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martes, 30 de julio de 2013

La Leyenda de Ulfric

La fundación de la Manada
 
Ulfric Cazatormentas titula y protagoniza el siguiente capítulo en la historia de nuestra Manada.

En este viaje hacia un porvenir más glorioso, nuestra Manada no solo debe hacer frente a las amenazas del presente, sino también a sus propios fantasmas. Ulfric y los primeros norns del Lobo Invernal forman parte de ese pasado remoto: son nuestros próceres, los padres de Lobogrís, los autores del mito y los que dictaron los primeros compases de nuestro destino.

Ulfric el Cazatormentas fue un escaldo que vivió en tiempos del legendario Tyr, de Olaf Olafson y de Jora y Svanir. Nunca destacó por sus dotes como cazador, pero era perspicaz y sabía que la vía más rápida hacia el corazón de cualquier norn es la leyenda.

A Ulfric le tocó vivir el éxodo de los norn las Lejanas Picoescalofriantes y los ataques ininterrumpidos del temible Jormag. Y en esa época de dificultad, sabedor de que sus modestas habilidades no serían suficiente como para marcar la diferencia, tomó una decisión: uniría a otros a su causa, los haría luchar a todos por el bien de los norn.

Los amigos de Ulfric no eran guerreros grandiosos ni aventureros de fama reconocida; eran artesanos, chamanes ancianos y cuentacuentos. Ninguno de ellos sobresalía blandiendo un hacha, empero juntos eran imparables. Por esa razón se fundó la Manada.

Sin embargo, las gestas de un grupo de norn tan amplio no habrían resultado nada impresionantes, y menos cuando sus méritos se debían al trabajo en equipo. No obstante, Ulfric era inteligente y había aprendido de sus predecesores que los norn tan solo alaban a héroes individuales. Por ese motivo creó la figura de Lobogrís.

El Lobo bendijo a Ulfric y a sus seguidores; al primero le otorgó inspiración para inventar al mítico héroe Lobogrís, que en tantas canciones es loado; al resto, les dio apoyo y un sentido de fraternidad como jamás habían conocido. Sus sagas, de forma individual, probablemente jamás habrían llegado a sobrevivir al paso de los siglos, pero bajo la piel del lobo los ulfhednar eran atemporales. Eran Lobogrís. Todos ellos.

Con el tiempo vinieron otros, héroes de corazón y diestros con las armas, que se agregaron a la empresa de Ulfric. Mientras que las gentes del común veían en la Manada una oportunidad para ayudar a su pueblo, estos héroes estaban convencidos de que el Lobo Invernal y Lobogrís representaban el último sacrificio: perderían la gloria eterna, la inmortalidad, a cambio de concebir a un héroe que sería insuperable.

Todo por el bien de los norn; todo por ahuyentar a los enemigos de las Picoescalofriantes y por dar esperanza a las personas que oían las canciones de Lobogrís: esperanza en que un día regresarían a sus hogares; esperanza en que los norn todavía no habían sido abatidos.

Esa es la verdadera esencia de Lobogrís y de la Manada.


Ulfric trabó muchas amistades a lo largo de sus años; una de ellas, un orfebre enano, le hizo entrega a Ulfric de un presente como ningún otro: un tambor que podía, con su letanía, afectar a la tierra y a todo cuanto se sostuviera sobre ella. Y Ulfric le dio buen uso: con él cubrió las huellas de la Manada e impidió que sus adversarios los persiguieran; nadie podría descubrir la naturaleza del secreto de Lobogrís.

Pero toda fruta se pudre con el tiempo: Ulfric había abierto una brecha en el seno del Lobo Invernal; hubo quienes no estuvieron de acuerdo con él, quienes se veían empujados a actuar por otros propósitos. Fueron ellos, los Bolverk, los que traicionaron a Ulfric y lo sepultaron en una cámara de fría piedra junto a su tambor, lugar donde habría de permanecer hasta el fin de los días.

Poco sé de los Bolverk que pueda contaros. Sé que los dirigió alguien de la propia sangre de Ulfric; un hermano, o tal vez un hijo. Sé que esa misma persona fue quien encabezó la primera rebelión en nuestra historia. Y también sé que la Manada se recuperó, que el primogénito de Ulfric exilió a los Bolverk y que en los siglos venideros se destruyó todo pasaje en los manuscritos que hiciera referencia a ellos.

Tambores en el Norte

Hace diez años Steinleif se despertó y volvió a atronar otra vez. Alguien lo extrajo de la tumba de Ulfric y con él derrumbó lo que era más preciado para mí: mi heredad, mi familia y mi antigua vida antes de dedicarme a vagabundear interpretando canciones.

Aún desconozco la identidad de esa norn, pero sé que proviene de la rama de los Bolverk que se separó de nuestra Manada. Y sé que esté donde esté, hace bien en esconderse, porque el destino que le depara mi hacha es de todo menos piadoso.

Pocos meses atrás escuchamos de nuevo los ecos de un tambor en el norte. Pensando que podía tratarse de Steinleif, animé a los descendientes de la Manada a los que había logrado encontrar a encabezar la búsqueda del tambor mitológico.

Durante semanas rastreamos las Colinas del Caminante de una punta a otra en busca de la procedencia del sonido. Al final, nos llevamos la mayor de las decepciones.

Alguien intentó imitar por medio de la magia y de la tecnología los poderes de Steinleif. Alguien que había tenido contacto con él el día en que se exhumó el sepulcro de Ulfric, hace diez años. Alguien que conoció a mi némesis y que la ayudó en su delito.

