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viernes, 13 de diciembre de 2013

Romance del asesino de dragones


Brava bestia del averno,
terror para ti es la lanza
de obsidiana y rabia ciega
de aquel de argéntea coraza.

Alma impura yace tras
esa loriga de plata
mas a él nos consagramos
si aquí amenazan tus llamas.

"Violencia y destrucción,
mensajero de la Parca.
Para nada más existo.
Soy agonía, soy matanza".

Eso grita el asesino
antes de mostrar batalla
al reptil alado y bruno
que al pueblo norn avasalla.

Lánzase el negro dragón
contra el de la alabarda.
Pavés en alto, resiste,
y finta cuando le alcanza.

Incrústale en el cuello
su arma de hoja tiznada.
Ruge la fiera, colérica,
y sangre bullente mana.

A tierra cae el vil lagarto.
Vocea sin esperanza.
Atraviesa el asesino
la testa de la alimaña.

No tiene gloria de héroe,
y tampoco la reclama:
no ha matado por justicia,
es por sed de sangre insana.


-Niklas Kvarforth.

lunes, 21 de octubre de 2013

Elegía del Gran Funeral

Hoy nos despedimos de un ser querido
y consagramos a las llamas su alma,
dejándonos el corazón herido.

A los nueve despojados de calma;
ardieron en ascuas de odio y miseria
de un incendio cruel. A ellos va esta salma.

Se propaga cual ascua la tragedia
al que esgrimió sin piedad su martillo;
ahora en la pira su final remedia.

Y aún se ven más leyendas en el brillo,
incandescente y humeante del fuego,
¡guiadlos, espíritus, por un buen trillo!

Elevemos a los cuatro este ruego:
“Oíd, Osa y Pantera, Lobo y Cuervo,
a mis amados difuntos entrego.

A cambio, estas ofrendas os sirvo.
Dádselas al muerto allá si le valgan,
pues yo en mi interior a todos preservo”.

Y que su saga y sus hazañas se oigan
como truenos desgarrando la Niebla.
¡Sea este el regalo que los vivos mandan!

—Vanargand Lobogrís.

lunes, 14 de octubre de 2013

El Gran Funeral

Sif estaba bebiendo en el Gran Albergue. Desde que derrotó a Fafnir, la monstruosa sierpe de hielo, aquella visita se había convertido en un hito habitual de su rutina diaria. Se sentaba en una de las mesas más esquinadas del enorme salón, a veces en compañía y otras sola, y bebía durante minutos —en ocasiones horas—, mientras oía al resto de norn que poblaban el Gran Albergue intercambiar historias sobre sus leyendas.

No hacía mucho ella también había participado en una leyenda, meditaba rizándose un mechón de sus cabellos dorados; no hacía mucho había reunido a un grupo de valientes para rescatar del Olvido su legado: Tyrfing, el mandoble quebrado cuyas mitades sirvieron para constituir dos martillos hermanos.

Pero aquello no era bastante y la inquietud la consumía. Mientras ella ingería abundantes cantidades de alcohol, su claridad —tanto mental como visual— se volvía más borrosa y sus dudas se acentuaban: ¿había hecho suficiente para honrar la memoria de su padre? ¿Qué sería de su saga ahora que había fallecido? ¿Recordaría alguien sus hazañas? Ya no le importaba tanto si lo conocían como un héroe o como un borracho petulante, pero ¿habría alguien que invocase su nombre cuando ella no estuviera...?

No se dio cuenta de que había alguien más con ella en la mesa hasta que fue tarde. La otra mujer, vestida en tonos nacarados, echó atrás una silla de madera con el desparpajo que normalmente la caracterizaba y tomó asiento frente a ella.

Los ojos amarillentos de dos lobos blancos como la nieve examinaban a Sif a sus espaldas, con curiosidad antes que con hostilidad; aquella era una señal significativa. Sumada a la melena roja e indomable, abrazada por una tiara, y a los ojos de un color verde fresco y nemoroso, Sif no vaciló un instante a la hora de identificarla; ni siquiera le hacía falta distinguir sus facciones, pues sabía perfectamente quién era.

—Saludos, Sif —dijo ella para romper el hielo. Hizo el ademán de levantar un recipiente, pero la mano que debería haberlo sostenido estaba vacía—. No esperábamos encontrarnos contigo aquí.

Sif movió la testa y las cortinas de su cabellera rubia ondularon como los hilillos de agua de una cascada. Trató de despejarse con el gesto y de sonreír, pero estaba convencida de que su ligera embriaguez a aquellas alturas ya se habría vuelto palpable en sus mejillas a modo de rubor.

 —Yo tampoco. Oí que estabais lejos, en el Paso de Lornar, investigando una extraña corona enana —Compuso una sonrisa sesgada y dio un resoplido por la nariz—. A ti y a Lobogrís os encanta lanzaros a desenterrar viejas leyendas.

Skadi puso los ojo en blanco y profirió un suspiro aún más pronunciado que el de Sif. Se recostó en el asiento y, muy a su pesar, sonrió con picardía.

—Puedes jurar que a Vanargand le gusta más que a mí —señaló. Pese a ello, aquella fiera sonrisa de labios finos todavía no había desaparecido de su mueca—. Una tormenta de nieve nos sorprendió y quedamos atrapados en una cueva. Lo que vino después es largo de contar, pero estoy segura de que ya has oído algunas habladurías.

Skadi se puso a frotar el lomo de uno de los lobos que la acompañaban. A uno ya lo había visto antes: era el gigantón Skoll, más dócil de lo que daba a entender por su aspecto; o al menos antes, ya que ahora guardaba con celo al otro lobo, al que Skadi le estaba acariciando con cariño inefable por la cerviz. No tardó en comprender que aquel lobo, más pequeño, no era sino una hembra. Y que Skoll estaba protegiéndola.

—¿Has venido sola? —interrogó Sif, alzando un poco una ceja.

—¿Por qué preguntas?

—Las parejas de lobos no suelen separarse mucho la una de la otra.

Skadi enarcó una ceja con suspicacia y captó el brillo de los ojos de Sif; notó que su mirada estaba puesta en Skoll y entonces sonrió con ironía. Chascó la lengua y rio.

—No te las des de lista conmigo. Has visto a Skoll.
 
—… Bueno, sí. También.

Sif se unió a las carcajadas de Skadi. La situación no era nada del otro mundo, pero era la primera vez en varios días en la que se reía así. Y aquello la desahogó. La destensó bastante. Amplió las comisuras de su boca en una media sonrisa satisfecha.

Como traído por la corriente de hilaridad, apareció Vanargand, el escaldo. Él estaba como siempre: alto, con una sonrisa algo engreída gobernando sus rasgos, el pelo castaño atado en trenzas y su indumentaria de blancos grisáceos. El manto de Lobogrís tembló sobre sus hombros cuando descorrió un asiento y se sentó a la mesa. Sus cejas se elevaron; la izquierda estaba partida en dos por una cicatriz. Las dirigió una mirada intensa.

—Salud, Sif —Inclinó un poco la cabeza en clave de salutación.

—Lobogrís —Ella le correspondió de igual manera—. Le decía a Skadi que no podías andar muy lejos.

—Tiene la mala costumbre de seguirme a todas partes —intervino Skadi. Lo sonrió con sorna.

Vanargand soltó un bufido airado, frunció el ceño en una guisa teatral y mostró los dientes.

—Yo diría que es más bien al contrario, querida.

—De no ser por mí, tendrías unas cuantas cicatrices más de las que ya tienes.

—A menudo lidiar contigo es más problemático que enfrentarse a un jotun.

A Sif le hacían gracia sus amagos de peleas maritales. Sospechaba, en lo más fondo de su alma, que aquellas luchas continuas y dramatizadas culminaban con una retahíla de insultos, gritos y aullidos… bajo un montón de pieles en el lecho. Pero no cometería la insensatez de revelarles sus pensamientos: Vanargand y Skadi eran impredecibles, tanto el uno como el otro; tal vez riesen con ella o puede que la gruñeran con irritación.

Abogó por la opción intermedia: salir por la tangente. Así, con fortuna, se prevendría de ser el blanco de su ira.

—¿Qué hacéis por aquí? Os esperaría en el Albergue del Lobo, pero no en este lugar.

Vanargand y Skadi dejaron de enseñarse los colmillos el uno al otro y se voltearon hacia ella. Quien tomó la palabra fue el primero, que carraspeó para contestar:

—Estábamos buscando a una mujer —repuso, con voz más grave y serena. Fijó sus ojos de azul celeste en Sif—. Sabemos que ha oficiado algunos ritos fúnebres y no la encontramos en el Albergue del Cuervo.

—Nos avisaron de que tal vez podría estar aquí, en el Gran Albergue —añadió Skadi.

Las expresiones de Vanargand y Skadi no revelaban nada más: eran frías e impasibles como la piedra. Por ello, Sif decidió ir directa al grano.

—¿Quién se ha muerto?

 Skadi desvió la vista. A Lobogrís se le apagaron los ojos y arrugó su hocico prieto.

—Vaya, Lobogrís, creí que nunca te atragantarías con las palabras.

El escaldo ignoró su comentario y comenzó a hablar con un timbre ronco:

—Cuando estábamos en el Paso de Lornar, hubo víctimas inocentes —confesó. Iba hablando lentamente, sopesando su discurso—. No pudimos salvarlas: se inició un incendio en el Paraje de Vanjir y cuando llegamos a la heredad ya era demasiado tarde.

Skadi apoyó una mano, bajo la mesa, sobre el muslo de su amado. Sif lo percibió por la forma en que se dobló su antebrazo al oír el resoplido pesado y profundo de Lobogrís.

—Vanargand prometió que haría una ceremonia en su honor —explicó Skadi con una voz más firme—. Es importante rememorar a los que ya no están. Nuestros aciertos, nuestros errores y nuestra historia se van con ellos; por eso, debemos darles una despedida adecuada.

A Sif aquellas palabras la habían calado hondo. Habían resonado en una parte muy oculta de ella. Se esforzó, en un primer momento, por disimularlo con una fantasmal sonrisa; aunque su rostro no tardó en dar paso a mueca sentida, circunspecta y dolida. Sabía muy bien a qué se refería Skadi: ella misma estaba librando esa batalla en su interior.

—Comprendo…

—… ¿Y tú, Sif? ¿Qué es lo que hacías aquí?

Sif no se esperaba en absoluto aquella pregunta. Había pensado que Vanargand se pondría a charlar sobre algún tema trivial y que podría solazarse un rato con sus chanzas, o con las pullas que muy puntualmente intercambiaba con Skadi. Se quedó boquiabierta y tuvo que apurar el último trago de su jarra para camuflar su perplejidad.

—A mi padre le gustaba contar historias aquí —“¡Mierda!”, se castigó para sus adentros—. Cuando yo era más joven, él se reunía en esta mesa con sus compañeros de caza. Recuerdo que mi padre era quien contaba los mejores relatos de todos, era quien más trofeos ganaba y, sí, también era quien meaba más lejos.

Las dotes urinarias de Heimdall eran por todos bien conocidas. A Vanargand aquello le arrancó una muy necesitada sonrisa; Skadi cabeceó en negación, aunque también sonrió.

Sif no entendía muy bien por qué, pero la verdad había aflorado de su estómago, dejándola expuesta, vulnerable y desnuda a la intemperie del Gran Albergue. Aquel fuego que la atenazaba por dentro, aquella presión que la martillaba con más fuerza que el propio Veraldur, había brotado al exterior como el chorro de vapor de un géiser.

Tal vez fueran las miradas penetrantes y calladas de Vanargand y Skadi; quizá la superstición fuera cierta y los ojos de los lobos sí fueran orbes de videncia privilegiada, capaces de ver más allá de las marañas de los engaños.

Vanargand se llevó una mano al mentón y se lo rascó. Skadi entornó sus ojos verdes.

