sábado, 17 de agosto de 2013

La lección de la manada

Esta historia habla del lance de una manada que atravesó los valles y los páramos helados de las Colinas del Caminante para llegar a una tierra de promisión.

Cuando la comida empezó a escasear y la manada sintió el hambre agujereando sus estómagos, su líder, el alfa, notó que era el momento de dejar atrás el viejo cubil.

De este modo, reunió a los hijos de sus camadas anteriores, a aquellos lobos solitarios que se habían agregado a su grupo, a su hembra y a sus betas, y emprendió con ellos la marcha en dirección adonde había visto dirigirse al clan de los venados: rumbo al sur.

Tuvieron que atravesar tormentas de nieve terroríficas y aludes; se enfrentaron al frío de la intemperie y al hambre. Y cuando por fin hubieron cubierto muchas millas de distancia, se toparon con un bosque de aspecto decrépito y horrible.

Los árboles estaban muertos y alzaban sus extremidades hacia las estrellas en poses retorcidas y malignas. Nada podía verse a través de esa maraña de ramas escuálidas y no se oía otra cosa salvo el canto ocasional de algún búho.

Cuando llegaron a la entrada de la espesura, un ser alado los sorprendió.

—¡Dad media vuelta, lobos! —graznó un cuervo desde lo alto de una rama—. ¡Dad media vuelta y regresad por vuestro camino! Si seguís adelante, tendréis que escoger uno de dos sentidos; si os equivocáis, perdido estará vuestro destino.

El alfa ladró y el cuervo batió las alas con sorna.

—¡Tú conoces los dos senderos, cuervo! —le aulló—. Dinos cuál de ellos es el correcto y así nos evitarás el sufrimiento. ¡Llevamos con nosotros cachorros de apenas un año de edad!

Pero el cuervo lo miró con sus ojos como piedras de ónice y negó con la cabeza.

—Gané mi sabiduría al ser capaz de elevarme por encima de las cabezas de lobos y de los ciervos por igual —replicó—. Si queréis cruzar este bosque, tendréis que demostrar una sabiduría par.

El alfa comprendió entonces que el cuervo no les daría una mísera pista. Bufó y se volvió hacia su manada. Juntos diseñaron un plan: él y dos lobos más tomarían una bifurcación; otros tres lobos caminarían por la otra. Al cabo de unas horas volverían con el resto para informar de los peligros y entonces decidirían cómo proceder.

Y así pasaron diez horas y el alfa y su avanzadilla regresaron sin ningún percance. Esperaron tres, cuatro y hasta seis horas más, pero no recibieron noticias de los demás. Al alfa, apenado, no le quedaba otro remedio que partir.

—El sendero de la izquierda es el correcto —gruñó al cuervo.

—¿Cómo lo has adivinado? ¡Vosotros, los lobos, no podéis acceder al conocimiento de los cielos!

—No, pero poseemos la sabiduría de la tierra y la astucia de la manada.

El cuervo entendió rápido lo que había pasado. Irritado, pero también asombrado, agachó el cuello en señal de reverencia y se alejó volando como alma que lleva el viento.

La manada prosiguió con su marcha a través de la floresta de árboles podridos. No tardó demasiado en advertir la presencia de otra criatura; un ser sibilino y cauteloso que los observaba desde los matorrales.

—Sal de ahí, predador, seas quien seas —rugió el alfa—. Hoy no nos vas a cenar a ninguno de nosotros.

—Soy la sombra en la nieve; soy la zarpa en la oscuridad. Soy la cazadora que salta entre los árboles. Soy fuerte, ágil y letal —dijo—. Ninguno de vosotros podéis derrotarme. Habéis entrado en mis dominios y ahora vais a morir.

Empero la manada no se amedrentó. Con el alfa en cabeza y el beta en la cola, retomaron su travesía, vigilantes de la criatura que los acechaba; en medio desfilaban los cachorros, protegidos por sus mayores.

De repente, un grito hendió la atmósfera; en un relámpago blanco, el cazador misterioso, había derribado a uno de los suyos. Pero tan pronto como sus zarpas se posaron en su yugular, tres lobos se arrojaron encima de él y lo sujetaron por el gaznate.

Era un felino de piel nívea y moteada. Miraba con ojos entornados a sus agresores.

—Eres una bestia taimada y mortífera, pero estás sola y tu poder no puede compararse al nuestro —le espetó el alfa—. Podríamos destriparte aquí y ahora, pero la existencia a la que estás condenada es mucho peor.

Los lobos la liberaron del estrangulamiento y la pantera de las nieves se puso en pie de un brinco. Su mirada destilaba furia, así como un respeto que nacía del miedo. No tardó en internarse en la foresta y en desaparecer fundiéndose con la penumbra.

La pantera de las nieves no volvió a mostrarse en los días venideros. Se había llevado un escarmiento.

Al cabo de una semana, la selva moribunda dio paso a una hondonada fértil donde la hierba se ensanchaba como un tapiz a lo largo de la tierra. A lo lejos se veía el movimiento de otros animales y el bullicio que armaban los ciervos al balar.

Durante horas, los lobos se deleitaron con el olor de los árboles, con el aroma de las flores que salpicaban el suelo y con la esencia de los animales que habitaban en aquellas latitudes. Y no tardaron en descubrir las pisadas de los ciervos.

Sin embargo, había alguien que había reparado en su llegada. Una fiera descomunal se aproximó a ellos haciendo temblar la tierra: su pelambre era negra, sus ojos vacíos y su morro estaba partido a causa de una herida.

La osa llegó al calvero donde se agrupaba la manada y bramó en tono intimidatorio:

—¡Lobos, habéis llegado a mis terrenos! ¡Dad la vuelta! No habrá hospitalidad para vosotros aquí.

—Venimos de muy lejos, osa —explicó el alfa, tratando de eludir un enfrentamiento—. Tenemos cachorros a los que alimentar, igual que tú. Aquí la comida es abundante y hay caza de sobra para todos.

—No voy a poner en peligro a mis crías, lobos —respondió ella—. Yo soy la más fuerte y me obedeceréis, o tendré que mataros.

El alfa sabía que probablemente la manada podría vencer a la osa atacándola al unísono. No obstante, no quería arriesgar las vidas de los suyos, así que diseñó una artimaña y rezó para que tuviera éxito.

—Entonces, te propongo un desafío, madre osa: midámonos en una cacería. Aquel que abata a más ciervos se quedará con estas tierras.
 
La osa lo meditó por unos segundos y luego aceptó.

Los lobos y la osa tomaron direcciones distintas y comenzaron a seguir el rastro de los venados, que habían arribado hacía poco a la región. La osa tomó la vía más directa y se encaró con el grupo de herbívoros frontalmente, lista para acabar con sus vidas.