Esa charr, Seetha Furiavolcán, quiso congraciarse con la Legión de la Llama utilizando a los draga de la Alianza Fundida para replicar a Steinleif. Pretendía fabricar una versión artificial del instrumento con la que reducir a escombros la Ciudadela Negra.

La detuvimos a tiempo, huelga decir, como queda reflejado en las canciones. La nueva Manada Lobo Invernal se comportó con honor y con gallardía, tal y como habría hecho la vieja: acabó con todas las reproducciones espurias de Steinleif, burdas imitaciones, y frenó a Seetha antes de que desatase una masacre sobre los charr.

De este modo, el espectro de Ulfric, que había abandonado su féretro encolerizado, pudo descansar en paz. Y así nosotros rescatamos la primera pieza de nuestro legado.

Sin embargo, esa no sería la última vez que oiríamos hablar de los Bolverk…

sábado, 1 de junio de 2013

La confesión de Furiavolcán

Escrito por Seetha Furiavolcán. Traducido por Seven Dei. Comentado por Vanargand Lobogrís.

Cuando recibas esta carta probablemente ya te hayas enterado por otros medios de mis logros. No te escribo para informarte, ni tampoco para congratularte o darte las gracias; si te envío este mensaje es para jactarme de mi triunfo y para recordarte lo infeliz y triste que eres.

Quizá ya hayas oído hablar de Steinleif: está muy en boca en las Colinas del Caminante últimamente. Sé que aquellos como tú os reís de todo lo que no podéis ver. Una minúscula Rata como yo es invisible a vuestros ojos; pasa desapercibida y puede escuchar a hurtadillas, porque aunque esté presente es tan insignificante y necia que nadie repara en ella.

¿Recuerdas cuando era una cachorra? Asesinaron a tu compañera, la mujer que amabas, y tú me aseguraste que volverías a por mí que me sacarías de allí. En aquel momento no lo entendí; me contaron que eras un traidor a la Legión de la Llama, un espía y un felón. En cuanto tuve edad, me pusieron a trabajar entre fogones: era una cocinera, una rata, una inútil. No voy a regodearme en mi miseria, ese no es el propósito de mi carta, pero quiero que comprendas bien por qué te odio y que lo tengas en mente: durante más de diez años esperé que vinieras a sacarme de allí, pero tú jamás apareciste. No tardé en comprender que los padres de los charr se desentendían rápido de sus hijos allá en la Ciudadela Negra.

Escapé, ¿lo sabías? Pensé que debía salir de allí, romper con mis cadenas, y buscarte. Asesiné al compañero con quien iban a aparearme y huí en mitad de la noche haciendo uso de las habilidades mágicas que había aprendido por mi cuenta. En aquel momento no era más poderosa que un asqueroso diablillo de fuego de la peor ralea, pero hoy… si estás leyendo esto es porque has sido testigo de mi poder. He domado a Steinleif. Y he destruido todo lo que eres.

Quise crearme un nuevo destino en vuestra sociedad. Era una gladia, sin escuadra y sin honor. Seguía siendo una miserable rata, solo que en lugar de estar condenada a las cocinas ahora tenía libertad para moverme, pero de igual modo era invisible e insignificante. No fue hasta que llegó esa norn de mirada resuelta que me sentí importante por primera vez en toda mi vida.

Me dijo que buscaba algo que no existía, y yo me acordé de mis incontables noches al abrigo de una vela rezando, deseando furiosamente algo que tampoco existía: a ti, padre. Me ofreció una buena cantidad de dinero, todo hay que decir, a cambio de que le prestase mi ayuda en una alocada misión: en Hoelbrak todo el mundo se mofaba de ella cuando hablaba de Steinleif, el tambor encantado, y en la Ciudadela Negra sus habladurías no habían sido acogidas con más entusiasmo. Yo, debo confesarte, al principio fui una escéptica: pensé que toda esa búsqueda era una estupidez; sin embargo, me pagó con oro y me dio pena. Así que accedí.

Estuvimos un mes entero deambulando perdidas por las Colinas del Caminante hasta que finalmente encontramos la cripta. Quizá encontramos no sea la palabra exacta; «se abrió» para nosotras, dijo esa norn, y yo estoy de acuerdo con ella. Ya habíamos registrado aquella ladera montañosa de arriba abajo y jamás habíamos visto esa gruta. Apareció de repente por arte de magia. Así que entramos, y con mi ayuda la norn pudo superar todos los desafíos de la prueba: venció a los guardianes y burló la trampa del sello de sangre.

Hay que decir a su favor que era talentosa y lista. Cuando entramos en la cámara mortuoria y abrimos el arcón, el tambor fue lo único que se llevó. Un tambor muy bonito, sí, decorado de antiguas runas y un tanto envejecido. Ese maldito tambor; yo me carcajeé entre dientes pues esperaba que no fuese más que una antigualla. Salimos de la cueva y trepamos a un monte cercano desde donde se podían examinar la verde y tupida fronda de las Arboledas Taigan.