—… Nunca celebramos el entierro de tu padre. Nunca cantamos sobre su gloria y sus hazañas a ojos de los espíritus y de los norn —apuntó Lobogrís. Cambió de posición y se volcó hacia adelante; su escrutinio sobre Sif se hizo más agudo—. Sif, he hablado con Madre Cuervo: está dispuesta a ayudarnos con el funeral. Me ha dicho que necesitaba a un acólito del Lobo para asistirla en la ceremonia, y aunque yo no soy un chamán…

La frase quedó suspendida en el aire. Sus pulmones se vaciaron de oxígeno. Los ojos de Skadi se clavaron en él como dos flechas vigilantes y duras, pero afectuosas. Tosió y se corrigió:

—… Aunque yo no estoy listo para ser un chamán aún, ella afirma que estoy preparado para llevar a cabo esta liturgia. Y me gustaría que tú te sumases a nosotros —Sif se quedó con el gesto descompuesto y los párpados abiertos como ventanas—. Sif, veneremos juntos la memoria de tu padre: unamos su pira a la de los difuntos del Paraje de Vanjir y a las de nuestros parientes fallecidos en el ataque de la Llama y la Escarcha.

Los ojos de Sif rodaron con melancolía hasta las vidrieras empañadas del Gran Albergue. Allí se amontonaban circuitos de venas heladas que amenazaban con romper el cristal.

—Ya es algo tarde para eso, Lobogrís…

—Nunca es tarde —objetó Skadi. Una chispa ambarina se había encendido en su mirada; el bosque de sus ojos estaba empezando a arder—. Sif, cuando Heimdall desapareció, nosotros te acompañamos. Éramos pocos y también era tarde, pero a pesar de todo lo hicimos. Porque… porque era lo correcto, maldita sea. ¡Y esto también es lo correcto!

Skadi le dedicó una mirada a Vanargand; él sonrió, orgulloso. Se le había pegado su forma de hablar. Había esgrimido sus mismas razones. El escaldo, Lobogrís, había plantado en ella su huella: una huella indeleble que ahora formaba parte de sí misma. Una huella de la que no quería desprenderse jamás.

—Mi tío Hrolf era un chamán del Lobo. Cuando mi abuelo murió, me dijo: “en la Niebla el tiempo es relativo, sobrino. Los espíritus del pasado y del presente brindan y festejan juntos. No importa cuánto tiempo haya pasado en este mundo, que sus salones solo conocen un jolgorio eterno. Y nunca es tarde para rendirle tributo a un ser querido”.

Sif apretó las manos hasta que los calambres se propagaron por sus extremidades. Su rostro estaba pálido, pero su mirada destallaba con una furia más fogosa que el color del oro fundido. La humedad se había acumulado en esos ojos, dotándolos de un resplandor metálico.

Asintió, sintiendo que el nudo de su garganta paralizaba sus cuerdas vocales. Tragó saliva, lanzó una exhalación fragorosa por las fosas de la nariz y respondió en voz alta:

—Acepto.

lunes, 30 de septiembre de 2013

El advenimiento del Cuarto Thane

El salón está en silencio,
deja de oírse la fragua;
suena un trueno.
Estalla luego el incendio,
sangre lloviendo como agua;
¡desenfreno!

Y así el tercer thane muere
y al cuarto le cede el trono,
derrotado.
Una maldición profiere
cantándola en alto tono:
¡EXILIADO!

—Autor desconocido. Traducido y adaptado por Vanargand Lobogrís.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Tótem del Lobo

Los que amamos el folclore debemos garantizar que la tradición oral de nuestra cultura se preserva por medio de la canción, los cuentos populares, los refranes y la literatura.

A nosotros nos corresponde la labor de salvaguardar lo que es más sagrado y valioso de un pueblo, amén de la salud de sus gentes: su legado, su trasfondo y su raigambre; todo con el fin de que nuestros descendientes puedan hallar en el estudio del pasado las claves a los problemas a los que tendrán que plantar cara en el presente y en el futuro.

El Lobo, como espíritu de la naturaleza y salvador de los norn, nos brinda su sabiduría en la forma de rastros de pisadas en la nieve y de aullidos melifluos al anochecer. Depende de nuestros chamanes, de nuestros escaldos y de nuestros eruditos dotar de sentido y poder a esas marcas. Y eso es exactamente lo que yo me he propuesto hacer.

He recopilado todo lo que sé acerca del espíritu del Lobo en estas páginas. Y espero que tu comprensión sobre el Lobo y sobre el chamanismo norn aumente tras la lectura.

—Vanargand Lobogrís.

Simbología del Lobo

El Lobo es uno de los guías animales más prominentes de la cultura norn. Su espíritu nos enseña las lecciones de la lealtad y de la confianza en nuestros seres queridos, nos alienta a escuchar a nuestros instintos y a vivir en comunidad, en manada.

El Lobo es un depredador que nunca caza solo. Su manera de afrontar los obstáculos no radica en la fuerza, sino en la inteligencia y en la cooperación: los lobos no se lanzan a la carga contra sus enemigos ciegamente ni tampoco basan su poderío predatorio en el acecho; los lobos planifican y ejecutan estrategias grupales bajo el liderazgo de su alfa. Son aprendices consumados, muy observadores, que desarrollan tácticas flexibles; es esa astucia, cultivada mediante la educación en manada, la que los hace tan temibles.

Observando la conducta de los lobos uno aprecia enseguida su solidaridad: los lobos son seres gregarios que juegan juntos, emigran juntos y se defienden los unos a los otros. Los adultos nutren a las crías y cuidan de los enfermos aun a costa de su beneficio personal; los ancianos también tienen su lugar, encargándose de la vigilancia de los cachorros cuando los cazadores abandonan el cubil, y saben hacerse a un lado en el momento en el que su existencia lastra o hace peligrar la supervivencia del colectivo.

El Lobo nos habla de la abnegación, del sacrificio y de la entrega a los congéneres, una moraleja que ejemplificó a la perfección Braham Eirsson en su liza por salvar a los habitantes del Paraje de Roca de la Alianza Fundida. También promulga la adaptación ante el cambio: las manadas no tienen reparos en trasladarse a nuevos cotos de caza cuando la comida en su zona escasea. Sus sentidos agudizados, probablemente una de sus mejores bazas, nos animan a servirnos de nuestra intuición, de nuestras “entrañas”, a la hora de resolver los dilemas más perentorios que se presentan ante nosotros.

El componente intuitivo del lobo se pone de relieve en la acentuación de sus sentidos: el olfato, la vista y el oído de los lobos apenas tienen par en el mundo natural. Son rastreadores natos y por eso a menudo se los vincula con el ideal de la búsqueda de los sueños, como el de la libertad, de la gloria y de los deseos (sueños que, desde un punto de vista simbólico, tendrían su génesis en la misma médula de las pasiones). De ahí que otro de los puntos que destaque el Lobo sea el papel de las corazonadas: donde la razón más laberíntica, torcida y oscura no puede mediar, el corazón conoce la respuesta (no en balde, el co-razón es la víscera que co-mplementa y dota de significado a la razón).

A diferencia de los perros amaestrados a los que entrenan los humanos, los lobos no obedecen los designios caprichosos de nadie. Los adultos educan a las proles de la camada para convertirlas en cazadores; y a su vez, cuando ha llegado a la adultez, cada lobo decide si partir de la calidez del hogar para establecer su propia familia o si quedarse con sus parientes a fin de instruir a las nuevas generaciones. Es precisamente esa imagen indómita la que le da al lobo su reputación de independencia: el lobo encarna con fidelidad el carácter de la naturaleza salvaje que no ha sido domeñada; más aún por la comparación que puede hacerse con sus sucesores domésticos krytenses.

Los lobos son grandes comunicadores, naturalmente elocuentes y sensibles hacia las emociones de quienes los rodean, y no es de extrañar que entre las filas de sus adeptos no solo se encuentren cazadores, dueños de heredades, mercaderes y guardias; los chamanes y los escaldos cumplimos un rol fundamental en lo tocante al culto del Lobo. El lobo, como animal social, depende de la gesticulación facial y corporal para organizarse; está habituado, por tanto, a intercambiar información con los suyos. Incluso sus aullidos pueden figurarse como canciones: expresiones de melancolía por la pérdida de un hermano de manada, cantos de júbilo y hasta himnos étnicos.

La habilidad sin igual del lobo para pergeñar maniobras de caza, la potencia de sus sentidos primordiales y su destreza legendaria en las artes del lenguaje acotan el radio de influencia del Lobo a unos límites difíciles de imaginar. El compromiso con la manada, la devoción por el prójimo y la fiereza en la custodia de los suyos son algunos de los rasgos más admirables y paradigmáticos que personifica el tótem del Lobo.

Así pues, el espíritu del Lobo nos predica un mensaje muy simple: céntrate en tu familia y en tus amistades; colabora con ellos para alcanzar la gloria; transmite tus sentimientos y tu experiencia a otros; conságrate a la conservación de los tuyos; confía en la veracidad de tus impulsos y no desfallezcas buscando tu camino; fíate de tus instintos y aprende todo lo que puedas para soslayar las situaciones inesperadas con ingenio.

Misticismo del Lobo

En el árbol simbólico del Lobo se entroncan otras señales místicas que refuerzan su poder y su autoridad. Por ejemplo: la luna, objeto que simboliza la calma y, de algún modo en asociación con el lobo, también el romance imposible; los ojos del lobo cuentan con una cualidad única en tanto que desveladores de mentiras; la huella del lobo apela a nuestra voluntad para perseguir tenazmente nuestros deseos; la piel del lobo, vista como un fetiche entre los berserker, se utiliza para concitar la metamorfosis…

El favor del Lobo es comúnmente invocado cuando está en juego la vida de nuestros seres queridos; también es un guía efectivo a la hora de rastrear, bien sean objetivos simples como una presa en una cacería, u otros más magnos como lo son nuestros verdaderos anhelos. Esa es la característica que le da al Lobo su talante de libertario: siguiendo sus auspicios, el afamado pionero Romke llegó hasta aguas orrianas y, aunque lo aguardaba un destino ominoso, logró realizar su empresa de ver mundo. De ahí que la huella del lobo sea un vestigio depositario de la semilla de la libertad: advertir la planta del lobo impresa en la nieve cuando nos hemos perdido es un indicio de buena suerte; muy a menudo, sus pisadas son las pistas que nos marcan el trayecto a seguir.

La visión de los lobos ululando a la luna se contrapone a su imagen de ferocidad: bajo la radiación del astro de plata, el lobo se pronuncia artísticamente en la forma del canto. La luna es el signo astrológico que avala al Lobo y que multiplica sus energías; bajo su abrigo, los lobos cazan y viven. La luna, se podría decir, es un aspecto positivo para los lobos, un bastión cuya luz refleja el descanso, la iluminación y la bondad en la manada. Es, podríamos añadir desde una perspectiva metafórica, el espejo donde se proyectan las ansias del lobo; el disco blanco y cristalino donde ve espejada, según el mito, su alma. Si bien, en la mitología la primera luna llena de invierno o Luna del Lobo es el anuncio de una cacería, e indica que los lobos merodean por los páramos en pos de sustento.

Retomando esta estela, el canto del lobo, su aullido, es una de las melodías más bellas y estremecedoras que pueden oírse en la selva. Al igual que la luna, y en armonía y tensión simultáneas con esta, el aullido es otra de las enseñas mágicas del Lobo: es un grito que hace aflorar en sus oyentes los sentimientos más primigenios. Si hubiera que trazar una ruta al nacimiento de la música, yo apuntaría al canto de los lobos como su punto de partida. Ese torrente de emociones nítidas que fluyen por medio del aullido nos hace sintonizar con ese residuo latente, primitivo e incorrupto de nuestro lado animal.

En cuanto a los ojos del lobo, su conexión con el hallazgo de la verdad tiene unas raíces extensas que se remontan a la superstición: como animal comunicador, el lobo en la cacería debe producir mensajes sutiles que se vehiculan a través de la mirada. Los lobos son criaturas empáticas, acostumbrados a leerse los unos a los otros y a estudiarse hasta conocerse en profundidad. Un buen alfa sabe lo que sienten el resto de lobos de la manada con tan solo mirarlos a los ojos, de ahí que su mirada goce de tanta fuerza espiritual: los ojos del lobo consiguen penetran en lo más hondo de nuestro interior.