Empero lo que la osa no sabía es que había llegado la temporada de celo para los ciervos, y es que los machos ciervos, de grandes y afiladas astas, se tornan muy agresivos y están dispuestos a defender a su rebaño hasta las últimas consecuencias.

Al hacerles frente ella sola, la osa quedó gravemente herida por una cornada.

Los lobos la encontraron por la noche, de vuelta a sus hogares. Para ellos la cacería había sido fructífera, pues no se habían anticipado y habían actuado en equipo. Llevaban los buches llenos de carne para las crías.

—Habéis ganado, lobos —admitió ella con un suspiro pesado—. Estas tierras son vuestras. Sois mucho más poderosos que yo.

Pero entonces, el alfa regurgitó la carne que había engullido y la dejó junto al morro de la osa. Otro de los lobos hizo lo mismo. Y durante días, la manada se dedicó a nutrirla a ella y a sus oseznos; así hasta que la madre osa se recuperó del todo.

—¿Por qué lo habéis hecho? —preguntó la osa—. Podríais haber controlado toda la caza. Habríais sido los señores del valle y nunca os habría faltado el alimento.

Los lobos sostuvieron en ella la mirada un largo tiempo. Entonces, su alfa se adelantó.

—Todo este viaje, la razón por la que vinimos desde el norte, se debe a los más débiles de nuestra manada —le dijo—. Sabemos lo que es tener una familia de la que cuidar.

Moraleja:

Aunque haya peligros que deban ser sorteados mediante la sabiduría, el sigilo o el coraje, necesitamos a nuestra manada, a las personas que nos rodean, porque ellas suplen nuestras carencias.

Esa es la lección de la manada.

domingo, 11 de agosto de 2013

El hijo del glaciar

Hace muchos años al sur de las Picoescalofriantes nació un chiquillo: tenía la piel pálida, las extremidades temblorosas y no dejaba de toser. A menudo tenía fiebres y sufría cólicos, y a pesar de estar envuelto en una mortaja de pieles, ni siquiera eso conseguía alejar las convulsiones de su frágil cuerpecillo.

Sus padres, preocupados, viajaron a Hoelbrak para consultar a los chamanes por el futuro incierto de su hijo. Y preguntaron en el Albergue del Lobo, en el de la Osa y en el de la Pantera de las Nieves; en todos ellos, la réplica fue la misma: los chamanes se apiadaban, pero solo podían concederle sus bendiciones al neonato.

No obstante, la respuesta que les dio el chamán del Cuervo fue distinta. Les dijo:

—Al norte, en las montañas, existe un valle perdido que no ha sido hollado por pies mortales en más de cien años. Id allí y los espíritus pondrán a prueba vuestra determinación; si tenéis éxito, ellos curarán a vuestro vástago.

Al saber que se trataba de una escalada peligrosa, y su madre había dado a luz hacía poco, fue el padre quien tomó la iniciativa y decidió llevar a cabo en solitario la travesía. Se despidió de su mujer y de su heredero y guardó en su petate los útiles de escalada para subir con ellos las pendientes resbaladizas de las Picoescalofriantes.

Trepó durante días y pasó hambre, frío y sed. Se vio obligado a descongelar el hielo partiéndolo en trocitos con su hacha. Agotó las raciones secas que había almacenado y entonces tuvo que contentarse con comer roedores e insectos.

Al fin, cuando llegó al valle prometido, estaba físicamente exhausto, pero espiritualmente pletórico. Las colinas formaban ante él un relieve hermoso: el verde valle acogía los santuarios monumentales de los cuatro grandes espíritus de la naturaleza, abandonados allí por los pioneros fundadores de Hoelbrak.

Feliz, bajó la escarpa que lo separaba del primer altar, el del Cuervo, y se decidió a rogarle a él por el bienestar de su heredero. Se agachó frente al busto descomunal de madera que era la efigie del Cuervo y le oró.

—¡Oh, Cuervo! —lo llamó con voz firme—. ¡Tú que surcas los cielos y que sabes las verdades escritas en el viento y en la Niebla! Por favor, ¡dime cómo puedo sanar a mi hijo! ¡Te lo ruego! ¡Ayúdame!

Un cuervo se plantó en la representación del tótem y graznó para contestarle.

—Lo siento, pero el mal que afecta a tu hijo está más allá de mis conocimientos. No puedo hacer nada, salvo aconsejarte que seas sabio y que vuelvas a casa para despedirte de él antes de que sea tarde.

Pero su padre no se rindió. Dejó el santuario a toda prisa, molesto, y se dirigió con presteza al de la Pantera de las Nieves. Allí se postró y rezó con voz suplicante:

—¡Pantera de las Nieves, te imploro que tengas piedad! —la invocó—. Tú que acechas en las sombras, que ríes y que lloras, dame una solución para la dolencia que aflige a mi hijo.

Durante unos segundos no se oyó voz alguna. Al cabo de unos minutos, una silueta gatuna salió de la espesura y se acercó al norn enseñándole los dientes.

—Podría ayudarte a consumar tu venganza contra la Osa o contra el Lobo por haberle entregado a tu familia un heredero enfermo, pero no puedo curarlo —se negó—. Ahora, márchate de aquí.

El norn estuvo tentado de ensartar con su lanza a la pantera de las nieves por la mitad, pero se contuvo y dejó su hogar intacto. Se fue por donde había llegado y se encaminó al santuario del espíritu que era el patrón de las familias y de los desvalidos: el Lobo.

Se arrodilló en hinojos hasta que su cabeza rozó el suelo y entonces hizo su petición:

—¡Lobo, por favor, alivia mi pesar! Mi hijo está enfermo y morirá dentro de poco. ¡Dime cómo puedo salvarlo, tú que cuidas de los tuyos y que proteges a tus camadas!

El lobo no tardó en aparecer. Se aproximó al norn y le lamió la mejilla con afecto.

—Lo siento, pero no conozco un remedio que pueda ayudar a tu hijo —le dijo con una voz cargada de lástima—. Solo puedo darte ánimos y hacerte una advertencia para el futuro: si sigues por este camino, este viaje te costará la vida.

El norn, enrojecido por el llanto pero agradecido por las palabras gentiles del lobo, le acarició la testa y se puso en pie. Sabía adónde debía dirigirse. Ya solo quedaba un santuario y con él un espíritu al que suplicar.

Una enorme madre oso lo esperaba sentada frente al último de los tótems del valle.

—Te he estado esperando desde el momento en el que pusiste un pie en este valle —le confesó la osa—. Conozco la forma mediante la que puedes salvar a tu hijo, pero conlleva un gran sacrificio. Deberás trepar a la cima más alta que corona este valle y gritar allí tu nombre: eso despertará la magia antigua del lugar y hará que un poderoso hechizo restaure la salud de tu prole.