Ella sostenía el tambor en sus manos, pero parecía ausente observando una heredad en la distancia. Estaba dudosa, y tenía una palma puesta sobre el parche de piel del tambor. Yo, entre divertida e incrédula, aproveché su despiste para tocarlo: tum, tum, tum. Tres veces lo hice sonar antes de que se diese cuenta y me mandase al suelo de un empujón. Y entonces… lo vi: fue magistral, hizo honor a todo lo que se dice en Tyria de los enanos. Las cordilleras retemblaron y una colada de nieve se precipitó por ellas; las bandadas de aves salieron despavoridas de sus perchas en los árboles y los alces corrieron desperdigados. Y la heredad… la heredad se sacudió también. Y empezó a desquebrajarse.

Comprendí mi error en aquel instante, aturdida y humillada a los pies de esa zorra norn. Me dejó ahí a mi suerte y desapareció como una sombra maldiciéndome entre dientes. Juró que si me volvía a ver me desollaría y se haría unas botas con mi piel. He soñado con ese día desde entonces, con sujetar entre mis manos a Steinleif. La busqué, pero no la encontré. La muy puta me dio un nombre falso: «Lobogrís», aseguró que se llamaba. Pregunté en Hoelbrak y en la mitad de las Colinas del Caminante y lo único que hicieron fue murmurar algo sobre una leyenda para niños o bien dirigirme con caras de indiferencia a un escaldo pedante y picaflor.

Así que desistí en buscar a esa «Lobogrís», pero no me rendí. Tengo tres atributos, padre: buena memoria, paciencia y tenacidad. Recordaba con mucho detalle los trazados de las runas de Steinleif y suponía que el hechizo que la imbuía estaría impreso en ellos. Traté de replicar la obra por mi cuenta, grabando esos símbolos en tambores normales, pero lo único que conseguí fue que el tambor explotase en mis manos. Pedí ayuda en la Ciudadela Negra para fabricar un tambor, y hablé con la Legión del Hierro, y ¿sabes qué? Se rieron de mí. Me preguntaron: «¿y cómo va a ayudar a ganar batallas a los charr una caja con eco dentro?».

A nadie le interesaba mi proyecto. Se pensaban que era un desvarío. Que había enloquecido. Había huido de las garras de la Legión de la Llama para ser despreciada de igual modo. Era otra vez una rata, o algo aún peor: una demente. Y a los dementes nadie los hace caso. Pasé años angustiada, buscando la forma de materializar mi sueño, de hacerme con ese poder y de demostraros a todos lo equivocados que estabais hasta que… llegó mi oportunidad.

Cuando me enteré de lo que planeaba la Alianza Fundida vi en sus maquinaciones la ocasión perfecta. Me disfracé como un hombre, me cubrí por una capucha y enronquecí mi voz; así engañé a una panda de dragas repugnantes diciéndoles que era un chamán. Me llevó tiempo ensayar el papel y falsificar los documentos, ¡pero fue tan entretenido! Conseguí que alguien entre los draga llevase a cabo mi proyecto e hicimos varios prototipos.

El primero, el «Proyecto Steinleif», fracasó estrepitosamente y fue abandonado en una vieja instalación draga. El segundo tuvo más éxito, pero era inmenso y los tremores que producía no llegaban a igualar la rabia que vi en el Steinleif original. El tercero, el único transportable, me lo llevaré esta noche. La coalición de la Alianza Fundida peligra y mi tapadera corre riesgo de ser descubierta. Me habría gustado hacer una cuarta réplica, aún más pequeña y armada con los glifos de poder de la Legión de la Llama, pero confío en que este tercero servirá: es la combinación de mi magia con la tecnología de esos topos ciegos. Tiene que funcionar.

Cuando leas esto, si llegas a hacerlo, posiblemente ya sepas lo que he hecho: pienso ir a la Ciudadela Negra e instalaré el tambor en un rincón, en un refugio tan maloliente y séptico en el que a ningún charr en su sano juicio se le ocurriría mirar. Esas son las ventajas de ser una Rata, después de todo: nadie conoce ni se metería jamás en tu nido. Así pues, cuando deje allí el tambor mecánico, me marcharé, y cuando esté bien lejos de la Ciudadela Negra lo activaré.

Si todo sale bien y el falso Steinleif cumple con su deber, asestaré un golpe muy duro a la Ciudadela Negra. Y si no, conseguiré de igual modo sembrar el pánico entre vuestras tropas e infundir coraje a las nuestras.

¿Por qué hago esto? Seguro que te lo estarás preguntando. Pues bien: me he cansado de ser una Rata, padre, de estar indefensa como una princesita humana esperando a que vengas a rescatarme. Nunca tendré éxito entre las legiones de la Ciudadela Negra, los elementalistas como yo somos despreciados; y la Legión de la Llama me esclavizaría y me devolvería a los fogones. Pero yo voy a probarles que están equivocados: les demostraré que soy una mujer digna de estar en primera línea, de combatir a los herejes como tú, de traer un nuevo orden a Tyria forjado en el yunque de la victoria y en las llamas de la destrucción.

Entonces, cuando atestigüen mi poder no tendrán otro remedio que ascenderme. Seré alguien importante, padre, y quiero que vivas para presenciarlo. Te encontraré y te haré sentir como yo me he sentido: insignificante, asustado e impotente. Ese será tu castigo.

Con odio eterno e incandescente,

Seetha Furiavolcán.

—De Seetha Furiavolcán, traidora confesa charr. El nombre del destinatario es desconocido.

Necesité de la ayuda de un experto para interpretar correctamente los ideogramas charr, pero mereció la pena. Este manuscrito es un testimonio viviente de muchas cosas: en primer lugar, de la turbulenta relación entre un padre y su hija; en segundo lugar, de cómo la marginación y el desdén pueden deformar las buenas intenciones de una persona; en tercer lugar, es una declaración de su culpabilidad, una apología monstruosa. Por eso le he dado este título.