La piel del lobo disfruta de una notoriedad reseñable: bien es sabido que entre los norn es larga y dilatada la tradición teriantrópica; esa costumbre, que se ancla en un prolijo trasfondo animista, a día de hoy ha perdido gran parte de su carga ritual. Ponerse la piel del lobo, antaño, era una metáfora para la conversión; mas no consistía en un viaje únicamente corporal o estético, sino en una mudanza anímica al completo: transformándote en el Lobo no solo ganabas sus impresionantes dotes físicas, sino que compartías su espíritu, su forma de contemplar el mundo y su propósito primal.

Para terminar, la visión del lobo solitario constituye también un emblema en sí misma: el lobo solitario ilustra magistralmente la búsqueda de uno mismo y va en liga con el don para la indagación del Lobo. El lobo solitario es el blasón de muchos jóvenes que están forjando su devenir; se identifican, en este sentido, con el lobo, ya que, habiéndose desgastado los lazos familiares que los ataban, ahora reposa en sus hombros la obligación de formar una familia y de labrarse un porvenir en el mundo.
 
Atributos del Lobo

Los atributos que se afirman en el tótem del Lobo son múltiples y variados. No obstante, pese a lo arduo de la tarea, he realizado una selección de los ocho que considero críticos y en los que pienso que se solidifica la esencia del espíritu del Lobo:
  • La lealtad.
El lobo es un animal de manada: nace en la manada, se cría en ella, y aunque pueda separarse por un breve periodo de tiempo de sus semejantes con el fin de crear su propia manada, nunca se divorcia de los suyos hasta que le llega su última hora.

Solo aquellos que traicionan a la manada, que la descuidan o que la menoscaban pierden su título como miembros. Para ellos, el castigo oscila entre el desprecio y la hostilidad.

La lealtad férrea de Braham por el Paraje de Roca nos sirve aquí en calidad de modelo.
  • La compasión.
Los lobos tienen en alta estima los preceptos altruistas: velan por los miembros más débiles de la manada y por su progenie durante las hambrunas y en las épocas de enfermedad. Todas las madres son celosas con sus camadas; en el caso de los lobos, este trato formidable se extiende a todos los miembros de la manada: hermanos, padres, abuelos, tíos y otros agregados ponen su grano de arena para defender a los cachorros.

Inclusive se han dado casos de lobos que admiten entre los suyos a los hijos de otras manadas que se han extraviado; y a veces, aun a cachorros de otras especies.

Eir Stegalkin, cuyo nombre se traduce como “compasión”, es un paragón de esta virtud.

En la heredad de Skovtrolde, en las Colinas de Guaridadraga, se refugian los huérfanos de las batallas de las Picoescalofriantes. La heredad es vigilada por el chamán del Lobo local: Hraggorn asiste a la sylvari Cydwenn en la manutención de los expósitos.

También es digna de mención la historia de Goedulf, el patrón de los niños perdidos que, según narra la fábula, aulló para que la manada salvase a una niña abandonada.
  • La ferocidad.
Los lobos son distinguidos por su fiereza; una parte de ese renombre proviene del prejuicio, pero es cierto que los lobos no vacilan a la hora de derrotar a sus víctimas. Su sentencia de muerte suele ser rápida y mortífera: una mordedura limpia en la yugular. Y una manada de lobos puede ser un enemigo terrorífico si siente bajo provocación.

Skarti y Sigfast, los líderes de la Camada, el cuerpo policial de Hoelbrak, representan apropiadamente el atributo de la ferocidad: como guardianes de Hoelbrak, su política ante los que atentan contra la armonía en la ciudad es administrada veloz y brutalmente.
  • La inteligencia.
Frente a otros animales, los lobos brillan por su intelecto. Para localizar el sustento, a veces siguen el vuelo de las aves de rapiña (que por norma van a la zaga de carroña); emplean planes de caza dinámicos y nunca tropiezan dos veces con la misma piedra.

El lobo aprehende deprisa las lecciones vitales, sobre todo en lo relativo a lo que lo hiere y a lo que no. Y su mentalidad de manada hace que las propague a sus camaradas.

Eir Stegalkin, de nuevo, es imprescindible en el Filo del Destino por su astucia militar.
  • El apetito por la libertad.
Al contrario que sus primos domesticados, los lobos son seres insumisos que solo existen en estado silvestre. Aunque un entrenador habilidoso puede granjearse el afecto y la fe infranqueable de un lobo, su hábitat por excelencia se ubica en los bosques.

Esta cualidad se blande como un estandarte de libertad: no hay cadena alguna que pueda doblegar al Lobo: su orgullo indomable está por encima de todo género de constricción.

Romke despliega muy bien este atributo: su misión lo llevó a transitar aguas orrianas.
  • La comunicación.
Los lobos de la manada se entienden entre ellos con solo mirarse a los ojos. Son expertos en el lenguaje gestual y en la comunicación por medio de los aullidos: sus ululatos pueden denotar peligro, desafío o incluso nostalgia por un hermano difunto.

El código lingüístico de los lobos es más complicado que el de otros animales: poner tiesa la cola, echarse al suelo, alzar las orejas, husmear o volcarse en la tierra para exponer el vientre son algunas de las señas que contienen significado para la manada.

Fastulf Jotharsson es uno de los Oradores de Hoelbrak y chamán del Lobo. Él gestiona los asuntos concernientes al albergue y se ocupa de recibir a los invitados en persona.
  • El carisma.
Una de las facetas que emerge orgánicamente del control de la órbita social del Lobo. La existencia de un lobo alfa en las manadas, que no es necesariamente siempre el más fuerte, nos revela el magnetismo del lobo y sus complicadas relaciones intragrupales.

Algunos de los elegidos del Lobo son conocidos como líderes célebres: Eir Stegalkin y su hijo Braham son los más eminentes; Romke también fue galardonado por el Lobo.
  • Una íntima conexión con los instintos.
El Lobo está hermanado con todos los elementos que componen la estampa agreste: sabe leer el mensaje del follaje agitándose, el de la maleza desbrozada y el de las bandadas que emigran. Su conocimiento intrínseco del escenario forestal lo erige en un guardián privilegiado que está en una absoluta armonía con lo que ocurre en su entorno.

Al maestro Solvi, havroun del Lobo, se le atribuía este aspecto. Ahora ha recogido el testigo su discípula, la aprendiza Valda, que está en contacto directo con el Lobo.

El lado oscuro del Lobo

Al contrario de lo que piensan los humanos, el lobo no es una bestia taimada y voraz que abate a sus presas en un arrebato desenfrenado de sed de sangre. Si estudiaran en profundidad su historia, los humanos serían conscientes de los terribles atropellos que han cometido contra este noble animal: han invadido sus cotos de caza y, tras haberlo dejado sin alimento y haberlo forzado a matar a sus ganados para subsistir, lo han inculpado de calamidades y de atrocidades que solo la mente humana puede concebir.

Así, en algunos pueblos la fama del lobo lo sitúa en un estatuto infame: el lobo adopta la función de presagio de catástrofes y de debacles, pues el progreso industrial le ha impuesto que se alimente de restos al no quedarle otras presas que cazar. Se le ha aliado con entidades sobrenaturales por el fatídico devenir de sus primos, los huargos; y al resistirse al látigo de la dominación humanizadora, en un acto de rebeldía frente a sus parientes perrunos, los humanos han juzgado su insubordinación en clave de guerra.

En esa malignización, propia de la laxitud moral más vergonzosa y de una ignorancia superdotada, el lobo ha adquirido la responsabilidad por las penas de la humanidad y se ha tornado en su chivo expiatorio. Cuando los vecinos se asesinan entre ellos y quieren evadir las consecuencias de sus crímenes, la figura del lobo es la que los salva; cuando un ganadero sabotea a otro, son los lobos quienes asumen las culpas de los destrozos. De esa cobardía descarada emanan un sinfín de relatos espeluznantes que cristalizan en metáforas tales que “el lobo bajo la piel del cordero”, o en advertencias a la voz de “que viene el lobo”: claras muestras de la imbecilidad supina que padecen algunos humanos.

Empero la realidad es muy distinta a la ficción: los lobos nunca atacan por diversión. No juegan con la comida, en oposición a los felinos; matan para sobrevivir y suelen mantenerse alejados de los asentamientos de las razas civilizadas. Solo un lobo cuyo territorio ha sido vulnerado, que ve a los suyos bajo amenaza inminente o que está sufriendo un hambre atroz se atrevería a agredir a un humano o a un norn.

Pese a todo, ese prejuicio infiel acerca de los lobos todavía circula a lo largo de Tyria. Sin embargo, el lado oscuro del tótem del Lobo existe y se materializa en numerosas formas: cuando un culto dominado por la ley del más fuerte avasalla a los débiles (como es el caso de los Hijos de Svanir, aunque su descreimiento del Lobo es un hecho constatado); cuando las clases políticas más altas de los humanos se lucran con los impuestos de las más bajas; cuando una banda criminal atraca a los desfavorecidos…

Ese tipo de asociaciones no cuentan con el respaldo del Lobo. Sus manadas son un pacto de conveniencia; carecen de empatía y de cohesión. Su objetivo es el beneficio personal por medio de la actuación grupal. No entienden lo que representa el espíritu del Lobo: un miembro de la manada debe estar dispuesto a sacrificarse por el bienestar de los demás, porque todos son iguales a los ojos del Lobo. Un auténtico miembro de la manada jamás trataría con desdén a los menos aptos, ya que el Lobo sabe que las aportaciones de TODOS los miembros de su manada son imprescindibles e invaluables.

Esa degeneración del espíritu benévolo de la manada nace del impulso egoísta de pretendernos mejores que el otro. Bien es sabido que la adhesión a un grupo otorga cierta seguridad y firmeza; a veces, la única meta de ese poder es la de sojuzgar a otros, la de aprovechar el tesón y el empuje de los compañeros para alzarse por encima de los demás. Ese es el síntoma más notable de la perversión de las enseñanzas del Lobo.

Entre los norn hay un epíteto para designar a esta clase de individuos: los llamamos varg. El varg es un norn que otrora perteneció a la sociedad, un colono de una colección de heredades o un lugareño de Hoelbrak; al probarse delictivo e incapaz de convivir con otros, el varg ha firmado su condena de destierro. Al igual que en las manadas, aquellos que no contribuyen al bien común o que muestran tendencias agresivas son repudiados y exiliados. Así, el varg es un proscrito que vaga en soledad por las Picoescalofriantes y que tiene prohibido recibir incluso los gestos de hospitalidad más primarios.

¿Cómo honrar al Lobo?

Los rituales de invocación del Lobo deberían tener en cuenta sus espacios de actividad preferidos: el Lobo se siente más confortable bajo la luz de la luna, a medianoche, en un área boscosa que esté circundada por la vegetación y por la fauna nocturna. Sus santuarios se esparcen por las Picoescalofriantes en zonas rurales como las que he descrito antes, o en cuevas que actúan como cubiles para las manadas sagradas.

Los focos, reliquias y tallas con iconografía de lobos y de signos lunares son materiales de ayuda a la hora de evocarlo. La recitación de mantras, de canciones y de versos que apelen a la naturaleza del Lobo son palabras de conjuración para solicitar su auxilio; en especial, aquellas que guardan una mayor similaridad fónica con los aullidos. Y las ofrendas como las piezas de carne que han sido cazadas en conjunto, concretamente las más ricas en nutrientes como el hígado, suponen una donación adecuada para el Lobo. Además, el uso de cuero de lobo, de talismanes confeccionados con sus zarpas y de collares hechos con los dientes de los compañeros de manada caídos suelen ser parte integral de la indumentaria litúrgica. Lejos de ofender al Lobo, vestir sus pieles es el mejor indicativo, a la antigua usanza de los berserker, de la ambición de fundirse con él.