El norn no lo dudó un instante. Armado tan solo de su coraje y de sus instrumentos de escalada, emprendió el ascenso hacia el picacho más empinado del lugar. Y trepó durante quince días y quince noches sin parar.

En la subida a la cima, sufrió un frío atroz y un hambre horrible. En cierto momento empezó a comerse el cuero de las mudas de ropa que llevaba consigo, pues no encontró otra cosa que echarse a la boca.

Y mientras tanto, en Hoelbrak, su esposa y el chamán del Cuervo rezaban por su retorno. Pues pasaban los días y las semanas, y él no regresaba.

Por fortuna, un día el pequeño comenzó a respirar mejor y se libró de la fiebre. Recobró el apetito y el color rosado de la piel. El chamán también notó la mejoría y, extrañado, decidió consultar a las divinidades.

Salió al exterior del Albergue del Cuervo y dirigió una plegaria a los cuatro espíritus de la naturaleza. El viento del norte, gélido e intenso, llevaba consigo el eco de una voz: «Jokull», le susurró.

Y el chamán supo de inmediato lo que había ocurrido. Jokull había muerto congelado.

—Tu esposo está allí —Señaló a la cumbre más alta de entre las montañas que envolvían el norte de Hoelbrak—. Ha ofrecido su vida para que vuestro retoño pueda vivir.
 
La mujer lloró de alegría y de pena al mismo tiempo. Su hijo crecería fuerte, duro y frío. Como un glaciar.

Moraleja:

Solo el amor más firme y duradero es capaz de llevar a cabo el mayor de los sacrificios.

viernes, 2 de agosto de 2013

Cuarto informe: Un Sueño sin Sueños

Día 57 de la estación del Céfiro del año 1326.

Estos últimos días me he dedicado infructuosamente a inspeccionar las extensiones del Pantano de Wychmire, desde Falias Thorpe hasta X, el asentamiento de la Guardia del León. No hay una sola pista que revele el paradero del Fantasma de Wychmire; en cambio, sí que ha dejado evidencias, y muy abundantes, tras de sí: cuerpos, de cortesanos en esta ocasión.

Estaban tendidos en el suelo como si durmiesen; el rencor y la añoranza que deforman sus expresiones habían desaparecido. Daban pena, sí, y también terror. Pese a esto, no cometeré el error de pensar que el Fantasma de Wychmire es un aliado, como todos promulgan. El Fantasma de Wychmire es un asesino que aún no ha descubierto su vocación en la Corte de la Pesadilla. Tal vez se trate de un usurpador del trono de espinas.

Enfilé al sur y crucé el Mercado de Mabon en ruta a la Isla del Llanto. Lo cierto es que los inaudibles me intranquilizan, tanto o más que los cortesanos de las Pesadillas. A estos últimos los ves llegar y sabes que te profesan un odio indecible, pero nunca sabes qué esperar de un inaudible. Sin embargo, estaba obligada a recurrir a ellos.

Me recibieron con más hospitalidad de la que me esperaba. Pensé que serían fríos como una piedra, pero en realidad se parecen más de lo que creía a nosotros, los Soñadores. Tras hacer algunas preguntas, una de ellos se ofreció gentilmente a responder mis dudas. Dijo que había pasado un pimpollo por allí armando un escándalo considerable y al minuto supe que era él: el superviviente de la Siega.

La inaudible tenía por nombre Dallan. Perdió la capacidad de la vista en un encuentro desafortunado con la Corte de la Pesadilla y desde entonces se había sometido a un riguroso entrenamiento para no caer en sus garras. Afirmaba haber sufrido pesadillas con regularidad; dijo que no encajaba en ningún lugar hasta que encontró su hueco entre los inaudibles. Ellos la cuidaron y la enseñaron a mantener a rajatabla ese dolor. A no sucumbir a él.

Lo cierto es que su testimonio me emocionó: no me esperaba tamaño sacrificio por parte de un inaudible. Pensaba que no eran más que cobardes que querían escapar de la Pesadilla por la vía rápida: alejándose de todos y renunciando a su vínculo con el Sueño y con la Madre Árbol. Quizá, después de todo, me equivocase con ellos.

Dallan acogió bajo su tutela al pimpollo. Nunca le dijo su nombre, pero a ella tampoco le hacía falta. Lo llamó Faelan, pequeño lobo, como su primera mascota, un precioso sabueso sylvano que falleció durante su encontronazo con los cortesanos. Decía que le recordaba a él: inquieto, caprichoso, pero sorprendentemente listo y sensible. Lo instruyó durante unas semanas hasta que una noche, tras una explosión de ira particularmente fuerte, Faelan desapareció sin dejar rastro.

Me llevó a sus aposentos y me mostró algo: un fetiche, pensé yo; un artefacto con el que se aseguraba de que su pupilo no se veía abrumado por la Pesadilla. Aseguró que era un atrapasueños, que era una obra de artificiería y que su función consistía en capturar las pesadillas para que no afectasen a los sylvari durmientes. Pero además, el atrapasueños tenía un secreto: bajo un cierto conjuro que no me enseñó, uno podía experimentar las mismas sensaciones que la persona que había tenido el sueño. En otras palabras: podía guardar un sueño para que luego otros pudieran observarlo.

La interrogué a fondo sobre Faelan, empero me contestó con evasivas. No pudo verlo, obviamente, ya que estaba ciega, y el resto del poblado tampoco se acuerda de él; era reservado y apenas se relacionaba con nadie que no fuera Dallan.

En lugar de seguir respondiendo a mi interrogatorio, Dallan me animó a que probase algo. Me pidió que me tumbase y me garantizó que estaría bien. Iba a brindarme una visión, una perspectiva única sobre el Fantasma de Wychmire: la visión de sus sueños. Eso me dejó patidifusa, ya que el superviviente que encontramos fue hallado en un Sueño sin Sueños; no obstante, Dallan me juró que lo comprendería todo después del ritual.

Lo prometió y aún la maldigo por ello. A pesar de todo, he adjuntado a este informe el resumen de la que fue mi experiencia. Esa bruja inaudible no me tradujo el significado de lo que presencié en el sueño, pero algún día confío en que llegaré a entenderlo todo.

Nota al pie: Al escribir varias horas después lo ocurrido aún estaba algo afectada por las drogas que me proporcionó esa mujer. Si parece que deliro en algunos renglones es justificable. Más tarde aprendí que algunos inaudibles jóvenes toman analgésicos para atenuar su percepción empática, pero no creí que yo correría esa misma suerte.

«Todavía no puedo creerlo.