La amenaza del falso Steinleif se terminó. Que este escrito sirva como símbolo de nuestra victoria: un triunfo pírrico con un regusto agridulce. No obstante, incluso los platos más amargos deben ser degustados; incluso las lecciones más duras deben ser aprendidas.

¿En qué momento cruzó Seetha la línea entre la esperanza de autosuperación y la búsqueda de poder obsesiva? No lo sé. Ojalá su última voluntad se cumpla y su padre lea este mensaje.

sábado, 25 de mayo de 2013

Justicia del Pasado

Poco a poco llegando, reunidos los lobos, del pasado la afrenta del presente el brazo que limpiaría la deshonra. Voces unidas de una manada que ataba lazos, convencida de aplacar a los ancestros, no restaba si no impartir justicia. Que la Niebla se prepare, allá van decididos todos ellos, de cualquier condición, no entienden de nada más que de su resolución. A tierras extrañas aunque amigas, en la tierra batida, espera la enemiga, localizada y apresada, su rastro hallado, unidos la manada, su horizonte es lejano. Una charr, poca poca parece, gran mal ha hecho, todos pendientes, miradas cruzadas, un nombre aparece, convencidos, al frente un paso, hacía el juicio acude, a la muerte reta, el resto de hermanos espera, no quieren mentiras ni engaños, no permitirán que la sangre caiga en exceso ni que las trampas empañen un honor duramente ganado. La magia restalla, embites controlados, tentandose, midiendo la talla del otro, la ira reluce, la calma permanece, espejos desiguales de un propósito. No hay edad, no hay forma, lo que ha de ser, llega. Perdida, reducida, desesperada, el caos desata, una burla exagerada, amenaza la destrucción, prestos y sin dilación, una mano callada, tiende a quien tiene la llave, la cerradura. Salvados, en soledad, a lugar seguro van, allí un nuevo juicio acontece, noticias necesitan, averiguar qué ha pasado y lo que ocurrirá, un pacto se hace, entre riñas y preguntas, la traición regresa, mordiendo ardiente la mano que con honor e integridad se tiende. La muerte es el precio, por una hoja rápida y mortal, las aguas del tiempo se llevan, cascara vacía. La manada se divide, hay que pensar, un nuevo mal en el horizonte aparece, las heridas hay que sanar.

miércoles, 22 de mayo de 2013

El juicio de las almas

Por Vanargand Lobogrís.

Tres son los indicios que advierten de la presencia de un draugr: el viento, que normalmente sopla a su albur, se vuelve frío y violento; tu vaho es helado y de humo está colmado; su cuerpo es demacrado, de un pálido fluorescente, y sus ojos escarchados reflejan una luz iridiscente. Estas tres son las señales contra las que debes estar previsto, pues en caso de imprevisto has de salir huyendo de estos males.

Abominables o infernales; poco más da la distinción. Sí es verdad que no tienen parangón en su crueldad, o eso se cuenta, y la leyenda es incierta sobre el origen de su corrupción: se dice que son espectros de hielo reanimados por una cuita tan profunda que haría sollozar a los mismos cielos; que son espíritus de venganza consagrados a un feudo de sangre y sin esperanza; que aparecen cuando sus restos son profanados, sus recuerdos vejados, o cuando su cadáver queda insepulto en algún lugar del páramo nevado.

El draugr es un fantasma que no ha cruzado el velo o que ha abandonado la Niebla; desconozco, y lo admito, las implicaciones que comportan tales circunstancias. Lo que sí sé es que la fauna es sabia: que las bandadas de aves escapen o que los predadores se escondan son presagios de la peor calaña. Y eso es lo que ocurría, hasta la fecha, en las Arboledas Taigan; allí donde una heredad aún sigue derecha, aunque ominosa, por dentro deshecha y ruinosa. Ese era el propósito del draugr: ambular en la morada donde hace diez años quedé expósito.

Pero será mejor que os relate los hechos a medida que fueron sucediendo: nuestra partida de caza, los herederos del Lobo Invernal y del mito de Lobogrís, investigó a Steinleif en profundidad en las Colinas del Caminante. Tras vernos inmersos en varios lances, hallamos una conexión con la heredad: y es que los draga la custodiaban, por algún motivo, y los animales del bosque salían despavoridos como ya nos anunció en su trance la Osa. Mas es cierto que sabréis todas estas cosas si habéis ido siguiendo el avance de la narración; así pues, pasaré temprano a la acción y me olvidaré de crípticos y de glosas. Os presentaré las nuevas hazañas y lo demás ya lo iréis deduciendo.

Llegamos a las puertas del destartalado albergue, mi casa, que sufrió por primera vez los estragos de Steinleif, como sabéis, hace diez años. Diez años y aún la nostalgia me embarga; pero tras esas lágrimas ateridas en mi mirada había alguien más, un intruso, hurgando en el interior con un semblante abstruso. Iba cubierto entero por un pellejo gris como el tizón; y con razón, pues bajo el embozo no se le apreciaba ni la sombra de la nariz.