En lo referido a las prácticas ritísticas, el Lobo da su beneplácito a las cacerías hechas en su nombre. Su implicación en el ciclo de la vida y la muerte como uno de los predadores mejor posicionados de la cadena trófica es de importancia capital: las manadas, por norma, cazan a los individuos enfermizos y ancianos de los grupos de herbívoros, hecho que mejora al mismo tiempo la vitalidad del rebaño de presas. Las danzas tribales en torno a la lumbre han sido desde tiempos pretéritos otra manera de comunicarse con el Lobo: durante el ejercicio, el invocador comulga con el Lobo imitando sus aullidos, sus gesticulaciones y su trote; el fuego es el catalizador ritual, y a él se añaden como sazón hierbas aromáticas que al quemarse desprenden una fragancia de corte alucinógeno, con el objeto de inducir en el taumaturgo episodios de delirio.

En estos ritos, la escenificación alegórica de imágenes de cacería también sirve como puente de enlace entre el chamán y el espíritu con quien entra en comunión. La puesta en escena de estas prácticas es el producto de una interpretación dramática; las carnicerías llevadas a cabo bajo el pretexto de la reverencia al Lobo son impiedades de degenerados que se merecen la sanción más grave. La mutilación de extremidades, la extirpación de órganos y la consumición de vísceras son, asimismo, hábitos primitivos que se encuadran mucho mejor en el ámbito ceremonial de culturas como la grawl. La adoración a los espíritus de los norn es mucho más simbólica y pacífica que todo eso.

Mientras que la entonación de ensalmos y de plegarias tiene su fundamento en un tipo de hechicería que en las fuentes antiguas se denominaba galdr, originariamente el culto a los espíritus pasaba primero por las tecnologías del seidr que acabo de enumerar: los bailes, la representación dramatúrgica y la emulación del guía animal. Las dos clases de brujería coexisten hibridadas en la actualidad: los cánticos y la actuación, aunque son el reflejo de dos escuelas de magia distintas que comportan modos diferentes de concebir el fenómeno sobrenatural, dibujan el contorno de un paisaje divino en el que la escisión de la faceta emocional frente a la racional se reduce a una categoría puramente nominal.

Hay otras maneras de agradecerle al Lobo su servicio y de rendirle tributo: las actividades cooperativas, bien sea beber y cantar en una heredad junto a los amigos, participar en una partida de cazadores para darle fin a un oponente digno, salvarle la vida a un igual que está en apuros o en peligro de muerte… O cosas menos laboriosas como preocuparse por la familia de uno o proporcionarle información, mantas y vituallas a un caminante extraviado, son acciones de que las que se enorgullece el Lobo.

Desoír el consejo de los seres queridos, ignorar las recomendaciones de los ancianos, enfrentarse en solitario a un reto que nos supera con creces por terquedad o por una ambición desmesurada de gloria, son, entre otros, actos que desaprueba el Lobo. La mentira indiscriminada, el uso del engaño para obtener nuestros fines, la renuncia a implicarse en el ámbito social de procedencia y la comisión de males contra los más desvalidos de una agrupación, heredad o ciudad, son acciones que enfurecen al Lobo.

Los aventureros y cazadores que viajan y se oponen a la adversidad junto a sus aliados, los oradores y escaldos que conmueven los corazones con sus palabras, los sabios y chamanes que traspasan su sapiencia a las generaciones noveles de la manada, los guerreros y guardianes que se inmolarían a sí mismos para proteger a su pueblo, son todos benditos por el Lobo. Los asesinos, ladrones, ermitaños lunáticos y embusteros tienen suerte de salir indemnes de la cólera de los auténticos seguidores del Lobo.

Berserkerismo y metamorfosis

La incorporación del alma del Lobo es el hito al que aspiran las técnicas del seidr y del galdr: por medio de un ejercicio de mímesis tanto corporal como espiritual, el taumaturgo catapulta su espíritu a lo más hondo de la Niebla en busca de su corresponsal lobuno. Si ha ejecutado correctamente las plegarias, las ofrendas y los ritos, si con sus acciones ha probado ameritar el favor del Lobo, su espíritu guía contesta y lo impregna con su aura. Esto es: el Lobo y su invocador se funden en uno.

Antes de comenzar creo que sería apropiado establecer qué es la metamorfosis norn y qué no es. Opuestamente a lo que se piensa en algunas provincias supersticiosas, la metamorfosis licantropía en este caso NO nace de una fuente de poderes malignos que imbuye de energías ultraterrenas y de ansias carnívoras a quienes la solicitan. No es, tampoco, una permutación estética o de glamur como las que ofician los ilusionistas; la transformación de los norn es tanto física como anímica, y afecta a la capacidad para admirar el mundo (y al modo en que se hace) tanto como a la disposición anatómica.

El cambiante norn, también llamado teriántropo en los textos clásicos, es un ser en íntima sintonía con su faceta salvaje y animal, faceta irrenunciable e intrínseca a todos los seres que pueblan Tyria. Mediante el reconocimiento de su conexión con las criaturas que habitan los bosques, las llanuras y las estepas heladas, el teriántropo gana la habilidad de mimetizarlas, de ligarse a ellas de manera instintiva. Puesto que todo ser viviente tiene un espíritu, es posible que existan más mutaciones que las que hemos atestiguado; sin embargo, las más conocidas son las que otorgan los cuatro espíritus guardianes de Hoelbrak: el Lobo, el Cuervo, la Osa y la Pantera de las Nieves.

La metamorfosis no es un trance agónico salvo para aquellos que se resisten a él; por el contrario, yo lo definiría como uno extático. Es un don, una regalía concedida por los espíritus. No es una maldición ni tampoco, por norma, concita un estado de descontrol y de frenesí irreparable en el taumaturgo. A aquellos guerreros que pierden el dominio de sí mismos durante estos episodios de transformación los llamamos berserker: estos individuos no se esfuerzan por mantener la armonía entre la mente consciente del norn y la mente inconsciente del animal; se rinden a su lado bestial en la liza y eso los torna en temerarias tormentas de destrucción que no sienten el dolor, el frío o el cansancio.

Aquellos que se someten durante periodos de tiempo demasiado prolongados a los deseos de su espíritu animal pueden ver su identidad navegando a la deriva o incluso diluida bajo el peso de sus pulsiones más básicas. La metamorfosis no está exenta de peligros y la mayoría de los norn son precavidos a la hora de pedirles su intervención a los espíritus: abusar de tus poderes, emplearlos para mal u obrar en desacuerdo con los dictámenes de tu patrón puede conllevar la pérdida total o gradual de su beneplácito. Pero la gracia de los espíritus se puede recuperar: ¿quién no ha oído de la cruzada de Jora por recobrar el amor de la Osa y de su heroísmo al encarar a su hermano Svanir?

Así pues, y recapitulando, la condición teriantrópica en los norn se origina en nuestro vínculo con los espíritus. El poder del que hacemos gala es prestado y reside en nuestra memoria racial; es innato, aunque depende de las fuerzas divinas que entretejen nuestro destino. El punto de encuentro entre el norn y su tótem es uno de tensión: se sitúa en un precario balance entre su semblante reflexivo y el irreflexivo. Aquellos que reniegan puntualmente de este equilibrio son llamados berserker, empero quienes abjuran persistentemente de él se arriesgan a ver su identidad hecha jirones irremediablemente.

Hubo una época en la que los adeptos del Lobo que se ponían su piel —una de las metáforas más populares con la que hacer alusión al cambio— eran llamados ulfhednar (ulfhedinn en singular), que significa “pieles de lobo”. En mi manada esta tradición se conserva, y ese es el epíteto que engloba a todos los miembros que la integran; no obstante, voces como esta han caído en desuso en pro del término berserker, más general e infinitamente mejor conocido allende los confines de las Picoescalofriantes.

Para concluir estas líneas, me gustaría animar a los partidarios del Lobo que están leyéndome a que rescaten de las brumas del Olvido esta y otras expresiones a las que he ido refiriéndome a lo largo del texto; a que se enorgullezcan de la nobleza de su grey y a que aúllen con regocijo por su pertenencia a la manada del Lobo. Creo firmemente que el tiempo de la Osa, en el que cada norn componía su saga en base a sus hazañas personales, ha pasado; esta es la era del Lobo: en ella, el Sino de los norn se escribirá de acuerdo a nuestra competencia para superar los desafíos unidos, como una manada.

Solo así reivindicaremos las Lejanas Picoescalofriantes. Solo así perduraremos ante las asechanzas de Jormag y ante el tumor en metástasis de la progelie que infecta Tyria.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

La Corona de los Tres Thanes

Cuenta la leyenda que hace cientos de años existió un clan enano en las profundidades del Paso de Lornar. Sus galerías subterráneas se extendían desde el norte hasta el sur de la región, y los viajeros más fantasiosos aseguraban que sus túneles estaban plagados de yacimientos de piedras preciosas.

Un día, el sabio y anciano thane que gobernaba el clan en aquella época, murió. Tan repentino fue su deceso que no tuvo tiempo de nombrar un heredero, así que sus tres vástagos eran candidatos por la dignidad de thane.

El más joven era un pionero empedernido, y esgrimía como razón de peso para defender su derecho a la corona que había viajado por la superficie y que conocía Tyria como la palma de su mano, que estaba más que preparado para hacer frente a todas las amenazas que vinieran del exterior y para establecer nuevas relaciones comerciales.

El hermano mediano era un maestro de excavaciones. Argumentó que merecía el puesto de thane porque gracias a su habilidad para descubrir minas de oro los enanos del clan se volverían adinerados y opulentos, nunca les faltaría la comida y llevarían una existencia acomodada y plácida.

El más mayor de los tres era un guerrero consumado. Había plantado cara a los esbirros del Devorador en infinitud de ocasiones y argüía que tanto en experiencia como en fuerza aventajaba a sus otros dos contrincantes; que jamás los enanos del clan tendrían que preocuparse por el acoso de sus enemigos.
 
Para poner fin al conflicto, los tres thanes firmaron un pacto: cada uno de los hermanos gobernaría un año; al año siguiente, le tocaría al siguiente reinar. Y durante mucho tiempo, el clan prosperó y los enanos se hicieron ricos, poderosos y célebres, porque con las virtudes combinadas de los tres thanes, no había nadie que pudiera desafiarlos.

Hay quien cree que el relato debería terminar aquí. Hay quienes piensan que este habría sido un desenlace idóneo, con una moraleja estupenda que transmitir a las generaciones venideras; sin embargo, esas personas no son conscientes de la auténtica naturaleza de la historia. Más allá del giro inesperado y de los artificios de los que nos valemos los cuentacuentos para mantener la intriga hasta el final, lo cierto es que el sabor de la verdad es agridulce. Y la crueldad de la realidad supera con creces a la de la ficción…

Para conmemorar el aniversario de su reinado, los hermanos le encomendaron a un reputado orfebre que fabricase una pieza de artesanía que simbolizase la gloria de su triunvirato; un adorno que encarnase las bondades de cada uno de los dirigentes de su pueblo y con el que pudieran sentirse identificados; un aderezo que exaltase el triunfo de la unidad y de la fraternidad.

Así pues, el orfebre creó una corona como ninguna otra se había hecho jamás: el aro metálico de la base estaba forjado con acero deldrimor y había sido bendecido por el Gran Enano, en un gesto de tributo hacia el mayor de los hermanos; motivos de grifos dibujados en una filigrana de oro blanco ornaban los contornos de la pieza, en señal de homenaje a la expedición del menor de los hermanos; y por último, toda una plétora de gemas y de rubíes estaban engastados en las puntas de la corona, rindiéndole sus respetos al hermano intermedio.

Jamás antes en el clan había admirado una obra de artesanía tan delicada. Los tres thanes se sentían perplejos y gratamente complacidos: como os decía antes, a menudo la realidad supera con creces a la ficción, y sus expectativas de cómo sería la corona una vez acabada quedaban muy por debajo del producto final con el que los obsequió el artesano.

Ahora bien, lo que ocurrió después no tuvo nada de bello, pues sobre la corona pesaba una horrible maldición. El orfebre, rencoroso, no era otro que el primogénito del antiguo thane, el mayor de todos los hermanos y el único con derecho a suceder a su padre. Desterrado por medrar con arcanos y hechicerías procedentes de tierras lejanas, el orfebre pasó años en la superficie urdiendo su venganza contra el thane, su padre, contra sus ilegítimos competidores, sus hermanos, y contra todo el clan que lo había repudiado.