Fue como volver a mi Sueño de Sueños: esa sensación de inmersión y de envoltura, suave y cálida, que sientes cuando te consume el trance más profundo y el Sueño te llama. Todo empezó así: las paredes verdes de la habitación se ensombrecieron y todo a mi alrededor parecía girar, mientras yo me precipitaba como una gota de rocío que se escurre por una hoja hasta rozar la superficie de un estanque. Cuando puse el pie en aquel lecho de césped, mullido, esponjoso y fragante, pensé que aquel hechizo era un milagro.

Abrí los párpados y lo vi todo, pero no como quien ve las cosas desde unos ojos vacíos que han perdido la capacidad para asombrarse; lo vi todo como era en realidad. Los inmensos ekku se bamboleaban al son del viento con vida propia y me saludaban con sus ramas; las briznas de hierba bajo mi peso se doblaban y chillaban canciones de alegría estival; el sol despedía un reflejo tan cegador y optimista que no podía mantener en él quieta la mirada; y las nubes, oh, las nubes, parecían carruseles de fantasía: adoptaban siluetas extrañas y jugaban a perseguirse en la bóveda celeste como dos pimpollos recién nacidos.

Lo primero que sentí fue incredulidad. Una persona tan macabra como el Fantasma de Wychmire no podía albergar dentro de sí tanta belleza, tanta fastuosidad. Pero ¿y si me había confundido con él? ¿Y si era la víctima y no el verdugo? Al menos sospechaba que había sobrevivido y que estaba siguiendo sus pasos en la dirección correcta.

Quise caminar, pero no podía moverme. Posiblemente aquella fuera una de las limitaciones de la magia del atrapasueños: estaba vinculada a un cuerpo que… no era mío del todo. Me miré las manos y no iba armada con mis guanteletes, sino que las tenía desnudas. Yo, Caileen, no era la protagonista de aquel sueño; era Faelan. Me había convertido en él. ¿Hasta dónde llegaba el alcance de nuestro vínculo? ¿Podría sentir lo que él sintió?

La réplica no se hizo esperar: empezamos a correr como alma que lleva la Pesadilla hacia la selva que se extendía frente a nosotros. Había urgencia en mis movimientos; jadeaba por el esfuerzo mientras procuraba poner pies en polvorosa por todos los medios posibles. Las sensaciones que me llegaban de Faelan eran vagas, pero sabía lo suficiente sobre los sylvari como para suponer que Faelan estaba huyendo de algo…

Me giré y lo vi detrás de ti: el cielo algodonado y pintado de azul celeste se había escurecido; una mancha persistente de sangre comenzaba a empaparlo desde lo más alto de la cúpula hasta lo más bajo. En el horizonte, el sol rojizo se había puesto. Se había transformado en un monumento lánguido que en lugar de transmitir calor y luz tan solo despedía frialdad.

Entonces me fijé en el suelo: la hierba que me había jaleado con alborozo anteriormente ahora gritaba. Gritaba de pena, de rabia y de tormento. La sentí vibrar y me estremecí. Poco a poco, la tierra iba muriendo a mis espaldas: las briznas daban paso a espinas retorcidas y raquíticas y el humus fértil y negro cobraba una tonalidad grisácea y enfermiza.

Polvo. Caminaba sobre polvo y el viento aullaba, arrojándome su beso ceniciento a la cara.

Sin ser consciente de ello me había internado en un bosque. La atmósfera estaba taponada por las ramas descomunales de los ekku, más grandes y más ominosos que antes. Ahora sus extremidades no bailaban obedeciendo al compás del aire, sino que se alabeaban y se encrespaban como las garras de un predador; me impedían ver los últimos rayos del sol moribundo que bañaban la tierra. Me privaban de luz y me dejaban sola. Sola y abandonada.

No recuerdo cuándo tiempo deambulé en aquella negrura, tan solo perseguida por los crujidos resecos de la madera y por el soplido helado del cierzo. Temblé, pero no había nadie para abrigarme. Temí, pero nadie podía consolarme. Solo me quedaba un camino: a lo lejos se advertía claridad, un halo de luminosidad muy tenue pero lo bastante fuerte.

Era un calvero acariciado por el resplandor de la luna en medio de la penumbra. Lo percibía con más detalle cuanto más me acercaba, hasta que llegó un momento en el que no pude reprimir mi ilusión y corrí apremiado, temiendo que aquel festival no fuera nada sino un espejismo; un fuego fatuo.

Pero era de verdad. Llegué al calvero y dejé que el fulgor de la luna calentase mis brazos y mi alma. Por poco lloro de la alegría; estoy segura de que lo habría hecho de no ser por lo que vi a continuación. Había alguien más en aquel jardín; alguien o algo más. Era un tallo verde, tímido y efímero, que se enroscaba al crecer para absorber la luz solar. Lo vi y me reí, y aquel sonido, aun sin ser mío del todo, se me antojó la canción más bella que había oído jamás.

Me arrodillé a los pies de aquel brote y compartí mis carcajadas con él. Él me los devolvió; o tal vez debería decir ella, porque su risita era musical como la voz de una mujer. La flor eclosionó y me enseñó sus pétalos y su pistilo; era de un intenso color lavanda y profería un aroma dulzón y embriagador que se adueñó instantáneamente de mis sentidos. No pude controlarme y la abracé; me encaramé a ella y me aferré desesperado, como si fuera la única onza de bondad que había visto en toda mi vida. Pero entonces algo cambió.

La brisa dejó de ulular y el césped que cubría el vergel dejó de ondular. Todo se quedó congelado, inmóvil y tieso; las voces de la naturaleza enmudecieron. Yo aún reía, pensando que aquella tensión no era más que una pausa en la melodía interminable del bosque, pero noté algo inusual: la flor de lavanda ya no se solazaba conmigo. Abrí los ojos y entonces la vi llorar.

Fue desgarrador. Me aparté de ella, compungida; recuerdo que me sentía culpable. La flor sollozaba con un timbre tan sutil como el aleteo de una mariposa. No comprendo muy bien qué pasó después de eso: yo me tiré al suelo, embargado por el pesar, y supliqué, pero la flor seguía llorando. Y con cada lágrima de rocío que descendía por sus pétalos, una parte de ella se marchitaba. Al final, su pena fue tan honda que la consumió entera, dejando tan solo su cáliz decrépito como testimonio de lo que una vez fue la visión más hermosa de mi vida.

Enloquecí. Me oí chillar. Eran alaridos de impotencia, alaridos de terror y de furia. Me di la vuelta y busqué una escapatoria, pero el jardín se había evaporado. Estaba de nuevo en el bosque, sola a excepción de los cientos de ekku que me contemplaban con indignación desde sus troncos. Tenían rostros terribles tallados en su corteza, con muecas de desdén, de repulsión y de reprobación; y sus ojos, aquellos agujeros vacuos y podridos, se clavaban fijamente en mí. Me miraban pacientes. Me juzgaban.