Habló con una voz de ultratumba que me dejó en el sitio, paralizado; la lobreguez de sus ojos era espesa como la umbra. Eran dorados, y eso sí lo recuerdo a la perfección. Aun congelado, mis hermanos no tardaron en pasar a la acción: una flecha voló y lo hendió, y las pesadas capas de pieles cayeron al suelo como un colgajo. El ventarrón graznó como un grajo y su esencia salió expedita de las ropas. Bajo un examen más minucioso, la piel del lobo reveló su naturaleza auténtica: la piel de Lobogrís, el primero de todos, trofeo y memento que ahora empuño mientras escribo sobre Ulfric y su tormento.

Seguimos la corriente de aire artera hasta la oquedad de una gruta que nunca había estado allí: con un foso de bestias en la caída y unas trémulas cornisas como asideras, corrimos sobre las plataformas sorteando los desafíos de los guardianes. El devenir todo esto lo podéis intuir: descubrimos el túmulo de Ulfric, allá donde fueron a parar sus pertenencias mortales, pues su cuerpo nunca pudo ser exhumado del desplome que lo alcanzó con pretensiones letales.

La puerta a la cripta tenía un sello con un patrón familiar. Unos conductos como venas nacían de la pila de un altar; desembocaban en la llanura aluvial que era el grabado de la puerta: la inscripción de la Ulfsrun, el símbolo del clan tradicional, con sus nudos entrelazados como en una enredadera. El corazón taimado de la piedra latió bombeando nuestra sangre como si fuera un grifo, pues tal y como rezaba el glifo: «solo la sangre de Ulfric, de la Manada y de sus aliados puede pasar». La sangre regó los surcos de la madera y completó el dibujo de la Ulfsrun, que a su vez abrió las puertas y nos dejó entrar.

Allí dentro hacía un frío glacial: la cámara era una oquedad angosta excavada en la montaña de forma natural; y en el centro de la sala, un baúl adornado con ribetes de oro y plata prometía la sabiduría del legado de Ulfric y sus misterios mejor guardados. Sin siquiera haberlo pensado quedé prendado de él y caminé hacia adelante deslumbrado. Sentí la pesadez en los párpados, con el rostro pálido y adormilado; ignoré las señales que de un draugr dan aviso y de improviso por Ulfric quedé hechizado. Y así dio comienzo el juicio.

¿Sabéis lo que es ser prisionero de vuestro propio cuerpo? Así me sentía yo cuando Ulfric me agarró como agarra un titiritero los hilos de su marioneta. Movido por la vendetta, Ulfric proclamó su decreto: que aquel que fuera el perjuro que hubiera robado a Steinleif diez años atrás pagara por su acto impuro; aquel desgraciado era de la sangre del mismo que lo traicionó en una época pasada y que enterró su heredad bajo una montaña desmoronada.

Uno por uno fue pasando revista a toda la sangre de nuestra manada, y a la de nuestros aliados; el sello de la entrada era una trampa conjurada para invocar a los antepasados. A través del tejido denso de su magia, el draugr de Ulfric llamó a los ancestros para que poseyeran a sus herederos; hízolos confesarse frente a él de sus delitos y los obligó a que fueran sinceros. Y una vez expuestas sus penas, contritos o exultantes, Ulfric vertió sobre ellos su veredicto: su justicia ecuánime con que otrora castigara a los maleantes.

El juicio de las almas uno a uno a todos fue convocando, y a medida que avanzaba el ritual podía sentir el desasosiego dentro del fantasma que me poseía: ahora, por fin, entendía cuál era el arcano que los draga codiciaban y por qué mi heredad había sido sepultada. Ulfric vivió en ella hace siglos, y una vez finita su existencia sus hijos hicieron de su sepelio la promesa un nuevo porvenir. Así, Tyras, mi abuelo, nieto de Ulfric, lo sucedió y fue el dueño de su albergue; y aunque me duele que nunca me hablara de ello, al fin creo que lo comprendo.

El juicio de las almas terminó y el culpable seguía estando ausente. Ulfric, en mi cuerpo presente y por medio de mis labios, dictó que la mujer que había profanado su sagrario no operaba sola, y que su desmán había desatado un huracán allende los límites de la Niebla. «La Cacería Salvaje se acerca», nos alertó; «debéis impedirla». Con esas palabras se despidió, poniendo el destino de Steinleif y del Lobo Invernal a salvo en nuestras manos.

El draugr ha regresado a la Niebla y las Arboledas Taigan han vuelto a la normalidad; el redoble del falso Steinleif debió de despertarlo de su hibernación y llenarlo de ultraje por esta vil función. Ahora Ulfric descansa en paz y nuestra tarea es encontrar al autor de esta maldad.

sábado, 18 de mayo de 2013

La cabalgada de los lobos...

Por Dhraerya Gurnhail.