Y finalmente lo logró, empero esa misma brujería, como sucede cuando se manejan fuerzas que están fuera de nuestro alcance, se tornó en su contra: la Corona de los Tres Thanes transformó a sus hermanos menores en bestias horripilantes, codiciosas e insidiosas como él; el clan se dividió en tres bandos y pelearon los unos contra los otros hasta que no quedó uno solo con vida. Y aun después haberse estrangulado, degollado y desangrado hasta la extinción, sus cadáveres se levantaron, condenados a tomar las armas y a combatir sin pausa por toda la eternidad…

Nada le quedó al mayor de los hermanos: había perdido a toda su familia en su campaña de odio, había conducido a todo su clan al exterminio por su ambición de poder. Sin otro rumbo que tomar ni un destino mejor que lo aguardase, el hermano fratricida se arrebató la vida arrojándose a una de las simas más hondas del inframundo.

Se dice que aún se le oye llorar bajo la tierra, que sus lágrimas forman los ríos que recorren como venas el subsuelo del Paso de Lornar. Se afirma que cuando un terremoto azota las estepas, es el Cuarto Thane Loco quien lo provoca, quejándose y golpeando el suelo, enfurecido por su desgracia y porque todos a los que amaba lo han abandonado…

jueves, 29 de agosto de 2013

Ecos del Pasado I

El repiqueteo del andar mecánico de los operarios resonaba por la estancia. Apenas tenía luz, agua o comida, sin embargo, aquella enorme soledad sobrecogía a su pequeño corazón. Muy abierto los ojos, temía la llegada de sonido, porque aquello era sinónimo de dolor. Hablaba y pedía a los espiritus, el que fuera, que no se acercasen pero que tampoco pasaran de largo un poquito. Porque no muy lejos estaba su hermanito Urd, y le hacían cosas muy malas, podía oirle gritar y sabía que él podía oirle gritar a ella. Unos pasos se acercaron, pasaron de largo y se pararon cerca de allí, enseguida gritó y aporreo la pared o la puerta, no sabía dónde, pero prefería que le hicieran daño a ella, que la pincharan, que la tumbaran en aquellas camas raras a observarla. Quería que dejaran en paz a su hermanito, sin embargo, escuchó un poco, porque rara vez hacían caso y se quedó extrañada de tan sólo escuchar un murmullo. Estaba sentado, quieto, con los ojos fijos, serio, mirando al vacío, entonces llegaron esos pasos del dolor. La luz entró, iluminando el lugar y cegándole a él. Formas, voz y movimiento le eran familiares. Una gran mano poderosa, fuerte, masculina, acarició su cabeza y una portentosa figura se sentó a su lado, colocandolo en sus piernas, alzandolo y moviéndolo como si fuera un muñequito. -¿Qué cuento quieres oir hoy Urdgaard? -¿Dónde está Dhraerya? -En su cuarto, hoy sólo te puedo ver a tí -¿Porqué? -Porque ellos así lo deciden y no puedo hacer nada. -Cuentame sobre las montañas, de dónde venis mamá y tú. Hace mucho tiempo, vivíamos un gran grupo de Norns, algo alejados pero no desvinculados del resto. Cada cual se dedicaba a lo que sabía, nos reuníamos para oir historias y beber. Pero hubo un gran mal, el mal del dragon Jormarg. Y tuvimos que ir al sur. Allí se decidió hacer un gran sacrificio, aunque algunos por dentro tenían reservas. Nos dedicamos a ayudar a los demás, a hacer grandes cosas y todos dábamos un único nombre. Pero las peleas, los rencores y cosas que aún no comprendo, los dividieron. Algunos se marcharon, otros continuaron, aunque no era lo mismo. Y algunos se distanciaron, sin irse pero sin estar. Aunque finalmente buscaron su camino, aguardando. -Oh, ¿y tú cuál eras, y mamá? -Ninguno, eso fue hace mucho, pero la familia de mamá se quedó y mi familia es de la que se distancio, ahora aguardo. -¿Y mamá no aguarda? -Mamá sabe pero no recuerda. -¿Cuando me contarás otro cuento? -Pronto, he de irme. Sé fuerte, como tu hermana. La rutina era invariable, dolor, experimentos, pruebas, gritos, lucha. Querían algo pero no terminaban de encontrarlo, aunque ponían mucho cuidado de no desviarse. A ella la obligaban a luchar, a Urd le ponían cerca de un aro, un arco o algo así que relucía mucho de forma rara. Se preguntaba porqué no venía mamá, porqué venía tan poco papá, porqué hablaba tanto con Urd. Unos pasos se acercaron y su padre entró, sonriente. -Papá...¿porqué...? -Shss Dhraerya, eres fuerte. Eres la mayor, por eso. -Pero... -Confía en mí. Ellos escuchan... -jajaja, papá para...cosquillas...jajaja -Haz caso, prepárate, hazte fuerte como la Osa, astuta como el gato salvaje. -¿Yo? -Tú puedes, eres la que puedes. Un día serás más fuerte que yo -Pero papá..tu eres como una montaña... -Las montañas no son eternas. Toma...y confía. -mmm...dulce y un peluche...mmm Cerró los ojos, tomando aire, mientras sentía que muchos ojos estaban pendiente suya, evaluandolo, judgándolo, espiandole, tentándole. Pero no podía traicionar a los que habían sido sus protectores y ancestros, no podía revelar lo que sabía. Le dolía en el alma ver a sus hijos de esa forma, sabiendo que no podía actuar de ninguna otra manera o sería el fin. Aquello le costaría mucho, seguramente no descansaría en la Niebla, pero el ahora es lo que importaba en ese momento. Había huído de una doble persecución, se había refugiado allí metiendose en una gran trampa de la que no podía escapar. Y sin embargo había hallado más de lo que esperaba, ahora tenía muchas más responsabilidades. La seducción de aquella Norn había sido un mandato, pero uno con gran placer, porque sentía en su interior un eco resonando.Le dolía y torturaba el hecho que la traición habría de separarles. Esperaba poder contarle algun día, pero por ahora sólo había engaños, frialdad, distancia. Tampoco podía acercarse demasiado a sus hijos. Tan sólo más a Urdgaard, pero por las pruebas, para tenerle bajo control. No era un chamán, pero su pequeño sí llegaría a serlo, cercano a los espiritus, a la Niebla, el gato salvaje le había elegido.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Ecos del Pasado III

Skagaard avanzaba pesadamente por la nieve, llevando un gran peso encima, no sabía quienes eran sus perseguidores pero debía de despistarlos. Ya llevaba tres días de persecución y lo único que recordaba era una fiesta normal. Sin embargo, intentaron quemarlo vivo, envenarle y apuñalarlo. Estaba llegando a un grupo de arbolitos tras pasar por un asentamiento de rocas. Su hermano apareció de repente, sonriente y le hizo a un lado, activó uno de sus cacharros y los perseguidores volaron por los aires junto a las rocas por las que acababa de pasar. Volvió a mirarle con una sonrisa y con una palmada en el hombro se lo llevo de allí. Bastó un cruce de miradas para saber quienes eran. Svargaard estaba preocupado por su hermano, se estaba alejando, escuchando demasiado a esos tipos, aunque acabase de volar a algunos de su seguidores. Tendría que aceptar la propuesta de ir a Arco del León, ya ni siquiera sabía donde se había metido esa muchacha que incordiaba a los kodan. Urdhrae avanzó resoplando entre la ciénaga, algo febril, renqueante y tozudo, sudoroso, medio asfixiado por la calor y la humedad reinante. De improviso, una gran sierpe de la selva apareció soltando agua por todos lados, aferrando su báculo centró las energías místicas y rodeó a la bestia de los vínculos arcanos para extraerle fuerza vital. Esta se debatió hasta caer finalmente debilitada, continuando Urd con algo mas de fuerzas, tal acto no pasó desapercibido y una serie de dardos se clavaron en su cuerpo. Intentó asir la magia de nuevo pero todo se volvió oscuro... Se despertó en una choza, rodeado de hyleks, el ambiente espeso por un humo de color variante, su cabeza le pesaba mucho, apenas entendía nada, aunque terminó por relajarse. En un estado de duermevela intermitente, no supo cuanto tiempo había estado. Pero cuando lo hizo, se hallaba recompuesto, lo que escuchaba por todos lados al salir era Dolyak Norn, lo que le hizo bufar y asentar el nombre. Lentamente aprendió costumbres y usos, su visión del mundo y su alquimia, a reconocer hierbas y preparar remedios. Aquellos que experimentaban con su hermana y consigo habían hecho un seguro en sus cuerpos, un veneno que se activaba para evitar sus fugas y supervivencia. Elaborando el antídoto, emprendió el regreso a Linde, asombrándose un poco con la facilidad que encontraba pasaje en su ruta. Un golpe, dos...rodó por tierra y se incorporó para rechazar otro embite. Se alzó hacía adelante usando su cuerpo, se deslizó a la izquierda y de un barrido mando al suelo a sus tres oponentes. Unas palmadas resonaron y fue el final de aquello, dando su visto bueno, el instructor de la vigilia accedió a contratarla. Sonriente, Dhrae rechazó sin embargo la propuesta de alistarse. Estaba labrándose una reputación y ahorrando, Urd estaba con los Hyleks y buscar a su madre le estaba costando bastante. Complementaba sus ingresos con algún trabajo de forja, del que la llamaban cada vez más. Todo aquél esfuerzo, las aventuras, los peligros, era maravilloso pero no se quitaba de la cabeza sus preocupaciones. Había encontrado no hacía mucho la tumba de su padre, lo que la apenó mucho. Creyó ver una sombra, pero no estaba segura, luego creyó ver otra distinta. Poco a poco iba conociendo gente, aunque aún no había ido a las montañas, la habían animado pero era pronto. El laboratorio iba bien, las construcciones marchaban a un ritmo frenético aunque se aseguraba que todo aquello no provocara errores. Su hermano estaba tirado en una hamaca, taciturno. Aquella muchacha le tenía el cerebro sorbido, cuando había miles de mujeres libres por todo el mundo. La lejanía de las montañas también el afectaba. Agitó la cabeza, repartió algunas ordenes y decidió que aquella noche le llevaría de juerga aunque le tuviera que apalizar. Esperaba que aquél laboratorio de pruebas sirviera bien para encontrar defectos, curas y mejoras técnicas. Había visto mucho de la maldad y crueldad de aquella ciudad, aunque no era un timorato y un blandengue, aquella sed de sangre gratuita no iba con él. No le temblaba la mano si tenía que matar, de hecho, lo hacía de una forma brutal, fruto de sus ingenios. Sin embargo, jamás lo hacía por placer de matar o ver sufrimiento. De aquello hacía años, a pesar de lo vivido, su humor y pensamiento no habían cambiado apenas. Ver en qué habían pervertido su obra sólo había logrado que pusiera más énfasis en la destrucción. Y que hubieran jugado con sus sobrinos...eso, eso haría que no dejara ni a uno con vida. El que pudiera escapar de la ira de sus sobrinos, claro. Su hermano le había ocultado muchas cosas, igual que él, pero a ese extremo era doloroso. Algo le decía que su hermano iba a morir y por una mano que le hacía hervir la sangre a él. Su propia amante, la madre de sus hijos, sus sobrinos...sería la causante. Se ocuparía de sus sobrinos, también que supieran más de su otra familia y ya ajustarías cuentas con aquella mujer, Ikhara.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Reliquias de la Manada

En sus más de dos siglos de vida, la Manada ha acumulado y preservado un gran número de reliquias sagradas norn. Algunas nos han sido donadas en condición de regalos; otras los obtuvimos derramando la sangre de aquellos que se oponían al bienestar del pueblo norn.

Tras la segregación del clan, muchos de esos artefactos se han extraviado. No obstante, con el tiempo los ulfhednar de esta generación hemos ido recobrando algunos de ellos.

Aquí haré un listado de las reliquias que han pertenecido a nuestra noble manada.