No sé qué pasó a continuación. Algo horrible y verdoso surgió como cuchillas de la punta de mis dedos: los ekku se descompusieron y se desplomaron en una cadencia de estrepitosos golpes secos, desatando en mi interior un vacío desolador. Y cuando ya no había nada más, entonces me topé con él. Lo conocía, pero no sabía de qué. Lo había sentido antes, había reparado en él de soslayo. Siempre había estado ahí.

Dirigió su mano hacia mí y de repente comencé a sentirme muy débil y fatigada. No sonreía. No había cólera ni abatimiento en su mirada. Y en cambio, el sopor ganaba en su lucha contra mí por momentos.

Me postré derrengada, en hinojos, y poco tardé en caer planchada a la tierra inerte. No estaba muerta, pero no soñaba. Estaba viva, pero no podía moverme. Era un Sueño sin Sueños. Lo oía, lo sentía y lo olía: llevaba consigo el hedor inconfundible de la putrefacción. Estaba junto a mí; lo sentía respirar…
 
Cuando abrí los ojos estaba de vuelta en la Isla del Llanto. Me incorporé y llamé a Dallan, pero no estaba por ninguna parte. Nunca me he sentido más sola y perdida en toda mi vida como en aquel preciso instante.»

martes, 30 de julio de 2013

¡Una canción y MUCHAS cervezas!

Una heredad norn es siempre un lugar bullicioso. Aquella en concreto no era diferente en absoluto a las demás: en el centro del salón había un acogedor fuego chisporroteando y, apiñados a su alrededor, un montón de cazadores que se calentaban las manos bajo gruesos pellejos de animales.

En otro lugar, sentados en las mesas, había quienes jugaban a los huesos y apostaban grandes sumas de dinero; a veces se oían carcajadas, que eran un sonoro indicativo de que alguien había tenido buena suerte; más a menudo aún sonaban gritos de enfado y se montaban reyertas.

Pero esta vez nadie se atrevía a alzar la voz. Todos, los que estaban junto al hogar y los que bebían en las mesas, guardaban silencio y escuchaban a aquel que hablaba sobre la alfombra de piel de oso en el corazón de la estancia: era un escaldo y sus palabras con frecuencia transmitían las hazañas de los héroes de la antigüedad, la voluntad de los antepasados y las moralejas enseñadas por los espíritus.

Esa ocasión no era distinta a las demás, así que en la heredad se había instalado un silencio reverente, una mudez intensa que iba seguida por el refulgir de las pupilas negras y atentas de los que oían al relato. Solo ocasionalmente las brasas ensordecían al escaldo; los espetones de carne no giraban y tampoco chocaban jarras contra la mesa.

—… Y así fue como derrotamos al draugr de Ulfric. Porque no hay modo alguno de vencer a un espectro con un hacha; tus armas tienen que nacer de la voluntad y del coraje…

El escaldo pisoteó el suelo y muchos de sus espectadores dieron un respingo. Sonrió a medias: aquella reacción le gustaba. Significaba que estaban pendientes de él.
 
Para su sorpresa, un pequeñajo se adelantó un paso y balbuceó unas palabras tímidas.

—Y… ¿es verdad que se deshizo como un copo de nieve en la mano...?

—Tan cierto como que el Cuervo es el mensajero de la Niebla.

Vanargand amplió su sonrisa y cabeceó de forma gentil en un gesto de afirmación.

—Ojalá algún día yo también pueda luchar contra un draugr…

—Quién sabe —dijo. Dio un paso hacia él y se acuclilló. Lo miró de frente—. Quizá dentro de unos años tú también puedas acompañarnos, cachorro. Tienes un brazo fuerte y pareces listo: llevas días escuchando mis historias. Si sigues así, si te entrenas y si continúas aprendiendo, un día tú también podrías aullar con la Manada.

El niño calló. Retrocedió un paso y se quedó meditabundo, frunciendo los labios mientras trataba de figurarse la imagen en su cabecita. Al escaldo eso le hizo gracia.

El ruido de una silla al moverse al otro lado del salón lo distrajo. Dos botas se posaron sobre la mesa y alguien lanzó un sonoro bostezo. Vanargand lo fulminó con la mirada.

—Llevas dos meses contándonos la misma vieja historia, Lobogrís. Empiezo a pensar que no tienes otras cosas mejores que contar que no sean esas rancias batallitas tuyas.

Alguien escupió ruidosamente un trago de cerveza al suelo. Sobre la heredad se extendió un silencio tenso y el público cruzó miradas de expectación entre sí.

Vanargand rio con genuina diversión. Dio una palmada de júbilo y lo miró, duro.

—Amigo mío, si eres tan ingenuo como para creer eso permíteme que te diga que pensar no es lo tuyo.

El extraño se encogió de hombros y volvió a simular otro bostezo. Entre los que presenciaban el espectáculo había quienes se sonreían con complicidad; era posible que, después de todo, el escaldo fuera a demostrarles sus dotes para la batalla en primera persona.

No obstante, Vanargand no se había movido de su lugar. Estudiaba a su rival con sus ojos claros y sonreía de lado.

El escaldo no era famoso por su destreza en el combate, pero sus añagazas y su ingenio eran ya legendarios. Al sur del Paraje de Roca se decía, no sin cierta sorna, que el hecho de que los quaggan hablasen tan mal se debía a que habían perdido un duelo verbal contra él.

Otros se referían a su astucia con más respeto: después de todo, tras su llegada a Punta del Vencedor junto a la Manada no habían vuelto a oírse esos horribles tambores draga.
—Hablas demasiado y luego corres a refugiarte tras las faldas de tu amada Skadi —El invitado, descortés, arrancó un muslo de moa del festín de la mesa y se lo llevó a la boca. Lo masticaba con furia—. Si se te han terminado las historias es porque no has vuelto a hacer nada que merezca la pena.

No le cupo duda alguna: aquel idiota quería armar follón en su propia heredad.

Le pareció un acto de muy mal gusto; sin embargo, no iba a dejar que la ira lo cegase. Sonrió con acritud a su interlocutor y urdió su artimaña. Se preparó para actuar.

—¿Deduzco por tu tono de voz que te crees capaz de contar mejores historias que yo? Porque de ser así, me encantaría verlo. Me sorprenderías y mucho. Y me parece entender por tus palabras que estás deseoso de probar a estas buenas gentes lo gran narrador que eres —adujo. Vanargand ensanchó sus labios en una sonrisa lobuna—. Pues… ¡adelante! ¡Hagámoslo! Tengo un reto para ti, si eres lo bastante norn como para aceptarlo.

