalofriantes nació un chiquillo: tenía la piel pálida, las extremidades temblorosas y no dejaba de toser. A menudo tenía fiebres y sufría cólicos, y a pesar de estar envuelto en una mortaja de pieles, ni siquiera eso conseguía alejar las convulsiones de su frágil cuerpecillo.

Sus padres, preocupados, viajaron a Hoelbrak para consultar a los chamanes por el futuro incierto de su hijo. Y preguntaron en el Albergue del Lobo, en el de la Osa y en el de la Pantera de las Nieves; en todos ellos, la réplica fue la misma: los chamanes se apiadaban, pero solo podían concederle sus bendiciones al neonato.

No obstante, la respuesta que les dio el chamán del Cuervo fue distinta. Les dijo:

—Al norte, en las montañas, existe un valle perdido que no ha sido hollado por pies mortales en más de cien años. Id allí y los espíritus pondrán a prueba vuestra determinación; si tenéis éxito, ellos curarán a vuestro vástago.

Al saber que se trataba de una escalada peligrosa, y su madre había dado a luz hacía poco, fue el padre quien tomó la iniciativa y decidió llevar a cabo en solitario la travesía. Se despidió de su mujer y de su heredero y guardó en su petate los útiles de escalada para subir con ellos las pendientes resbaladizas de las Picoescalofriantes.

Trepó durante días y pasó hambre, frío y sed. Se vio obligado a descongelar el hielo partiéndolo en trocitos con su hacha. Agotó las raciones secas que había almacenado y entonces tuvo que contentarse con comer roedores e insectos.

Al fin, cuando llegó al valle prometido, estaba físicamente exhausto, pero espiritualmente pletórico. Las colinas formaban ante él un relieve hermoso: el verde valle acogía los santuarios monumentales de los cuatro grandes espíritus de la naturaleza, abandonados allí por los pioneros fundadores de Hoelbrak.

Feliz, bajó la escarpa que lo separaba del primer altar, el del Cuervo, y se decidió a rogarle a él por el bienestar de su heredero. Se agachó frente al busto descomunal de madera que era la efigie del Cuervo y le oró.

—¡Oh, Cuervo! —lo llamó con voz firme—. ¡Tú que surcas los cielos y que sabes las verdades escritas en el viento y en la Niebla! Por favor, ¡dime cómo puedo sanar a mi hijo! ¡Te lo ruego! ¡Ayúdame!

Un cuervo se plantó en la representación del tótem y graznó para contestarle.

—Lo siento, pero el mal que afecta a tu hijo está más allá de mis conocimientos. No puedo hacer nada, salvo aconsejarte que seas sabio y que vuelvas a casa para despedirte de él antes de que sea tarde.

Pero su padre no se rindió. Dejó el santuario a toda prisa, molesto, y se dirigió con presteza al de la Pantera de las Nieves. Allí se postró y rezó con voz suplicante:

—¡Pantera de las Nieves, te imploro que tengas piedad! —la invocó—. Tú que acechas en las sombras, que ríes y que lloras, dame una solución para la dolencia que aflige a mi hijo.

Durante unos segundos no se oyó voz alguna. Al cabo de unos minutos, una silueta gatuna salió de la espesura y se acercó al norn enseñándole los dientes.

—Podría ayudarte a consumar tu venganza contra la Osa o contra el Lobo por haberle entregado a tu familia un heredero enfermo, pero no puedo curarlo —se negó—. Ahora, márchate de aquí.

El norn estuvo tentado de ensartar con su lanza a la pantera de las nieves por la mitad, pero se contuvo y dejó su hogar intacto. Se fue por donde había llegado y se encaminó al santuario del espíritu que era el patrón de las familias y de los desvalidos: el Lobo.

Se arrodilló en hinojos hasta que su cabeza rozó el suelo y entonces hizo su petición:

—¡Lobo, por favor, alivia mi pesar! Mi hijo está enfermo y morirá dentro de poco. ¡Dime cómo puedo salvarlo, tú que cuidas de los tuyos y que proteges a tus camadas!

El lobo no tardó en aparecer. Se aproximó al norn y le lamió la mejilla con afecto.

—Lo siento, pero no conozco un remedio que pueda ayudar a tu hijo —le dijo con una voz cargada de lástima—. Solo puedo darte ánimos y hacerte una advertencia para el futuro: si sigues por este camino, este viaje te costará la vida.

El norn, enrojecido por el llanto pero agradecido por las palabras gentiles del lobo, le acarició la testa y se puso en pie. Sabía adónde debía dirigirse. Ya solo quedaba un santuario y con él un espíritu al que suplicar.

Una enorme madre oso lo esperaba sentada frente al último de los tótems del valle.

—Te he estado esperando desde el momento en el que pusiste un pie en este valle —le confesó la osa—. Conozco la forma mediante la que puedes salvar a tu hijo, pero conlleva un gran sacrificio. Deberás trepar a la cima más alta que corona este valle y gritar allí tu nombre: eso despertará la magia antigua del lugar y hará que un poderoso hechizo restaure la salud de tu prole.

El norn no lo dudó un instante. Armado tan solo de su coraje y de sus instrumentos de escalada, emprendió el ascenso hacia el picacho más empinado del lugar. Y trepó durante quince días y quince noches sin parar.

En la subida a la cima, sufrió un frío atroz y un hambre horrible. En cierto momento empezó a comerse el cuero de las mudas de ropa que llevaba consigo, pues no encontró otra cosa que echarse a la boca.

Y mientras tanto, en Hoelbrak, su esposa y el chamán del Cuervo rezaban por su retorno. Pues pasaban los días y las semanas, y él no regresaba.

Por fortuna, un día el pequeño comenzó a respirar mejor y se libró de la fiebre. Recobró el apetito y el color rosado de la piel. El chamán también notó la mejoría y, extrañado, decidió consultar a las divinidades.

Salió al exterior del Albergue del Cuervo y dirigió una plegaria a los cuatro espíritus de la naturaleza. El viento del norte, gélido e intenso, llevaba consigo el eco de una voz: «Jokull», le susurró.

Y el chamán supo de inmediato lo que había ocurrido. Jokull había muerto congelado.

—Tu esposo está allí —Señaló a la cumbre más alta de entre las montañas que envolvían el norte de Hoelbrak—. Ha ofrecido su vida para que vuestro retoño pueda vivir.
 
La mujer lloró de alegría y de pena al mismo tiempo. Su hijo crecería fuerte, duro y frío. Como un glaciar.

Moraleja:

Solo el amor más firme y duradero es capaz de llevar a cabo el mayor de los sacrificios.