Steinleif, el Tambor del Cazatormentas

La leyenda de Steinleif es bien sonada, nunca mejor dicho, entre los descendientes de la Manada. Steinleif era un tambor de la más alta orfebrería enana dado en prenda y como gesto de amistad al primero de todos los ulfhednar: Ulfric el Cazatormentas.

El Tambor del Cazatormentas fue fabricado por uno de los legendarios artesanos del pueblo enano. Su valor no reside únicamente en su filigrana de oro ni en la calidad de sus pieles; Steinleif lleva impresa la rúbrica de su artífice: una colección de runas encantadas que están grabadas en el forro interno de su caja de resonancia. Es precisamente esta inscripción la que le confiere a Steinleif sus singulares habilidades.

Se dice que Steinleif podía causar desprendimientos en las montañas y provocar hendiduras en la tierra a placer; se dice que podía hacer temblar los cimientos de una heredad hasta convertirla en polvo y escombros; se dice que sus avalanchas borraban los rastros de la Manada y que servían para lapidar bajo un lecho de rocas a sus enemigos...

Empero hace diez años el féretro de Ulfric fue desvalijado y con él su posesión más preciada: Steinleif, su tambor. Hace poco se volvió a escuchar la reverberación de unos tambores en las Colinas del Caminante, mas no era más que una ilusión, una réplica espuria utilizada para sembrar el pánico.

Dondequiera que esté, Steinleif es propiedad de nuestra manada, los ulfhednar. En malas manos, el Tambor es un anatema peligroso y letal. Por ese motivo debemos redoblar nuestra búsqueda.

La piel de Lobogrís

En el pasado, los ulfhednar embozaban su rostro para no ser identificados. Bajo la piel del Lobo, la Manada actuó siempre guiada por un propósito firme: arrojar esperanza al pueblo norn tras la batalla contra el Dragón y defenderlo de las amenazas que acechan en las Picoescalofriantes.

Ese es el concepto que representaban las pieles de Lobogrís, y aunque la mayoría de ellas se perdieron o fueron almacenadas en desvanes gélidos y polvorientos, todavía quedan dos ejemplares en buenas condiciones que dan testimonio de este fragmento de nuestra historia. Os hablo de la piel original de Lobogrís, la que curtió el mismísimo Ulfric, mi antepasado; y también de la piel de Goi Aullido Perpetuo, el abuelo de Skadi.

Un día Ulfric se internó en una borrasca y una manada de lobos lo salvó de la inanición y de la intemperie. Su alfa era un lobo gris descomunal al que Ulfric buscó durante años para recompensarle por su generosidad, atravesando duras ventiscas y tempestades neblinosas e impenetrables con el único deseo de volver a toparse con él (por esa razón recibió el apodo del Cazatormentas). Sin embargo, el Lobo quiso que Ulfric se reencontrase con el alfa en sus últimas horas de vida. Para honrar su caridad, Ulfric concibió a Lobogrís, un héroe que lo cambiaría todo, y en él basó su figura y su ética.

Goi Aullido Perpetuo fue el penúltimo líder berserker de la Manada Lobo Invernal. En el presente, su nieta ostenta el puesto que un día le correspondió a él, y también ha heredado las pieles que lo caracterizaban. El compañero de caza de Goi era un lobo pardo de un tamaño inmenso, tan feroz como su propio dueño; no obstante, en un enfrentamiento temprano fue víctima de una herida mortal. En clave de homenaje a su bravura, Goi decidió elaborar su manto de Lobogrís con el pellejo pardo de su lobo.

Las pieles de Lobogrís son ungidas por los chamanes de la Manada con óleos de limpieza y pasan por una complicadísima liturgia de purificación que se prolonga por nueve días y nueve noches. En ella, los cantos ceremoniales se funden con la pronunciación de hechizos y con la realización de bailes rituales que dotan a la nueva piel de Lobogrís del beneplácito del Lobo.

Tras esto, las pieles se consideran benditas por el Lobo e impregnadas de su esencia. Gracias a estos conjuros, se especula que ha habido ulfhednar que han sido capaces de mantener su transformación en el Lobo durante largos periodos de tiempo.

Actualmente la Manada cuenta en su haber con la piel de Ulfric el Cazatormentas y con la de Goi Aullido Perpetuo.

Hjorthorn, el Cuerno del Venado Blanco

Hjorthorn, el Cuerno del Venado Blanco, es un artefacto de reciente creación. El cuerno de guerra Hjorthorn fue otrora una de las astas curvas y ramificadas de un majestuoso ciervo que poblaba las Colinas del Caminante: el mítico Venado Blanco.

Un cuento se asocia al título de este animal. En sus páginas se relata cómo en su juventud la vida le fue perdonada por un muchacho que trataba de probarse a sí mismo en una cacería: el lobo sin dientes. Al final, después de haberlo atrapado, el chico lo dejó en libertad porque no estimó honorable matar a una cría indefensa.

Durante años, el Venado Blanco reinó en las estepas heladas y en las taigas de las Picoescalofriantes. Se hizo con un rebaño donde era el macho más viejo, fuerte y prominente; lo conducía en la época del deshielo a pastos más verdes y lo protegía de la depredación voraz.

Empero veinte años más tarde un destino funesto le acaecería: espoleados por el influjo de una magia primitiva, una tribu de minotauros acabó con su existencia y con la de sus congéneres de la forma más sanguinaria que os podáis imaginar. Los depravados sucumbieron bajo el peso de nuestras hachas y yo puse fin a la agonía de la bestia.

Al cabo de veinte años, el Venado Blanco había vuelto para brindarme la muerte que nunca me cobré.

A modo de tributo, me hice con una parte de su cornamenta y la trabajé. Labré en ella las runas tradicionales que reflejan el devenir del Venado Blanco y que le rinden tributo. Ahora Hjorthorn es una de mis propiedades más queridas; una que me recuerda quién fui en el pasado y quién soy en el presente.

Pese a que no alberga magia alguna que yo haya podido vislumbrar, Hjorthorn es un artefacto y un símbolo para el clan. Y también es el indicio de un presagio nefasto: la Luna de Sangre se avecina...

El Martillo de Skaargard del puño y letra de Dhraerya Gurnhail

Cuando las Nieves eran fuertes, cuando el aliento del Dragón apenas se había asentado, Skaargard Puñoforja se había reunido con otro grupo de Norns llamados por la necesidad. Pero esto es posterior...

Skaargard era joven e inquieto, apenas un aprendiz de la forja de su padre, al que tenía en estima; sin embargo, consideraba el proceso tedioso. Buscó al pueblo menguado, a aquellos seres recortados aunque fieros, fuertes y decididos, de un arte grandioso. Muchas veces intentaba convencerlos de que le enseñaran, pero siempre se negaban.

El tiempo pasó y su mente y su espíritu se apaciguaron lo suficiente como para adquirir paciencia. Fue entonces, tras muchas cicatrices en sus manos curtidas, que empezaron a instruirlo. Sin dejar de lado sus tareas de protección, ahondó en el arte de la forja.

Llegado el momento, Ulfric hizo su llamamiento. Skaargard estaba preparado y dio un paso al frente, sin vacilar. Aunque el sacrificaría su fama, sus obras llevaban su sello; ellas continuarían su legado.

Al tiempo, un regalo le fue entregado: un gran y pesado martillo de forja mágico, con runas grabadas en su forma. «Para que el objeto sea impregnado de la esencia de los tuyos, has de participar en su creación o te será ajeno y rebelde en tus manos».
Asintiendo, se encerró con los enanos a trabajar en tal proyecto: Steinleif, el Tambor del Cazatormentas. No obstante, no participó en la entrega, aunque sin duda sabía que Ulfric identificaría su marca en el obsequio.

Dejó todo dispuesto para que sus descendientes pudieran hacer frente a nuevas y a la vez viejas amenazas. Y entonces presenció un hecho inesperado, los espíritus se lo habían mostrado en sueños: dos linajes enfrentados se unirían...

sábado, 17 de agosto de 2013

Campeonato de Leyendas

Durante su estancia en Hoelbrak, Vanargand Lobogrís y Skadi Luna de Lobo solían almorzar en el Albergue del Lobo.

Skadi, la cazadora pelirroja de ojos verdes e irreverentes, a menudo traía conejos o venados que ella y su lobo habían cazado para asarlos en los espetones comunitarios; en cambio, Vanargand, un escaldo brillante y atractivo, se aseguraba de que sus canciones e historias les granjeasen un benefactor que los convidase a beber cerveza.

De este modo, el Albergue del Lobo entero salía beneficiado: las piezas de carne que sobraban iban a parar a los estómagos de los refugiados del norte; los cuentos del escaldo, por otro lado, eran recibidos con ruidosos vítores entre los residentes.

Aquel día, Vanargand y Skadi estaban sentados a solas en una de las mesas de la planta baja; un hecho inusual, pues con frecuencia se reunían allí con su manada. A juzgar por sus caras largas, la conversación que estaban manteniendo no era muy placentera…

—Has estado paseando de un lado a otro toda la noche —rompió el hielo Skadi—. No sabía si estabas ensayando una composición con los tablones del suelo o si es que solamente estás nervioso.

Vanargand no contestó de inmediato. Se tomó su tiempo para alzar la jarra de cerveza y darle un buen trago. Luego la miró con gesto ceñudo y dio un resoplido.

—Superé esa chiquillada del miedo escénico hace al menos diez años —dijo—. No me preocupa la actuación y desde luego tampoco estaba comprobando la capacidad de percusión de los listones de madera.

Ella alzó las cejas y compuso una sonrisa ligera de diversión. Sin embargo, al ver que él no la acompañaba en la mueca, su alegría tardó muy poco en decaer.

—¿Entonces?

—He estado dándole vueltas a lo que vimos en el paso montañoso aquella noche —Empezó a restregar el dedo por el portillo de la jarra—. Comienzo a pensar que todo aquello fue una especie de señal. Que lo que narraban los viejos manuscritos del Lobo Invernal era algo más que una colección de supercherías…

Skadi arqueó las cejas y suspiró también. No podía estar más de acuerdo con Vanargand; no obstante, no desistiría en su interrogatorio tan pronto. Él volvió a llevarse la jarra a los morros para apurar un sorbo más.

—Parece que lo es. Pero no estarías así a menos que estuvieras planeando algo. Cuéntamelo, Vanargand: ¿qué es lo que te tiene tan inquieto…?

El escaldo apartó la jarra dispuesto a responder, cuando un carraspeo algo temeroso lo interrumpió. Miró atrás: era una mujer joven y llevaba los atuendos rituales que identifican a los chamanes del Lobo. A sus espaldas había dos norn más, pero apenas reparó en ellos.

—¿Maestro Lobogrís?

Vanargand levantó las cejas. La ironía de aquel apelativo logró arrancarle una sonrisa.

—Vaya, no sabía que me había convertido en maestro —Se incorporó en el asiento y la miró con fijeza a la cara—. Honestamente, no sé si aconsejarte que busques a ese “maestro Lobogrís” en otra parte o si decirte que me siento honrado por el cumplido.

La mujer se ruborizó, una reacción a la que Vanargand, por otro lado, estaba completamente acostumbrado. A Skadi no le pasó inadvertido el acaloramiento de la chica y sacó instintivamente sus dientes.

—Estas dos personas han preguntado por ti en la entrada —Hizo un ademán escueto hacia ellos con el cuello. Iba encapuchada—. Quieren hablar contigo.

—Yo aún no sé si quiero hablar con ellos, pero… está bien. Adelante.

El escaldo los invitó a que se sentasen con un movimiento de su mano. A pesar del cansancio que lucía su rostro, ojeroso a tenor de la falta de sueño, consiguió hacer un último acopio de fuerzas para componer una sonrisa lo bastante agradable como para resultar convincente.

Skadi no llevó a cabo semejante esfuerzo y se contentó con arrugar la nariz.

El primero en acercarse la mesa y en descorrer una silla le llamó la atención. Iba desgreñado y sus ropas eran harapientas, corroídas por manchas de humedad y de sangre reseca. Vestía cuero y tenía el rostro contraído en una expresión embrutecida. Su barba era muy espesa y estaba tan enmarañada como su pelo negro.