El alborotador tiró la pata del moa al suelo y eructó sin mucho refinamiento. Se limpió los labios restregándose el borde forrado de piel del guantelete y se puso en pie. Con mucha calma, pero con un brillo de rabia en los ojos, se dirigió andando al escaldo.

—Soy mucho mejor norn que tú, gigantón.

Alzó la barbilla con el propósito de mirar al escaldo a los ojos. Él sonreía con inocencia: lo tenía justo donde lo quería. Iba a darle la vuelta a la tortilla tal y como le había enseñado a hacer Skadi: con un golpe de muñeca rápido y firme.

A fin de que todos lo oyeran, el escaldo levantó la vista y alzó al tiempo la voz. Mientras hablaba, iba mirándolos a todos uno a uno. No podía contener un cierto deje de irrisión en su timbre: aquello lo emocionaba.

—Os propongo un juego, amigos míos: en unos días nos reuniremos; no aquí, sino en el Albergue del Lobo de Hoelbrak. Reservaré una mesa enorme en la planta baja y entonces todos tendréis la ocasión de contar vuestras historias y de demostrar cuán magníficas son vuestras proezas y cómo de hábiles sois en la oratoria.

«Quien quiera entrar en la mesa deberá hacerlo bajo una de estas circunstancias: o bien invitando a todos los presents a una ronda de bebidas en un más que agradecido gesto de amistad, o bien presentándose a sí mismo por medio de una historia que avale su amor por la narración. Esa será la primera regla a la que tendréis que ceñiros.»

«Y hay algo más que se me olvidaba. La velada no acabará hasta que suceda una de estas dos eventualidades: o que ya no quede más cerveza en los barriles de todo el Albergue del Lobo, o que se hayan agotado todas las historias. Esa será la segunda y última regla del juego al que os desafío.»

«¡Ah! Y una cosa más: a lo largo de la noche mis aprendices y yo nos turnaremos para contar historias, para cantar o para recitar nuestras poesías. ¡No penséis que vosotros vais a ser los únicos que os lo paséis bien! Os traeremos relatos que nunca antes habéis escuchado: trepidantes leyendas sobre héroes de otros tiempos, romances trágicos y fúnebres elegías en memoria de nuestros camaradas caídos.»

«Así que ya lo sabéis: todos estáis invitados. Haced correr la voz; no me importaría que se dejase caer por allí algún charr, un humano, un asura o un sylvari. ¡Seguro que también podrían hablarnos de sus vivencias y de los logros de sus héroes!»

Con aquellas palabras cerró su discurso. Su contrincante torció el hocico y esputó al suelo con indignación. Sin añadir una sola palabra más, se dio media vuelta, se arrebujó en su poncho y salió de la heredad bufando como un toro dolyak.

Vanargand sonreía. En el Refugio del Lobato, su nueva heredad subida a una de las perchas más altas del Paraje de Roca, se elevaban una batahola de voces: los invitados charlaban animadamente acerca el evento y discutían sobre si tendría lugar un enfrentamiento.


El escaldo seguía sonriendo. Se alejó al rincón donde tenía su despacho (si es que se le podía llamar así), un espacio reservado en exclusiva para él: había aperos de escritura sobre la tabla, tintero y pluma; había una colección de pergaminos desperdigada por toda la superficie de madera y un montón de hojas esparcidas y a medio escribir en las que estaban inscritas auténticas letanías de runas norn; también había varias jarras de cerveza vacías.

El Lobo tenía dientes y eso Vanargand lo sabía muy bien. Bajo su apariencia pacífica y risueña se escondía el alma de un lobo: era una criatura feroz que solo ansiaba que llegase el momento en el que encararse con su competidor; para superarlo, para humillarlo.

Apagó aquellas sensaciones de su estómago y mojó la pluma en el tintero. Debía enviar varias cartas.

Pero antes de hacerlo, sonrió una última vez mostrando los dientes al imaginarse cuál sería la reacción de Skadi...

La Leyenda de Ulfric

La fundación de la Manada
 
Ulfric Cazatormentas titula y protagoniza el siguiente capítulo en la historia de nuestra Manada.

En este viaje hacia un porvenir más glorioso, nuestra Manada no solo debe hacer frente a las amenazas del presente, sino también a sus propios fantasmas. Ulfric y los primeros norns del Lobo Invernal forman parte de ese pasado remoto: son nuestros próceres, los padres de Lobogrís, los autores del mito y los que dictaron los primeros compases de nuestro destino.

Ulfric el Cazatormentas fue un escaldo que vivió en tiempos del legendario Tyr, de Olaf Olafson y de Jora y Svanir. Nunca destacó por sus dotes como cazador, pero era perspicaz y sabía que la vía más rápida hacia el corazón de cualquier norn es la leyenda.

A Ulfric le tocó vivir el éxodo de los norn las Lejanas Picoescalofriantes y los ataques ininterrumpidos del temible Jormag. Y en esa época de dificultad, sabedor de que sus modestas habilidades no serían suficiente como para marcar la diferencia, tomó una decisión: uniría a otros a su causa, los haría luchar a todos por el bien de los norn.

Los amigos de Ulfric no eran guerreros grandiosos ni aventureros de fama reconocida; eran artesanos, chamanes ancianos y cuentacuentos. Ninguno de ellos sobresalía blandiendo un hacha, empero juntos eran imparables. Por esa razón se fundó la Manada.

Sin embargo, las gestas de un grupo de norn tan amplio no habrían resultado nada impresionantes, y menos cuando sus méritos se debían al trabajo en equipo. No obstante, Ulfric era inteligente y había aprendido de sus predecesores que los norn tan solo alaban a héroes individuales. Por ese motivo creó la figura de Lobogrís.

El Lobo bendijo a Ulfric y a sus seguidores; al primero le otorgó inspiración para inventar al mítico héroe Lobogrís, que en tantas canciones es loado; al resto, les dio apoyo y un sentido de fraternidad como jamás habían conocido. Sus sagas, de forma individual, probablemente jamás habrían llegado a sobrevivir al paso de los siglos, pero bajo la piel del lobo los ulfhednar eran atemporales. Eran Lobogrís. Todos ellos.

Con el tiempo vinieron otros, héroes de corazón y diestros con las armas, que se agregaron a la empresa de Ulfric. Mientras que las gentes del común veían en la Manada una oportunidad para ayudar a su pueblo, estos héroes estaban convencidos de que el Lobo Invernal y Lobogrís representaban el último sacrificio: perderían la gloria eterna, la inmortalidad, a cambio de concebir a un héroe que sería insuperable.

Todo por el bien de los norn; todo por ahuyentar a los enemigos de las Picoescalofriantes y por dar esperanza a las personas que oían las canciones de Lobogrís: esperanza en que un día regresarían a sus hogares; esperanza en que los norn todavía no habían sido abatidos.