La vida fluye, el alma profundiza y hunde sus raices en la complejidad, enriqueciendose. Los cambios traen cambios, las experiencias nos moldean y forman como los elementos lo hacen con lo que nos rodea. El tiempo rueda, golpeando ritmicamente como un tambor, presente pero invisible, esquivo pero asomando su sombra por cada esquina. Un riachuelo, un pequeño rio y varios torrentes, lentos y tímidos, perdidos ya ajenos se fueron moviendo, a un ritmo creciente, parando de vez en cuando pero retomando su impulso, confluyendo unos con otros. Las estrellas se pararon a observar, un aullido como eco se escuchó en la lejanía, se fue repitiendo y un rumor de patas fue cada vez más en aumento, resonando. Cambios, sueños, un presagio, un mensaje, trotando uno tras otro, buscando, una sombra que cobraba forma, moldeandose, esperando. Diversos pelajes, miradas, esperanzas y sueños, la misma certeza y firmeza, aunque el pasado clavase sus garras, el corazon responde con los lazos de hermandad haciendo avanzar. Ni fuego ni metal, ni amenazas del pasado ni ecos lejanos, frente a frente, en silencio primero, fiera su determinación, bajando entre nubes de nieve saltando por sus zancadas, la manada caía hacía las profundidades, prestas sus fauces y garras, latiendo la sangre al son de su avance. En la oscuridad, en la negrura bajo la montaña, un insulto, un desafio zafio, una burla, una afrenta y un daño. Entre acero, convicción y aullidos, la sangre fue derramada, el enemigo vencido. El bullir de un coro lobuno, alzando sus voces, juntas, frente a otras que buscaban su orgullo, su ser, su unidad con el todo. Los barrotes rotos, las cadenas abiertas, la mancha borrada y destruida. Triunfantes, cansados, magullados, alejados del peligro, se observaron y entonaron su coro de aullidos, aun no había acabado todo, había cargas llevadas desde hace tiempo, misterios nuevos, dudas y peligros. Y entre todo, una luz, unas patas que se unían a la manada, un gesto, un regalo, jamás unos ojos cerrados habían significado tanta entrega. El río crece, aun siendo muchas aguas juntas, no está dividido, comparte más, crece junto, alimentandose unos de otros. El camino sigue...

miércoles, 15 de mayo de 2013

Tambores de hojalata

Por Vanargand Lobogrís.

Cuando hablamos de un tambor todo el mundo piensa en una caja de resonancia; ¿y qué si el tambor carece de dicha circunstancia? En ocasiones, el batir de una espada sobre un escudo, el rugido del acero o el repiqueteo del aguacero en la arcilla dura del suelo pueden evocar, del mismo modo, un sonido de barrido con un tamborileo de fondo.

Los llamo tambores de hojalata porque su caja de percusión está hecha de chatarra; sus baquetas, varillas de acero tiempo ha oxidadas; sus capacidades musicales subordinadas a la veleidad de una antena con sombrilla donde las ondas sonoras silban. Con un quejido lastimero y un sollozo metálico, con la monotonía de todo lo que es mecánico, se suman al zumbido de las máquinas y al ruido impenetrable que provoca, al diferirse, la estática.

¿Y a qué toda esta perorata, os preguntaréis? Todo esto se debe, me temo, a que la pista del sur no es más que un perro de paja: tambores de hojalata, una réplica espuria y barata, modelada a imagen y a semejanza de Steinleif en una sucia mofa de la artesanía enana. Por supuesto, todo esto no es más que una metáfora: el tambor de hojalata es un remedo absurdo, un ser horrendo de mirada intermitente. Es un alma penitente, un proyecto abandonado; el recuerdo de un fracaso olvidado y de herrumbre infectado.

Será mejor que me centre en la narración de los hechos tal y como fueron acaeciendo; a medida que os lo relate iréis viendo que en nada mi disertación está exagerada. Debéis saber que me considero un hombre de mente abierta: sopeso todas las opciones antes de apostar por una como cierta. Temí desde el principio que los draga, la Alianza Fundida, en su búsqueda obcecada de una muerte suicida, hubieran pergeñado el bulo de Steinleif para sembrar el pánico entre los refugiados. Los hallazgos hasta la fecha me demuestran que en mis conjeturas no iba muy desencaminado: lo que provocaba tal estruendo no era más que un gólem creado para transmitir, desde otro lugar, el fragor inconfundible de un instrumento que no puede mentir.

Partimos con la esperanza de encontrar un tambor para descubrir, no sin cierta desazón, que nuestro rastro no era más que una grabación emitida a larga distancia. El gólem, como era predecible, por los aires ansiaba hacernos volar: selló las compuertas para explotar y así desparramar nuestros entresijos por toda la estancia. No obstante, resolvimos sus acertijos y logramos lo increíble: averiguamos su contraseña, su propósito, e impedimos la consumación de aquel despropósito tan indecible; me refiero, desde luego, y tengo en mente a nuestra muerte más que inminente.

Efectivamente, amigos míos: anulamos la secuencia que detonaba la cueva, salvamos nuestras vidas, desciframos un enigma y, en el proceso, revelamos otros tantos incluso de mayor peso. Sin embargo, a nadie le parecerá un exceso que me sienta un poco iracundo: este camino que hemos recorrido no nos ha sido en nada fecundo. Solo podemos suponer que en esta conjura hay varios agentes que se disputan a Steinleif con uñas y dientes, o bien a su reputación oscura.

Ya solo nos queda un sendero por andar: el que discurre por las Arboledas Taigan, donde todavía reinan la fauna feroz y la vegetación feraz, ahora calladas. Esta travesía despierta en mí viejos fantasmas; el escozor de una herida abierta, de una heredad derruida y desierta donde aún vagan con rumbo errante las almas de los que oyeron, hace diez años por primera vez en dos siglos, el retumbar en las colinas de un tamborileo galopante.

jueves, 9 de mayo de 2013

Los misterios de la Osa

Por Vanargand Lobogrís.

Nos hallamos, tras este lance, a las puertas de nuestro destino: con la leyenda de Ulfric por camino, y el tambor, Steinleif, por desenlace. A nadie sorprenderá a estas alturas de la aventura que nuestra mente debamos aclarar, buscando la dicha y la verdad, aunque la primera sea remota, en la profundidad del trance y bajo presión: el tiempo se nos agota.