—Lobogrís —lo saludó; su voz estaba agrietada y sonaba al bramido de un animal—. Vengo de las estepas del norte, donde los veranos son tan fríos como el invierno. Soy un cazador que ha oído hablar de tu manada, de cómo derrotasteis a un espectro y de cómo salvasteis la Punta del Vencedor de un temible invento draga…

Skadi dobló las cejas con suspicacia. Había algo que no le gustaba de su olor.

—Hace mucho que no estoy con otros norn, pero he oído hablar de vuestras hazañas y yo también quiero formar parte de ellas.

Vanargand tenía el rostro descompuesto: no se esperaba aquello. El norn había sido educado, más de lo que él había previsto. Sin embargo, había algo en su actitud, felina y calmada, que lo intranquilizaba.

Intercambió una mirada con Skadi y se dio cuenta de que ella compartía su recelo.

—Hay algo que debes saber: durante muchos siglos, nuestra manada se mantuvo en el anonimato y aquellos que empuñaron su estandarte no conocieron gloria alguna —La revelación pareció asombrar a su interlocutor, quien levantó las cejas—. Si lo que estás buscando es renombre, será mejor que vayas a labrarte tu leyenda a otra parte. Nosotros somos la Manada Lobo Invernal, una familia, y actuamos siguiendo unas virtudes rígidas: hacemos lo que es correcto, independientemente de las consecuencias, hasta el punto de sacrificar nuestra vida mortal y nuestra existencia inmortal si eso fuera preciso.

Aquello pareció desalentar al hombretón, quien soltó un gruñido a caballo entre el desdén y la resignación y desvío la vista hacia otro lado.

—Lo que es el interés —rio Skadi. Vanargand puso los ojos en blanco y suspiró.

Su compañero, un membrudo guerrero de músculos atezados y torneados, no dudó en tomar asiento a su lado y en rugir un grito de júbilo. A diferencia del primero, este era mucho más animoso y poseía una sonrisa contagiosa. Su tamaño era descomunal: mediría casi tres metros; era todavía más alto que el escaldo.

—¡Yo soy Thorolf, hijo de Harald! —Se batió el torso desnudo con el puño—. ¡He oído hablar de tus habilidades legendarias, escaldo! ¡En las afueras se cuenta que cuando hablas parece que te poseyera el espíritu del Cuervo, y que las multitudes acuden a ti como si las llamase el aullido del Lobo…!

—Me gusta esta nueva admiradora tuya, Vanargand. Al menos sabe cómo hacerte la pelota.

Skadi le guiñó un ojo al escaldo y le dedicó una sonrisa burlona. Él, que había hecho su cuerpo a los halagos, apenas se inmutó. No obstante, se esforzó por ampliar algo su sonrisa con gratitud.

—… ¡Por eso quiero que relates mi leyenda! ¡Que cuentes cómo derribé una montaña con el guantelete que heredé de mi tatarabuelo por parte de dolyak, que hables de la forma en que provoqué una estampida entre los ciervos que acabó con doscientos Hijos de Svanir y de cómo aplasté a una tribu de grawl al completo blandiendo como única arma el tótem de piedra al que estaban alabando…!

Vanargand se quedó boquiabierto. Por un segundo había creído que Thorolf era un norn medianamente respetable, pero su opinión de él había mudado en menos de un parpadeo: era un embustero. O eso, o un demente.

—Todo eso suena muy bien, Thorolf, pero comprenderás que mi reputación depende de mis historias, y que no puedo otorgarle credibilidad a algo que no he presenciado —Aquellas palabras hicieron que Thorolf pegara un bufido—. Así que, salvo que tengas pruebas o testigos de esos hechos, me temo que he de negarme a contar tu leyenda; el género de la ciencia ficción es uno en el que todavía no he trabajado, pero te prometo que te llamaré si alguna vez estoy interesado en hacer mis pinitos en él.

A Thorolf la mofa le sentó como una patada en los genitales. Se puso en pie hecho una furia, con el rostro enrojecido por la ira, y estampó el puño contra la mesa. Skadi no podía dejar de reír entredientes.

—¡TE EXIJO que lo hagas, escaldo! ¡YO soy el mejor héroe norn de esta generación! ¡Vas a recitar mi saga o te voy a…!

Un estallido en la madera rasgó la atmósfera animada del lugar. Un ladrido se elevó y, en lo que tarda en hendir el cielo un relámpago, un lobo blanco como la nieve cayó sobre Thorolf apretándole la yugular entre las fauces.

El escaldo se levantó de su asiento, con la jarra de cerveza a medio beber en una mano. Dio unos pasos hacia Thorolf.

—Estás tan desesperado porque alguien hable de ti, patético aborto de dolyak, que no te queda otro remedio que amenazar —La voz de Vanargand se oyó fría; dejó sin habla a todos los que estaban contemplando la escena. Ni siquiera Thorolf lo rebatió—. Pues bien, déjame que te diga algo ahora mientras besas el suelo, un lugar mucho más adecuado para las boñigas petulantes de tu condición: voy a darte una oportunidad, porque hoy, pese a que estoy de un humor de perros, me siento magnánimo.

Skoll soltó el cuello del norn. Thorolf estaba petrificado del terror. Y es que, aunque el escaldo no era un norn particularmente fornido, había algo en su tono de voz, había algo en la seguridad de sus movimientos y en su mirada que le causaba pavor.

Se quedó allí tendido y lo escuchó, al igual que todos los huéspedes del Albergue del Lobo.

—¡Muchos de vosotros os proclamáis héroes y juráis que vuestras gestas riegan de relatos las heredades y que resuenan como tormentas en los mismísimos salones de la Niebla…! Habláis muy alto y en exceso, pero, ¿cuántos de entre vosotros podéis sostener esas historias con los hechos?

«¡Estoy harto de oír una y otra vez la misma cantinela; de leyendas forjadas de la noche a la mañana y de falsos ídolos! Si tenéis cojones, más os vale que escuchéis mis palabras, pues yo os desafío a que os midáis en una prueba: ¡os reto a un Campeonato de Leyendas para determinar quién de entre vosotros es un verdadero héroe!»

«En el pasado celebrábamos cacerías para comprobar nuestra capacidad; sin embargo, las bestias no tienen la culpa de que la mitad de vosotros seáis unos cobardes y la otra mitad unos mentirosos sin reparos. Así que demostrad que me equivoco en una competición de otra índole: ¡pelead en el Campeonato!»

«Solo habrá dos reglas en el Campeonato: las batallas durarán hasta que uno de los contrincantes caiga al suelo y no se utilizarán armas con filo, salvo aquellas que hayan sido previamente embotadas. El uso de hechizos no me importa en la medida en que sus efectos no sean tan devastadores como los que origina un acero cortante.

«Otorgaré dos premios, pues habrá dos categorías: la primera de ellas, la tradicional, se dirimirá por el resultado de los combates en una tabla eliminatoria; la segunda, la menos convencional, se decantará por la opinión del público. ¡Aquellos que os observen decidirán si vuestro estilo de lucha es digno de ser considerado legendario, independientemente de si habéis ganado o perdido la liza!»

«A aquellos que ganen les depararé un obsequio, y, si me siento inspirado, una composición que prevalecerá en los cantares de los escaldos durante los próximos doscientos años. Así que haced que se corra la voz como el aullido de los lobos, pues no haré distinción alguna por profesión, oficio, raza o género.»

«¿Codiciáis la gloria? ¡PROBAD QUE LA MERECÉIS!»

Vanargand se marchó airado del Albergue del Lobo, acompañado por su escolta de lobos y por Skadi, quien iba a su zaga y siguiéndolo al trote.

Estaba preocupada, pero no daría voz a su turbación hasta estar bien lejos de la presencia de los demás.

—Te han tensado las cuerdas, ¿verdad?

El escaldo la miró a los ojos y asintió con un cabeceo pesado. Resopló profundamente y sacudió el cuello.

—Me han apretado tanto las clavijas que mis cuerdas han estado al límite, Skadi —le contestó, tratando de armonizar la voz—. No podía soportar por más tiempo tanto fanfarroneo sin sentido, ni tampoco tanto parasitismo de fama y proezas.

—Podrías haberlo dejado estar —sugirió ella—, no tenías por qué haber convocado el Campeonato. Aunque, para serte sincera, yo tengo muchas ganas de participar.

Skadi le enseñó su mejor sonrisa, plagada de dientes de aspecto feroz. Vanargand se frotó la frente con los dedos y profirió una exhalación cargada.

—No, en el fondo he hecho bien. Me han dado la excusa perfecta; nos han dado la excusa perfecta —Skadi enarcó una ceja—. De alguna manera teníamos que prepararnos para lo que está por venir…

martes, 30 de julio de 2013

¡Una canción y MUCHAS cervezas!

Una heredad norn es siempre un lugar bullicioso. Aquella en concreto no era diferente en absoluto a las demás: en el centro del salón había un acogedor fuego chisporroteando y, apiñados a su alrededor, un montón de cazadores que se calentaban las manos bajo gruesos pellejos de animales.

En otro lugar, sentados en las mesas, había quienes jugaban a los huesos y apostaban grandes sumas de dinero; a veces se oían carcajadas, que eran un sonoro indicativo de que alguien había tenido buena suerte; más a menudo aún sonaban gritos de enfado y se montaban reyertas.

Pero esta vez nadie se atrevía a alzar la voz. Todos, los que estaban junto al hogar y los que bebían en las mesas, guardaban silencio y escuchaban a aquel que hablaba sobre la alfombra de piel de oso en el corazón de la estancia: era un escaldo y sus palabras con frecuencia transmitían las hazañas de los héroes de la antigüedad, la voluntad de los antepasados y las moralejas enseñadas por los espíritus.

Esa ocasión no era distinta a las demás, así que en la heredad se había instalado un silencio reverente, una mudez intensa que iba seguida por el refulgir de las pupilas negras y atentas de los que oían al relato. Solo ocasionalmente las brasas ensordecían al escaldo; los espetones de carne no giraban y tampoco chocaban jarras contra la mesa.

—… Y así fue como derrotamos al draugr de Ulfric. Porque no hay modo alguno de vencer a un espectro con un hacha; tus armas tienen que nacer de la voluntad y del coraje…

El escaldo pisoteó el suelo y muchos de sus espectadores dieron un respingo. Sonrió a medias: aquella reacción le gustaba. Significaba que estaban pendientes de él.
 
Para su sorpresa, un pequeñajo se adelantó un paso y balbuceó unas palabras tímidas.

—Y… ¿es verdad que se deshizo como un copo de nieve en la mano...?

—Tan cierto como que el Cuervo es el mensajero de la Niebla.

Vanargand amplió su sonrisa y cabeceó de forma gentil en un gesto de afirmación.

—Ojalá algún día yo también pueda luchar contra un draugr…

—Quién sabe —dijo. Dio un paso hacia él y se acuclilló. Lo miró de frente—. Quizá dentro de unos años tú también puedas acompañarnos, cachorro. Tienes un brazo fuerte y pareces listo: llevas días escuchando mis historias. Si sigues así, si te entrenas y si continúas aprendiendo, un día tú también podrías aullar con la Manada.

El niño calló. Retrocedió un paso y se quedó meditabundo, frunciendo los labios mientras trataba de figurarse la imagen en su cabecita. Al escaldo eso le hizo gracia.

El ruido de una silla al moverse al otro lado del salón lo distrajo. Dos botas se posaron sobre la mesa y alguien lanzó un sonoro bostezo. Vanargand lo fulminó con la mirada.

—Llevas dos meses contándonos la misma vieja historia, Lobogrís. Empiezo a pensar que no tienes otras cosas mejores que contar que no sean esas rancias batallitas tuyas.

Alguien escupió ruidosamente un trago de cerveza al suelo. Sobre la heredad se extendió un silencio tenso y el público cruzó miradas de expectación entre sí.

Vanargand rio con genuina diversión. Dio una palmada de júbilo y lo miró, duro.