Esa es la verdadera esencia de Lobogrís y de la Manada.


Ulfric trabó muchas amistades a lo largo de sus años; una de ellas, un orfebre enano, le hizo entrega a Ulfric de un presente como ningún otro: un tambor que podía, con su letanía, afectar a la tierra y a todo cuanto se sostuviera sobre ella. Y Ulfric le dio buen uso: con él cubrió las huellas de la Manada e impidió que sus adversarios los persiguieran; nadie podría descubrir la naturaleza del secreto de Lobogrís.

Pero toda fruta se pudre con el tiempo: Ulfric había abierto una brecha en el seno del Lobo Invernal; hubo quienes no estuvieron de acuerdo con él, quienes se veían empujados a actuar por otros propósitos. Fueron ellos, los Bolverk, los que traicionaron a Ulfric y lo sepultaron en una cámara de fría piedra junto a su tambor, lugar donde habría de permanecer hasta el fin de los días.

Poco sé de los Bolverk que pueda contaros. Sé que los dirigió alguien de la propia sangre de Ulfric; un hermano, o tal vez un hijo. Sé que esa misma persona fue quien encabezó la primera rebelión en nuestra historia. Y también sé que la Manada se recuperó, que el primogénito de Ulfric exilió a los Bolverk y que en los siglos venideros se destruyó todo pasaje en los manuscritos que hiciera referencia a ellos.

Tambores en el Norte

Hace diez años Steinleif se despertó y volvió a atronar otra vez. Alguien lo extrajo de la tumba de Ulfric y con él derrumbó lo que era más preciado para mí: mi heredad, mi familia y mi antigua vida antes de dedicarme a vagabundear interpretando canciones.

Aún desconozco la identidad de esa norn, pero sé que proviene de la rama de los Bolverk que se separó de nuestra Manada. Y sé que esté donde esté, hace bien en esconderse, porque el destino que le depara mi hacha es de todo menos piadoso.

Pocos meses atrás escuchamos de nuevo los ecos de un tambor en el norte. Pensando que podía tratarse de Steinleif, animé a los descendientes de la Manada a los que había logrado encontrar a encabezar la búsqueda del tambor mitológico.

Durante semanas rastreamos las Colinas del Caminante de una punta a otra en busca de la procedencia del sonido. Al final, nos llevamos la mayor de las decepciones.

Alguien intentó imitar por medio de la magia y de la tecnología los poderes de Steinleif. Alguien que había tenido contacto con él el día en que se exhumó el sepulcro de Ulfric, hace diez años. Alguien que conoció a mi némesis y que la ayudó en su delito.

Esa charr, Seetha Furiavolcán, quiso congraciarse con la Legión de la Llama utilizando a los draga de la Alianza Fundida para replicar a Steinleif. Pretendía fabricar una versión artificial del instrumento con la que reducir a escombros la Ciudadela Negra.

La detuvimos a tiempo, huelga decir, como queda reflejado en las canciones. La nueva Manada Lobo Invernal se comportó con honor y con gallardía, tal y como habría hecho la vieja: acabó con todas las reproducciones espurias de Steinleif, burdas imitaciones, y frenó a Seetha antes de que desatase una masacre sobre los charr.

De este modo, el espectro de Ulfric, que había abandonado su féretro encolerizado, pudo descansar en paz. Y así nosotros rescatamos la primera pieza de nuestro legado.

Sin embargo, esa no sería la última vez que oiríamos hablar de los Bolverk…

domingo, 28 de julio de 2013

Tercer informe: Reconocimiento médico

Día 49 de la estación del Céfiro del año 1326.

Pese al dolor que atenaza mi corazón, he hecho un acopio de fuerzas para abrir este archivo. Después de haber examinado a conciencia la escena donde transcurrió el crimen, me dirigí a Falias Thorp. La patrulla que descubrió la masacre se llevó al superviviente y los cuerpos de nuestros hermanos allí para que atendiesen al primero y para que les dieran sepultura al resto.

He interrogado a todos los guardas y el testimonio que me han dado ha sido unánime: el superviviente, el presunto Fantasma de Wychmire, estaba muy malherido tanto física como emocionalmente. Ya que ninguno de los guardas recuerda bien el aspecto del sospechoso, decidí preguntarle directamente al Sanador de la aldea que lo había acogido y velado.

Cómo se fugó alguien en su estado es algo que ignoro, pero me intriga profundamente y me llena de ira. ¿Por qué nadie lo vigiló como Ventari manda? Lo subestimaron. Pensaban que era una víctima más, un superviviente, pero yo opino que él fue el culpable de todo.

El tiempo y los hechos les darán la razón a mis intuiciones.

Este es el testimonio del Sanador Gillan, transcrito al pie de la letra tal y como me fue relatado.

«En primer lugar, debes saber que es muy extraño toparse con un caso así.

 La mayoría de los sylvari sueñan. Es la forma en que se renueva nuestra conexión con el Sueño; de algún modo, es la manera en que reforzamos nuestros vínculos empáticos. El caso de este paciente era extraordinario: no tenía sueños. O al menos, ninguno que yo pudiera sentir.

Nunca he visto a nadie así entre los Soñadores: todos nosotros emanamos un cálido flujo de emociones que podemos sentir, como estoy seguro de que ya sabes. Alegría, tristeza, pánico, euforia, ira, tranquilidad… la cantidad de sensaciones que podemos transmitir es ilimitada, y hay quienes poseen un don que les ayuda a detectarlas más rápido que los demás.

Incluso los cortesanos preservan este vínculo: es el método que utilizan para intentar corromper a la Madre Árbol y, con ella, a las nuevas generaciones de sylvari. Expresan dolor, rabia y una desazón tremenda; pero no era su caso. Ninguno de estos era su caso.

Yo, desgraciadamente, soy un Sanador del cuerpo y no del alma o del Sueño. Solo te puedo decir esto: si estaba soñando con algo, no había ni rastro de ello. Parecía muerto, no despedía ningún sentimiento; no obstante, respiraba. Le hice un examen físico, no lo tengo escrito pero todavía lo recuerdo a la perfección. Un paciente tan inusual no se olvida, pese a que su sintomatología fuera más bien… de índole espiritual que física.

Varón sylvari. Alto y bien constituido. Aproximadamente de un metro ochenta de estatura y de unos setenta kilos de peso.

Su complexión era robusta como la de un tronco: las fibras de su corteza eran enjutas y formaban una malla compacta, tersa y dura como la cáscara de un árbol. De torso amplio y firme como el corazón de un roble, recuerdo que sus extremidades eran igualmente anchas y poderosas. De no ser por la indumentaria que vestía, unas túnicas escuetas de lana, habría jurado que era un guarda. Uno muy fuerte e intimidatorio.