La reverencia de la manada al Lobo siempre ha sido renombrada, pero situaciones inesperadas requieren medidas insospechadas: si es cierto que las fieras fallecen, que de fervor enloquecen ante la avalancha que en las cumbres se gesta; entonces, es nuestra misión y bandera, con la heredad de Hallvor como trinchera, hacer del rito nuestra manera para desenredar la trama artera; a los aludes me refiero, y a los osos que huyen en desbandada, devastando en su razia las tierras que a los norn nos han sido dotadas.

Humilde es el pago que nos piden los espíritus a cambio para entregarnos sus dones, siempre que nuestra fe no flaquee y que nuestro corazón se mantenga honesto. No es inaudito ni incierto que a la Osa rendimos tributo, aun siendo el Lobo astuto el animal de nuestro culto; y siendo tan osada la Osa, tan tenaz y poderosa, no era sino de esperar que reclamase, por su favor, un símbolo del pavor al que el donante se enfrentase.

El sobrino del chamán, nuestro hermano, pronunció las antiguas palabras de invocación: su canción se elevó sobre la tormenta y al cielo arrojó tal saeta que reverberaron los truenos de envidia y tosió la ventisca al sentirse hendida. Tal disparo místico ahondó en los bancales brumosos de la propia Niebla, y sobre las llamas de la lumbre, teñidas de polvo y de pavesas, alzose una forma horrorosa y grotesca…

Despidiendo hielo por la boca y fuego por la mirada, con un dolor lacerante en sus entrañas, me figuro que llegados a este punto a nadie asombra saber que la invitada extraña no era otra que… ¡la Osa! Así es, amigos míos, una gran madre parda, de respiración agonizante y de marcha pesada y calma. Se acercó a los rescoldos de la hoguera, que el soplido de los espíritus ya había apagado; se puso en pie y rugió a su audiencia, altanera: su mensaje a todos debía ser comunicado.

Cavó con la zarpa en la pila cenicienta, y escarbó con ella hasta que un agujero se hubo formado: ¿de topos madriguera, o acaso una ruina antigua enterrada en la piedra? Persistió en su mímica y pronto lo vimos claro, como el cristal azulado de un témpano helado: una montaña gris, de hollín y de nieve salpicada, en cuyos entresijos aguarda el secreto del batir de Steinleif. Ahora bien, ¿cuál de entre todas ellas es la indicada?

De las Picoescalofriantes por todos es bien sabido que en ellas abundan los norn aguerridos y las bestias mitológicas. En ellas, tan numerosas son las crestas vertiginosas como lo son las predicciones escatológicas. Por tanto, ¿dónde empezar a buscar? ¿Al sur, en los Acantilados Ensombrecidos, donde el murmullo de un zumbido transporta las notas de un tambor herido? ¿O al oeste, en las Arboledas Taigan, donde el silencio es atronador y habla con tanta elocuencia como un rugido ensordecedor?

Con las ofrendas cobradas y el misterio expuesto, es la hora de arrojarse a un sino funesto.

lunes, 29 de abril de 2013

Steinleif, el Tambor del Cazatormentas

Recopilado y escrito por Vanargand Lobogrís.

De Ulfric Cazatormentas muchas historias pueden ser relatadas, mas antes de desaparecer misteriosamente en una nevada no era sino un escaldo itinerante. Lo llamaban «cazatormentas» porque era un norn ambulante, que siempre aparecía cuando el tiempo empeoraba y los cielos se escurecían. Y al calor de la hoguera de las heredades donde era acogido, contaba las narraciones que en sus viajes había recogido.

Contaba historias de Jora y de Svanir, los dos frutos del mismo vientre, a quienes el Dragón tuvo malditos, enfrentados con uñas y dientes en una pugna por recobrar el favor bendito; de Olaf Olafson y su parentela, en abundante número, de generoso corazón y de flamante estela; de Tyr el Escaldo, un iluminado cuyas canciones a día de hoy aún se siguen entonando…

Muchos más eran los héroes que protagonizaban sus cuentos; si bien mientras relataba, yacía dentro de él un ansia insatisfecha que agonizaba. Otrora esta ansia por nadie debía ser oída, pero ahora yo os la doy servida cual jarra de hidromiel que ahoga las penas: Ulfric era un entusiasta, pero para la caza no había sido dotado; era torpe con el arco, algunos dirían que manco aun sin estar amputado; pisaba sobre la nieve como un dolyak en celo, y a todas las fieras a la redonda alertaba; tan inepto era esgrimiendo el arma, que habíanse visto sonajeros de niños más peligrosos que su espada.

No obstante, y pese a estas desgracias, Ulfric tenía una virtud por la que podía gritar ¡albricias!: su optimismo alentador y el jolgorio de sus canciones confortaban a aquellos a su alrededor. Valiéndose tan solo de ese don, aunó a un grupo de seguidores bajo su ala: no eran guerreros de las estepas, corría más baja su ralea, y, sin embargo, su sangre bullía caliente como el metal de la fragua candente. Todos ellos comprendían el desasosiego que su gente sufría, aunque lo escondían bajo rostros de indiferencia; fue así que Ulfric los animaría para que marcasen la diferencia.