—Amigo mío, si eres tan ingenuo como para creer eso permíteme que te diga que pensar no es lo tuyo.

El extraño se encogió de hombros y volvió a simular otro bostezo. Entre los que presenciaban el espectáculo había quienes se sonreían con complicidad; era posible que, después de todo, el escaldo fuera a demostrarles sus dotes para la batalla en primera persona.

No obstante, Vanargand no se había movido de su lugar. Estudiaba a su rival con sus ojos claros y sonreía de lado.

El escaldo no era famoso por su destreza en el combate, pero sus añagazas y su ingenio eran ya legendarios. Al sur del Paraje de Roca se decía, no sin cierta sorna, que el hecho de que los quaggan hablasen tan mal se debía a que habían perdido un duelo verbal contra él.

Otros se referían a su astucia con más respeto: después de todo, tras su llegada a Punta del Vencedor junto a la Manada no habían vuelto a oírse esos horribles tambores draga.
—Hablas demasiado y luego corres a refugiarte tras las faldas de tu amada Skadi —El invitado, descortés, arrancó un muslo de moa del festín de la mesa y se lo llevó a la boca. Lo masticaba con furia—. Si se te han terminado las historias es porque no has vuelto a hacer nada que merezca la pena.

No le cupo duda alguna: aquel idiota quería armar follón en su propia heredad.

Le pareció un acto de muy mal gusto; sin embargo, no iba a dejar que la ira lo cegase. Sonrió con acritud a su interlocutor y urdió su artimaña. Se preparó para actuar.

—¿Deduzco por tu tono de voz que te crees capaz de contar mejores historias que yo? Porque de ser así, me encantaría verlo. Me sorprenderías y mucho. Y me parece entender por tus palabras que estás deseoso de probar a estas buenas gentes lo gran narrador que eres —adujo. Vanargand ensanchó sus labios en una sonrisa lobuna—. Pues… ¡adelante! ¡Hagámoslo! Tengo un reto para ti, si eres lo bastante norn como para aceptarlo.

El alborotador tiró la pata del moa al suelo y eructó sin mucho refinamiento. Se limpió los labios restregándose el borde forrado de piel del guantelete y se puso en pie. Con mucha calma, pero con un brillo de rabia en los ojos, se dirigió andando al escaldo.

—Soy mucho mejor norn que tú, gigantón.

Alzó la barbilla con el propósito de mirar al escaldo a los ojos. Él sonreía con inocencia: lo tenía justo donde lo quería. Iba a darle la vuelta a la tortilla tal y como le había enseñado a hacer Skadi: con un golpe de muñeca rápido y firme.

A fin de que todos lo oyeran, el escaldo levantó la vista y alzó al tiempo la voz. Mientras hablaba, iba mirándolos a todos uno a uno. No podía contener un cierto deje de irrisión en su timbre: aquello lo emocionaba.

—Os propongo un juego, amigos míos: en unos días nos reuniremos; no aquí, sino en el Albergue del Lobo de Hoelbrak. Reservaré una mesa enorme en la planta baja y entonces todos tendréis la ocasión de contar vuestras historias y de demostrar cuán magníficas son vuestras proezas y cómo de hábiles sois en la oratoria.

«Quien quiera entrar en la mesa deberá hacerlo bajo una de estas circunstancias: o bien invitando a todos los presents a una ronda de bebidas en un más que agradecido gesto de amistad, o bien presentándose a sí mismo por medio de una historia que avale su amor por la narración. Esa será la primera regla a la que tendréis que ceñiros.»

«Y hay algo más que se me olvidaba. La velada no acabará hasta que suceda una de estas dos eventualidades: o que ya no quede más cerveza en los barriles de todo el Albergue del Lobo, o que se hayan agotado todas las historias. Esa será la segunda y última regla del juego al que os desafío.»

«¡Ah! Y una cosa más: a lo largo de la noche mis aprendices y yo nos turnaremos para contar historias, para cantar o para recitar nuestras poesías. ¡No penséis que vosotros vais a ser los únicos que os lo paséis bien! Os traeremos relatos que nunca antes habéis escuchado: trepidantes leyendas sobre héroes de otros tiempos, romances trágicos y fúnebres elegías en memoria de nuestros camaradas caídos.»

«Así que ya lo sabéis: todos estáis invitados. Haced correr la voz; no me importaría que se dejase caer por allí algún charr, un humano, un asura o un sylvari. ¡Seguro que también podrían hablarnos de sus vivencias y de los logros de sus héroes!»

Con aquellas palabras cerró su discurso. Su contrincante torció el hocico y esputó al suelo con indignación. Sin añadir una sola palabra más, se dio media vuelta, se arrebujó en su poncho y salió de la heredad bufando como un toro dolyak.

Vanargand sonreía. En el Refugio del Lobato, su nueva heredad subida a una de las perchas más altas del Paraje de Roca, se elevaban una batahola de voces: los invitados charlaban animadamente acerca el evento y discutían sobre si tendría lugar un enfrentamiento.


El escaldo seguía sonriendo. Se alejó al rincón donde tenía su despacho (si es que se le podía llamar así), un espacio reservado en exclusiva para él: había aperos de escritura sobre la tabla, tintero y pluma; había una colección de pergaminos desperdigada por toda la superficie de madera y un montón de hojas esparcidas y a medio escribir en las que estaban inscritas auténticas letanías de runas norn; también había varias jarras de cerveza vacías.

El Lobo tenía dientes y eso Vanargand lo sabía muy bien. Bajo su apariencia pacífica y risueña se escondía el alma de un lobo: era una criatura feroz que solo ansiaba que llegase el momento en el que encararse con su competidor; para superarlo, para humillarlo.

Apagó aquellas sensaciones de su estómago y mojó la pluma en el tintero. Debía enviar varias cartas.

Pero antes de hacerlo, sonrió una última vez mostrando los dientes al imaginarse cuál sería la reacción de Skadi...

La Leyenda de Ulfric

La fundación de la Manada
 
Ulfric Cazatormentas titula y protagoniza el siguiente capítulo en la historia de nuestra Manada.

En este viaje hacia un porvenir más glorioso, nuestra Manada no solo debe hacer frente a las amenazas del presente, sino también a sus propios fantasmas. Ulfric y los primeros norns del Lobo Invernal forman parte de ese pasado remoto: son nuestros próceres, los padres de Lobogrís, los autores del mito y los que dictaron los primeros compases de nuestro destino.

Ulfric el Cazatormentas fue un escaldo que vivió en tiempos del legendario Tyr, de Olaf Olafson y de Jora y Svanir. Nunca destacó por sus dotes como cazador, pero era perspicaz y sabía que la vía más rápida hacia el corazón de cualquier norn es la leyenda.

A Ulfric le tocó vivir el éxodo de los norn las Lejanas Picoescalofriantes y los ataques ininterrumpidos del temible Jormag. Y en esa época de dificultad, sabedor de que sus modestas habilidades no serían suficiente como para marcar la diferencia, tomó una decisión: uniría a otros a su causa, los haría luchar a todos por el bien de los norn.

Los amigos de Ulfric no eran guerreros grandiosos ni aventureros de fama reconocida; eran artesanos, chamanes ancianos y cuentacuentos. Ninguno de ellos sobresalía blandiendo un hacha, empero juntos eran imparables. Por esa razón se fundó la Manada.

Sin embargo, las gestas de un grupo de norn tan amplio no habrían resultado nada impresionantes, y menos cuando sus méritos se debían al trabajo en equipo. No obstante, Ulfric era inteligente y había aprendido de sus predecesores que los norn tan solo alaban a héroes individuales. Por ese motivo creó la figura de Lobogrís.

El Lobo bendijo a Ulfric y a sus seguidores; al primero le otorgó inspiración para inventar al mítico héroe Lobogrís, que en tantas canciones es loado; al resto, les dio apoyo y un sentido de fraternidad como jamás habían conocido. Sus sagas, de forma individual, probablemente jamás habrían llegado a sobrevivir al paso de los siglos, pero bajo la piel del lobo los ulfhednar eran atemporales. Eran Lobogrís. Todos ellos.

Con el tiempo vinieron otros, héroes de corazón y diestros con las armas, que se agregaron a la empresa de Ulfric. Mientras que las gentes del común veían en la Manada una oportunidad para ayudar a su pueblo, estos héroes estaban convencidos de que el Lobo Invernal y Lobogrís representaban el último sacrificio: perderían la gloria eterna, la inmortalidad, a cambio de concebir a un héroe que sería insuperable.

Todo por el bien de los norn; todo por ahuyentar a los enemigos de las Picoescalofriantes y por dar esperanza a las personas que oían las canciones de Lobogrís: esperanza en que un día regresarían a sus hogares; esperanza en que los norn todavía no habían sido abatidos.

Esa es la verdadera esencia de Lobogrís y de la Manada.


Ulfric trabó muchas amistades a lo largo de sus años; una de ellas, un orfebre enano, le hizo entrega a Ulfric de un presente como ningún otro: un tambor que podía, con su letanía, afectar a la tierra y a todo cuanto se sostuviera sobre ella. Y Ulfric le dio buen uso: con él cubrió las huellas de la Manada e impidió que sus adversarios los persiguieran; nadie podría descubrir la naturaleza del secreto de Lobogrís.

Pero toda fruta se pudre con el tiempo: Ulfric había abierto una brecha en el seno del Lobo Invernal; hubo quienes no estuvieron de acuerdo con él, quienes se veían empujados a actuar por otros propósitos. Fueron ellos, los Bolverk, los que traicionaron a Ulfric y lo sepultaron en una cámara de fría piedra junto a su tambor, lugar donde habría de permanecer hasta el fin de los días.

Poco sé de los Bolverk que pueda contaros. Sé que los dirigió alguien de la propia sangre de Ulfric; un hermano, o tal vez un hijo. Sé que esa misma persona fue quien encabezó la primera rebelión en nuestra historia. Y también sé que la Manada se recuperó, que el primogénito de Ulfric exilió a los Bolverk y que en los siglos venideros se destruyó todo pasaje en los manuscritos que hiciera referencia a ellos.

Tambores en el Norte

Hace diez años Steinleif se despertó y volvió a atronar otra vez. Alguien lo extrajo de la tumba de Ulfric y con él derrumbó lo que era más preciado para mí: mi heredad, mi familia y mi antigua vida antes de dedicarme a vagabundear interpretando canciones.

Aún desconozco la identidad de esa norn, pero sé que proviene de la rama de los Bolverk que se separó de nuestra Manada. Y sé que esté donde esté, hace bien en esconderse, porque el destino que le depara mi hacha es de todo menos piadoso.

Pocos meses atrás escuchamos de nuevo los ecos de un tambor en el norte. Pensando que podía tratarse de Steinleif, animé a los descendientes de la Manada a los que había logrado encontrar a encabezar la búsqueda del tambor mitológico.

Durante semanas rastreamos las Colinas del Caminante de una punta a otra en busca de la procedencia del sonido. Al final, nos llevamos la mayor de las decepciones.

Alguien intentó imitar por medio de la magia y de la tecnología los poderes de Steinleif. Alguien que había tenido contacto con él el día en que se exhumó el sepulcro de Ulfric, hace diez años. Alguien que conoció a mi némesis y que la ayudó en su delito.

Esa charr, Seetha Furiavolcán, quiso congraciarse con la Legión de la Llama utilizando a los draga de la Alianza Fundida para replicar a Steinleif. Pretendía fabricar una versión artificial del instrumento con la que reducir a escombros la Ciudadela Negra.

La detuvimos a tiempo, huelga decir, como queda reflejado en las canciones. La nueva Manada Lobo Invernal se comportó con honor y con gallardía, tal y como habría hecho la vieja: acabó con todas las reproducciones espurias de Steinleif, burdas imitaciones, y frenó a Seetha antes de que desatase una masacre sobre los charr.

De este modo, el espectro de Ulfric, que había abandonado su féretro encolerizado, pudo descansar en paz. Y así nosotros rescatamos la primera pieza de nuestro legado.

Sin embargo, esa no sería la última vez que oiríamos hablar de los Bolverk…