Su tez tenía el color de la caoba renegrida. No daba la imagen de estar chamuscada, entiéndeme, pero era de un tono terroso, oscuro y vibrante como una pátina de óxido. No estaba adornada en exceso: algunas ramificaciones y nudos en puntos como en los brazos, los hombros y las piernas. Si se me permite la comparación, se me hizo similar a un árbol reseco. Ya sabes que hay algunos sylvari cuyas protuberancias corporales consisten en hojas o en tallos flexibles que los ornamentan y que cubren algunas partes de su anatomía; este paciente, en cambio, solo tenía nudos enredándose en torno a él y hojas de aspecto caduco.

¿Qué más te puedo decir…? ¡Ah, sí! Tenía algunas muescas curiosas por todo el cuerpo: parecían haber sido practicadas con un punzón y eran recientes. Estaban curándose por sí solas y la mayoría no parecían realmente graves, tan solo heridas moderadas, por tanto no me preocupó. No obstante, ahora pienso de forma distinta: los cortes se repetían en sus dos brazos y en su tórax. En su momento no pensé que fuera un patrón, pero tras haberle dado algunas vueltas comienzo a sospechar que pueden ser el indicio de alguna clase de mutilación ritual, o bien de algún tipo de tortura macabra.

No hay nada más reseñable en su físico que debas saber, tan solo un detalle muy peculiar: las marcas de su fluorescencia. Eran doradas, o naranjas, no las recuerdo del todo, pero sí que recorrían su cuerpo como si fueran ríos de savia, o serpientes, y que le daban una apariencia espeluznante. ¿De verdad crees que él es el famoso Fantasma de Wychmire? Ciertamente, había algo tétrico en él.

Quizá lo que más pueda servirte para averiguar su identidad sea su fisonomía. Su cabello estaba compuesto de un ramaje ensortijado y precario que vestía tan solo una hilera desperdigada de hojas otoñales. Le abrí los ojos y lo sometí a la luz de un hongo bioluminiscente para comprobar si se dilataban sus pupilas, y reaccionó reflejamente.

Lo que más me llamó la atención de aquello fueron sus pupilas: diminutas y circunscritas en un aro gris casi imperceptible. La retina, por otro lado, era negra como el ónice; no negra como el carbón, que es opaco y que carece de brillo. Era ónice y parecía un sumidero: un abismo reluciente y voraz. No sabría decirte si la Pesadilla anidaba en esos ojos o si seguía siendo un Soñador, para ser honesto.

Sus rasgos estaban enmascarados de forma natural por una tupida capa de corteza. Y no tenía un rostro muy expresivo, he de admitir. Cuando lo miré por primera vez, por unos segundos llegué a creer que se trataba de una talla sorprendentemente realista y no de un sylvari con vida. Pero lo era.

Y hay una cosa más que debes saber: aunque no estaba incapacitado, tenía lesiones y estaba bien custodiado por los guardas; no querían perder al único testigo de la Siega, después de todo. Para alguien en sus condiciones habría sido harto complicado, si no imposible, escaquearse por su cuenta. Ese fue mi pronóstico como Sanador y no me retracto de mis palabras.

Nuestros hermanos no son unos incompetentes, Caileen. Si huyó, lo hizo con la colaboración de alguien. En su estado no habría llegado muy lejos sin ayuda: las bestias de la selva lo habrían devorado, o lo habría atrapado la Corte de la Pesadilla nada más salir del campamento.

Mira, esta no es mi investigación, pero voy a darte mi opinión: aquel sylvari fue torturado. Alguien así no habría podido hacer frente ni a unos cortesanos ni a ningún guarda. Y menos podría haber escapado tras verse inmerso en una masacre de tal calibre.

Creo, Caileen, que estás dejándote llevar por la impotencia y que le sigues las huellas a una quimera: el Fantasma de Wychmire no puede ser ese pimpollo. Tal vez el verdadero Fantasma de Wychmire entró en el campamento a hurtadillas para raptarlo esa misma noche y acabar con su existencia, ¿o acaso has oído hablar de alguien que le haya visto la cara y que haya vivido para contarlo?
 
El pimpollo estaba afectado por algo, Caileen. Algo que le hizo ese desalmado. Su estado me recordó mucho a los inaudibles que viven en la Isla del Lamento, al sur del Mercado de Mabon. Tal vez ellos sepan algo que nosotros ignoramos…»

miércoles, 24 de julio de 2013

Segundo informe: La Canción del Fantasma

El Pantano de Wychmire no está poblado
solo por ranas, ranúnculos y arañas:
del Fantasma de Wychmire sé avisado
y cuida tus pies allá adonde vayas.

Ni cortesanos ni fieras salvajes;
las mustias marismas peligro entrañan.
Vigila, viajero, los caminos silvestres,
a veces las sombras al ojo engañan.

En un parpadeo lo habrás percibido,
su espectral silueta, su aura marchita;
date la vuelta y ve que se ha marchado,
tu piel es pálida y tu corazón palpita.

Se dice que no tiene un solo aliado:
es el espíritu de un druida, se cuenta.
Encarna su máscara a un dios astado;
sobre su historia mi memoria es incierta.
 
Y deja tras de sí un rastro de muerte,
de las víctimas cuyos sueños se ha cobrado.
No seas malvado ni tientes a la suerte;
si eres de la Corte, estás condenado.

Sin embargo, murmuran, existe un rezo
para quedar libre de su oscura presencia.
Párate en el camino a los pies de un brezo
y recita con voz firme esta sentencia:

«Fantasma de Wychmire, augurio nefasto,
aléjate de mí, tú y tu mal agüero.
Ladrón de los Sueños, heraldo funesto,
el dolor que provocas no es mal pasajero.»

—Vanargand Lobogrís, escaldo y erudito norn. Extraído de «La Canción del Fantasma».

Me topé con este interesante documento mientras estaba de descanso en la posada de la Arboleda. Un bardo sylvari la recitó para mí y tuvo la cortesía de escribírmela.

Enseguida lo interrogué en busca de más información, pero me aclaró que él no era el autor del texto. Mencionó a un norn, y dijo que la composición atendía a la métrica del «droigneach», un tipo de poesía folclórica común entre los juglares del Árbol Pálido.

Ignoro cómo este norn ha llegado a conocer tanto sobre nuestras costumbres. En cualquier caso, he anotado su descripción; si alguna vez pasa por la Arboleda, me encargaré de que me cante de nuevo y en privado esa dulce canción. Y espero que no desafine. Si de verdad conoce al Fantasma de Wychmire, tiene mucho de lo que responder.