Los amigos de Ulfric, todos lo sabréis, eran los artesanos, mercaderes y otros hombres de a pie a quienes en ninguna Gran Cacería veréis. Quizá no fueran tan poderosos como osos, y probablemente los cazadores más suntuosos los hubieran repudiado; tenían, sin embargo, otra facultad que los hacía bien apreciados: la gracia del Lobo, la unión de la manada. Así es, amigos míos, pues ya adivináis el cariz que adopta mi relato: todo esto desemboca en la firma de un pacto, el desvanecimiento de Ulfric, y el surgimiento de un héroe cuyo pellejo de lobo va tintado del color de los cairns rocosos.

Ulfric no se perdió ni murió a razón de una cellisca; su sino fue asaz peor que los vientos cortantes de mil ventiscas. Ulfric Cazatormentas fue el fundador de la Manada Lobo Invernal, y al poco tiempo, su discurso inspirador hizo que se ganara, de su hermandad, su afecto inmortal; tan majestuoso era su porte, tan convincente su arenga, que no es de extrañar que su flojera a nadie le importe, ¡y es que con semejante cohorte no te arredras ante ningún enemigo que venga!

Todo esto nos enseña que los más nobles pueden tener una cuna humilde, y que el coraje se encuentra no en el filo de un arma punzante sino en el alma de quien la blande. El «jefe lobo», Ulfric, trabó amistades él solo tan férreas como los cimientos de la tierra: bien se cuenta en los manuscritos olvidados que Ulfric por su alianza con los enanos fue obsequiado; conoció, además, a otros valientes, y todos lo premiaron de forma equivalente. Él, con su modesto tambor y con su voz, recitó la canción y el destino que nos ha sido legado; aquel por el cual hoy los descendientes del Lobo Invernal nos cruzamos en este camino.

Mas ya es hora de que os hable de Steinleif, el tambor de Ulfric, que titula esta historia y cuyo nombre en Hoelbrak es bien sonado, no así como el de aquel que golpeaba su caja (confío en que su nombre no os sorprenda: ¡era Ulfric Cazatormentas!). Steinleif es, en el idioma de los antepasados, la «herencia de la piedra», aunque la piel que adornaba su contorno era blanda y suave como la miel (o así, al menos, por los ribetes dorados que engalanaban sus bordados); un tambor pequeño, ornado, no tan propio de la orfebrería norn como sí de la de un enano.

¿Y cómo un enano fabricó dicho instrumento? ¡Yo creía que en sus obras se veía reflejado de la batalla el sentimiento! No obstante, las piezas del puzle encajan, amigos míos, si tenemos en cuenta que el tambor no era para el deleite de su artífice, sino más bien un presente con un claro mensaje de arúspice: un símbolo de amistad y de gratitud entre dos hermanos, uno norn, el otro enano, quienes en un tiempo lucharon lado a lado por capricho del albur. ¿Sabéis ya de quién os hablo o hace falta que me repita? Que a Ulfric me remita no dejará a nadie consternado.

Los pormenores de dicho enlace a mis oídos son esquivos, y también a mis ojos, por descontado; ¡ojalá supiera cómo ganó Ulfric su tambor, Steinleif, y qué dio a cambio! Sin embargo, por mor de la honestidad, os cuento esta historia tal y como la sé, con sus agujeros, sin hacer de ella un ejercicio para mi imaginación. No obstante, y ahora que caigo, me he saltado un detalle importante: ¿por qué Steinleif es memorable? ¿Por qué es recordado?

Steinleif era un tambor como ningún otro que jamás haya sido creado: en su interior rezaban runas de poder inscritas por los enanos (en palabras más llanas: sí, estaba encantado). Y aun pecando de pedestre y de fatuo, os diré que tal estruendo como el que profería nunca había sido hasta la fecha escuchado: ¡los golpes del tambor despertaban gigantes dormidos! ¡Hacían estremecer las fundaciones de las montañas y el nacimiento de los ríos! Cuando Ulfric lo tocaba, sonaba un aterrador chasquido; entonces se veía que el suelo a sus pies se había hundido.

Fisuras, grietas y hendiduras, ese era el poder que le fue impreso en su factura: el don de la piedra, y aquel que dominase la música así dirigiría el cincel que esculpe las sierras. ¿Y qué uso recibió Steinleif, el crujidor de paredes pedregosas? ¿Cuál creéis? Con un baqueteo, ocultaba las huellas en la nieve y borraba el rastro de la manada; con una melodía, causaba un desprendimiento, o un alud, y hacía rodar por el talud de una cresta a aquel que allí se hallara. Era útil, en definitiva, y sirvió bien a la causa acometida; no obstante, por saber nos queda cómo cayó en el olvido como se olvida el hielo cuando pasa a ser agua en la primavera.

De esto mis fuentes son más escasas: se dice que algo ocurrió un día en la morada de Ulfric, que el tambor fue por accidente tañido; con un estallido, las vigas se desquebrajaron y bajo sus cimientos enterraron a los que bajo aquel techo se guarecían. ¿Cómo pudo el virtuoso Ulfric provocar semejante derrumbamiento? Lo ignoro. ¿Acaso perdió el sentido del ritmo? ¿Estaba ebrio y falló al arrancarle una dulce nota a Steinleif?

A día de hoy se vuelve a escuchar un redoble de tambores en el norte, en Colinas del Caminante. ¿Será Steinleif, que tras años sepultado en un nicho ruinoso ha vuelto a su hábito ruidoso bajo la palma de un nuevo músico? Y aquí es donde la leyenda, amigos míos, se transforma en realidad: en la promesa de una excitante búsqueda y en el honor indudable que comporta desentrañar, de un mito, la verdad.